Cien años de la
“Jornada Mundial de las misiones” (DOMUND)
Olga Consuelo Vélez
Octubre es el mes dedicado a las misiones y, en esta ocasión, se celebran los cien años de haber sido instituida, por Pío XI, la “Jornada Mundial de las Misiones” DOMUND (Domingo Mundial de las misiones, el penúltimo domingo de octubre). Pío XI quiso mostrar la universalidad de la misión y la responsabilidad de toda la Iglesia en ella. Además, el ayudar a tomar conciencia de la necesidad de recolectar fondos para sostener la misión en los territorios más necesitados.
Para esta ocasión el Papa León
XIV propuso como lema: “uno en Cristo, unidos en la misión”, queriendo hacer énfasis
en la unión con Cristo como centro de la misión. Retomó el texto del evangelio
de Juan: “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”
(17,21), mostrando con ello el deseo de Jesús de la unidad entre todos sus
seguidores, como un testimonio visible de la comunidad, de la fraternidad/sororidad
entre todos los seres humanos y de la armonía con la creación.
Para León XIV, la fecundidad
misionera nace de este testimonio de unidad y no de prácticas o ideas
religiosas. Por eso, llama a superar las divisiones y a vivir el espíritu
ecuménico que nos permite la unidad con las otras denominaciones cristianas. Es
esta experiencia de unidad, en todos los sentidos, la que da fuerza
comunicativa al evangelio, porque, como dijo el papa Francisco, “el anuncio del
evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal”.
Este llamado a la unidad no debe
entenderse como uniformidad, sino como unidad en la pluralidad. Podríamos
recordar la carta paulina donde se habla de los diversos carismas todos para
beneficio del cuerpo de Cristo que es la Iglesia (1 Cor 12, 12-13). La
evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y
cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena
y armoniosamente en la misma fe. El papa León XIV anima, en su mensaje, “a las
instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión
misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de
colaboración entre ellas, para y en la misión”.
Además de la unidad como
condición de la misión, León XIV continua su mensaje, recordándonos que “la Buena
Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el
Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de
Jesucristo. Es una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al
amor. Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo”
(cf. 2 Co 5,14). De la misma manera, “a lo largo de los siglos, multitudes de
cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a
conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia
continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los
tiempos”.
Cabe destacar en este día a
tantos misioneros y misioneras ad gentes que dejan su familia, su tierra
y toda su seguridad para anunciar el evangelio en lugares difíciles y
apartados, con condiciones materiales muy precarias, muchas veces arriesgando
la vida por estar en zonas de conflicto o por las condiciones insalubres con
las que tantas veces se encuentran. Hemos de pedir que esta generosidad
misionera se despierte en muchas personas para que el evangelio pueda llegar
hasta los confines de la tierra.
Conmemorar estos cien años ha de
comprometernos también a reconocer que ahora somos nosotros los que hemos de
continuar esa tarea. Supone tomarnos en serio el llamado a ser “discípulos
misioneros” como lo enfatizó la V Conferencia Episcopal Latinoamericana en Aparecida
(2007) y que el papa Francisco retomó en su primera Exhortación Evangelii
Gaudium (2013), invitándonos a ser una Iglesia en “salida”, cercana a las
periferias y abierta a todos. Con el proceso sinodal que Francisco emprendió en
2021, profundizó en esta vocación discipular misionera de todo cristiano
llamado a la participación y corresponsabilidad eclesial con todas las
consecuencias. Todo esto es posible en la medida en que se reconozca al laicado
como sujeto activo de la misión, especialmente las mujeres, a las cuales se les
ha marginado tanto en los espacios eclesiales y que hoy se hace indispensable
su integración afectiva y efectiva, también en los niveles de decisión.
La misión sigue siendo urgente y
el llamado permanece. Sin embargo, los tiempos van cambiando y es necesario
buscar nuevas formas y adaptarse a las nuevas realidades. Por eso, hoy en día,
la misión ha de hacerse desde el diálogo intercultural, la inclusión y la
escucha de todos. No son tiempos de adoctrinamiento o de apología porque el
evangelio no se impone, sino que se ofrece como don y regalo de Dios, no se
defiende creyéndose poseedores de la única verdad, sino que busca sumar con las
otras experiencias y maneras de vivir lo religioso. Nuestra tarea es anunciar
la buena noticia del Reino y que los frutos de nuestro compromiso de vida abran
los caminos de Dios sobre la humanidad, especialmente desde la opción por los
pobres, partiendo siempre desde los últimos y marginados. Todo lo anterior hace
posible una iglesia auténticamente misionera, servidora y en salida.
Pidamos vivir este nueva Jornada
misionera con la generosidad suficiente “para que nadie pase necesidad en la
comunidad” (Hc 4, 32-35). En la medida que podamos, que no falte la donación
económica para hacer frente a tanta necesidad material de nuestro mundo. Pero,
sobre todo, que no falte la donación de todo lo que somos al servicio de los
demás.
