Confiar en Jesús y reconocerlo como Hijo de
Dios
Domingo XIX del Tiempo Ordinario
(9-08-2026)
Olga Consuelo Vélez
En seguida, obligó a los
discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla,
mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a
solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos
de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la
madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al
verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron,
y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo:
"Tranquilícense, soy yo; no teman. Entonces Pedro le respondió:
"Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven",
le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en
dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como
empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió
la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que
estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres
el Hijo de Dios" (Mateo 14, 22-33).
El texto tiene tres partes. En la primera, los discípulos suben a la barca para pasar a la otra orilla, mientras Jesús despide a la multitud y luego se retira a orar. En la segunda parte, Jesús alcanza a los discípulos en la barca, caminando sobre las aguas y se da la experiencia de Pedro de querer confiar, pero también, de dudar. La tercera se refiere a lo que produjo en los discípulos este hecho, haciendo la confesión de fe de Jesús como Hijo de Dios.
Este
relato es muy parecido al de la tempestad calmada (Mt 8, 23-27) en el que son
todos los discípulos los que sienten miedo por la tempestad y Jesús los increpa
por su falta de fe. Cuando Jesús calma la tempestad, los discípulos se
preguntan: ¿quién es este que hasta el mar y el viento le obedecen? En el texto
de hoy ya no hay pregunta sino una afirmación más contundente: Jesús es el Hijo
de Dios.
No podemos
tomar los textos al pie de la letra y quedarnos en el “poder” de Jesús frente a
los elementos de la naturaleza. Lo que interesa es el significado teológico del
texto, la intencionalidad que el evangelista tuvo al relatar de esa manera esos
sucesos. El énfasis aquí está en la fe, como contraposición a la duda, sin que
no sea legítimo sentir la duda y confiar en el poder de Jesús para superarla.
Precisamente,
Pedro quien va a tener tanto protagonismo en el discipulado y en la historia de
la Iglesia, será quien encarne la experiencia de duda y, como ya sabemos,
incluso de negar a Jesús, pero también será quien, a pesar de su fragilidad,
confía por entero en Jesús y llega a tener un protagonismo indiscutible.
Por lo
tanto, el evangelio de hoy nos invita a la confianza infinita y a la aceptación
de nuestras fragilidades y limitaciones. Estas siempre acompañaran nuestros
caminos, pero también siempre podemos volver a confiar y continuarlos. Serán
estas experiencias de caídas y levantadas las que nos revelarán el amor inmenso
de nuestro Dios y su presencia incondicional en nuestra vida. Ojalá que también
podamos reconocer en el Jesús de la historia al Hijo de Dios, revelador del
Padre, para no dudar de que solo, haciendo las obras que él hizo, construiremos
el reino de Dios, sin rebajas, sin acomodos, sin distorsiones.

