martes, 15 de septiembre de 2026

 

La justicia es desbordada por la gratuidad de Dios

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

(20-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros. Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?". Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña". Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros". Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada". El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?". Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos" (Mateo 19, 30—20, 16).


 

El evangelio de hoy comienza y termina con la frase “muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros”. Con esto ya nos está señalando una intencionalidad inicial: la lógica del reino de Dios es muy distinta a la lógica humana y la insistencia de Jesús va en la línea de lograr que los suyos lo comprendan. De ahí que la parábola que a continuación, Jesús dice a sus discípulos, muestra esa lógica contracultural que tanto cuesta entender.

La parábola se refiere a un propietario saliendo de madrugada a contratar obreros para su viña. Es interesante notar que no sale el administrador -lo cual sería más lógico- sino el mismo dueño. Esto podría significar que Jesús se está refiriendo, a Dios mismo, para enfatizar cómo actúa Dios. El propietario sale en diferentes momentos: a la madrugada, a media mañana, a mediodía, a media tarde y, de nuevo, al atardecer. Con los primeros, combina en pagarles un denario. Al volver a salir y ver a unos desocupados, los invita a trabajar a la viña. Lo mismo con los últimos a quienes les pregunta por qué están sin trabajar y ellos contestan qué nadie los ha contratado. También a ellos les dice que vayan a trabajar a la viña. Después de describir esta situación, Jesús pasa al momento central de la parábola: le pide al mayordomo que llame a los jornaleros y, empezando por los últimos, comienza a pagarles un denario. Cuando llega a los primeros, esperan recibir más paga y, al ver que no es así, le protestan al propietario reclamando que ellos han trabajado todo el día y han aguantando el calor.

Jesús les habla con cercanía -así lo denota la palabra “amigo” y les hace caer en cuenta que habían combinado en un denario y es lo que les está pagando. Y añade que “no está siendo injusto con ellos”. Las razones que aduce es que él puede disponer de sus bienes según le parezca y les reprocha que les moleste que él sea bueno. Esta escena nos hace recordar la parábola del Hijo pródigo en la que también el hermano mayor le reprocha al Padre que reciba con fiesta a su hermano pecador (Lc 15, 25-32). El evangelio termina con las mismas palabras que inicio en las que ya podemos comprender que el pago recibido no depende de la hora de llegada a la viña. Lo que interesa es trabajar en la viña tan pronto como se sea convidado.

Por otra parte, la lógica de Dios no desprecia la justicia -la está realizando al pagar lo convenido-, pero la supera con la gratuidad. Así es el Dios del reino: pura gratuidad, puro desborde, pura misericordia. Y, en tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, esta parábola también es una llamada a hacer realidad que todos -clérigos, religiosos/as, laicado- están llamados a trabajar en la viña, por la identidad bautismal que constituye a todos en miembros imprescindibles de la misión eclesial, sin ningún tipo de preeminencia o dignidad que haga diferencia entre ellos.

 

 

 

 

martes, 8 de septiembre de 2026

 

Perdonar a los demás con la medida de amor incondicional de nuestro Dios

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

(13-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?". E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos" (Mateo 18, 21-35).




Continuamos este domingo leyendo parte del capítulo 18 de Mateo que, como dijimos el domingo pasado, es un capítulo eclesiológico donde se señalan algunas normas de comportamiento de los miembros de la Iglesia. El texto es continuación de los versículos anteriores en los que se narraba lo que hay que hacer cuando un hermano peca. Por eso Pedro pregunta: ¿cuántas veces hay que perdonar las ofensas del hermano? ¿hasta siete veces? Y Jesús responde que no solo siete sino setenta veces siete. El número 7 significa “siempre”, por lo tanto, el setenta veces supone “todas las veces que sea necesario”.

Jesús no solo da esta respuesta, sino que añade una parábola sobre el reino de los cielos, ilustrando mejor las actitudes que han de tener los miembros de la comunidad cristiana. La parábola relata, cómo un rey, que iba a vender a un obrero y a toda su familia poque le debía 10.000 talentos, se conmueve ante la súplica que le hizo de que le diera plazo y no solo lo dejó ir, sino que le perdonó toda la deuda. Sin embargo, lo que sigue a continuación contiene el mensaje central del texto. Justamente a aquel a quien el rey le había perdonado la deuda se le presenta una situación similar con un compañero que solo le debía 100 denarios -cantidad ínfima comparada con la deuda que él tenía con el rey- y aunque el compañero también le imploró misericordia, este no fue capaz de tenerla y lo mandó a la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Ante ese hecho, los demás siervos sienten tristeza y van a contárselo al rey. Entonces, el rey se indigna y manda llamar al siervo que había perdonado y le reclama que él no hubiera tenido la compasión que el rey había tenido con él. Decide entonces entregarlo a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Y Jesús les advierte a los discípulos que eso mismo hará el Padre celestial con ellos si no perdonan de corazón a los demás.

El mensaje de esta parábola es lo que rezamos en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. En otras palabras, el amor a Dios es inseparable del amor al hermano y, por eso, si Dios nos ama con amor incondicional, nosotros también hemos de amar con ese mismo amor a los hermanos.

Este evangelio es muy oportuno para el momento actual donde la guerra, la fuerza y la competencia se imponen en las sociedades capitalistas haciendo que los otros no sean hermanos sino rivales. Nuestra opción cristiana nos invita a redoblar esfuerzos apostando por el diálogo y el perdón para construir la verdadera paz.

martes, 1 de septiembre de 2026

 

Revisar nuestras prácticas eclesiales a la luz de la Iglesia de los orígenes

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

(6-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.  Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad (a la Iglesia). Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o republicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos" (Mateo 18, 15-20)

 


El capítulo 18 del Evangelio de Mateo se podría considerar un capítulo eclesiológico donde se dan recomendaciones de lo que deben practicar los miembros de la Iglesia. En este texto, se dan dos recomendaciones. La primera, con respecto al hermano que peca y la segunda con el reunirse para orar dos o tres hermanos en la fe.

Sobre el primer aspecto, se nota el énfasis en buscar la inclusión del pecador a la comunidad. Por eso, se señalan diferentes niveles de acompañamiento. En primer lugar, corregirlo en privado y si no escucha hacerlo con dos o tres compañeros. Si la persona continúa negándose a cambiar de actitud, se apela a la comunidad (a la Iglesia) para que sea toda ella la que busque el cambio del pecador. El término “Iglesia” solo aparece aquí y en Mt 16, 18.

En este texto también se repiten las palabras que ya Jesús había dicho a Pedro en un capítulo anterior, de la responsabilidad que tiene la iglesia frente a sus miembros: “lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. La insistencia que hemos visto de buscar el cambio del pecador, muestra la primacía de la salvación ofrecida por Dios sobre la condenación. De hecho, Dios solo tiene la propuesta de salvación para la humanidad y de ello ha de dar testimonio la Iglesia. La posibilidad de la condenación depende de la libertad humana y en ningún caso de la voluntad de Dios.

El segundo aspecto se refiere a la presencia de Dios en medio de la comunidad. Siempre que dos o tres se reúnan en su nombre, Dios está en medio de ellos. Por lo tanto, una vez más se nos señala, dónde se encuentra Dios: en las personas, en la comunidad, en aquellos que se reúnen en su nombre.

Que el Evangelio de hoy nos convoque a revisar nuestras prácticas eclesiales, para que ellas siempre den testimonio del actuar de Dios sobre la humanidad, creyendo en el poder del diálogo como medio de transformación de todas aquellas conductas que desdicen del proyecto divino.

A nivel social, es una invitación a invocar menos la guerra y más el diálogo porque este último puede transformar a las personas mientras que la guerra simplemente las vence, pero no las convence.

viernes, 28 de agosto de 2026

 

Del “Milagro” al desastre “total”

Olga Consuelo Vélez

 





No puedo evitar sentir que, frente a la “prepotencia” con la que llegó el gobierno entrante con su “Patria milagro” donde parecía que al otro día íbamos a pasar a vivir en el cielo, la realidad está dando un “golpe fuerte” que ojalá supieran leer y poner en práctica, aunque lo dudo totalmente porque están enceguecidos con su autosuficiencia.

Una mirada algo “maliciosa” hace pensar que no les sirvió de nada tanto rezo en la toma de posesión. Pareciera que ni la bendición judía, cristiana y católica, trajeron protección. Tampoco el “aleluya”, cantado por Maia y ni la imagen de la Virgen de Fátima, lograron protegernos. Menos aún, las fuerzas militares a las que Abelardo considero público fundamental de sus primeras palabras dirigidas a la nación. Esto cuestiona fuertemente esa fe ingenua que pide “milagros” y no ha entendido que la oración es el diálogo con nuestro Dios para entender lo que él quiere de la humanidad y nosotros disponernos a trabajar por ello. Ni Dios hace milagros extraordinarios ni nuestras oraciones mueven los hilos del cielo a nuestro favor.

Y si seguimos con los pocos milagros que vemos, constatémoslos en los nombramientos que cada día nos preocupan más. Nada de independencia de los de “siempre”, nada de, “cero corrupción” en el pasado o presente de muchos de los designados, nada de “mérito propio” -anunciaron el nombramiento de una ministra cuya hoja estaba en el banco de talentos que creó el gobierno, pero ni el banco siguió funcionando, ni hemos tenido más anuncios de nombramientos sin intereses del gobierno-. Y mucho que decir de lo que cada ministro va proponiendo como “milagro”: batalla cultural, fracking, recorte de derechos, privatización de la educación, inseguridad laboral, etc.

Sobre el “Libro de la verdad” -que cómo le pregunto Pilatos a Jesús en el evangelio de Juan: ¿qué es la verdad? (Jn 18, 38) sin que Jesús respondiera, nos lleva a preguntarnos la verdad de quiénes y con qué propósito. Demasiada utilización de la palabra “verdad” en un entramado político que parece estar muy lejos de ella. Igual están diciendo con el presupuesto presentado para este año, en que se apoyan en “la verdad” delo que ocultaba el anterior gobierno, para justificar la enorme cifra que hará de nuestro país una patria más dependiente de los créditos millonarios y ajustará los bolsillos de todos tarde o temprano.

Muchas otras cosas se podrían seguir diciendo de este “no-milagro” que está resultando ser este gobierno. Pero solo quiero fijarme en otro aspecto. La “paz total” propuesta de Petro, que en verdad, fracasó. Pero el esfuerzo por hacer algo mejor no se logrará cerrando “definitivamente” el diálogo y poniendo en “la fuerza de las armas” la solución de la violencia que no logramos erradicar de nuestro país. Y, es de esperar que, si a esos grupos armados se les dice que van a acabar con ellos en 60 días, comiencen con retaliaciones y vuelva “la horrible noche” de la violencia, la violación de derechos humanos, la muerte.

Para distraernos un poco, los medios de comunicación nos repiten la noticia de la caída de cabecillas, extradiciones y mega cárceles. Si lo están consiguiendo... no parece que hubiera un ejército tan debilitado… o por que llega un nuevo general ¿se logran las capturas? En fin, creo que de milagros nada y de “desastre total” mucho. Duele el país y el retroceso será enorme. El desgaste por defender lo conseguido nos abrumará. Eso sí, lo que da fortaleza es la inmensa solidaridad de la gente común ante los desastres naturales y la resiliencia de muchos para seguir creyendo y trabajando por un país de paz y bien común y no de guerra y primacía de los de siempre.

martes, 25 de agosto de 2026

 

Asumir la cruz como consecuencia del seguimiento

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

(30-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá". Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras (Mateo 16, 21-27).

 




El evangelio de hoy contrasta totalmente con el del domingo pasado. En aquel Pedro se distingue por su fe, fruto de dejarse conducir por Dios, recibiendo los encargos de Jesús de ser piedra de la Iglesia y desatar los pecados. Pero aquí, Pedro está pensando como los hombres y no como Dios y se convierte en piedra de tropiezo, al punto de Jesús decirle que se aparte de él, utilizando la misma frase que uso en el texto de las tentaciones (Mt 4, 10): Apártate de mí, Satanás.

El contexto de esta situación son los anuncios de Jesús sobre su suerte. Parece que ya está sintiendo las persecuciones por parte de las autoridades judías -sacerdotes y escribas- y comienza a interpretar su misión en términos de la pasión y resurrección, como efectivamente sucederá. Esto es lo que no comprende Pedro, afirmando incluso que eso no sucederá.

Por esto Jesús recuerda a sus discípulos en que consiste el seguimiento y el discipulado por el reino de los cielos. Ir detrás de Jesús supone la renuncia a los propios intereses y el asumir el camino del conflicto y la cruz, cuando esto se exige por mantener la fidelidad a la misión encomendada.

Hay que tener cuidado de no entender la cruz como un designio de Dios, pensando que el sufrimiento y la cruz son salvadoras por sí mismas. Tampoco lo es la renuncia, ni el perder la vida como un gesto estoico. En todas estas realidades lo definitivo son los valores del Reino. Por ellos vale la pena perder la vida, asumir la cruz y renunciar a todo. Recordemos algunas parábolas que explican que el reino de Dios es como un tesoro por el que vale la pena venderlo todo para comprar ese campo o una perla por la cual también se vende todo para adquirirla. Es fácil describir el reino, pero cuando llega el momento definitivo, será cuando se pruebe si se ha entendido lo que es y si se está dispuesto a dejarlo todo para vivirlo.

Jesús ya está llegando al desenlace de su vida y será coherente con lo que ha predicado. El desafío para nosotros hoy es mantener esa coherencia en nuestra realidad actual.

Pidamos no pensar como los hombres sino como Dios, para recibir la promesa escatológica que esta claramente expresada al finalizar el texto con la alusión a la venida del Hijo del hombre y la recompensa que recibirán todos los comprometidos con el discipulado.

 

 

martes, 18 de agosto de 2026

 

Confesar a Jesús Mesías con nuestras palabras y obras

Domingo XXI del Tiempo Ordinario

(23-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?". Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?". Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías (Mateo 16, 13-20).

 


El evangelio de hoy nos presenta la confesión de fe de Pedro, reconociendo en Jesús al “Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Si en evangelios anteriores hemos visto dudar a Pedro, aquí él se adelanta a todos los discípulos y afirma la fe mesiánica.

El texto nos permite ver que la gente del tiempo de Jesús lo está reconociendo como un profeta al estilo de Juan el Bautista, o de Elías o de Jeremías. Esto ya nos muestra que sus palabras y obras no están dejando indiferentes a sus contemporáneos y lo comienzan a ver cómo alguien importante. Pero la confesión de Pedro da un paso definitivo al reconocerlo como Mesías.

Es bueno recordar que los evangelios se escriben a la luz del misterio pascual, con lo cual, esta confesión de Pedro responde más a esta experiencia que a la vida histórica de Jesús. Si así hubiera sido, sería muy difícil que Pedro lo negara tantas veces. Pero, sin duda, el evangelio nos está mostrando la originalidad de Jesús, su diferencia esencial con cualquier otro personaje magnífico de la historia, originalidad que vendrá dada por la resurrección que hace posible el participar de la vida definitiva con Dios.

Las palabras de Jesús sobre la revelación que viene de Dios y no de la carne y de la sangre, muestran el don de Dios que se revela a nosotros, muy lejos de los esfuerzos humanos por querer alcanzar a Dios con nuestros propios méritos.

Una vez que Pedro ha hecho la confesión mesiánica, Jesús le revela la misión que le confía: ser piedra para edificar la Iglesia y abrir la puerta del reino a todos los que deseen incorporarse en este camino. La Iglesia solo tiene sentido por la confesión de fe en Jesús y esto nos ha de recordar siempre que, siendo una institución humana porque se encarna en la historia, es una iniciativa divina, teniendo como protagonista al mismo espíritu de Jesús. Y, a diferencia de los fariseos y escribas que, en otras ocasiones, Jesús crítica por cerrar las puertas o poner cargas pesadas sobre los demás, en este texto Jesús confía a los suyos, abrir la puerta a todos, liberarlos del poder de la muerte y que puedan entrar sin ninguna atadura que lo impida.

Jesús les ordena que no le digan a nadie que es el Mesías, mostrando, tal vez, que esta confesión es post pascual. Pero, en nuestro tiempo, ojalá que sepamos confesar a Jesús como Mesías con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestras obras.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

 

María, plenitud de mujer

A propósito de la fiesta de la Asunción

 

Olga Consuelo Vélez

 



Una vez más, recordaremos, el próximo 15 de agosto, la fiesta de la Asunción de María. Este no es un dato bíblico, pero si un dogma proclamado por petición del pueblo de Dios que reconoció en María una ‘plenitud de vida’ que alguien como ella, sin duda, alcanzó.  Ahora bien, cada momento histórico interpreta la plenitud de vida según sus percepciones, imaginarios, situaciones, comprensiones alcanzadas. De ahí que la figura de María que todavía más cala en el imaginario de muchas personas es la de aquella mujer obediente a la voluntad de Dios, disponible para cumplir su querer, solicita con las necesidades de todos, madre amorosa que no niega a ninguno de sus hijos sus peticiones.

 

También se reconoce en ella la mujer fuerte que estuvo al pie de la cruz acompañando a su Hijo en el momento más difícil y doloroso de su vida, sin perder la fe y la fidelidad prometida a Dios. Su plenitud de vida se ha reconocido, por tanto, en el horizonte asignado a las mujeres en la sociedad y en la iglesia: fieles, serviciales, humildes, capaces de entregarlo todo sin pedir nada a cambio. La pregunta que surge hoy es si este modelo de mujer le dice algo a las jóvenes de hoy e, incluso a tantas mujeres adultas que han tomado conciencia de que la vida plena no significa solamente ‘entrega, renuncia y sacrificio por amor a los demás’, sino que ha de suponer también dignidad personal, lo cual implica, derechos y protagonismo, palabra y autoridad, descanso y fiesta, posibilidad de romper todas las barreras que por razón de su sexo se le han impuesto a nivel civil, social, político, educativo, laboral, familiar, económico, eclesial, etc.

 

Surge entonces esa otra figura de María profundamente bíblica, aquella que según Lucas canta el Magnificat -texto profético y revelador de cómo actúa Dios: “derribando a los poderosos de sus tronos y ensalzando a los humildes, colmando de bienes a los hambrientos y despidiendo vacíos a los ricos” (Lc 2, 52-53) y que acoge el plan de Dios no con la sumisión de quién se doblega ante el que es más grande que ella, sino que dialoga para entender la propuesta –“¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?” (Lc 2, 34). También la María que, según el evangelio de Juan, acepta con un protagonismo activo acompañar la misión de su Hijo –“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5) y en el momento de la cruz, cuando “Jesús entrega su espíritu” (Jn 19,30), recibe a otro hijo -Juan- concretando así la familia de los hijos e hijas de Dios (Jn 19, 26) que supera los lazos de sangre e inaugurando la naciente Iglesia que Lucas, en Hechos de los Apóstoles, expresará ya constituida con la venida del Espíritu Santo (Hch 1, 12-14).

 

No es que acomodemos a María a nuestros intereses personales o a las modas de cada momento. Es que el Dios que se revela en la historia sigue actuando en cada presente y nos permite interpretar de nuevas maneras la Palabra de Dios que dicha en un momento histórico -con sus géneros literarios, costumbres, códigos, visiones de su época-, es capaz de seguir hablando para todos los momentos haciendo posible que no pierda su vigencia y siga iluminando el caminar de los varones y mujeres de este presente.  Precisamente la hermenéutica feminista, ha permitido releer los textos desde la realidad de las mujeres y subrayar lo que en otro contexto quedó invisibilizado; entender los alcances y límites de todo texto bíblico y distinguir la revelación de las categorías socioculturales de un momento determinado. Por eso puede y debe proponer nuevos sentidos que iluminen este presente y transformen todo aquello que no corresponde a la intencionalidad del querer de Dios. Desde aquí es posible afirmar que la vida plena que la Iglesia reconoció en María y expresó como ‘asunta en cuerpo y alma al cielo’, hoy invita a seguir trabajando por esa vida plena para todas las mujeres de todas las edades, de todas las culturas, de todas las religiones. Celebrar la asunción de María supone comprometernos a hacer posible ya -aquí y ahora- la erradicación de toda violencia contra las mujeres y el reconocimiento pleno de sus derechos, sin ninguna exclusión en razón de su sexo.

 

Es verdad que en muchos lugares ya existe una legislación que ha superado las muchas barreras que tuvieron las mujeres durante siglos. Que sigue creciendo la conciencia de la urgencia de transformar la sociedad patriarcal y machista por una sociedad igualitaria e incluyente en el que las mujeres no ocupen un segundo lugar. Que hay más educación, más posibilidades, más equidad para las mujeres. Pero también es verdad que hay muchos frenos, temores y prejuicios frente a esta nueva manera de ser mujeres y, no pocas veces, liderados por las iglesias. Por eso repensar nuestras fiestas religiosas y, especialmente, recuperar la ‘vida plena’ que María nos señala, no es una estrategia feminista sino una exigencia ética y evangélica de liberar a María de los estereotipos patriarcales, para encontrarla como abanderada de esa igualdad fundamental que la comunidad que surgió en torno a Jesús proclamó como querer de Dios y que Pablo expresó en la conocida cita de su carta a los Gálatas: “ya no hay judío, ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (3,28). En otras palabras, celebrar la Asunción de María es seguir creyendo, que si en ella fue posible esa vida plena, también debe serlo para todas las mujeres, aquí y ahora, sin ninguna excepción.