martes, 14 de abril de 2026

 

En la Eucaristía, Jesús resucitado se queda con nosotros

III Domingo de Pascua

(19-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 





Aquel mismo día, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino conversaban sobre todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: ¿De qué van conversando por el camino? Ellos se detuvieron con rostro afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? Jesús preguntó: ¿Qué cosa? Le contestaron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron. Jesús les dijo: ¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.  Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba. Entró para quedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que afirmaban: Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.  Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24, 13-35).

 

Los domingos pasados hemos leído las apariciones de Jesús según el evangelio de Juan. En esta ocasión es Lucas el que nos ofrece otro testimonio de la aparición de Jesús a los suyos, concretamente, a dos discípulos que, muy desanimados por todo lo ocurrido en Jerusalén -el asesinato de Jesús-, están volviendo a Emaús, a unos diez kilómetros de Jerusalén.

Antes de comentar la aparición, caigamos en cuenta que estos dos discípulos no necesariamente son dos varones. Perfectamente pueden ser un matrimonio ya que viven en la misma casa y al pie de la cruz aparece una María esposa de Clopás (sería el mismo nombre de Cleofas). El plural masculino incluye a las mujeres y no hay porque negarlo en este caso.

Pero volviendo a la aparición, Jesús se les junta en su regreso a casa y les pregunta que van conversando. Ellos extrañados le dicen que él es el único que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén. Continúan contándole cómo ellos, que tenían esperanza en que Jesús fuera el liberador de Israel, ya no la tienen pues lo crucificaron las autoridades de Israel y han pasado tres días de aquellos hechos. Señalan que unas mujeres del grupo les han desconcertados porque les habían dicho que no lo habían encontrado en el sepulcro y unos ángeles les avisaron que Jesús estaba vivo. Así mismo, algunos discípulos también habían visto la tumba vacía. Pero no habían encontrado a Jesús. Notemos que este texto también nos da testimonio de la aparición de Jesús a las mujeres. Para los que todavía dudan de la capacidad de la mujer de representar a Jesús en la actualidad en los ministerios ordenados, convendría recordarles que Jesús se apareció a ellas también y les confío que contarán que estaba vivo a los discípulos.

Volviendo a nuestro texto, es la ocasión para Jesús increparlos y llamarles “duros de entendimiento”, con tanta dificultad para creer lo que dijeron los profetas. Comenzó a explicarles las escrituras y cómo el Mesías tenía que padecer para entrar a su gloria. Una vez llegaron a la casa, Jesús iba a seguir su camino, pero los discípulos le piden que se queda. Es normal en esa cultura donde la hospitalidad es un valor muy apreciado. Y será entonces, cuando Jesús tome el pan, lo bendiga y lo reparta y ellos lo reconozcan y se pregunten por qué tardaron tanto en reconocerlo cuando ya su corazón ardía al escucharlo relatándoles las Escrituras. En ese momento Jesús desaparece, porque ya se ha quedado en la Eucaristía y esa será su presencia viva entre nosotros.

Los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén y encuentran a los Once afirmando también la resurrección de Jesús. Ellos les cuentan cómo lo reconocieron al partir el pan. En efecto, como ya lo dijimos, Jesús resucitado sigue vivo y se ha quedado en la Eucaristía compartiendo nuestra vida y nuestra suerte. De reconocerlo en ella y comprender lo que significa su vida partida y repartida, dependerá el que nuestro anunció de la resurrección de Jesús sea creíble por muchos otros.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

 

Como Tomás, reconocer en Jesús al Hijo de Dios

II Domingo de Pascua

(12-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 









Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.  Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes.  Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto. Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro. Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él (Jn 20, 19-31).

 

El mismo día en que María Magdalena, Pedro y el otro discípulo van y encuentran la tumba vacía y, posteriormente, Jesús se le aparece a María Magdalena confiándole que anuncie a los discípulos lo que él le ha dicho (Jn 20, 17-18); Jesús se aparece a sus discípulos que están reunidos “con las puertas bien cerradas” -según dice el texto que leemos hoy- por miedo a los judíos, completando así una serie de apariciones en el domingo de resurrección. Notemos que el hecho de Jesús puede entrar en un recinto bien cerrado, nos habla del cuerpo resucitado de Jesús. Pero, al mismo tiempo, al mostrarle a sus discípulos sus manos y el costado, les está haciendo ver que él es el mismo crucificado que ahora ha resucitado.

Jesús les da los dones escatológicos propios de la resurrección: la paz, la alegría, en otras palabras, el Espíritu Santo -dador de todos los dones- y les confía la misión que él había realizado hasta entonces: “como él Padre lo envío, ahora él los envía” y les da la gracia de perdonar los pecados, como Jesús mismo lo hacía en su vida histórica. Como podemos ver, el resucitado ahora se hará presente entre nosotros a través de sus discípulos que serán los encargados de dar testimonio de ese hecho.

El texto continúa con el relato de Tomás que no estaba con ellos esa tarde y cuando se entera dice que hasta no ver la marca de los clavos en su mano y no meter el dedo en el lugar de los clavos y en el costado, no creerá. Tomás quiere estar seguro de que el resucitado es el mismo crucificado. Precisamente por eso, a los ocho días cuando Jesús vuelve a presentarse ante ellos, se dirige a Tomás y le invita a que compruebe su identidad. El texto no dice si Tomás metió su dedo en el lugar de los clavos, pero si se nos relata su confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Tomás cree en la resurrección de Jesús y así la confiesa. Es entonces cuando Jesús dice: “felices los que creen sin haber visto”. Con estas palabras Jesús está pensando en nosotros que no estuvimos en su vida histórica y no vimos los acontecimientos, pero hemos sido invitados a creer sin haber visto. El texto termina diciendo que Jesús hizo muchas otras señales en medio de sus discípulos, invitándolos a creer que él es el Mesías, el Hijo de Dios y, precisamente porque creen tengan vida en él y sean sus testigos para todas las generaciones.

La llamada para nosotros hoy es a creer sin ver para que el testimonio de la resurrección de Jesús alcance a todas las generaciones. Es bueno aclarar que creer sin ver no quiere decir una fe ciega y sin preguntas. Es una fe adulta que reconoce los signos de la resurrección y cree en ellos dando testimonio con las palabras y las obras.

 

lunes, 6 de abril de 2026

 

Vivir como resucitados

Olga Consuelo Vélez

¡Jesús ha resucitado! Es el grito que se lanza en el pregón pascual y que puso en marcha la iglesia de los orígenes. Ese mismo grito sigue dinamizando hoy nuestra fe cristiana y compromiso eclesial. Pero ¿qué entendemos cuando decimos ese pregón? ¿a que nos compromete? ¿qué puede decirles a nuestros contemporáneos que no saben de Jesús o que no creen en su resurrección?

La resurrección no es un fenómeno extraordinario que todos pudieron comprobar. Algunos estarán pensando, al leer estas palabras, en los textos de las apariciones de Jesús a las mujeres y a los discípulos, después de muerto, con los cuales se afirma que Jesús ha resucitado. Conviene recordar que los evangelios son textos teológicos, confesiones de fe, escritos en diversos géneros literarios como toda obra humana. Las apariciones son un género literario en el que, a través de un relato simple y evidente, se nos transmite la experiencia vivida por los discípulos: ellos que vieron morir a Jesús, comienzan a sentir que su espíritu continúa vivo y los empuja a reunirse, a reconocerlo en la fortaleza que sienten y, sobre todo, en la llamada irresistible a seguir predicando lo que anunciaba su maestro. Fue tan evidente y real esa experiencia que lo expresan con la fuerza del pregón pascual: “Ese Jesús que ustedes mataron, ha resucitado y sigue vivo entre nosotros” (Cf. Hc 2, 36). La resurrección de Jesús es una experiencia de fe que nos transmitieron los discípulos y ha llegado hasta nosotros para también, libremente acogerla y dar testimonio de ella.

El Espíritu de Jesús no es una ilusión, una motivación o un buen propósito. Es la manera cómo podemos sentir su presencia en nuestra vida y, al igual que los discípulos, creer en el “si” de Dios a la vida de Jesús. Es aceptar la buena noticia del reino, reconocer los signos de su presencia en nuestra historia y comprometernos con hacerlo posible en nuestra realidad. Es hacer las “obras del resucitado”, es decir, viviendo como resucitados

¿En qué consiste vivir cómo resucitados? No hay fórmulas, ni recetas, sino que cada persona y comunidad lo va descubriendo en los signos de los tiempos que demandan una respuesta. Señalemos algunos de esos signos para nuestro tiempo.

La urgencia de la paz es innegable. Estamos en un tiempo en que el “alma bélica y guerrerista” gana cada vez más fuerza. Creeríamos que con tanta muerte y devastación que han traído las guerras que se han dado en el pasado, habríamos aprendido a no suscitarlas más. Pero parece que el ansia de poder, de acaparamiento de los recursos naturales, de buscar interés solo de unos grupos, sigue dominando el panorama mundial y no cesan de invocarse las fuerzas de las armas para conseguir lo que se quiere. Vivir como resucitados es no desistir del esfuerzo por construir la paz. Una paz que exige el diálogo, la paciencia, la apertura, la capacidad de pensar en todos y no en unos pocos. Nunca la conseguiremos en totalidad, pero, los que decimos creer en el resucitado, hemos de apoyar todas las actitudes y mediaciones que hagan posible, espacios de paz, experiencias de paz.

Vivir como resucitados significa también ponerse del lado “correcto” de la historia, como se dice muchas veces. Si miramos al Jesús terreno, siempre se puso del lado de los necesitados, de los excluidos, de todos aquellos a los que se les negaban sus derechos. En tiempos que no cesan de invocar la competencia y la ley del más fuerte como mecanismo para que cada quien consiga lo que necesita, los que aspiramos a vivir como resucitados no podemos desistir de trabajar por la justicia social, apoyando las políticas, planes y proyectos que mejoren las condiciones de los más pobres y garanticen las mismas oportunidades para todos.

Vivir como resucitados hoy implica la preocupación y compromiso efectivo con el cuidado de la casa común. Nuestro mundo no es para explotarlo, sino para cuidarlo, velando que sea sustentable y puedan disfrutarlo las generaciones futuras. Es muy importante mantener la armonía con la creación sin destruir tierras, desviar ríos o contaminar hábitats en aras de un progreso que, a la larga, solo beneficia los intereses económicos de algunos y acaba con la garantía de la vida para el hoy y también para el futuro.

Vivir como resucitados supone asumir la diferencia, la pluralidad, la diversidad de culturas, de religiones, de costumbres, de modos de vida y modos de relación. Hemos estado muy marcados por las mentalidades hegemónicas que se han impuesto a lo largo del tiempo y hemos excluido a miles de personas por esa casusa. Pero precisamente el cristianismo es la religión “católica”, es decir universal, amplia, capaz de asumir la diferencia y caminar con ella. Los primeros discípulos salieron más allá de las fronteras de Israel y gracia a ello su fe, nos alcanzó también a nosotros. Son tiempos de recuperar ese primer impulso y vivirlo con radicalidad.

Cada uno podrá seguir diciendo qué supone vivir como resucitados según las necesidades que ve más acuciantes en su entorno. Lo importante es creer que la buena noticia del reino anunciada por Jesús hoy se nos confía y por la fuerza de su espíritu seguimos comprometidos con su causa. Invitar a otros es la consecuencia lógica de quien siente la presencia del resucitado y desea que muchos otros la experimenten. Pero, cómo dice la escritura: ¿cómo creerán si no se les predica? (Rom 10,14) Y nosotros podríamos decir, ¿cómo creerán si no ven las obras del resucitado? Por tanto, vivir como resucitados es un don y una tarea para hacer creíble la resurrección de Jesús y que las obras sean garantía de lo que anunciamos.

sábado, 4 de abril de 2026

 

Ver y creer los signos de la resurrección

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

(5-04-2026)

Olga Consuelo Vélez





El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Una vez celebrada la Vigilia Pascual continuamos con los domingos de Pascua siendo el de hoy, el primer domingo de Pascua o domingo de resurrección. El evangelio es el de Juan y se refiere a la tumba vacía que primero encuentra María Magdalena y corre a contarle a Simón Pedro y al otro discípulo, Juan, a quien el mismo evangelio califica como “a quién Jesús amaba”.

La experiencia de resurrección aparece en los evangelios con algunos géneros literarios. El de la tumba vacía es uno y el de las apariciones es otro. Son maneras de contar la experiencia fundamental: Jesús al que vieron crucificado, ha resucitado. En este caso solo nos detenemos en la tumba vacía. María Magdalena solo ve la losa quitada del sepulcro, en cambio Pedro entra, aunque Juan ya había llegado a la entrada y visto los lienzos tendidos. Pero lo interesante de este pasaje son los signos que comienzan a mostrar la resurrección. Tanto los lienzos como el sudario son elementos que los discípulos ven y estos signos remiten a la experiencia fundamental: creer que Jesús, ha resucitado.

El evangelio de Juan continua, después de este pasaje, con el relato de la aparición de Jesús a María Magdalena, experiencia que nos hace afirmar que ella fue la primera testiga de la resurrección. Pero ese texto lo comentaremos en otro momento. Lo que interesa en este domingo es remitirnos a los signos que nos permiten ver que Jesús vive entre nosotros y transforma nuestra realidad. Se necesita ver y creer en los signos que hoy nos siguen afirmando la resurrección de Jesús. Cada esfuerzo por erradicar la desigualdad social, la discriminación por sexo, género, condición socioeconómica, diversidad cultural, religiosa, etc., el cuidado de la casa común, la suerte de los más débiles, son los signos del reino que nos invitan a asumir esas causas y trabajar por seguirlas fortaleciendo hasta que se logre el cambio de situación. Este es nuestro trabajo como discípulos y discípulas: dar testimonio de la resurrección de Jesús a través de nuestras obras. Solo así será creíble el misterio fundamental de nuestra fe, misterio que no podemos “demostrar” pero si “testimoniar” con nuestra vida comprometida con los valores del reino.

Comencemos este tiempo pascual pidiendo ver y creer, como lo supieron hacer los primeros. De esa manera, nuestro mundo podrá sentir que el misterio pascual nos compromete y hace posible ese mundo mejor que todos deseamos para todos y todas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Vivir el servicio y el amor al estilo de Jesús

Jueves Santo

(1-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 




Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También ustedes están limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos están limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros: yo les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan» (Jn 13, 1-15).

El jueves santo se celebra como el día del amor fraterno/sororal, el día de la eucaristía, el día del sacerdocio. El orden en que estoy escribiendo estas celebraciones ya dice mucho del significado y relación entre ellas. Lo primero, correspondiente al texto de Juan que hoy leemos en la celebración habla de cómo ha de ser el amor entre nosotros. Y, en este sentido, Jesús no da una teoría sino realiza una acción: el lavar los pies a los suyos. Recordemos que el acto de lavar los pies era tarea de los esclavos, cuando se llegaba a una casa, como símbolo de acogida, el esclavo lavaba los pies de los invitados, no los dueños de la casa. Esto nos permite ver el gesto “contracultural” que Jesús realiza y la radicalidad con la que nos habla del amor fraterno/sororal. No es a modo de amar a los que nos aman, es amar a todos, aunque no nos amen, aunque nos incomoden, incluso aunque nos hagan daño. Recordemos que en otros textos Jesús pone ejemplos concretos sobre todas estas posibilidades. Esto es porque la propuesta del amor cristiano es amar con el mismo amor de Dios y este amor es de misericordia infinita, de entrega hasta el hacerse siervo de los otros.

Sin embargo, conviene aclarar dos cosas. La primera que el amor no es patrimonio exclusivo del cristianismo. Todas las religiones y todas las personas sin religión aman y son amadas. Lo distintivo es lo que dije antes: llegar a amar con el mismo amor infinito del Dios de Jesús que se hace esclavo de los que ama. La segunda es aclarar que no hemos de entender ese “hacerse esclavo” como sumisión, como menoscabar la propia dignidad por amar a los otros. Eso le ha sucedido mucho a las mujeres porque al interpretar así el amor cristiano las ha hecho sumisas hasta el punto de perder la propia dignidad en aras de la familia -esposo e hijos- o en los puestos de trabajo -aguantar abusos sexuales para mantener el trabajo-. El amor cristiano que se hace esclavo es en aras de la defensa del prójimo, del luchar por la justicia, por la igualdad, por la vida digna para todos. En ningún caso es el sacrificio por el sacrificio o la humillación por la humillación.

Todo esto le da el contenido más propio a las otras realidades que celebramos hoy. La eucaristía es signo sacramental de ese amor de nuestro Dios, haciéndose alimento para sostener nuestra vida, para transformarnos en el mismo amor que es Él. Por eso hay que repensar la participación eucarística, la cual no puede estar ajena al compromiso comunitario, como tampoco la adoración de la eucaristía sin referencia a la justicia social. Jesús reparte su cuerpo a la comunidad para mostrarles cómo deben amarse unos a otros, no para pedirles adoraciones o sacrificios que muchas veces desvirtúan la concepción de Dios y el bien común por el que debemos velar.

Finalmente, el sacerdocio, entendido como sacramento de mediación entre Dios y los seres humanos, es un sacerdocio de servicio no de honor, de hacerse esclavo de todos y no del clericalismo recalcitrante en el que tanto insistió el papa Francisco al dirigirse a los ministros ordenados que no tiene nada que ver con el ministerio que deben realizar. No olvidemos también el sacerdocio común de todos los fieles en la iglesia, por el bautismo que recibimos, para alegrarnos por ser llamados a ser estos mediadores del mismo Dios a todos los que nos rodean.

Celebremos entonces este Jueves Santo viviendo el amor y el servicio al estilo de Jesús, mostrando que la eucaristía que recibimos es efectiva en nuestra vida, transformándonos en Aquel a quien recibimos.


martes, 24 de marzo de 2026

 

Jesús entra a Jerusalén como rey humilde

Domingo de Ramos

(29-03-2026)

Olga Consuelo Vélez

 



(En la liturgia de hoy se lee todo el relato de la pasión. Pero al inicio se lee el texto de la entrada a Jerusalén. Solo transcribo este pasaje).

Al llegar cerca de Jerusalén, entraron en Betfagé, junto al monte de los Olivos. Entonces Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: Vayan al pueblo de enfrente y enseguida encontrarán una burra atada y su cría junto a ella. Desátenla y tráiganla. Si alguien les dice algo, ustedes le dirán que el Señor la necesita. Y enseguida los devolverá. Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: Digan a la ciudad de Sión: mira a tu rey que está llegando: humilde, cabalgando un burrito, hijo de asna. Fueron los discípulos y, siguiendo las instrucciones de Jesús, le llevaron la burra y su cría. Echaron los mantos sobre ellos y el Señor se montó. Una gran muchedumbre alfombraba con sus mantos el camino. Otros cortaban ramas de árbol y cubrían con ellas el camino.  La multitud, delante y detrás de él, aclamaba: ¡Hosana al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosana en las alturas! Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba: ¿Quién es éste? Y la multitud contestaba: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (Mateo 21, 1-11)

Comenzamos la Semana Mayor o triduo pascual y el texto de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén da inicio a estas celebraciones. Como es costumbre en el evangelio de Mateo, lo que Jesús está viviendo es el cumplimiento de las Escrituras. Por eso el evangelista hace referencia al texto de Zacarías (9,9) donde ya se anunciaba a la ciudad de Sion (se refiere a Jerusalén) que llegaría su rey, pero es un rey humilde, cabalgando en un burrito, hijo de asna. Es decir, todo lo contrario del reinado que esperaba el pueblo de Israel.

La escena es muy positiva porque la multitud recibe a Jesús y le reconocen como Hijo de David. Baten palmas y ante la pregunta que hacía la gente de quién es Él, la multitud lo reconoce como un profeta. Todo parece indicar que la misión de Jesús está en su mejor momento y sus frutos son evidentes.

Pero, como lo celebraremos en los días que siguen, este recibimiento no coincide con lo que están pensando las autoridades de Israel y muchos del pueblo. Ese Jesús triunfante en la entrada de Jerusalén, será perseguido, prendido y crucificado. La lectura del evangelio correspondiente a toda la pasión, mostrará toda la trama. Los poderosos ganarán terreno y conseguirán que hasta los suyos lo abandonen. Pero la fidelidad de Jesús se mantendrá y esta será la posibilidad de llegar a la resurrección. Hubiera sido fácil retractarse, responder a las expectativas de los que le alabaron, ceder a las presiones de las autoridades judías. Pero ese rey humilde seguirá cumpliendo lo dicho por las escrituras.

Preparémonos para la vivencia de esta semana mayor y, nosotros que estamos acompañando a Jesús en su entrada a Jerusalén, busquemos permanecer con él en su pasión para participar también de su resurrección. De nuestra fidelidad dependerá que el evangelio sea anunciado como lo hizo Jesús: desde la humildad, del lado de los pobres, con amor incondicional para toda la humanidad.

martes, 17 de marzo de 2026

 

Confesar a Jesús, el Cristo, dador de vida eterna

V Domingo de Cuaresma

(22-03-2026)

Olga Consuelo Vélez



En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: Señor, el que tú amas está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección el último día. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo han enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo le quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que este muriera? Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: Quiten la losa. Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días. Jesús le replicó: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, sal afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo y déjenlo andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él (Jn 11, 3-7-17.20-27.33-45).

En todos estos domingos de cuaresma el evangelista Juan nos presenta a Jesús en relación con diferentes personajes, estableciendo diálogos que ayudan a profundizar en quién es Jesús. Con la samaritana Jesús se presenta con el que quita la sed, con el ciego de nacimiento como el que devuelve la vista y en el texto de hoy, la resurrección de Lázaro, como quien da la vida y una vida para siempre.

Este texto es bastante conocido, pero conviene recordar algunos detalles. El evangelista muestra el profundo amor que viven estos hermanos con Jesús. Cuando le anuncian a Jesús de la enfermedad de Lázaro le dicen: “el que amas está enfermo”. Posteriormente el texto dice: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” y ante la muerte el texto dice “Jesús se conmovió, se estremeció y se echó a llorar”. Jesús realmente establece relaciones de amor sincero y leal con sus contemporáneos.

El diálogo que Jesús establece con Marta es fundamental en el texto. Porque ella, en cierto sentido, le reprocha que no hubiera estado allí antes, para que su hermano no muriera. Pero seguidamente profesa su fe judía en la resurrección al final de los días. Es entonces cuando Jesús le ayuda a cambiar la perspectiva afirmando que él es la resurrección y la vida y si ella cree esto, su hermano resucitará. Entonces Marta hace una confesión de fe, de igual talante que aquella que hace Pedro cuando Jesús le pregunta a sus discípulos ¿Quién dicen los hombres que es él? Y Pedro contesta: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 13-16). En este pasaje Marta dice lo mismo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo”. La confrontación de estos dos pasajes nos permite reafirmar que la confesión de fe en Jesús como el Cristo, es hecha por un varón y una mujer, mostrando esa igualdad fundamental de los que estuvieron con Jesús y que, durante siglos se ha invisibilizado en lo que respecta a las mujeres.

El texto continúa profundizando el signo que constituye este hecho de la muerte y resurrección de Lázaro. Jesús, contra todo pronóstico, ya que Lázaro llevaba cuatro días muerto, como dice Marta, pronuncia las palabras de “Lázaro, sal fuera” y así sucedió. El énfasis no está en lo milagroso del acontecimiento sino en el signo que se descubre con la presencia de Jesús en este hecho. El texto termina diciendo que muchos judíos que estaban allí presentes creyeron en Jesús.

Sin embargo, aunque esto no se lee en el texto de hoy, la decisión que toman otros judíos es la de darle muerte. En otras palabras, los signos que Jesús realizó en su vida pública permitieron que muchos creyeran y le siguieran, pero también desataron controversia y muchos otros decidieron matarle. Normalmente el bien y la bondad encuentran oposición férrea de quienes no están dispuestos a aceptar ese amor de Dios incondicional y sin medida y deciden matarle.

Esa es la interpelación para nosotros también hoy: ¿creeremos en Jesús y su mensaje o tergiversamos, distorsionamos o negamos dicho mensaje? Nuestras obras serán las que den respuesta a estas preguntas.