martes, 25 de julio de 2023

 

San Pedro Poveda: valiente, audaz y visionario

Olga Consuelo Vélez

Cada 28 de julio se celebra la memoria de San Pedro Poveda, sacerdote, educador, escritor, fundador de la Institución Teresiana y, lo más relevante, mártir (asesinado por odio a la fe en los días de la guerra civil española, en 1936). Definitivamente, el martirio no se improvisa. Es consecuencia de una vida comprometida con los cambios, con la transformación, con la innovación, con la capacidad de mirar hacia adelante, actitudes que incomodan a los que no quieren cambiar porque temen perder privilegios o, simplemente, se conforman con las cosas como están, cerrando los ojos a tantas interpelaciones que a diario nos hace la realidad.

Muchas cosas podrían anotarse del compromiso transformador que vivió Pedro Poveda. Es conocido su trabajo educativo en Guadix, siendo aún seminarista, queriendo vincular educación con situación social y proponiendo una respuesta integral a los niños/as de aquella región. Pero, ese compromiso no fue bien visto por las clases dirigentes y por un sector del clero y tuvo que salir de la ciudad. También son conocidos sus años en el santuario de Covadonga que podrían haber sido de una misión limitada a la atención espiritual de los peregrinos, pero fueron años fecundos de proyectar su convicción en la capacidad del laicado de evangelizar a través de la educación y la cultura. Fue tiempo de leer, investigar, escribir, publicar sobre los problemas educativos de su época.

La fundación de las Academias fue una idea muy oportuna para promover la formación del profesorado. Participó en asociaciones y actividades del mundo educativo a través de lo cual vivía su compromiso evangelizador profundamente asociado a la transformación humana y social. Todos sus empeños se pudieron cristalizar en la fundación de la Institución Teresiana, asociación laical, a través de la cual, su propuesta evangelizadora ha podido continuar hasta nuestros días, en diferentes países y culturas.

Junto a lo anterior, quisiera destacar en este día, algunos acercamientos que dejan ver su valentía y compromiso con el mundo en el que vivió. Poveda fue un hombre de fe, de oración, de fidelidad, de proyectos, de realizaciones. Y, justamente, por fidelidad al evangelio, no temió la discrepancia, la reacción, la resistencia de sus contemporáneos. Poveda denuncia la inercia de los abúlicos, de los indiferentes, de los evadidos hacia no sé qué planeta de ficción e incapaces de reaccionar ante proyectos concretos del mundo al que pertenecían, una vez perdido el hilo de los caminos seguros de antes. A Poveda, la discrepancia no le sirvió sólo para desmarcarse del ambiente sino para abrir nuevos caminos.

Un dato llamativo fue su opción de no ir personalmente a Roma a pedir la aprobación pontificia de la Institución Teresiana, sino confiar plenamente en Josefa Segovia, que hacía unos años llevaba la dirección y en otras dos jóvenes pertenecientes también a la naciente Institución. El sentido común podría haberle sugerido ir personalmente, ya que él era sacerdote y, posiblemente, tendría mucha más acogida en los ambientes romanos donde la prevalencia del clero era innegable. Pero él fue coherente con su confianza en la misión evangelizadora llevada a cabo por el laicado y, especialmente por las mujeres, aunque la Iglesia de su tiempo fuera tan renuente a ello. Poveda creía en las mujeres, en su capacidad de formarse en la universidad y de comprometerse con las transformaciones sociales. A ellas les decía: “Hay que atreverse a pensar”, en tiempos donde pensar era un atrevimiento y más si lo hacían las mujeres.

Creyó en los jóvenes y se dirige a ellos en estos términos: “¿quiénes hacen la revolución? Los estudiantes, los jóvenes. Ellos la prepararon y la trajeron. ¿Quiénes son los que reaccionan? Los jóvenes. ¿Quiénes los que tiene ideales, los que se olvidan de sí, los que encienden el fuego? Los jóvenes (…) ¡Oh juventud, arma poderosa, brazo casi omnipotente, fuerza del mundo!

Sobre la Institución Teresiana, el empeño de Poveda fue hacer una obra dentro de la Iglesia, pero con la mínima estructura. Expresó con claridad que no deseaba, para ella, nada más en el orden canónico. Como toda obra de Iglesia, no ha faltado que, con el paso del tiempo, las estructuras se hagan más pesadas y haya que luchar, continuamente, por mantenerlas flexibles y mínimas.

Sus últimos años fueron vividos en la convulsionada España donde las instituciones eclesiales se veían con sospecha. La Obra de Poveda resultaba temeraria porque era un laicado de signo católico pero comprometido con la transformación social. Poveda así lo expresa: “Humanamente podría haberse llamado temeraria, si en Dios no se hubiera fundado y para su gloria no se hubiera acometido”. Su coherencia de vida, su fe inquebrantable, acompañaban estos momentos difíciles. Algunos de sus escritos así lo muestran: “Creer bien y enmudecer no es posible”; “Yo creí, por esto hablé”; “Un verdadero creyente habla para confesar a Cristo como debe; seriamente, sin provocaciones pero sin cobardías, con caridad pero sin adulaciones, con respeto pero sin timidez, sin ira pero con dignidad, sin terquedad pero con firmeza, con valor pero sin ser temerario”; “Los que pretenden armonizar el silencio reprobable con la fe sincera, pretenden un imposible”; “Mi creencia, mi fe, no es vacilante, es firme y por eso hablo”. Estas afirmaciones las vivió realmente, sabiendo que esa coherencia ponía en peligro su vida.

En la mañana del 27 de julio de 1936, después de celebrar la Eucaristía, llegaron a su casa unos milicianos y preguntaron por un cura. Poveda se identificó: “soy sacerdote de Jesucristo” y se lo llevaron. Al día siguiente, encontraron su cuerpo fusilado.

Poveda fue un hombre valiente, audaz y visionario. Sin embargo, como todos los profetas, es incomprendido por sus contemporáneos. Pero nada de esas vidas se pierde porque su testimonio continúa sosteniendo a los que hoy seguimos trabajando por un mundo más justo y una Iglesia testimonio de la igualdad fundamental de todos por el bautismo. Que la conmemoración de su martirio nos regale más audacia, más creatividad, más apertura, más fidelidad al evangelio.

(He tomado algunas de las ideas aquí expresadas del libro “Pedro Poveda. Mansedumbre y provocación” (2003), agradeciendo a su autora, Marisa Rodríguez Abancéns, su manera de acercarse a la figura de Poveda).

martes, 18 de julio de 2023

 

María Magdalena ¿por qué nos cuesta llamarla “santa”?

Olga Consuelo Vélez

En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”. Según explicó el secretario de la Congregación para el Culto Divino de ese momento, esa decisión respondía “al contexto actual que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”. Recordaba que ya Juan Pablo II había prestado atención a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, poniendo énfasis en la figura de María Magdalena como primera testiga de la resurrección y quién anunció a los apóstoles ese acontecimiento. Por esto se afirma, en el decreto que, “Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”.

Sin embargo, esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos:  pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado. Esta imagen de María Magdalena surgió por haberla identificado con la pecadora arrepentida que entra en casa de Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) y con María la hermana de Lázaro y María, la cual también unge a Jesús (Jn 12, 1-8). Cuando el texto de Lucas se refiere “a algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (8.2), está queriendo decir que fue curada de su enfermedad -probablemente muy grave -de ahí los siete demonios-, pero en ningún momento refiriéndose a su condición moral.  

Aunque en la actualidad hay muchos estudios sobre María Magdalena, no se han concretado, en la práctica, todas las consecuencias que la correcta interpretación bíblica sobre ella trae para las mujeres en la Iglesia. La primera, es el reconocimiento de María Magdalena al mismo nivel que los apóstoles. De hecho, ella -y otras mujeres- le siguieron desde Galilea hasta Jerusalén, condición que luego se invoca en el libro de Hechos de los Apóstoles para nombrar al apóstol en reemplazo de Judas (Hc 1,21). Por lo tanto, no debería costar tanto imaginar a las mujeres formando parte del colegio apostólico. Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos.

Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones. Todavía cuesta aceptar la enseñanza teológica impartida por mujeres en seminarios y facultades de teología. Por supuesto, algo ha cambiado y más mujeres son reconocidas en el ámbito teológico y en el servicio eclesial. Sin embargo, su participación sigue siendo pequeña, nada equitativa con respecto al número de varones que ocupan dichos espacios, ni sus logros académicos y pastorales son tomados con la misma seriedad, interés y respeto que tantas veces se toma el aporte de los teólogos y de los clérigos.  

Quiero hacer notar, además, las pocas veces que damos a María Magdalena el título de “santa”. Efectivamente, ella lo es y así la podríamos llamar para seguir borrando esa imagen tan invocada de prostituta y que ha contribuido a identificar a las mujeres con los pecados referidos a la sexualidad. No sólo no hay muchos esfuerzos por llamarla santa, como tampoco de resaltar demasiado su fiesta. Sería una ocasión propicia para posicionar la verdad sobre ella. Mucho menos hay interés en llamarla Apóstola, ni primera evangelizadora aunque tres evangelistas relatan el envío que Jesús le hace para que anuncie a los discípulos su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Jn 20, 17) e, incluso Lucas, quien progresivamente fue invisibilizando el papel de las mujeres en su evangelio, de todas maneras, no deja de constatar que son las mujeres las que anuncian esa buena noticia a los apóstoles, colocando a María Magdalena en primer lugar (Lc 24, 9).

Últimamente se ha utilizado su figura -en la literatura y en el cine- para mostrarla como compañera de Jesús o resaltando su protagonismo en la primera comunidad, con el fin de contrarrestar la figura de Pedro. Pero, ninguna de estas dos aproximaciones, están en la Biblia.

En tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, seguir visibilizando a María Magdalena en los roles que verdaderamente tuvo al lado de Jesús y en la naciente comunidad cristiana, ayudará significativamente a acelerar la participación plena de las mujeres en la Iglesia. Por eso, es de desear que esta celebración de su fiesta, el próximo 22 de julio, podamos vivirla con más profundidad, sintiendo así que no es una rareza que 50 mujeres voten en el próximo sínodo sino, por el contrario, lo extraño es que no haya muchas más mujeres en esos niveles de decisión donde se gesta el futuro de la Iglesia, esta misma Iglesia que sin el primer anuncio hecho por María Magdalena, tal vez nunca habría existido.

Cabe anotar, finalmente que, a pesar de las resistencias al lenguaje inclusivo en algunos círculos eclesiásticos (y sociales), fue Santo Tomás quien habló de ella como “apóstola” y el Decreto de su fiesta mantiene ese término en femenino. Sería bueno, dejar las resistencias y acostumbrar nuestros oídos a los términos femeninos que permiten visibilizar a las mujeres. Sin darnos cuenta pronto esas palabras nos sonarían igual de normales que todos los términos que hasta hoy se han ido creando en nuestro lenguaje.

sábado, 8 de julio de 2023

 

De designaciones al Sínodo y limitaciones que pueden presentarse

Olga Consuelo Vélez

El sínodo continúa su marcha y ya se sabe quienes participarán en la primera reunión presencial el próximo octubre. El Papa ha confirmado a los obispos que han sido elegidos por las respectivas conferencias episcopales, ha designado a otros cuantos, por su propia decisión, otros van por propio derecho por ser los responsables de los Dicasterios y también ha escogido, de la lista enviada por los encargados de las asambleas continentales, al resto de la asamblea sinodal.

No debería llamarnos la atención esta voluntad unipersonal, todo concentrado en la figura del Papa, porque así se ha obrado, prácticamente desde los primeros siglos de la Iglesia. Pero la cuestión es que el mundo ha cambiado, nuestra manera de percibir la realidad es distinta y la estructura piramidal que ha configurado las sociedades y las iglesias, prácticamente a lo largo de la historia -como ya dije-, se va derrumbando más y más. No dejan de aparecer grupos políticos y religiosos que quieren afianzar esa estructura vertical y esa vuelta al pasado. A veces parecen grupos numerosos y logran revocar algunas conquistas en materia de derechos o de organización social. Pero, a pesar de esto, es más fuerte y, creo yo, irreversible, ese caminar en busca de organizaciones más democráticas, más horizontales, más participativas, más inclusivas, más plurales, con todas las dificultades que esto implican y las limitaciones inherentes a este tipo de procesos.

De ahí que comience a incomodar cada vez, con más fuerza, la estructura tan vertical y concentrada en una sola persona, que tenemos en la Iglesia. Se repite con mucha fuerza que la Iglesia no es una democracia. Por supuesto las democracias tienen muchas limitaciones, pero en las sociedades las asumimos ya que no hemos encontrado un sistema mejor que garantice la igualdad fundamental de todos los ciudadanos. Pero eso no quita que podamos imaginar que, sin perder la constitución jerárquica de la Iglesia, es decir, la manera de asegurar la continuidad de la “Tradición” (esto es diferente a la jerarquía), vayamos encontrando formas participativas o democráticas en más y más espacios de la Iglesia. Así lo aprendí en mis estudios de eclesiología cuando todavía se tenía la fuerza para implementar Vaticano II -fuerza que se fue apagando hasta llegar a la involución eclesial que vivíamos y que nos ha hecho percibir como “primavera” el pontificado de Francisco, formulada como una Iglesia “teologalmente jerárquica y socialmente democrática”.

En fin, lo que interesa resaltar es el movimiento eclesial que nos impulsa a unas formas de iglesia más horizontales y de ahí la propuesta del sínodo sobre la sinodalidad que estamos viviendo. Pero las dificultades acechan por muchas partes. Llama la atención que los responsables principales del sínodo en sus declaraciones remarcan, una y otra vez, que es un “sínodo de obispos” pero que “ha permitido” la participación del laicado. Parece que se advierte para que el laicado no vaya a creer que las cosas van a cambiar de fondo. ¿no podríamos soñar con un sínodo del pueblo de Dios? Este debería serlo, pero se nos advierte que no exageremos.

Y sobre la designación de los participantes es demasiado el peso de miembros que están sosteniendo la estructura actual. ¿Tendrán libertad para cambiarla? Históricamente esto ha sido muy difícil. Casi siempre los cambios vienen de exigencias de la base que, con mucho dolor y sangre, han logrado los cambios. Y los que no pertenecen a esta estructura necesitan mucha libertad para empujar los cambios que la Iglesia necesita. No creo que sea fácil. Tal y como se vive la designación para estos eventos, mostrar alguna disidencia sería como no corresponder al privilegio recibido y exponerse a que se cierren esas puertas en el futuro.

Creo que el método de la “conversación espiritual” es positivo para favorecer el intercambio y desarmar de entrada la confrontación. Pero, el Espíritu Santo ¿podrá manifestarse plenamente en ambientes donde las voces son bastante uniformes? Se dirá que en el proceso de escucha se recogieron todas las voces. No es tan verdad que se hayan escuchado muchas voces distintas, pero también es verdad que las preguntas que propone el Instrumentum laboris ya invisibilizan, de entrada, algunas cuestiones que fueron dichas y están sutilmente orientadas hacia unos énfasis y no hacia otros.

Con seguridad esta experiencia sinodal abrirá caminos para seguir empujando la reforma de la Iglesia. Esperemos que se consiga mucho. Lo veremos con el paso del tiempo. Pero, por ahora, es bueno seguir pensando en cómo las formas organizativas de la Iglesia van muy atrás de lo que hoy las personas viven. Y, justamente por amor a la Iglesia, conviene seguir insistiendo en algunos temas porque quien sabe si a fuerza de repetirlo se consiga el cambio.