martes, 3 de noviembre de 2026

 

La vigilancia como actitud constante de la vida cristiana

DOMINGO XXXII del Tiempo Ordinario

(8-11-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz: ¡Qué llega el esposo, salgan a su encuentro! Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: Dennos de su aceite, que se nos apagan las lámparas. Pero las prudentes, les contestaron: Por si acaso no hay bastante para ustedes y nosotras, mejor que vayan a la tienda y lo compren. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Pero él respondió: En verdad les digo que no las conozco. Por tanto, velen, porque no saben el día ni la hora (Mateo 25, 1-13)




Nos estamos acercando al final del año litúrgico -hoy es el domingo XXXII del tiempo ordinario, es decir, quedan dos domingos para entrar en adviento, y los textos que nos ofrece el evangelio hacen referencia al momento definitivo, a la consumación final de nuestra historia. Esto lo hace con diferentes tipos de lenguaje y, en este caso, con el género “parábola”. Para la lectura de hoy, se nos ofrece la conocida parábola de las diez vírgenes, cinco de las cuales eran necias y cinco prudentes.

No olvidemos que la parábola, género que se atribuye como original de Jesús, tiene la característica de involucrar al oyente, de interpelarlo, sin acusarlo directamente. También la parábola no puede tomarse al pie de la letra porque muchas veces relata hechos o actitudes absurdas que nada tienen que ver con el evangelio, porque su objetivo es valerse de una narración para enfatizar el aspecto que quiere comunicar, sin estar pendiente de otros datos de la parábola, totalmente ambiguos. En este caso, si interpretáramos la parábola literalmente, tendríamos que hablar de cinco vírgenes necias y cinco vírgenes egoístas, porque no quisieron compartir su aceite, o de una sugerencia absurda como es la de ir a comprar aceite para las lámparas a media noche.

Lo anterior nos sitúa en lo central de la parábola: con la imagen “esponsal” -muchas veces usada en la Biblia para expresar la relación de Dios con su pueblo- se nos habla del esposo que llega para celebrar el banquete de bodas (el banquete es signo de lo escatológico, del encuentro definitivo con Dios), y las vírgenes han de estar preparadas para entrar al banquete. El relato muestra cómo solo cinco están preparadas y, por eso, pueden entrar al banquete, mientras que las otras, al tener que ir a buscar el aceite para poder esperarlo, llegan tarde y se quedan por fuera. Por lo tanto, la actitud de la vigilancia, de la espera atenta, es indispensable para el encuentro con el esposo, para no quedarse fuera del banquete.

Ahora bien, la vigilancia no es solo para el último momento. La vigilancia ha de ser la actitud constante en la vida cristiana. Vigilancia para estar siempre atento al esposo que llega en los hermanos necesitados, en las situaciones injustas, en tantos momentos de la vida que urge responder desde el amor. El esposo llega a cada instante, donde se juega el testimonio y la práctica consecuente del amor. Esa praxis vigilante es la que nos permitirá gozar del momento definitivo del encuentro con nuestro Dios, plenitud de vida y amor.

domingo, 1 de noviembre de 2026

 

EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Las bienaventuranzas como camino de santidad

 

Olga Consuelo Vélez

 

El mes de noviembre comienza con la celebración de “Todos los santos” (1 de noviembre) y es buena ocasión para recordar la Exhortación Gaudete et Exsultate (2018) del Papa Francisco. La invitación de este documento es clara: la santidad es para todos y ha de vivirse en la vida cotidiana. Esta afirmación no fue una novedad del papa Francisco. En la Lumen Gentium, ya se afirmaba: “En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: porque esta es la voluntad de Dios, su santificación (1 Ts 4,3)” (n. 39).  En otras palabras, la santidad no está reservada para unos pocos, sino que es una vocación universal.

La exhortación sobre la santidad de Francisco consta de cinco capítulos: (1) El llamado a la santidad; (2) Dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo actual; (3) A la luz del maestro, refiriéndose a las bienaventuranzas, (4) Algunas notas de la santidad en el mundo actual: aguante, paciencia, mansedumbre, alegría y sentido del humor; audacia y fervor, comunidad, oración y (5) Combate, vigilancia y discernimiento.

Este esquema nos habla de una vida cristiana vivida desde la alegría del encuentro, desde la llamada de Dios a cada uno, desde la celebración de la vida nueva. Notemos que no se refiere a “cumplir mandamientos” o a participar en liturgias -so pena de pecar si no asistimos a ellas (misa dominical), sino a las bienaventuranzas que, por un lado, nos insisten en la “felicidad” que dan las actitudes propias del reino -señaladas en cada una de las bienaventuranzas- y por otra, en el culto que verdaderamente agrada al Señor que no es otro que la fraternidad/sororidad para con cada uno de sus hijos e hijas.

La expresión “los santos de la puerta de al lado” es talvez una de las afirmaciones más ricas para iluminar la vida cristiana. Acostumbrados a santos que proclama la Iglesia, casi todos con “virtudes extraordinarias”, algunos con vidas que ni parecen de seres humanos reales, la mayoría clérigos o de vida religiosa -últimamente han aumentado santos del laicado y personas casadas-, Francisco se refiere a “los padres que crían con amor a sus hijos, esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, los enfermos, las religiosas ancianas que siguen sonriendo, los que mantienen la constancia para seguir adelante día a día (…) esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios” (n. 7). Francisco hace especial mención de las mujeres -por la historia de relegación que han sufrido históricamente, recordando no solo a las explícitamente reconocidas como Hildergarda de Bingen, Brígida, Catalina de Siena, Teresa de Ávila o Teresa de Lisieux, sino “a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio” (n. 12).

Sobre los enemigos de la santidad que señala la exhortación, el gnosticismo actual Francisco lo entiende como “encerrarse en el subjetivismo, donde solo interesa determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos” (n. 35). En otras palabras, la Iglesia tiene muy claro -aunque a veces no se viva con esa radicalidad- que la perfección de las personas está en su grado de caridad hacia los demás y no en la cantidad de conocimientos que acumulen. Esto no significa que la ciencia sea mala o que no haya que tener un espíritu científico, sino que todo ha de estar al servicio del amor, de las obras y no de la ley o la teoría. Es velar por “no convertir la experiencia cristiana en un conjunto de elucubraciones mentales que terminan alejándonos de la frescura del evangelio” (n. 46).

El segundo enemigo de la santidad, según Francisco, es el pelagianismo actual, entendiéndolo como la voluntad humana, capaz de realizar por si misma toda perfección humana, olvidándose que “todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios (Rm 9,16) y de que “él nos amó primero” (1 Jn 4, 19)”. El pelagianismo lleva a la autosuficiencia de algunos, creyéndose mejor que los demás, cayendo en la “autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la dotrina, del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de los asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial” (n. 57).

La santidad consiste, entonces, en la vivencia de la felicidad expresada en las bienaventuranzas. Felices los pobres que son aquellos que asientan su vida en Dios y no en las riquezas, en el honor o en el poder que conllevan cierta injusticia con los demás, cierto detrimento de su valor. Felices los mansos que significa los que saben mirar a los demás sin prepotencia, creando clima de encuentro y valoración mutua. Felices los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, por el dolor y la injusticia del mundo y se disponen a transformarlo. Felices los misericordiosos, es decir, sensibles a la miseria, denunciándola. Felices los de corazón limpio y los que trabajan por la paz. Felices los que no temen ser perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos (nn.67-94).

Conviene que profundicemos en esta exhortación bella, atrayente, profunda. Muchos otros elementos se señalan en ella, pero quedémonos con estas palabras para la conmemoración de esta festividad de todos los santos: “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado (…). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: Alégrense siempre en el Señor; les repito, ¡alégrense! (Flp 4,4).

martes, 27 de octubre de 2026

 

Aspirar a la santidad que brota del compromiso con la justicia y la paz

Festividad de Todos los Santos

(1-11-2026)

 

Olga Consuelo Vélez




En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:  Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reno de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados ustedes cuando los insulten, los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo (Mateo 5, 1-12).




Hoy celebramos la fiesta de todos los santos y el evangelio que se nos propone es el de las Bienaventuranzas de Mateo. De alguna manera este evangelio nos ilumina el camino de la santidad. Esta no consiste en tener actitudes extraordinarias sino en vivir “el programa del reino”, como también se conoce este texto de las bienaventuranzas.

Recordemos que Lucas también tiene el pasaje de las bienaventuranzas (6, 24-26), pero con notables diferencias. Comparar los dos textos nos puede ayudar a entender el sentido más pleno de estas. En Mateo, Jesús se dirige a una multitud más indeterminada y en Lucas se dirige a sus discípulos. Mientras Mateo pone el énfasis en actitudes que traen la felicidad, Lucas lo pone en el cambio de la situación negativa por la positiva, trayendo, entonces, la bienaventuranza. Además, Lucas tiene cuatro “ayes” o “mal venturanzas”, en las que muestra cómo lo que ahora se cree positivo (ser ricos, estar sacados, reír y ser alabado por todos) va a mostrar el lado negativo que posee.  En conjunto, podemos decir que estos textos, en verdad, son el programa del reino propuesto por Jesús que significa cambio, transformación, asumiendo la persecución propiciada por aquellos que no quieren acogerlo. Si profundizamos un poco más en cada una de estas bienaventuranzas podemos afirmar que hay felicidad cuando se pone la confianza absoluta en Dios -Felices los pobres de espíritu- y cuando se viven las actitudes de mansedumbre, tristeza por el dolor del mundo, hambre y sed de justicia, misericordia, pureza de intención, trabajar por la paz y ser perseguidos por causa de la justicia. El texto de Mateo finaliza, ya no dirigiéndose a la multitud en general sino interpelando directamente a sus oyentes, con el término “ustedes”, insistiendo en la persecución como fruto del seguimiento, de su causa, del programa del reino. En Lucas, como ya lo dijimos, se especifica más claramente que el reino de Dios trae, efectivamente, el cambio de la situación, lo cual produce la felicidad prometida.

Conviene que este texto ilumine, en verdad, la santidad a la que todos estamos llamados y que ya reconocemos en aquellos que nos han precedido porque han dado frutos buenos. A veces se cree que la santidad es aislarse de este mundo o encerrarse en una vida de alabanzas y rezos o practicar un ascetismo que raya muchas veces con la vanagloria personal de creerse más perfecto. El papa Francisco nos recordó en la Exhortación Gaudete et exultate (2018), a los santos “de la puerta de al lado”, es decir, todos aquellos que han hecho bien en este mundo desde la cotidianidad de sus vidas y que no están en los altares de nuestras iglesias, pero si en la vida definitiva con Dios. Pidamos aspirar a la santidad, esta de las bienaventuranzas, del seguimiento del Jesús del reino, de la que brota del compromiso de construir la justicia y la paz en este mundo que el Señor nos ha confiado.

martes, 20 de octubre de 2026

 

Amar a Dios y al prójimo, síntesis de la vida cristiana

Domingo XXX del Tiempo Ordinario

(25-10-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?". Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas" (Mateo 22, 34-40).

 



Los domingos pasados hemos visto como los escribas, fariseos y sacerdotes buscan hacer tropezar a Jesús con preguntas capciosas. Este texto continúa con la misma dinámica, esta vez, con una pregunta hecha por un doctor de la Ley, del grupo de los fariseos, de la que el evangelista dice explícitamente que la hacía para ponerlo a prueba. Curiosamente, la pregunta en sí, no parece tener esa connotación, pero el evangelio de Mateo se caracteriza por mostrar la polémica de estos grupos con Jesús. La pregunta es sobre cuál es el mandamiento más grande de la Ley. Jesús responde el amor a Dios con todo el corazón, alma y espíritu y el amor al prójimo como a sí mismo.

Notemos dos cosas: Jesús pone al mismo nivel estos dos mandamientos al decir que el segundo es semejante al primero lo que refuerza lo que estará en otras partes del evangelio sobre el que hace esto a uno de los más pequeños al mismo Dios se lo está haciendo, según el capítulo 25 de Mateo. El segundo aspecto es el significado de quién es el prójimo. Para el pueblo judío el prójimo es el judío y, según cuál grupo, solo los judíos que se consideran justos o cumplidores de la ley. Aunque en este texto no se aclara esto, por el mensaje global de Jesús, sabemos que abre las fronteras del prójimo a todo ser humano, especialmente los más necesitados, como lo ejemplificara muy bien Lucas en la parábola del Buen Samaritano.

Jesús finaliza su respuesta diciendo que de esos dos mandamientos depende toda “la Ley y los profetas”. Esta expresión es otra manera de hablar de todo el texto bíblico. Es decir, el amor a Dios y al prójimo es la síntesis de toda la promesa divina contenida en el libro sagrado. 

domingo, 18 de octubre de 2026

 

Cien años de la “Jornada Mundial de las misiones” (DOMUND)

Olga Consuelo Vélez

 



Octubre es el mes dedicado a las misiones y, en esta ocasión, se celebran los cien años de haber sido instituida, por Pío XI, la “Jornada Mundial de las Misiones” DOMUND (Domingo Mundial de las misiones, el penúltimo domingo de octubre). Pío XI quiso mostrar la universalidad de la misión y la responsabilidad de toda la Iglesia en ella. Además, el ayudar a tomar conciencia de la necesidad de recolectar fondos para sostener la misión en los territorios más necesitados.

Para esta ocasión el Papa León XIV propuso como lema: “uno en Cristo, unidos en la misión”, queriendo hacer énfasis en la unión con Cristo como centro de la misión. Retomó el texto del evangelio de Juan: “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (17,21), mostrando con ello el deseo de Jesús de la unidad entre todos sus seguidores, como un testimonio visible de la comunidad, de la fraternidad/sororidad entre todos los seres humanos y de la armonía con la creación.

Para León XIV, la fecundidad misionera nace de este testimonio de unidad y no de prácticas o ideas religiosas. Por eso, llama a superar las divisiones y a vivir el espíritu ecuménico que nos permite la unidad con las otras denominaciones cristianas. Es esta experiencia de unidad, en todos los sentidos, la que da fuerza comunicativa al evangelio, porque, como dijo el papa Francisco, “el anuncio del evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal”.

Este llamado a la unidad no debe entenderse como uniformidad, sino como unidad en la pluralidad. Podríamos recordar la carta paulina donde se habla de los diversos carismas todos para beneficio del cuerpo de Cristo que es la Iglesia (1 Cor 12, 12-13). La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe. El papa León XIV anima, en su mensaje, “a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la misión”.

Además de la unidad como condición de la misión, León XIV continua su mensaje, recordándonos que “la Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo. Es una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo” (cf. 2 Co 5,14). De la misma manera, “a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos”.

Cabe destacar en este día a tantos misioneros y misioneras ad gentes que dejan su familia, su tierra y toda su seguridad para anunciar el evangelio en lugares difíciles y apartados, con condiciones materiales muy precarias, muchas veces arriesgando la vida por estar en zonas de conflicto o por las condiciones insalubres con las que tantas veces se encuentran. Hemos de pedir que esta generosidad misionera se despierte en muchas personas para que el evangelio pueda llegar hasta los confines de la tierra.

Conmemorar estos cien años ha de comprometernos también a reconocer que ahora somos nosotros los que hemos de continuar esa tarea. Supone tomarnos en serio el llamado a ser “discípulos misioneros” como lo enfatizó la V Conferencia Episcopal Latinoamericana en Aparecida (2007) y que el papa Francisco retomó en su primera Exhortación Evangelii Gaudium (2013), invitándonos a ser una Iglesia en “salida”, cercana a las periferias y abierta a todos. Con el proceso sinodal que Francisco emprendió en 2021, profundizó en esta vocación discipular misionera de todo cristiano llamado a la participación y corresponsabilidad eclesial con todas las consecuencias. Todo esto es posible en la medida en que se reconozca al laicado como sujeto activo de la misión, especialmente las mujeres, a las cuales se les ha marginado tanto en los espacios eclesiales y que hoy se hace indispensable su integración afectiva y efectiva, también en los niveles de decisión.

La misión sigue siendo urgente y el llamado permanece. Sin embargo, los tiempos van cambiando y es necesario buscar nuevas formas y adaptarse a las nuevas realidades. Por eso, hoy en día, la misión ha de hacerse desde el diálogo intercultural, la inclusión y la escucha de todos. No son tiempos de adoctrinamiento o de apología porque el evangelio no se impone, sino que se ofrece como don y regalo de Dios, no se defiende creyéndose poseedores de la única verdad, sino que busca sumar con las otras experiencias y maneras de vivir lo religioso. Nuestra tarea es anunciar la buena noticia del Reino y que los frutos de nuestro compromiso de vida abran los caminos de Dios sobre la humanidad, especialmente desde la opción por los pobres, partiendo siempre desde los últimos y marginados. Todo lo anterior hace posible una iglesia auténticamente misionera, servidora y en salida.

Pidamos vivir este nueva Jornada misionera con la generosidad suficiente “para que nadie pase necesidad en la comunidad” (Hc 4, 32-35). En la medida que podamos, que no falte la donación económica para hacer frente a tanta necesidad material de nuestro mundo. Pero, sobre todo, que no falte la donación de todo lo que somos al servicio de los demás.

 

martes, 13 de octubre de 2026

 

Devolver al Cesar lo que le pertenece no significa dejar de vivir la caridad social

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

(18-10-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" (Mateo 22, 15-21).


 

El evangelio de hoy nos presenta una realidad fundamental que acompañó la misión de Jesús: su ser cuestionado por las autoridades judías y, en este texto, concretamente por los fariseos. Conviene darse cuenta que los fariseos, los más religiosos de Israel, celosos del cumplimiento de la ley, se unen con los herodianos, grupo cercano a Herodes Antipas, es decir, al Imperio, con la intención de acorralar a Jesús. En otras palabras, grupos opuestos se ponen de acuerdo por un mismo objetivo.

El diálogo deja ver el interés de los enemigos de Jesús de parecer, en un primer momento, favorables a él, diciéndole que “saben que es sincero enseñando el camino de Dios, sin excluir a nadie”- Pero, en un segundo momento, le lanzan la pregunta con la que lo quieren cuestionar: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?”. La respuesta no deja salida a Jesús. Si responde que está de acuerdo, los fariseos dirán que está a favor de Roma y en contra del pueblo y, si responde que está en contra, los herodianos contarán a Roma que él se está revelando contra el Imperio.

Jesús no se deja atrapar y les llama hipócritas. Además, les pide que le muestren la moneda con la que pagan el impuesto, dejando en evidencia, que los fariseos si lo pagan. Al tener el denario en sus manos, les pregunta de quién es la imagen y la inscripción que tiene la moneda. Ellos le contestan “del César”. Jesús señala su incoherencia en un doble sentido: llevan una imagen, lo cual es idolatría para Israel y admiten una inscripción que afirma la divinidad del César.

La respuesta de Jesús es brillante: “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Ese “den” no significa pagar el impuesto, sino devolver al César lo que es suyo y que no tiene nada que ver con Dios. Jesús no cae en la trampa que le habían tendido y deja, en evidencia sus malas intenciones. El texto termina con un versículo final, que no se lee en la liturgia de hoy, sobre la reacción de los que preguntaban: “al oír esto se fueron maravillados”. Esta “admiración” la usa varias veces Mateo como respuesta de los oyentes a los signos del reino que Jesús realiza en medio de ellos.

Este texto no significa que el creyente no tenga que meterse en política, como algunos aducen. Se refiere a la persecución que comienza a sufrir Jesús, desencadenando en su muerte. Por el contrario, la dimensión política de la fe es ineludible, respondiendo con independencia frente a cualquier idolatría, ideología o cohesión de los poderes políticos que ahoguen los signos del reino. Como escribió el papa Francisco en la Fratelli tutii: “la caridad social es la mejor política, entendida como servicio al bien común, integrando la economía en un proyecto humano y comunitario”.

lunes, 5 de octubre de 2026

 

De nosotros depende sentarnos en el banquete del reino

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

(11-10-2026)

Olga Consuelo Vélez

Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas". Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: "El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren". Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?". El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes". Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos" (Mateo 22, 1-14).

 


Esta parábola, como la del domingo pasado, sigue mostrando cómo Israel rechaza el reino de Dios anunciado por Jesús. La parábola que Jesús cuenta, en esta ocasión, es sobre un rey que celebra las bodas de su hijo y manda a sus servidores a avisar a sus invitados. Pero ellos se niegan a ir. Manda de nuevo a otros servidores para decirle a los invitados que ya el banquete está preparado, pero esta vez, tampoco aceptan y se fueron a realizar otras tareas e, incluso, algunos maltratan y matan a los servidores que les llevaban la invitación. Cuando el rey se entera, envía a las tropas para que incendien la ciudad. Ante lo vivido, el rey toma otra decisión: enviar a los servidores fuera de la ciudad para que inviten a todos los que encuentren. Efectivamente, muchos vinieron. Esta parte de la parábola denuncia claramente que Israel, el pueblo de la alianza, no quiere acoger el banquete preparado por Dios para ellos. Incluso lo desprecian, matando a quienes les invitan. Y, justamente serán los de fuera, -por eso la parábola habla de salir a los cruces de los caminos- los que acepten la invitación y lleguen al banquete.

La última parte puede desconcertarnos porque se nos dice que el rey encontró a uno de los comensales sin traje de fiesta y le pregunta porqué está allí sin el traje apropiado. El hombre calla y el rey manda atarlo y arrojarlo a las tinieblas. En realidad, este relato nos muestra que también los de fuera, si no entran en la dinámica del banquete, pueden ser arrojados fuera.

Conviene decir que el banquete es uno de los símbolos que Jesús emplea para hablarnos del reino de los cielos. Para los judíos, sentarse a la mesa, es sentarse con Dios y, por eso, ellos no se sientan con pecadores o publicanos. Jesús, por el contrario, se sienta con pecadores y publicanos y por eso lo critican fuertemente. Esa práctica que el realizaba es lo que cuenta aquí, en forma de parábola, mostrando dónde esta la verdadera mesa del reino -entre los últimos, los pecadores y los rechazados- y ellos no quieren sentarse allí, por eso, al final, serán otros los que acojan y entren al banquete mesiánico.

El hecho de que sean los invitados los que no quieren entrar muestra que Dios no excluye a nadie. Son las mismas personas las que se rehúsan a entrar, las que no quieren acoger a Jesús y su anuncio de la Buena Noticia. El evangelio termina con la sentencia de “muchos son los llamados, pocos los elegidos” que, en el contexto de la parábola, significa que Dios llama a todos, a los de dentro y a los de fuera, pero dependerá de cada uno aceptar la invitación. Incluso, aunque según la parábola parece menos probable, algunos de los de afuera pueden no entender la dinámica del reino y también quedarse por fuera.

Pidamos responder a la invitación que Jesús nos hace cada día y sentémonos en la mesa de la justicia, la inclusión, el bien común, la defensa de los últimos porque allí, con toda certeza se celebran las bodas del Cordero.