martes, 28 de julio de 2026

 

“Sentir con el otro” y “dar de comer” con generosidad

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

(2-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

 

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para esta a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos". Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos". Ellos respondieron: "Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados". "Tráiganmelos aquí", les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mateo 14, 13-21).


 

El evangelio comienza diciendo que Jesús se entera de una noticia y se va a un lugar desierto para estar a solas. De lo que se ha enterado es de la muerte de Juan el Bautista. No es una escena desconocida en la actualidad porque no faltan las noticias sobre la muerte de tantos líderes sociales y de personas que se dedican a trabajar por el bien común. La persecución hacia ellos se desata fácilmente porque se prefiere quitar de en medio a los profetas, antes que escuchar sus palabras y convertirse a ellas. Por supuesto, esas noticias interpelan a quienes siguen el camino de bien y se necesita asimilarlas y tomar fuerzas de nuevo para continuar. Jesús se toma su tiempo de soledad, dándose cuenta de lo que le puede pasar también a él. Pero la escena que sigue nos muestra su fidelidad, a pesar de los peligros y su capacidad de atender a las realidades de su tiempo.

Al ver Jesús las muchedumbres necesitadas, se compadece de ellas y responde curando a los enfermos. Y es en la compañía de esa multitud que Jesús va a realizar la primera multiplicación de los panes. Llega la tarde y los discípulos le advierten a Jesús que despida a toda esa gente para que compren alimentos. Pero Jesús les dice que sean ellos los que les den de comer. Los discípulos le muestran que no tienen sino cinco panes y dos peces. Jesús, entonces, pide que se los traigan y con un gesto eucarístico, bendice, los parte y se los da a los discípulos para que los repartan entre las gentes. El texto termina señalando la abundancia dada en aquella repartición de panes que alcanzó para todos y sobraron doce canastas.

Destaquemos del texto, en primer lugar, la compasión que Jesús siente hacia la multitud. Compasión significa "sentir con” y esta es la actitud que nos abre los ojos ante la realidad de injusticia y nos pone en camino para responder a ella. La indiferencia, el cerrar el corazón al sufrimiento del mundo, es lo que mantiene la injusticia y la división profunda entre los pocos que tienen tanto frente a los muchos que tienen tan poco. Pidamos dejarnos tocar por la realidad o, como se dice ahora, vivir una espiritualidad de “ojos abiertos” que vive de frente al mundo y no de espaldas a él.

El segundo aspecto es el compromiso efectivo con “dar de comer a la multitud” que no significa solamente dar el pan material -lo cual es necesario también- sino comprometerse con la construcción de estructuras sociales, políticas y económicas que garanticen el bien común y la vida digna para todos. La fe no puede estar alejada de la vida, sino inmersa en ella con una conciencia lúcida y crítica para comprenderla y actuar coherentemente.

Finalmente, la manera de expresar el número de los que comieron “5.000 hombres sin contar mujeres ni niños”, deja ver el papel secundario que las mujeres han tenido a lo largo de la historia y también en la vida de fe. Hoy en día tenemos mas consciencia de ello y por eso no sobra reconocer el sesgo patriarcal presente en la Sagrada Escritura para seguir transformándolo con nuestras interpretaciones actuales y actitudes de vida.

miércoles, 22 de julio de 2026

 

Ojalá entendamos qué es el reino de los cielos y lo mostremos con nuestras obras

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

(26-07-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron. Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo" (Mateo 13, 44-52).


 




El evangelio de hoy nos ofrece las últimas tres parábolas que Mateo nos presenta en el capítulo 13. Brevemente, Jesús compara el reino de los cielos con un tesoro escondido que se encuentra en un campo, con el negociante de perlas finas que vende todo para comprar una de gran valor y con una red que recoge toda clase de peces. A esta última parábola le hace una interpretación alegórica y finaliza con la referencia a un escriba que se hace discípulo.

Las dos primeras parábolas tienen un mismo mensaje. El reino es de tanto valor que vale la pena “vender todo” para adquirirlo. Es lo que hará el que encuentra el tesoro y el que descubre la perla valiosa. Entender el valor de reino da sentido a toda renuncia, a todo cambio de horizonte, a la verdadera conversión que supone “darse la vuelta” para emprender un nuevo camino.

La parábola de la red es muy parecida a la del trigo y la cizaña. El énfasis está puesto en la red lanzada y que recoge toda clase de peces. En ese primer momento todos caben en la red. Solo después viene la interpretación alegórica con un sentido escatológico porque serán los ángeles los que separaran a los justos de los malos y a estos últimos los arrojaran al horno ardiente. Y allí todo será sufrimiento, expresado en las palabras “llanto y rechinar de dientes”. Una lectura literal de este texto ha llevado a imaginar el infierno como lugar de fuego y sufrimiento. Pero, en realidad, en la cosmovisión judía lo que no sirve es arrojado al fuego, por lo tanto, no está hablando del infierno sino de la vaciedad de una vida sin Dios, de su ausencia.

El texto termina con la pregunta sobre si entendieron esto, pregunta que acompañó todo este capítulo dedicado a la predicación de Jesús en parábolas, no porque Jesús quiera ocultar el reino, como lo dijimos hace tres domingos, sino que es posible que los adversarios se nieguen a entender, se empeñen en no abrir el corazón a este mensaje. Finalmente aparece la figura de un escriba convertido en discípulo y añade que se parece a un dueño de la casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo. Posiblemente el escriba que se abre a recibir el reino es capaz de distinguir entre la ley antigua que comienza a ser superada por la nueva, por la del reino.

Conviene preguntarnos qué tanto nosotros hemos comprendido todas estas parábolas que Jesús ha utilizado para explicarnos qué es el reino de los cielos. Tal vez no basta la respuesta conceptual afirmativa. Nuestras obras mostrarán, de hecho, si lo hemos comprendido.

 

domingo, 19 de julio de 2026

 En la fiesta de Santa María Magdalena (22 de julio) ¿por qué nos cuesta llamarla “santa”? 

 Olga Consuelo Vélez 






(Nota: este escrito ya lo publiqué, pero próximos a la fiesta de Maria Magdalena puede ayudar)

En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”. Según explicó el secretario de la Congregación para el Culto Divino de ese momento, esa decisión respondía “al contexto actual que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”. 

Recordaba que ya Juan Pablo II había prestado atención a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, poniendo énfasis en la figura de María Magdalena como primera testiga de la resurrección y quién anunció a los apóstoles ese acontecimiento. Por esto se afirma, en el decreto que, “Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”. Sin embargo, esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos: pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado. Esta imagen de María Magdalena surgió por haberla identificado con la pecadora arrepentida que entra en casa de Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) y con María la hermana de Lázaro y Marta, la cual también unge a Jesús (Jn 12, 1-8). 

Cuando el texto de Lucas se refiere “a algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (8.2), está queriendo decir que fue curada de su enfermedad probablemente muy grave -de ahí los siete demonios-, pero en ningún momento refiriéndose a su condición moral. Aunque en la actualidad hay muchos estudios sobre María Magdalena, no se han concretado, en la práctica, todas las consecuencias que la correcta interpretación bíblica sobre ella trae para las mujeres en la Iglesia. 

La primera, es el reconocimiento de María Magdalena al mismo nivel que los apóstoles. De hecho, ella -y otras mujeres- le siguieron desde Galilea hasta Jerusalén, condición que luego se invoca en el libro de Hechos de los Apóstoles para nombrar al apóstol en reemplazo de Judas (Hc 1,21). Por lo tanto, no debería costar tanto imaginar a las mujeres formando parte del colegio apostólico. Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos. 

Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones. Todavía cuesta aceptar la enseñanza teológica impartida por mujeres en seminarios y facultades de teología. Por supuesto, algo ha cambiado y más mujeres son reconocidas en el ámbito teológico y en el servicio eclesial. Sin embargo, su participación sigue siendo pequeña, nada equitativa con respecto al número de varones que ocupan dichos espacios, ni sus logros académicos y pastorales son tomados con la misma seriedad, interés y respeto que tantas veces se toma el aporte de los teólogos y de los clérigos. 

Quiero hacer notar, además, las pocas veces que damos a María Magdalena el título de “santa”. Efectivamente, ella lo es y así la podríamos llamar para seguir borrando esa imagen tan invocada de prostituta y que ha contribuido a identificar a las mujeres con los pecados referidos a la sexualidad. No sólo no hay muchos esfuerzos por llamarla santa, como tampoco de resaltar demasiado su fiesta. Sería una ocasión propicia para posicionar la verdad sobre ella. Mucho menos hay interés en llamarla Apóstola, ni primera evangelizadora aunque tres evangelistas relatan el envío que Jesús le hace para que anuncie a los discípulos su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Jn 20, 17) e, incluso Lucas, quien progresivamente fue invisibilizando el papel de las mujeres en su evangelio, de todas maneras, no deja de constatar que son las mujeres las que anuncian esa buena noticia a los apóstoles, colocando a María Magdalena en primer lugar (Lc 24, 9). 

Últimamente se ha utilizado su figura -en la literatura y en el cine- para mostrarla como compañera de Jesús o resaltando su protagonismo en la primera comunidad, con el fin de contrarrestar la figura de Pedro. Pero, ninguna de estas dos aproximaciones, están en la Biblia. En tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, seguir visibilizando a María Magdalena en los roles que verdaderamente tuvo al lado de Jesús y en la naciente comunidad cristiana, ayudará significativamente a acelerar la participación plena de las mujeres en la Iglesia. Por eso, es de desear que esta celebración de su fiesta, el próximo 22 de julio, podamos vivirla con más profundidad, sintiendo así que no es una rareza que 50 mujeres hayan participado con voz y voto en el sínodo de la sinodalidad, sino, por el contrario, lo extraño es que no haya muchas más mujeres en esos niveles de decisión donde se gesta el futuro de la Iglesia, esta misma Iglesia que, sin el primer anuncio,  hecho por María Magdalena, tal vez nunca habría existido. 

Cabe anotar, finalmente que, a pesar de las resistencias al lenguaje inclusivo en algunos círculos eclesiásticos (y sociales), fue Santo Tomás quien habló de ella como “apóstola” y el Decreto de su fiesta mantiene ese término en femenino. Sería bueno, dejar las resistencias y acostumbrar nuestros oídos a los términos femeninos que permiten visibilizar a las mujeres. Sin darnos cuenta pronto esas palabras nos sonarían igual de normales que todos los términos que hasta hoy se han ido creando en nuestro lenguaje.

miércoles, 15 de julio de 2026

 

Transformar la cizaña a fuerza de trigo

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

(19-07-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Y les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él? Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?". "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mateo 13, 24-30).

 








El domingo pasado señalamos que todo el capítulo 13 de Mateo será de diferentes parábolas con las que Jesús intenta explicar en qué consiste el reino de los cielos. Para hoy se nos propone la parábola del trigo y la cizaña. El relato es muy fácil de entender. El reino es como un hombre que sembró buena semilla en el campo, pero mientras todos dormían vino el enemigo y sembró cizaña. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los trabajadores querían arrancar la cizaña, pero el señor les dice que esperen a que crezcan juntos para que no se vaya a arrancar trigo en el afán de terminar con la cizaña. Solo entonces, cuando se puedan distinguir bien, podrán arrancarse y separarse.

La enseñanza de la parábola es la paciencia que se nos invita a tener en la construcción del reino de los cielos. Vamos a convivir siempre con el mal, pero nada impide que sigamos apostando por el trigo y creyendo que, en contra de la lógica agraria, en la que la cizaña es capaz de ahogar el trigo, el bien podrá vencer el mal, el paso del tiempo podrá transformar la cizaña en trigo.

En efecto, el reino de los cielos manifiesta una lógica contracultural y, justamente por eso, matan a Jesús. Y no será distinta la suerte de sus seguidores. Pero la resurrección de Jesús es el si de Dios a esa lógica de lo pequeño, de lo frágil, de lo que casi ni se percibe.

En la liturgia de hoy se puede escoger este texto corto que acabamos de comentar o leer hasta el versículo 43 en el que se hace la explicación de esta parábola de la cizaña en forma alegórica. Aquí elegimos la versión corta, pero digamos algo de la explicación alegórica. El texto remite al final de los tiempos en el que todo saldrá a la luz y lo malo se quemará en el fuego mientras que lo bueno brillará como el sol. De alguna manera es lo que dijimos antes de que la última palabra la tiene Dios mismo, palabra que se adelantó en la resurrección de Jesús y que sostiene nuestro presente para no cansarnos de cuidar el trigo sin arrancar la cizaña, creyendo que, de alguna manera, mucha de esa cizaña, con el favor del bien, podrá llegar a ser trigo. En lo concreto, es esa fe inquebrantable en que las personas pueden cambiar, las situaciones pueden transformarse, la vida puede ganarle a la muerte.

martes, 7 de julio de 2026

 

Y nosotros ¿qué clase de tierra decidimos ser?

Domingo XV del Tiempo Ordinario

(12-07-2026)

Olga Consuelo Vélez

 




Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

¡El que tenga oídos, que oiga!". Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?". Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: "Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure". Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno" (Mateo 13, 1-23).

 

El capítulo 13 de Mateo nos presenta a Jesús hablándole a la multitud por medio de parábolas. Recordemos que el género literario parábola se caracteriza por involucrar al oyente sin acusarlo directamente, por interpelarlo y también es una manera gráfica de hablar del Reino de Dios, porque este excede cualquier definición, pero se expresa a través de muchos símbolos y comparaciones.

La parábola que hoy se nos propone es la conocida parábola del sembrador. Notemos que en esta parábola Jesús no dice: “el reino de los cielos se parece a…..”, como si lo hará en otras parábolas que comentaremos en los próximos domingos. Por lo tanto, en esta parábola no sabemos si el reino de Dios es el sembrador, es la semilla o es la tierra en la que cae. Tal vez podemos decir que los tres elementos nos brindan diferentes aspectos que engloban lo que es el reino de Dios.

Un aspecto a tener en cuenta es que la forma de sembrar en tiempos de Jesús era distinta a la que hoy tenemos. Como lo expresa la parábola, el sembrador, primero esparce la semilla por todas partes y será luego que comienza a arar para que la semilla encuentre lugar para crecer. Hoy en día, primero se prepara el surco y luego se echa la semilla. Ahora bien, lo que nos interesa es rescatar lo que Jesús quiso comunicar con esa parábola.

La parábola propuesta por Jesús es muy sencilla: la semilla es esparcida pero no toda da el mismo fruto porque o se la comen los pájaros o no tiene suficiente raíz porque cayó en un pedregal y el sol la quemó o cayó en abrojos y estos la ahogaron. De ahí que el fruto puede ser del ciento por uno, o del sesenta o del treinta. Pero lo interesante es la frase con la que se cierra la parábola “el que tenga oídos, que oiga”. Para entender la parábola hemos de recordar los capítulos anteriores del evangelio en el que se nos presenta a Jesús en confrontación con los escribas y fariseos. El mensaje sigue siendo claro: los que deberían entender el anuncio del reino porque conocen las escrituras -fariseos y escribas- no quieren entenderlo. Y serán, los pobres, los sencillos de los que el evangelio del domingo pasado nos hablaba, los que acogerán este mensaje. Y esta será la explicación que Jesús les dará a sus discípulos ante su pregunta de por qué les habla en parábolas. En realidad, no es que Jesús les esté ocultando el mensaje, es que ellos no lo quieren oír y por eso hace referencia al profeta Isaías, mostrando que no entienden porque han cerrado el corazón y, definitivamente, se resisten a abrirlo.

La última parte es una interpretación alegórica de la parábola. La alegoría es otro género literario, muy usado por los padres de la Iglesia para interpretar las parábolas, y eso hace pensar que tal vez esta parte es un añadido posterior al texto. Pero nos sirve mucho para reconocer al sembrador del reino -Jesús mismo- quien siembra en nosotros su mensaje, pero dependerá de nuestra acogida a esta semilla que pueda fructificar. Hay elementos externos que influyen en nosotros, expresados en el texto como el maligno que arrebata la semilla o la falta de raíz en nosotros mismos que nos hace inconstantes o las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas. Pero nada nos impide ser tierra buena: necesitamos discernir, decidir y mantener fidelidad para lograr el mayor fruto. En otras palabras, la gratuidad de Dios necesita de nuestra respuesta fiel para dar frutos de vida, de justicia, de paz.

 

 

martes, 30 de junio de 2026

 

Acoger lo pequeño, lo gratuito, lo sencillo

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

(05-07-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

 

En esa oportunidad, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana (Mateo 11, 25-30).

 







El evangelio de hoy, aunque es muy breve, podemos dividirlo en tres partes. En la primera, Jesús se dirige a su Padre. En la segunda, habla al auditorio sobre su relación con el Padre y, en la tercera, invita a los oyentes a vivir su mensaje.

Previo a este pasaje, Jesús ha maldecido a las ciudades de Corazín, Betsaida y Cafarnaúm porque no han acogido su mensaje a pesar de tener grupos rabínicos que se creen sabios e inteligentes. En contraste, Jesús se dirige a su Padre, agradeciendo la revelación hecha a los pequeños. La comunidad de Mateo son estos pequeños que han acogido la revelación a diferencia de los judíos que se niegan a hacerlo. De ahí el juego de palabras entre lo oculto y lo revelado que coincide con aquellos que acogen la revelación y los que se cierran a ella. No es Dios el que oculta su mensaje, es la sabiduría del mundo la que rechaza la revelación divina.

La segunda parte corresponde a la relación de Jesús con su Padre. Ha sido voluntad de Dios revelarse a través de su Hijo y, por lo tanto, quien acoge al Hijo podrá conocer su voluntad.

En la tercera y última parte del texto, Jesús invita a los que están cansados y agobiados a acoger su yugo que es suave y liviano. Esto remite al yugo pesado que los fariseos ponen sobre los demás y que tantas veces ellos no cumplen. El reino anunciado por Jesús viene a aliviar todas las cargas, a transformar todas las aflicciones. Realmente, los primeros destinatarios del reino son los pequeños, los pobres.

En la actualidad es fácil ver que el contraste sigue y, muchas veces, son “los pobres los que nos evangelizan”, porque la religión institucionalizada no hace otra cosa que cerrar puertas, poner cargas y retener la salvación que Dios quiere que llegue a todos, comenzando por los últimos. El texto nos llama a la conversión para acoger lo pequeño, lo gratuito, lo sencillo que Jesús nos ha revelado y a no dejarnos atrapar por sabidurías que se niegan a aceptar la lógica contracultural de nuestro Dios.

 

 

miércoles, 24 de junio de 2026

 

El evangelio exige fidelidad y coherencia en el discipulado

Domingo XIII del Tiempo Ordinario

(28-06-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa (Mateo 10, 37-42).

 



El evangelio de hoy se refiere a la exigencia del discipulado. Quien conoce a Jesús y decide seguirlo, tiene que tener en cuanta la radicalidad de la llamada y disponerse a realizarla. En efecto, el evangelio es exigente, de Jesús se puede decir que fue contracultural, con lo cual no es extraño que haya despertado persecución y lo hayan asesinado. La pregunta para nosotros es si mantenemos esa fidelidad al evangelio o lo hemos acomodado, rebajado o desdibujado, convirtiéndolo en una religión que tranquiliza la conciencia, pero no despierta a la conversión como si lo hace el evangelio.

La primera afirmación del texto de hoy es la comparación entre el evangelio y el amor a los padres. No llama a despreciar a los padres o a los hijos, lo que interesa es el énfasis en la comparación. El evangelio vale más que incluso los deberes más sagrados.

La segunda afirmación se refiere a tomar la cruz y seguirle. Esta expresión va en consonancia con la radicalidad del evangelio que puede llevar hasta la persecución, como lo veíamos en el evangelio del domingo pasado, pero en ningún caso, fabricarse las cruces creyendo que Dios quiere sacrificios inhumanos o castigos corporales -como alguna espiritualidad lo ha fomentado- sino como consecuencia de la fidelidad al mensaje del reino. La exigencia del evangelio puede conducirnos a perder la vida, pero como ya dijimos, por fidelidad, no por auto masoquismo.

Precisamente si vivimos con coherencia el evangelio será posible que las personas reconozcan a Jesús en sus seguidores y los reciban en su casa, o reconozcan la voz profética del reino y la acepten, vean la vida justa de los evangelizadores y se animen a seguir ese mismo camino. En otras palabras, el seguimiento de Jesús permite que otros conozcan a Jesús y lo reciban. Jesús no tiene otra manera de llegar a los demás si no es a través de los discípulos. De ahí la importancia de la misión encomendada y la urgencia de realizarla con la mayor transparencia y radicalidad.

Finalmente, la referencia a los pequeños, a los pobres, a los últimos a los ojos humanos, nos recuerda que el evangelio siempre se pone del lado de los más necesitados y quienes quieren vivir el evangelio han de ponerse del mismo lado. Dar de beber a los más pequeños es reconocer que el reino se hace presente en lo más insignificante, en lo que el mundo desprecia.

En los textos del tiempo ordinario que hemos ido comentando los últimos tres domingos, la idea es la misma: Jesús confía a sus discípulos que realicen las obras que él hizo porque ahora ya no está entre nosotros y solo los discípulos pueden hacerlo presente para convocar a otros. Que Jesús encuentre en nosotros la generosidad suficiente para responder a su llamado y con fidelidad dar testimonio de sus obras.