lunes, 9 de marzo de 2026

 

Creer en Jesús rompiendo nuestras cegueras

IV Domingo de Cuaresma

(15-03-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? Jesús contestó: Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.  Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Fue, se lavó y al regresar ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban: ¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: Es él. Otros decían: No es, sino que se le parece. Él respondía: Soy yo. Así que le preguntaron: ¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos? Contestó: Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista. Le preguntaron: ¿Dónde está él? Responde: No sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo. Algunos fariseos le dijeron: Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado. Otros decían: ¿Cómo puede un pecador hacer tales milagros? Y estaban divididos. Preguntaron de nuevo al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? Contestó: Que es profeta (…) Le contestaron: Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo: ¿Crees en el Hijo del Hombre? Contestó: Quién es, Señor, ¿para que crea en él? Jesús le dijo: Lo has visto: es el que está hablando contigo. Respondió: Creo, Señor. Y se postró ante él. Jesús dijo: He venido a este mundo para un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos. Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron: Y nosotros, ¿estamos ciegos? Les respondió Jesús: Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su pecado permanece (Jn 9, 1-17.34-41).




Este cuarto domingo de cuaresma la liturgia nos ofrece otro encuentro de Jesús con una persona, en este caso, un ciego de nacimiento. El texto tiene varios detalles a tener en cuenta. Parte de la creencia de los discípulos en la ley de la retribución en la que el mal que le afecta a una persona tiene alguna casa personal o de sus padres. Jesús no acepta dicha ley y así se lo expresa a sus discípulos. El hecho ocurre en sábado y la curación se realiza con la arcilla que Jesús pone en los ojos del ciego. Trabajar la arcilla en día sábado es inaceptable para el descanso sabático, lo mismo que curar ese día. Con esto ya vemos la postura de Jesús ante la Ley: está ha de estar al servicio de la vida y no al contrario.

Pero lo central del texto se desprende de la afirmación que hace Jesús sobre sí mismo: “yo soy la luz del mundo” y, precisamente porque es luz, puede devolver la vista al ciego. Así lo hace, pero el ciego no sabe todavía quién es Jesús. Una vez que el ciego regresa ya curado a la sinagoga, es interrogado por los fariseos sobre quién lo curó. El ciego les cuenta cómo sucedieron las cosas, pero todavía ve en Jesús, solo a un hombre que le devolvió la vista. Los fariseos, por su parte, no aceptan tal curación -aunque algunos parecen ceder ante el hecho al afirmar que cómo podría hacer tales milagros si Jesús fuera pecador. Sin embargo, se resisten a creer y expulsan al hombre curado de la sinagoga.

Cuando Jesús se entera de la expulsión vuelve a encontrarse con este hombre y le hace la pregunta directa si cree en el Hijo del hombre. El ciego le pregunta quién es para poder creer y Jesús le revela que es él. Efectivamente, el ciego cree y no solo lo afirma, sino que se postra ante él. Pero los fariseos no creen y le preguntan si ellos están ciegos. Jesús les responde que, si estuvieran ciegos, no tendrían pecado, pero ellos dicen ver y se niegan a reconocer en Jesús la luz que ha de venir al mundo. Por eso, el pecado permanece en ellos.

Como en tantos pasajes en que Jesús confronta a los fariseos, se ve el contraste entre ellos que dicen cumplir la ley y los que no la cumplen y si son capaces de escuchar y creer. Por eso pueden ver y reconocer a Jesús como el Hijo del hombre. El texto nos invita a preguntarnos si también nosotros creemos o, como los fariseos, permanecemos en el pecado. Cuaresma, tiempo de conversión, nos invita a creer en Jesús, rompiendo todas nuestras cegueras.

 

 


viernes, 6 de marzo de 2026

 

8 de marzo, conmemoración del día de la mujer: tiempo de no bajar la guardia

Olga Consuelo Vélez



Cada año seguimos conmemorando el Día Internacional de la mujer y según la ONU, ningún país ha logrado cerrar las brechas legales entre hombres y mujeres. Sólo el 64% de los logros legales que tienen los hombres, alcanza a las mujeres. En materias de trabajo, dinero, seguridad, familia, propiedad, movilidad, negocios y jubilación la ley es desfavorable para las mujeres. Las mujeres siguen enfrentándose a leyes desfavorables y a obstáculos arraigados, e incluso retrocesos para alcanzar la igualdad ante la justicia. Si sigue ese ritmo, se tardarán 286 años en cerrar las brechas de protección legal. Por este motivo, el lema de la ONU para este año 2026 es “Derechos, justicia y acción por y para todas las mujeres y niñas” porque “nos negamos a dar un paso atrás o a abandonar nuestro mandato. En cambio, avanzamos juntas, por los derechos y el empoderamiento de todas las mujeres y niños”.

Sin embargo, una mirada menos comprometida está arraigada en muchas personas del común de la sociedad. Mujeres y varones opinan que no hay discriminaciones contra las mujeres e, incluso, muchas mujeres afirman que ahora los varones son las “víctimas” porque las mujeres los golpean o en los tribunales fácilmente los condenan por feminicidio y también existe el discurso de que las cosas ya están bien y los reclamos de las mujeres incomodan, crean mal ambiente y no debemos ser, justamente las mujeres, las que propiciemos ese clima.

Así es nuestra realidad en tantas situaciones. Gente con agudeza intelectual y moral para luchar por los cambios y transformaciones necesarias y muchas personas acomodadas a su entorno pequeño, sin muchos juicios críticos sobre los problemas de nuestra realidad, viviendo el día a día en su pequeño mundo.

No podemos negar que algunos actos violentos que surgen en protestas de activistas feministas, han sido ocasión propicia para seguir reforzando esa mirada en contra de cualquier reclamo de las mujeres. Y tampoco podemos negar que la condición humana, de varones y mujeres, hace que los dos sexos cometamos actos y acciones violentas que no nos exentan de la culpa. Pero siempre hay que mantener la capacidad crítica para no desacreditar todo el movimiento feminista por los actos reprochables que se han dado y que hubiera sido deseable no se dieran. Ahora bien, no todos los actos son violentos, pero si son actos que incomodan y desinstalan. Para no ir muy lejos, ya en España, el movimiento “La revuelta de las mujeres en la Iglesia”, se adelantó a este 8 de marzo, haciendo plantones en la puerta de varias catedrales a lo largo de España, con el lema “Este es mi cuerpo” y no tardaron mucho en tildarlas de “sacrílegas” por utilizar esta expresión, considerada “eucarística” (por gente de iglesia), en su activismo social. Pero lo que pretendieron fue muy legítimo y válido: el cuerpo de las mujeres es sagrado, como el de todos los seres humanos y, por eso, no puede ser objeto de discriminación de ningún tipo y menos en el ámbito eclesial.

Contando con todo lo anterior, sería bueno preguntarnos a fondo, de qué lado queremos estar. Y si somos personas creyentes, preguntarnos si nuestra fe nos desinstala y nos permite el juicio crítico que tuvo el mismo Jesús sobre la sociedad de su tiempo y que tantas otras personas a lo largo de la historia han sabido mantener e incluso dar la vida por esta causa, luchando por su transformación. Porque no lo olvidemos: Jesús en la sociedad patriarcal de su tiempo, se relacionó con las mujeres de igual a igual (mujer samaritana), las ayudó a superar las exclusiones que las mantenían en un segundo lugar (hemorroísa, mujer encorvada, siriofenicia, etc.) y las llamó a integrar su comunidad como verdaderas discípulas, haciendo a una de ellas -María Magdalena- la primera testiga de su resurrección.

Por todo esto, es tiempo de no bajar la guardia, empujando la transformación de la sociedad patriarcal porque todos -mujeres y varones- tenemos derecho a vivir en una sociedad sin exclusiones de ningún tipo y, mucho menos en razón del sexo. Y, por supuesto, seguir luchando porque también en la Iglesia esa igualdad sea una realidad. Se han dado pasos y son de celebrar, pero mientras persistan lugares, funciones y ministerios, negados a las mujeres, no es real la igualdad fundamental y el testimonio eclesial no puede ser creíble.

Agradezcamos en este día a tantas mujeres valientes que nos abrieron camino, para hoy gozar de las oportunidades que muchas mujeres tenemos, oportunidades de las que no gozan todas. Y sigamos denunciando esa mentalidad “patriarcal” tan arraigada en varones y mujeres que nos hace acomodarnos a la sociedad, tal y como ella es, y donde nos dicen que ya todo está bien y que nos vemos “más femeninas” si no seguimos incomodando a nadie. Ojalá no nos cohíba ese contexto social, sino que “no bajemos la guardia” hasta que nuestro mundo sea, en verdad, como Dios lo quiere: varón y mujer a imagen suya (Gn 1, 27), sin ninguna discriminación.

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

 

Una mujer y samaritana, anunciando a Jesús, el Cristo

III Domingo de cuaresma

(08-03-2026)

Olga Consuelo Vélez

Llegó a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaría llegó a sacar agua. Jesús le dice: Dame de beber. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. Le responde la samaritana: ¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva. Le dice [la mujer]: Señor, no tienes con qué sacar el agua y el pozo es profundo, ¿dónde vas a conseguir agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños? Le contestó Jesús: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, porque el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna. Le dice la mujer: Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla. (…) Le dice la mujer: Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres daban culto en este monte; ustedes en cambio dicen que es en Jerusalén donde hay que dar culto. Le dice Jesús: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Ustedes dan culto a lo que no conocen, nosotros damos culto a lo que conocemos; porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque esos son los adoradores que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad. Le dice la mujer: Sé que vendrá el Mesías, es decir, Cristo. Cuando él venga, nos lo explicará todo. Jesús le dice: Yo soy, el que habla contigo. (…) En aquel pueblo muchos creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: Me ha dicho todo lo que hice. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más creyeron en él, a causa de su palabra; y le decían a la mujer: Ya no creemos por lo que nos has contado, porque nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo (Juan 4, 5-15. 19-26.39-42) (Por la extensión del evangelio de hoy, asumimos la versión corta, permitida en la liturgia)



El evangelio de este tercer domingo de cuaresma es el conocido pasaje del encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Este texto lo podemos dividir en cuatro partes: Jesús llega a un lugar y se sienta junto a un pozo, allí llega la samaritana y Jesús dialoga con ella, una vez se ha ido la mujer Jesús dialoga con sus discípulos y, finalmente, los habitantes de la región van a encontrarse con Jesús. Como el texto es muy largo, normalmente en la liturgia se omite los datos de la vida de la mujer sobre sus maridos y el diálogo con los discípulos.

Lo sorprendente del texto es que Jesús sea el que inicie conversación con una mujer y, más extraño aún, que ella sea samaritana. El mismo evangelista recuerda la enemistad entre judíos y samaritanos. Con la petición que le hace Jesús de que le de beber se posibilita toda una secuencia en la mujer de comprensión de quién es Jesús. En un primer momento la mujer le dice “cómo tú siendo judío” (v. 9), después lo llama “Señor, no tienes con qué sacarla” (v. 11), más adelante, cuando Jesús le muestra que conoce su vida, ella le dice “veo que eres un profeta” (v. 19) y cuando va a contarte a los suyos de su encuentro con Jesús, se pregunta ¿no será el Cristo? (v. 29).

Por parte de Jesús, la petición que le hace a la mujer le permite a ella ir profundizando en su propia sed, para pasar del agua física al agua de la vida eterna que Jesús le está ofreciendo. El texto dice que la mujer dejó el cántaro para ir a anunciarle a los suyos lo que había vivido. Es decir, ella encontró esa agua que en verdad calma la sed.

El diálogo con los discípulos no se refiere al agua sino a la comida que ellos le han traído, pero en este caso también Jesús les hace pasar del alimento material al alimento de hacer la voluntad del Padre. Ese es el verdadero alimento de Jesús.

El texto concluye con los samaritanos que ya no creen solamente por lo que la mujer les ha dicho sino porque ellos mismos han oído a Jesús y reconocen en él al Salvador del mundo. Como es típico del evangelio de Juan, el primer paso es escuchar para luego creer. Eso es lo que ha sucedido con los samaritanos.

Este pasaje nos invita también a reconocer el protagonismo de las mujeres en la obra evangelizadora. La samaritana anuncia la buena noticia que recibe y da frutos porque los samaritanos que la escucharon también comienzan a creer en Jesús.

El pasaje nos lleva, entonces, a la confesión de fe cristológica más allá de las fronteras de Israel, adquiriendo una dimensión más universal. Para nosotros, este evangelio también puede ser una llamada a ir más allá de las propias fronteras. Descubrir la sed que hoy sienten nuestros contemporáneos y testimoniar que Jesús también calma su sed porque él llega a todos, sin ningún tipo de exclusión, ni discriminación.

domingo, 1 de marzo de 2026

 

En cuaresma, redoblar en oración, ayuno y limosna

Olga Consuelo Vélez

 

Cuaresma es el tiempo litúrgico de cuarenta días de preparación para la Pascua, misterio central de nuestra fe. Este año, la cuaresma comenzó el 18 de febrero con el miércoles de ceniza y se prolongará hasta el jueves santo. Por tanto, este mes de marzo se nos ofrece como una posibilidad honda de vivir esta experiencia, buscando los mejores frutos. Para la vivencia de este tiempo cuaresmal se nos recomienda la oración, el ayuno y la limosna. Digamos una palabra sobre cada una de estas mediaciones.

Sobre la oración, en la actualidad encontramos, en algunos círculos, un interés por ella, buscando medios, modos, talleres, etc., que ayuden a la concentración y, por tanto, al encuentro con Dios. Por supuesto, el silencio facilitado por la respiración, la postura corporal o el ambiente, ayudan a tomar conciencia de sí mismo y de la presencia de Dios en nuestro interior. Pero esto no es suficiente si hablamos de oración cristiana. Los evangelios nos dicen que Jesús se retiraba a orar, pero siempre en relación con la vida que llevaba. Por ejemplo, Lucas nos dice que “su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades, pero él se retiraba a los lugares solitarios donde oraba” (5, 15-16) o después de la multiplicación de los panes, una vez que despide a la gente “subió al monte a solas para orar” (Mt 14, 23). También se nos habla de la oración de Jesús en momentos muy importantes de su vida: al inicio de su ministerio en Galilea (Mc 1, 35); antes de elegir a los doce (Lc 6, 12) y en Getsemaní, antes de su pasión (Mc 14, 32; Mt 26, 36-39; Lc 22,41). Estas referencias bíblicas, a la oración del mismo Jesús, nos invitan a ser personas de oración, pero velando siempre porque la oración integre la vida y no nos aleje de ella. Como también enseñó Santa Teresa de Jesús, reconocida maestra de oración, la oración es un diálogo de amistad, de amor, un diálogo para hablar de la vida, un diálogo para conocer mejor a Jesús, a ese que vivió en la historia, teniendo amigos, sintiendo miedo, comiendo con pecadores y publicanos, ayudando a los necesitados de su tiempo, dando buenas noticias a los suyos. Revisemos, por tanto, nuestra vida de oración. Que sea ese encuentro de amor con Jesús el que nos lance al servicio, a la generosidad, a la preocupación por los más necesitados. Todas las demás prácticas que hagamos serán buenas, en tanto en cuanto, den esos frutos.

Sobre el ayuno, en estos tiempos hay muy diferentes posturas. Algunos lo cumplen estrictamente, otros lo entienden más como un compartir que como un privarse de alimentos y hay muchos que no lo practican. Lo que interesa es encontrar su sentido para que también de frutos de solidaridad en nuestro mundo tan necesitado de ella. El ayuno significa privación de algo vital -el alimento es algo vital- pero no por autoinfligirse sacrificio o porque Dios quiera que suframos de alguna manera. Esas ideas surgieron de una concepción dualista que ha acompañado la tradición cristiana, donde el cuerpo se consideraba malo y por eso convenía castigarlo. No es esa la concepción bíblica, la cual entiende al ser humano de manera unitaria, “un cuerpo animado por el espíritu, un espíritu encarnado en este mundo”, de manera que el ayuno es más de toda la persona (no solo del cuerpo) hacia actitudes o actos que no estén construyendo reino de Dios. El ayuno se podría entender como actos de generosidad, servicio y amor hacia los demás, expresado en las realidades materiales que mejor nos ayuden a ello.

Sobre la limosna, tema difícil en nuestro mundo actual, tan marcado por la injusticia social, donde estructuralmente tantos no tienen condiciones para vivir y no logran romper las barreras que les hacen, prácticamente imposible, salir de la pobreza. La ayuda inmediata siempre será necesaria porque lo urgente no da espera, pero trabajar por la justicia social es una tarea impostergable. Como decía el papa Francisco, no podemos seguir apoyando una economía que “mata”, ni seguir creyendo ingenuamente que el mercado, por si mismo, derramará su ganancia sobre los pobres. Eso nunca ha pasado y no pasará (Evangelli Gaudium n. 53). El creyente, por tanto, ha de apoyar las políticas sociales que más ayuden a construir equidad y posibilidades de vida para todos. Más haríamos conociendo a fondo -para poner en práctica- la Doctrina social de la Iglesia- que tranquilizar la propia conciencia, dando limosna.

Redoblar en oración, ayuno y limosna, en este tiempo de cuaresma, puede ser un buen propósito para vivir seriamente este tiempo. Pero hacerlo en el espíritu de lo que se ha dicho en los párrafos anteriores y no simplemente en repetir ritos vacíos o prácticas que no cambian nada. Como bien lo señala el evangelio de Mateo, la oración, el ayuno y la limosna no son para vanagloriarse y que los demás nos aplaudan (Mt 6, 1-18). Son para vivirlos en la autenticidad del corazón que se dispone a amar como el mismo Dios ama, mostrándolo con obras concretas que transformen la realidad que vivimos.

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Webinar sobre Diaconado femenino

https://www.youtube.com/live/h_Lor4P1_7c




lunes, 23 de febrero de 2026

 

Jesús se transfigura también ante nosotros para sostenernos en las dificultades

II Domingo de Cuaresma (1-03-2026)

 

Olga Consuelo Vélez

 

Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! Cuando levantaron la vista, sólo vieron a Jesús. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos (Mateo 17, 1-9)

 




Este texto de la transfiguración viene después de que Jesús ha hecho el primer anuncio de la pasión a sus discípulos (Mt 16, 21). Pedro lo reprende por decir esas cosas y Jesús lo increpa fuertemente, llamándole “Satanás” ya que no parece entenderle y, más aún, quiere impedir que esa sea la suerte que corra Jesús. En este contexto, el texto de la transfiguración va a adelantar, de alguna manera, que la muerte no tiene la última palabra porque llegará la gloria que alcanzará a Jesús y a los que estén con él. Para esto, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y suben al monte donde acontecerá la transfiguración.

En el evangelio de Mateo la figura del monte se utiliza varias veces. Aparece en las tentaciones cuando el diablo lo lleva a un monte muy alto (Mt 4, 8-10) y también es en un monte donde Jesús pronuncia su sermón inaugural (Cap 5-7). Será también en el monte donde se despedirá de sus discípulos (Mt 28, 18-20). Para Mateo el monte es el lugar donde Dios se manifiesta, así como lo hizo con Moisés dándole las tablas de la Ley (Ex 31, 18) o con Elías, cuando el profeta está en crisis y sube al monte Horeb buscando a Dios (1Re 19, 1-18). En este pasaje Jesús va con sus discípulos al monte y allí sucede el misterio de la transfiguración donde los apóstoles pueden ver a Jesús resplandeciendo como el sol y con sus ropas blancas; además conversando con Moisés y Elias. Ante esto Pedro toma la palabra y propone hacer tres tiendas. Sin duda, todos queremos quedarnos en los momentos de gloria y huir de las dificultades. Pero la experiencia continua y se oye una voz del cielo que confirma que Jesús es el Hijo amado, el predilecto a quién hay que escuchar. Es entonces cuando los discípulos sienten miedo. Este miedo es más un “temor reverencial” frente a lo divino, es decir, el reconocimiento de esa realidad trascendente que logran percibir. Jesús les dice que no tengan miedo y les advierte que no le cuenten a los demás hasta que haya sucedido la resurrección.

Si tomamos al pie de la letra este pasaje, podríamos pensar que ya los discípulos tienen claro todo lo que va a acontecer con Jesús: su muerte y su futura resurrección. Por lo tanto, no se entendería por qué Pedro lo va a negar más adelante y todos los discípulos huyen en el momento de la muerte. Por esto, es necesario recordar que todos los evangelios están escritos a la luz de la Pascua, es decir, ya han sucedido todos los acontecimientos y es, entonces, cuando las diferentes comunidades comienzan a poner por escrito la experiencia vivida. En ese sentido, lo que tal vez en la vida histórica de los discípulos era una intuición, una cierta certeza y por eso estaban siguiendo a Jesús, en la redacción del evangelio ya aparece como un hecho dado, como un momento en el que, contrario a la persecución que pronto sufrirá Jesús, se va teniendo la convicción de que ese camino es el que Dios quiere porque, en verdad, Jesús, es el Hijo amado de Dios.

En nuestra vida también tenemos ciertos momentos de certeza en que nuestras opciones se hacen fuertes y nos impulsan a más compromiso y radicalidad. Hemos de mantenerlas en la memoria para que nos sostengan en los momentos de duda e incertidumbre. Jesús es el Hijo de Dios y su programa del reino es la voluntad de Dios sobre la humanidad. Creamos en su propuesta, a pesar de las dificultades, con la esperanza cierta en que Dios tiene la última palabra y esta es de vida y salvación.


martes, 17 de febrero de 2026

No traicionar la misión que se nos confía

I Domingo de cuaresma (22-02-2026)

Olga Consuelo Vélez



Entonces Jesús, movido por el Espíritu, se retiró al desierto para ser tentado por el Diablo. Hizo un ayuno de cuarenta días con sus noches ya al final sintió hambre. Se acercó el Tentador y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estás piedras se conviertan en pan. Él contestó: está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Luego el Diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo colocó en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues está escrito: Ha dado órdenes a sus ángeles sobre ti; te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en la piedra. Jesús respondió: también está escrito: no pondrás a prueba al señor, tu Dios. De nuevo se lo llevó el Diablo a una montaña altísima y le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor y le dijo: todo esto te lo daré si te postras para adorarme. Entonces, Jesús le replicó: Aléjate, Satanás, que está escrito: Al -Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto. De inmediato le dijo el Diablo y unos ángeles vinieron a servirle (Mateo 4, 1-11)



Comenzamos el tiempo de cuaresma, tiempo de preparación para la celebración del misterio pascual, centro de nuestra fe. El evangelio que nos presenta la liturgia es el conocido texto de las tentaciones de Jesús. La referencia al desierto, a los cuarenta días, a las tentaciones, nos remiten a la experiencia de Israel en sus 40 años en el desierto, con la diferencia de que Israel no venció las tentaciones y Jesús si lo hará.

Este texto Marcos lo señala de manera muy breve, diciendo solo que Jesús fue tentado, pero Lucas y Mateo si lo describen detalladamente. Sin embargo, están invertidas la segunda y la tercera tentación, posiblemente porque Lucas que, presenta a Jesús en camino a Jerusalén, prefiere señalar como tercera tentación la que se refiere a la ciudad santa. Siguiendo a Mateo, la primera tentación es la de convertir las piedras en pan, la segunda la de tentar a Dios arrojándose desde lo alto del templo y la tercera la de adorar al diablo para que le dé todos los reinos. En las tres ocasiones Jesús supera la tentación haciendo referencia a textos bíblicos del Deuteronomio, introduciendo el pasaje con la expresión “está escrito”.

Estas tentaciones son tentaciones mesiánicas porque se refieren a la misión que Jesús está llevando a cabo. En los dos primeros casos el diablo introduce la tentación con la frase “si eres Hijo de Dios”. Si así es, no le faltará la comida y lo protegerá de las piedras al caer de lo alto de la montaña. La respuesta de Jesús es contundente porque conoce bien que su misión no es para su protagonismo o fama sino para el servicio del reino en el mundo en el que vive. La tercera tentación es la propuesta de darle todos los reinos si Jesús adora al diablo. Y Jesús contesta con las mismas palabras que luego dirigirá a Pedro cuando este no quiere acoger sus palabras sobre la pasión que, intuye, le sucederá. Podríamos traducir esas palabras como una forma de no apoyarse en la prudencia o la concesión gloriosa del mesianismo, porque bien sabe que su misión no busca la gloria sino el servicio.

Jesús supera la tentación y el texto termina diciendo que el Diablo y los ángeles se ponen a servirle. Su fidelidad a la misión permite que el orden se restablezca para el bien de la humanidad. Puede entonces Jesús comenzar su misión, confiado en el Dios que no lo dejará de su mano, aunque la situación sea difícil y su misión levante tanto rechazo y conflicto.

La cuaresma nos ha de interpelar sobre la fe que vivimos y la concepción mesiánica que tenemos. En tiempos donde las religiones se manipulan con intereses políticos o se invoca a Dios para matar a otros o proponer una sociedad de escogidos, las tentaciones de Jesús nos invitan a discernir sobre la misión que se nos ha confiado y a no traicionarla acomodando los valores del reino a privilegios propios o intereses privados. (Foto tomada de: https://es.wikivoyage.org/wiki/Desierto_de_la_Tatacoa)