Vivir como resucitados
Olga Consuelo Vélez
¡Jesús ha resucitado! Es el grito que se lanza
en el pregón pascual y que puso en marcha la iglesia de los orígenes. Ese mismo
grito sigue dinamizando hoy nuestra fe cristiana y compromiso eclesial. Pero
¿qué entendemos cuando decimos ese pregón? ¿a que nos compromete? ¿qué puede decirles
a nuestros contemporáneos que no saben de Jesús o que no creen en su
resurrección?
La resurrección no es un fenómeno
extraordinario que todos pudieron comprobar. Algunos estarán pensando, al leer
estas palabras, en los textos de las apariciones de Jesús a las mujeres y a los
discípulos, después de muerto, con los cuales se afirma que Jesús ha resucitado.
Conviene recordar que los evangelios son textos teológicos, confesiones de fe,
escritos en diversos géneros literarios como toda obra humana. Las apariciones
son un género literario en el que, a través de un relato simple y evidente, se
nos transmite la experiencia vivida por los discípulos: ellos que vieron morir a
Jesús, comienzan a sentir que su espíritu continúa vivo y los empuja a
reunirse, a reconocerlo en la fortaleza que sienten y, sobre todo, en la
llamada irresistible a seguir predicando lo que anunciaba su maestro. Fue tan
evidente y real esa experiencia que lo expresan con la fuerza del pregón
pascual: “Ese Jesús que ustedes mataron, ha resucitado y sigue vivo entre
nosotros” (Cf. Hc 2, 36). La resurrección de Jesús es una experiencia de fe que
nos transmitieron los discípulos y ha llegado hasta nosotros para también,
libremente acogerla y dar testimonio de ella.
El Espíritu de Jesús no es una ilusión, una
motivación o un buen propósito. Es la manera cómo podemos sentir su presencia
en nuestra vida y, al igual que los discípulos, creer en el “si” de Dios a la
vida de Jesús. Es aceptar la buena noticia del reino, reconocer los signos de
su presencia en nuestra historia y comprometernos con hacerlo posible en
nuestra realidad. Es hacer las “obras del resucitado”, es decir, viviendo como
resucitados
¿En qué consiste vivir cómo resucitados? No hay
fórmulas, ni recetas, sino que cada persona y comunidad lo va descubriendo en
los signos de los tiempos que demandan una respuesta. Señalemos algunos de esos
signos para nuestro tiempo.
La urgencia de la paz es innegable. Estamos en
un tiempo en que el “alma bélica y guerrerista” gana cada vez más fuerza. Creeríamos
que con tanta muerte y devastación que han traído las guerras que se han dado
en el pasado, habríamos aprendido a no suscitarlas más. Pero parece que el
ansia de poder, de acaparamiento de los recursos naturales, de buscar interés solo
de unos grupos, sigue dominando el panorama mundial y no cesan de invocarse las
fuerzas de las armas para conseguir lo que se quiere. Vivir como resucitados es
no desistir del esfuerzo por construir la paz. Una paz que exige el diálogo, la
paciencia, la apertura, la capacidad de pensar en todos y no en unos pocos. Nunca
la conseguiremos en totalidad, pero, los que decimos creer en el resucitado,
hemos de apoyar todas las actitudes y mediaciones que hagan posible, espacios
de paz, experiencias de paz.
Vivir como resucitados significa también
ponerse del lado “correcto” de la historia, como se dice muchas veces. Si
miramos al Jesús terreno, siempre se puso del lado de los necesitados, de los
excluidos, de todos aquellos a los que se les negaban sus derechos. En tiempos
que no cesan de invocar la competencia y la ley del más fuerte como mecanismo
para que cada quien consiga lo que necesita, los que aspiramos a vivir como
resucitados no podemos desistir de trabajar por la justicia social, apoyando
las políticas, planes y proyectos que mejoren las condiciones de los más pobres
y garanticen las mismas oportunidades para todos.
Vivir como resucitados hoy implica la
preocupación y compromiso efectivo con el cuidado de la casa común. Nuestro
mundo no es para explotarlo, sino para cuidarlo, velando que sea sustentable y
puedan disfrutarlo las generaciones futuras. Es muy importante mantener la
armonía con la creación sin destruir tierras, desviar ríos o contaminar
hábitats en aras de un progreso que, a la larga, solo beneficia los intereses
económicos de algunos y acaba con la garantía de la vida para el hoy y también
para el futuro.
Vivir como resucitados supone asumir la
diferencia, la pluralidad, la diversidad de culturas, de religiones, de
costumbres, de modos de vida y modos de relación. Hemos estado muy marcados por
las mentalidades hegemónicas que se han impuesto a lo largo del tiempo y hemos
excluido a miles de personas por esa casusa. Pero precisamente el cristianismo
es la religión “católica”, es decir universal, amplia, capaz de asumir la diferencia
y caminar con ella. Los primeros discípulos salieron más allá de las fronteras
de Israel y gracia a ello su fe, nos alcanzó también a nosotros. Son tiempos de
recuperar ese primer impulso y vivirlo con radicalidad.
Cada uno podrá seguir diciendo qué supone vivir
como resucitados según las necesidades que ve más acuciantes en su entorno. Lo
importante es creer que la buena noticia del reino anunciada por Jesús hoy se
nos confía y por la fuerza de su espíritu seguimos comprometidos con su causa.
Invitar a otros es la consecuencia lógica de quien siente la presencia del
resucitado y desea que muchos otros la experimenten. Pero, cómo dice la
escritura: ¿cómo creerán si no se les predica? (Rom 10,14) Y nosotros podríamos
decir, ¿cómo creerán si no ven las obras del resucitado? Por tanto, vivir como
resucitados es un don y una tarea para hacer creíble la resurrección de Jesús y
que las obras sean garantía de lo que anunciamos.
