martes, 2 de junio de 2026

 

Recibir a Jesús Eucaristía implica el compromiso comunitario

Cuerpo y sangre de Cristo

(7-06-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo. Los judíos discutían entre sí, diciendo: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?  Jesús les respondió: Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente (Juan 6, 51-58)

 







Hoy conmemoramos a Jesús presente en el pan y el vino convertidos en su cuerpo y sangre para la vida del mundo. El contexto es el del alimento que da vida. Pero ¿Cuál vida? Se refiere a la vida eterna, a la plenitud de vida con Dios. Esto se explica más, cuando al final del texto se hace referencia al maná que comieron los padres en el desierto y murieron, mostrando así el contraste, con este alimento, que es Jesús mismo y es para la vida eterna.

No era fácil para los contemporáneos de Jesús entender estas palabras. Por eso algunos judíos discutían cómo ese hombre podía darles a comer su carne. Y Jesús les responde, “les aseguro”, es decir, esto es veraz, es cierto -en otras traducciones se lee “en verdad les digo”, que el que no come la carne del Hijo del hombre y bebe su sangre no tendrá vida. La referencia al “Hijo del hombre”, personaje del libro de Daniel, muestra que Jesús se identifica con ese Hijo del hombre esperado y, de esa manera, les ayuda a pasar del plano de la comida material al alimento eterno capaz de dar esa vida para siempre.

Sigue siendo escandalosa la respuesta de Jesús porque también se refiere a beber su sangre, lo cual era estrictamente prohibido en el pueblo judío. El discurso de Jesús es totalmente desconcertante, lo que implica que es necesario dar el paso de la fe, reconociendo en Jesús al enviado del Padre, único capaz de dar la vida eterna.

Otros dos aspectos del texto ayudan a profundizar en este mensaje. Juan usa mucho la palabra “permanecer”. El fruto de comer este alimento es permanecer en Jesús. Es decir, comunión de vida. Pero no es una comunión individualista o intimista. Jesús nos alimenta con el pan de vida, a todos, sin excepción. El aspecto comunitario es inherente a ese permanecer en Jesús.

El otro aspecto es el del envío. Así como Jesús ha sido enviado del Padre y permanece en él, así han de ser los que comen su carne: son enviados a realizar la misión confiada.

Estos elementos que hemos señalado nos pueden ayudar para recrear y resignificar la experiencia eucarística que vivimos. A veces se cae en un intimismo eucarístico donde cada uno recibe a Jesús y no hay ninguna referencia a la comunidad. Pero recordemos que la eucaristía es una cena, un banquete, caracterizado por compartir con todos los que están sentados a la mesa. Y todo banquete es también señal de fiesta, de celebración, de alegría. Necesitamos recuperar este sentido más gozoso de la eucaristía, Y, como ya dijimos, el sentido comunitario que implica. Recibir a Jesús ha de ser abrirnos a la vida comunitaria donde todo se comparte para que ninguno pase necesidad.

 

 

 

 

martes, 26 de mayo de 2026

 

Hacer creíble nuestra fe en Dios Trinidad

Trinidad

(31-05-2026)

Olga Consuelo Vélez

 






Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios (Juan 3, 16-18).

 

Venimos de celebrar la Pascua, la ascensión, pentecostés y hoy nos encontramos con la fiesta de la Santísima Trinidad. De alguna manera, cada domingo vamos conmemorando los misterios de nuestra fe y así mantenemos la vitalidad de nuestra experiencia cristiana.

No hay textos bíblicos que usen la expresión “Trinidad”. Lo que encontramos son confesiones de fe en un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre nos entrega al Hijo y el Hijo nos deja su Espíritu. Por lo tanto, la formulación del dogma de la Santísima Trinidad responde a poner en palabras lo que ha sido experiencia, pero no con el ánimo de probar sino de comunicar. Los primeros cristianos experimentaron que Jesús actuaba en fidelidad al Padre y que los invitaba a vivir también como hijos e hijas de ese mismo Padre y a dejarse guiar por su mismo Espíritu. Esa manera de expresar la experiencia de Dios se asemeja a lo que el término Trinidad quiere decir. Creemos en un Dios amor, comunidad, relación, que saliendo de sí mismo se entrega a los suyos para que todos puedan entrar en esa misma dinámica de donación y entrega mutua, de fraternidad y sororidad, de comunión con todo lo creado.

De ese amor del Padre para con el mundo, en la entrega de su Hijo, trata el evangelio de hoy. Dios ha amado inmensamente a este mundo, al punto de darle a su Hijo único. Pero se precisa de la fe para aceptar al Hijo y, en la medida que se acepte, tener vida eterna. Dios solo tiene la propuesta de salvación y por eso no juzga al mundo. Seremos nosotros los que nos juzguemos si no creemos en el Hijo de Dios.

Será la segunda lectura de hoy, tomada de la segunda carta de Pablo a los Corintios (13,13) la que nos hable, más explícitamente, de la fiesta de la Trinidad que hoy celebramos. Pablo se despide de la comunidad de Corinto, nombrando al Padre, al Hijo y al Espíritu y atribuyéndole al Padre el amor, a Jesús la gracia y al Espíritu Santo la comunión.

Que la apuesta por la paz, la justicia, la reconciliación, hagan creíble nuestra fe en Dios Trinidad, porque lejos de ser un misterio incomprensible, es la vivencia del mismo amor trinitario en nuestra realidad con sus desafíos actuales.

martes, 19 de mayo de 2026

 

El Espíritu como protagonista de la misión

Pentecostés

(24-05-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: –La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: –La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: –Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos (Juan 20, 19-23).




El evangelio que nos propone la liturgia de hoy es el mismo que comentamos el segundo domingo de Pascua en el que Jesús se aparece a sus discípulos y Tomás no está con ellos. Pero aquí solo se relata la primera parte y no se hace referencia a Tomás. Lo que interesa es el don del Espíritu que Jesús les va a hacer en esa primera aparición. Su saludo se refiere al don escatológico de la paz. Don que viene de Dios y el resucitado que es el mismo crucificado – realidad que se expresa con el gesto de mostrarles las manos y el costado- ahora es dador de los dones del Espíritu y, más aún, del Espíritu mismo.

Con el don del Espíritu viene el envío, igual al que Jesús recibió del Padre. Ahora es Jesús quien envía a sus discípulos y además les da la potestad de perdonar los pecados. En efecto, el reino que Jesús encomienda a los suyos está llamado a liberar de todas las esclavitudes, de todos los males.

Conocemos también el texto de Hechos (2, 1-11) que se propone como primera lectura de la liturgia de hoy. Este texto relata que coincidiendo con la fiesta de Pentecostés en la que los judíos van a Jerusalén para la celebración (igual que para las fiestas de las tiendas y la Pascua), los discípulos están reunidos en un mismo lugar y viene un ruido como una ráfaga de viento que llena toda la casa. Además, unas lenguas de fuego se posan sobre cada uno de ellos y comienzan a hablar en distintas lenguas. Lo interesante será que los que los escuchan les entienden en su propia lengua. Por tanto, el don del Espíritu permite que se inicie la predicación de las maravillas de Dios, es decir, de la Buena Noticia, y que llegue a las gentes de todo lugar. Ahora bien, el don del Espíritu es necesario recibirlo. Por eso el texto termina diciendo que unos se alegran por lo que están viendo, mientras que otros dirán que los discípulos están de llenos de mosto (están borrachos).

Pentecostés, por tanto, es celebrar el inicio de la iglesia y de la misión evangelizadora, no por las propias fuerzas, sino por acción del Espíritu. Si el domingo pasado decíamos que Jesús no se ha ido, sino que se queda con nosotros, hoy podemos decir que su Espíritu, definitivamente, acompaña la misión a la que estamos llamados y será quien la lleve a término. Precisa, eso sí, de nuestra apertura y disponibilidad para que sus frutos se manifiesten en nuestra vida y lleguen a las personas de todo lugar y tiempo.

domingo, 17 de mayo de 2026

 

Las mujeres en la Iglesia. A propósito del nombramiento de la arzobispa de Canterbury

Olga Consuelo Vélez




En la historia de la Iglesia, las mujeres han estado presentes desde los inicios, pero no siempre se ha mantenido su protagonismo. Brevemente podemos recordar a las mujeres que acompañaron a Jesús en su anuncio del Reino (Lc 8, 1-3), siendo auténticas discípulas al igual que los varones y, más aún, una de estas mujeres -María Magdalena- a quien Jesús se le aparece, en primer lugar, y le confía comunicar a los discípulos, la buena noticia de su resurrección (Jn 20, 11-18).

En las primeras comunidades cristianas son muchas las mujeres animadoras de comunidades e, incluso, diaconisas. Así lo expresa Pablo en la Carta a los Romanos: “Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de Cencreas (…) Saluden a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús (…). Saluden a María que se ha afanado mucho por ustedes. Saluden a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles (…). Saluden a Trifena y a Trifosa, que se han fatigado en el Señor. Saluden a la amada Pérside, que trabajo mucho en el Señor (…), Saluden a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, lo mismo que a Olimpas” (16, 1-16).

En la medida que el cristianismo se fue haciendo la religión oficial del Estado, se acomodó a la cultura predominantemente patriarcal, reservando el espacio público a los varones y el privado a las mujeres. Ese papel secundario, manifestado en la falta de derechos civiles, sociales, culturales, religiosos, se mantuvo por siglos para las mujeres y, prácticamente, va a ser el siglo XX el que abra las puertas de los derechos para ellas. De todas maneras, hasta el día de hoy, esos derechos han de seguir conquistándose plenamente en bastantes países.

A nivel eclesial, ha sido muy difícil hacer realidad la plena igualdad de varones y mujeres, constituyéndose esto, en un desafío actual en el que la Iglesia se está jugando su credibilidad y su capacidad de convocar más personas, especialmente, a las mujeres jóvenes. Por eso, no es de extrañar que en el “Sínodo de la sinodalidad”, la situación de las mujeres en la Iglesia fue uno de los desafíos en el que se insistió, a pesar de que el Papa Francisco lo sitúo entre los temas que deberían ser tratados por las comisiones. No obstante, en el Documento Final del Sínodo (# 60), se reconoce que “las mujeres siguen encontrando obstáculos para obtener un reconocimiento más pleno de sus carismas, de su vocación y de su lugar en los diversos ámbitos de la vida de la Iglesia, en detrimento del servicio a la misión común” por eso el sínodo “hace un llamamiento a la plena aplicación de todas las oportunidades ya previstas en la legislación vigente en relación con la función de la mujer, en particular en los lugares donde aún no se han implementado. No hay nada que impida que las mujeres desempeñen funciones de liderazgo en la Iglesia: lo que viene del Espíritu Santo no puede detenerse”.  Es decir, la Iglesia reconoce que no puede haber más rechazos y demoras en abrir todos los espacios que, por su dignidad bautismal, le pertenecen a las mujeres, en condiciones de igualdad, con los varones.

Ahora bien, el tema “álgido” es el de los ministerios ordenados. En el Documento final se aclara que “sigue abierta la cuestión del acceso de las mujeres al ministerio diaconal y es necesario proseguir con el discernimiento a este respecto”. Aunque en el sínodo también se habló del acceso de las mujeres al presbiterado, ese tema se dejó de lado y no se hizo ningún pronunciamiento. Sabemos que Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994) afirmó “que la iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y esta enseñanza ha de ser definitivamente mantenida por todos los fieles de la Iglesia”. Sin embargo, después de esta Carta Apostólica se consultó a la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigida en ese momento por el Cardenal Ratzinger, si esa enseñanza era "ex catedra”, es decir “infalible”. La Congregación respondió que no era una enseñanza infalible, aunque es magisterio definitivo y universal. Esta respuesta, aunque haya vuelto esta cuestión muy difícil de abordar y de llegar a una respuesta positiva, permite mantener abierta la posibilidad de seguir pidiéndolo porque queda claro que no ha sido una afirmación dogmática.

En este mismo sentido, los signos de los tiempos siguen empujando la historia y el reciente nombramiento de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury, se convierte en una llamada del Espíritu a la apertura de la Iglesia católica a esta realidad. No hay razones teológicas que lo impidan. Hay razones de tradición eclesial y de tradición “cultural” que no son fáciles de superar, pero la existencia de los ministerios ordenados en la iglesia anglicana y en otras denominaciones reformadas, muestran que las mujeres están llamadas a dichos ministerios y las iglesias se enriquecen con la participación plena de las mujeres en ellas.

La iglesia anglicana aprobó el diaconado femenino en 1975. En 1994 ordenó a las primeras presbíteras y en 2014 se aprobó la ordenación episcopal. Y este año consagraron a la primera mujer para ejercer como arzobispa de Canterbury, es decir, líder espiritual de toda la Iglesia anglicana. Sara Mullally tiene 63 años, de profesión enfermera, casada, con dos hijos. Sus palabras al asumir este cargo, expresaron el deseo de ser una “pastora” que escuche y una a las personas, centrando su ministerio en el servicio, la esperanza y la sanación. Este hecho supone para la iglesia anglicana un paso más en la inclusión plena de las mujeres en la vida de la Iglesia y un cambio cultural que contrarresta la sistemática exclusión de las mujeres de tantos espacios sociales y religiosos. Esperamos que este momento también llegue para la iglesia católica porque “lo que viene del Espíritu no puede detenerse” y es del Espíritu abolir todo tipo de exclusión para las mujeres en la Iglesia.

(Foto tomada de: https://www.globalsistersreport.org/es/opinion/columnas/ministerio/el-papel-de-la-mujer-en-la-iglesia-tema-espinoso-que-el-vaticano-parece)

 

 

 

 

martes, 12 de mayo de 2026

 

Jesús se queda con nosotros hasta el final de los tiempos

Ascensión del Señor

(17-05-2026)

Olga Consuelo Vélez





Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús.  Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. Jesús se acercó y les habló: –Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mateo 28, 16-20)

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús. La obra lucana compuesta por el evangelio y por el libro de Hechos, da testimonio de este hecho. El evangelio de Lucas termina diciendo que Jesús fue llevado al cielo (Lc 24,51) y el libro de Hechos inicia relatando que Jesús fue levantado en presencia de los apóstoles y una nube lo ocultó a sus ojos (Hc 1, 8). Justamente este texto de Hechos es el que se propone para la liturgia de hoy como primera lectura. Tal vez lo más significativo de este texto es la misión que Jesús ha encomendado a los suyos de “ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra” (Hc 1, 8). También la pregunta que les hacen a los apóstoles dos hombres vestidos de blando que se les aparecen y les dicen: ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Esa pregunta es otra forma de decir que la tarea ahora corresponde a los apóstoles. Por lo tanto, no se pueden quedar regocijándose por la aparición de Jesús sino sintiéndose comprometidos a cumplir la tarea que ahora está en sus manos.

El evangelio de hoy corresponde al evangelio de Mateo quien no relata el texto de la ascensión, pero confía a los suyos la misma tarea: “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos”. Este corto texto tiene varios elementos que muestran el estilo de Mateo. Los once van a Galilea al monte que Jesús les había indicado. Mateo muchas veces señala el “monte” como ese lugar privilegiado para el encuentro con Dios. Es en un monte que ocurre la tentación de Jesús (4.8), Jesús comienza su predicación en un monte (5.1), Jesús ora en un monte (14, 23), sigue enseñando y sanando desde un monte (15, 29), se transfigura en el monte (17,1) y, ahora se encuentra con los suyos en un monte.

El evangelio de Mateo es también el que remarca la novedad de bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta formula bautismal será la que se impondrá en la Iglesia hasta hoy, manteniendo esa dimensión trinitaria que nos haces hijos e hijas de Dios.

Jesús manda a los discípulos a enseñar a guardar todo lo que él les ha mandado. Es un mandato misionero porque la buena noticia de la resurrección de Jesús ha de comunicarse a todos y en todas partes. La tarea, por tanto, es hacer discípulos a todos los pueblos. La fuerza para cumplir esta misión viene de la promesa que hace Jesús de estar con ellos hasta el fin del mundo. Jesús no se va, sino que se queda con ellos para fortalecerlos en el cumplimiento de la misión encomendada.

La fiesta de la ascensión nos invita, por tanto, a renovar la tarea misionera que el Señor nos ha confiado con la certeza inquebrantable de su presencia entre nosotros porque, el Jesús del evangelio de Mateo, no asciende, sino que se queda con nosotros hasta el final de los tiempos.

 

 

martes, 5 de mayo de 2026

 

Porque amamos a Dios cumplimos sus mandamientos

VI Domingo de Pascua

(10-05-2026)

Olga Consuelo Vélez




Si me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él
(Juan 14, 15-21).

El evangelio de este domingo, prepara las fiestas de los próximos domingos: La ascensión y Pentecostés. Jesús les revela a sus discípulos que vendrá otro “defensor”, el “Espíritu de la verdad” para que esté siempre con ellos. Es decir, Jesús les anuncia que se irá, pero ellos no se quedarán solos. De hecho, ellos ya sienten su presencia, por eso les dice: “ustedes lo conocen porque permanece con ustedes”. Este espíritu es defensor y espíritu de la verdad. Añade que el mundo no lo recibe porque no lo ve ni lo conoce, pero ellos sí lo conocen porque vive en ellos.

Sin decirlo explícitamente, Jesús está revelando que el espíritu es ese amor que lleva a cumplir los mandamientos y, quien los cumple, muestra que ama a Jesús. El espíritu es el amor que une a Jesús con el Padre y es el mismo amor que nos une a nosotros con Dios.

Son interesantes los dos términos que Jesús usa: “cumplir” (otras traducciones dicen “guardar”) y “permanecer” porque se ve la relación entre el amor y los mandamientos. No se cumplen los mandamientos para amar a Dios, sino porque se ama a Dios se cumplen o se guardan los mandamientos y, viviendo según ellos, se permanece en Dios. Jesús invita a los suyos a hacer vida lo que él ha hecho:  permanecer en el Padre. Por eso nos invita a permanecer en él. Nuestra relación con Dios es al estilo de la relación que tiene Jesús con su Padre. En otras palabras, Jesús nos introduce en la vida divina y lo hace al mismo modo en la que él la vive.

Abrámonos, entonces, a entrar en este dinamismo de permanecer en Dios a través del Espíritu que nos da Jesús. Él se queda con nosotros conduciéndonos a la vida de fe, de verdad, de guardar la palabra, como lo hizo con Jesús.

sábado, 2 de mayo de 2026

 Este texto lo publiqué en: La importancia del discernimiento en una época de fe guiada por las emociones | Global Sisters Report


La importancia del discernimiento eclesial en las experiencias de fe

Olga Consuelo Vélez


Últimamente se ha escuchado en España el llamado “giro católico de los jóvenes a la fe”, representado en expresiones musicales con referencia religiosa o en la existencia de grupos que consiguen atraer un significativo número de jóvenes los cuales se reúnen para orar, cantar, adorar la eucaristía y otras manifestaciones que visibilizan la fe que profesan.

Ese fenómeno no se está dando solo en España. También en Latinoamérica (y tal vez en otros continentes)  han surgido grupos (no solo de jóvenes, pero si con bastante presencia juvenil) que proponen retiros de fin de semana en los cuales se ofrecen testimonios de conversiones y diversas prácticas de oración o de liturgias que logran un “impacto” emocional en quienes participan, de tal manera que bastantes personas permanecen vinculados a los grupos que promueven esas experiencias y así se comienza a ver más gente en las Iglesias (o por lo menos en los grupos) y se retoman prácticas religiosas que confirman ese posible “giro católico” del que se está hablando en la actualidad.

Personalmente tengo dudas sobre estas experiencias. Me recuerdan el auge de los llamados “Nuevos Movimientos Eclesiales” que tanto apoyó el papa Juan Pablo II y que con el paso del tiempo han dejado ver la poca coherencia con lo que decían vivir. Son muchos los fundadores y miembros de esos movimientos o comunidades religiosas nuevas a las que se les ha comprobado pederastia, abuso sexual y abuso psicológico a muchos de sus miembros o destinatarios de su misión. No han sido todos los grupos, pero “demasiados”. Muchos de estos grupos siguen existiendo (pocos han sido disueltos), cosa que me resulta muy extraña porque me cuesta entender que se quiera seguir un carisma propuesto por alguien al que se le han comprobado tantas atrocidades. Pero así son las estructuras, sean civiles o eclesiales: una vez que se consolidan, resulta muy difícil terminarlas, aunque sus fundamentos sean tan ambiguos.

Pero volviendo a esos grupos actuales lo que más me preocupa es el tradicionalismo doctrinal que manifiestan muy alejado del espíritu de Vaticano II y de la propuesta sinodal con la que el papa Francisco y ahora el papa León XIV están buscando renovar la Iglesia.

Precisamente a estas experiencias parece que responde la nota doctrinal que publicó la Comisión de Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española hace unos días, con el título: “Cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón) sobre el papel de las emociones en el acto de fe.

La nota no menciona lo del tradicionalismo doctrinal que me parece acompañan estas experiencias, pero si resalta la “emotividad” como fundamento de estas nuevas manifestaciones religiosas y llama la atención a la necesidad de vivir una espiritualidad que asuma todas las dimensiones de la persona y la urgencia de un discernimientos frente a dichas experiencias, discernimiento realizado por la autoridad eclesial, como garante de la autenticidad de la fe y de estas nuevas iniciativas eclesiales.

La nota doctrinal se refiere explícitamente a experiencias centradas en el “primer anuncio” que, aunque parecen estar dando frutos, llaman la atención por su parcialidad centrada en las emociones y también en la dificultad de integrarse a la dinámica eclesial más amplia.

La nota aclaratoria tiene dos grandes partes. La primera, fundamentando la importancia de las emociones en la experiencia de fe y la necesidad de tener en cuenta todas las otras dimensiones humanas. Y, la segunda, ofreciendo criterios de discernimiento de este tipo de experiencias de fe.

Sobre la primera parte, hay afirmaciones muy importantes para vivir la experiencia de fe con autenticidad. Esta experiencia ha de abarcar todas las dimensiones de la persona: afectiva, intelectual y volitiva. Por eso, si solo se enfatiza lo emotivo se corre el peligro de convertirse en “consumidores de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual” y no en testigos de Cristo, configurando su vida con la suya. Lo central del mensaje cristiano es el misterio pascual que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano. Por eso, todo “impacto emocional” ha de manifestarse también en el “obrar de las personas”.

La absolutización de lo emotivo es una de las características de la postmodernidad. Se está cambiando el “pienso, luego existo” por el “siento, luego existo”.  Pero lo emotivo lleva solo a la inmediatez, el instante y, en la perspectiva de fe, esto puede llevar a hacer depender la fe de la emoción que se fortalece más cuando se comparte con todo un grupo. Lo emocional es fácilmente manipulable, pudiendo llegar incluso, al abuso espiritual.

Una experiencia de fe basada solo en lo emotivo puede hacer creer que se tienen experiencias místicas. Sin embargo, no fue así la experiencia de los grandes místicos. Ellos supieron también lo que es la noche oscura de la fe e integraron toda su persona en esa experiencia.

Por lo tanto, la nota no niega la importancia de los sentimientos en la vida espiritual o, con otros términos, el recuperar la centralidad del corazón en la persona, lugar de las decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza. De hecho, documentos magisteriales recientes como Caritas in veritate (Benedicto XVI, 2009) o la Dilexit nos (Francisco, 2024) proponen recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana porque desde este se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual, así como la volitiva y el compromiso y de esa manera la experiencia de fe se convierte en un acontecimiento totalizante para el creyente.

Por todo lo anterior la comisión de doctrina de la fe propone los siguientes criterios teológico-pastorales para un discernimiento de dichas experiencias espirituales:

(1) Nuestra fe es trinitaria lo cual libera de individualismos y lanza a la comunidad.

(2) La fe tiene una dimensión personal que va más allá de las normas y se refiere al encuentro con la Persona de Jesús. Sin embargo, este encuentro no solo lleva la alegría de dicho encuentro sino también la invitación a cargar la cruz con Cristo.

(3) Complementaria a la dimensión personal está la dimensión objetiva de la fe que supone la profundización en la fe y la doctrina. En este sentido, la formación se torna en un medio primordial que permite integrar la verdad en el amor. La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la Iglesia.

(4) Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado por la dimensión eclesial. Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio grupo, sino que aprecia la riqueza que aporta el conjunto. Los nuevos grupos necesitan del juicio de su autenticidad y regulación por parte de las autoridades eclesiales. A ellos compete no apagar el Espíritu, pero si examinarlo y quedarse con lo bueno. Es signo de eclesialidad dejar que estos métodos sean sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.

(5) La dimensión ética y caritativa es signo del verdadero encuentro con Cristo que no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe ha de traducirse en caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino.

(6) Finalmente, la experiencia de fe necesita la dimensión celebrativa que no se reduce a una oración individual o un mero devocionalismo, sino que supone la dimensión comunitaria, objetiva y sacramental. En este punto la nota alerta sobre las llamadas “adoraciones eucarísticas” para que no se desliguen de la celebración litúrgica y la pertenencia de todos los miembros de la iglesia al cuerpo de Cristo.

Aunque esa nota doctrinal tiene como destinatario a la realidad española, la existencia de esos grupos o esa espiritualidad más centrada en lo emotivo no es exclusiva de ese contexto y nos conviene a todos discernir sobre su pertinencia y aplicabilidad en todas las realidades en las que se están dado estos grupos. Es verdad que no hemos de “ahogar” el espíritu que siempre “hace nuevas todas las cosas”. Pero es una obligación moral discernir sus manifestaciones porque contamos con experiencias muy recientes de “demasiados lobos con piel de oveja”. 

(Foto tomada de: https://amordediosesp.org/index.php/8-noticias/182-31-de-enero.html)