Este texto lo publiqué en: La importancia del discernimiento en una época de fe guiada por las emociones | Global Sisters Report
La importancia del discernimiento eclesial en las
experiencias de fe
Olga Consuelo Vélez
Últimamente se ha escuchado en España el llamado “giro católico de los jóvenes a la fe”, representado en expresiones musicales con referencia religiosa o en la existencia de grupos que consiguen atraer un significativo número de jóvenes los cuales se reúnen para orar, cantar, adorar la eucaristía y otras manifestaciones que visibilizan la fe que profesan.
Ese fenómeno no se está dando solo en España. También en Latinoamérica (y
tal vez en otros continentes) han
surgido grupos (no solo de jóvenes, pero si con bastante presencia juvenil) que
proponen retiros de fin de semana en los cuales se ofrecen testimonios de
conversiones y diversas prácticas de oración o de liturgias que logran un
“impacto” emocional en quienes participan, de tal manera que bastantes personas
permanecen vinculados a los grupos que promueven esas experiencias y así se
comienza a ver más gente en las Iglesias (o por lo menos en los grupos) y se retoman
prácticas religiosas que confirman ese posible “giro católico” del que se está
hablando en la actualidad.
Personalmente tengo dudas sobre estas experiencias. Me recuerdan el auge de
los llamados “Nuevos Movimientos Eclesiales” que tanto apoyó el papa Juan Pablo
II y que con el paso del tiempo han dejado ver la poca coherencia con lo que decían
vivir. Son muchos los fundadores y miembros de esos movimientos o comunidades religiosas
nuevas a las que se les ha comprobado pederastia, abuso sexual y abuso
psicológico a muchos de sus miembros o destinatarios de su misión. No han sido
todos los grupos, pero “demasiados”. Muchos de estos grupos siguen existiendo (pocos
han sido disueltos), cosa que me resulta muy extraña porque me cuesta entender
que se quiera seguir un carisma propuesto por alguien al que se le han
comprobado tantas atrocidades. Pero así son las estructuras, sean civiles o eclesiales:
una vez que se consolidan, resulta muy difícil terminarlas, aunque sus
fundamentos sean tan ambiguos.
Pero volviendo a esos grupos actuales lo que más me preocupa es el
tradicionalismo doctrinal que manifiestan muy alejado del espíritu de Vaticano
II y de la propuesta sinodal con la que el papa Francisco y ahora el papa León
XIV están buscando renovar la Iglesia.
Precisamente a estas experiencias parece que responde la nota doctrinal que
publicó la Comisión de Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española
hace unos días, con el título: “Cor ad cor loquitur” (el corazón habla
al corazón) sobre el papel de las emociones en el acto de fe.
La nota no menciona lo del tradicionalismo doctrinal que me parece
acompañan estas experiencias, pero si resalta la “emotividad” como fundamento
de estas nuevas manifestaciones religiosas y llama la atención a la necesidad
de vivir una espiritualidad que asuma todas las dimensiones de la persona y la
urgencia de un discernimientos frente a dichas experiencias, discernimiento
realizado por la autoridad eclesial, como garante de la autenticidad de la fe y
de estas nuevas iniciativas eclesiales.
La nota doctrinal se refiere explícitamente a experiencias centradas en el
“primer anuncio” que, aunque parecen estar dando frutos, llaman la atención por
su parcialidad centrada en las emociones y también en la dificultad de
integrarse a la dinámica eclesial más amplia.
La nota aclaratoria tiene dos grandes partes. La primera, fundamentando la
importancia de las emociones en la experiencia de fe y la necesidad de tener en
cuenta todas las otras dimensiones humanas. Y, la segunda, ofreciendo criterios
de discernimiento de este tipo de experiencias de fe.
Sobre la primera parte, hay afirmaciones muy importantes para vivir la
experiencia de fe con autenticidad. Esta experiencia ha de abarcar todas las dimensiones
de la persona: afectiva, intelectual y volitiva. Por eso, si solo se enfatiza lo
emotivo se corre el peligro de convertirse en “consumidores de experiencias de
impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual”
y no en testigos de Cristo, configurando su vida con la suya. Lo central del
mensaje cristiano es el misterio pascual que ha transformado la historia y es
capaz de transformar la existencia de todo ser humano. Por eso, todo “impacto
emocional” ha de manifestarse también en el “obrar de las personas”.
La absolutización de lo emotivo es una de las características de la
postmodernidad. Se está cambiando el “pienso, luego existo” por el “siento,
luego existo”. Pero lo emotivo lleva
solo a la inmediatez, el instante y, en la perspectiva de fe, esto puede llevar
a hacer depender la fe de la emoción que se fortalece más cuando se comparte
con todo un grupo. Lo emocional es fácilmente manipulable, pudiendo llegar
incluso, al abuso espiritual.
Una experiencia de fe basada solo en lo emotivo puede hacer creer que se
tienen experiencias místicas. Sin embargo, no fue así la experiencia de los
grandes místicos. Ellos supieron también lo que es la noche oscura de la fe e
integraron toda su persona en esa experiencia.
Por lo tanto, la nota no niega la
importancia de los sentimientos en la vida espiritual o, con otros términos, el
recuperar la centralidad del corazón en la persona, lugar de las decisiones, de la verdad, del
encuentro y de la Alianza. De hecho, documentos magisteriales recientes como Caritas
in veritate (Benedicto XVI, 2009) o la Dilexit nos (Francisco, 2024)
proponen recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana porque desde
este se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual,
así como la volitiva y el compromiso y de esa manera la experiencia de fe se
convierte en un acontecimiento totalizante para el creyente.
Por todo lo anterior la comisión
de doctrina de la fe propone los siguientes criterios teológico-pastorales para
un discernimiento de dichas experiencias espirituales:
(1) Nuestra fe es trinitaria lo
cual libera de individualismos y lanza a la comunidad.
(2) La fe tiene una dimensión
personal que va más allá de las normas y se refiere al encuentro con la Persona
de Jesús. Sin embargo, este encuentro no solo lleva la alegría de dicho
encuentro sino también la invitación a cargar la cruz con Cristo.
(3) Complementaria a la dimensión
personal está la dimensión objetiva de la fe que supone la profundización en la fe y la doctrina. En este
sentido, la formación se torna en un medio primordial que permite integrar la
verdad en el amor. La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad
objetiva del kerygma cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida
e interpretada por la Iglesia.
(4) Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre
mediado por la dimensión eclesial. Una auténtica vivencia eclesial de la fe no
absolutiza el carisma del propio grupo, sino que aprecia la riqueza que aporta
el conjunto. Los nuevos grupos necesitan del juicio de su autenticidad y
regulación por parte de las autoridades eclesiales. A ellos compete no apagar
el Espíritu, pero si examinarlo y quedarse con lo bueno. Es signo de
eclesialidad dejar que estos métodos sean sometidos al discernimiento de la
autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.
(5) La dimensión ética y caritativa es signo del verdadero encuentro con
Cristo que no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa
al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe ha de traducirse en
caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran
el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino.
(6) Finalmente, la experiencia de fe necesita la dimensión celebrativa que
no se reduce a una oración individual o un mero devocionalismo, sino que supone
la dimensión comunitaria, objetiva y sacramental. En este punto la nota alerta
sobre las llamadas “adoraciones eucarísticas” para que no se desliguen de la
celebración litúrgica y la pertenencia de todos los miembros de la iglesia al
cuerpo de Cristo.
Aunque esa nota doctrinal tiene como destinatario a la realidad española, la existencia de esos grupos o esa espiritualidad más centrada en lo emotivo no es exclusiva de ese contexto y nos conviene a todos discernir sobre su pertinencia y aplicabilidad en todas las realidades en las que se están dado estos grupos. Es verdad que no hemos de “ahogar” el espíritu que siempre “hace nuevas todas las cosas”. Pero es una obligación moral discernir sus manifestaciones porque contamos con experiencias muy recientes de “demasiados lobos con piel de oveja”.
(Foto tomada de: https://amordediosesp.org/index.php/8-noticias/182-31-de-enero.html)
