Cuando la política se aprovecha de la fe
Olga Consuelo Vélez
En las pasadas elecciones vividas en Colombia se hizo una manipulación muy grande de la fe en nombre de la política. Pero esto no ha pasado solo en Colombia. En Brasil también se ha visto este fenómeno y en otros lugares del Continente. Conviene, entonces, intentar aclarar las relaciones que tienen fe y política y las manipulaciones que se hacen desde la política a la fe.
El punto de partida es que fe y política se relacionan en el sentido de que
el ser humano que cree, vive su fe en el mundo y, por tanto, a la fe le
conciernen todas las dimensiones de lo humano: lo social, lo político, lo
cultural, lo económico, etc. De ahí que las opciones que una persona de fe
haga, están orientadas por su fe y ha de buscar todo aquello que vaya en
consonancia con la misma. Pero esto exige dos posturas claras. La primera, no
pretender que la sociedad se haga “confesional” porque son tiempos de
sociedades seculares, plurales, diversas. Hemos de pedir que haya libertad
religiosa y libertad de culto y no pretender que el Estado se identifique con
la Iglesia Y, la segunda, tener la suficiente formación tanto en la propia fe
como en la política para ser capaz de tomar decisiones coherentes, maduras,
fundamentadas.
La primera condición que hemos señalado la asume la Iglesia en la
constitución pastoral Gaudium et Spes (uno de los documentos del
Vaticano II) en el que ella reconoce la autonomía del mundo y abandona sus
pretensiones de “cristianizarlo”, en el sentido de no dar espacio a la
pluralidad de visiones, o rechazar los avances de la ciencia o las posturas
seculares que entienden un mundo sin Dios, sin que eso signifique renunciar a
los valores de la dignidad humana y el bien común.
Sobre la suficiente formación, tanto de la propia fe como de las cuestiones
socio políticas, conviene decir lo siguiente. Respecto de la fe cristiana,
necesitamos liberarnos de la fe intimista, individualista que ha conformado la
experiencia religiosa de muchos creyentes. El evangelio es ante todo
comunitario, con muchas implicaciones sociales porque se preocupa de los más
pobres e invita a transformar esa situación. De hecho, los milagros de Jesús
iban a transformar la realidad que allí se vivía, en la que, especialmente la
enfermedad, significaba exclusión de la comunidad. Jesús cura para integrar a
las personas a la comunidad, para devolverles su dignidad. Y no son menos las
palabras de Jesús que denuncian la opresión, la pobreza, la injusticia y, sobre
todo, el uso del culto para tener ganancias y vivirlo desconectado de la vida.
La expulsión de los vendedores del Templo (Mc 11, 15-17) es un signo profético
con el que Jesús denunció el culto vacío que dividía al pueblo entre los que
podían hacer muchas ofrendas y los que no tenían nada para vivir.
Es urgente también una formación en la Doctrina social de la Iglesia, porque
su desconocimiento es evidente en muchos cristianos. El papa Francisco recordó
la Doctrina Social con sus encíclicas Laudato si (2015) y Fratelli
Tutti (2020). En la primera nos
habló sobre el cuidado de la casa común y en la segunda abordó muchos aspectos referentes
a la dignidad humana, los derechos universales, la política al servicio del
bien común, la construcción de la paz, etc. León XIV en su encíclica Magnifica
Humanitas (2026), nos recordó todos los documentos de la Doctrina social de
la Iglesia y añadió un reto actual, como es la Inteligencia Artificial tan
determinante en este momento.
Pero, visto lo que ha pasado en las pasadas elecciones, surgen unas
preguntas muy cuestionadoras: ¿qué ha pasado con tanto creyente que no
participó de esta contienda apoyándose en la verdad y en las cosas como son,
sino repitiendo mentiras y slogans falsos? ¿qué pasó con tanto cristiano que
diciendo que apoyaba el defender la vida desde el nacimiento, apoya la guerra
para los nacidos? ¿qué pasa con los creyentes que, afirmando su fe en Dios
creador, no defiende la naturaleza y el cuidado de la casa común? ¿qué pasa con
tanto creyente que sigue apoyando el sistema neoliberal que está comprobado que
sigue enriqueciendo a unos pocos y empobreciendo a la mayoría?
Algún lector dirá que estoy defendiendo a un candidato y es legítimo que
así lo piense. Pero eso no es lo que interesa sino ser capaces de hacernos
preguntas que, personalmente yo he visto ausentes en la pasada contienda. Son
preguntas para invitarnos a pensar si creemos que tenemos una formación
suficiente a la hora de tomar decisiones, pero, sobre todo, si en verdad no
manipulamos la fe en favor de la política. Y quiero advertir que no creo que
sea propio de personas de fe que hagamos afirmaciones del tipo: Dios eligió a
este candidato, Dios respalda a este candidato, este candidato va a restaurar
la cristiandad, la virgen está con este candidato, etc. Y hemos de tener
cuidado de no usar las palabras bíblicas para aplicarlas a las decisiones que
se tomen en cualquier gobierno. Cuando empezamos a hablar de “elegidos”, de
“bendecidos”, de “salvadores”, estamos manipulando nuestra fe.
Propongo estas reflexiones para que asumamos una postura verdaderamente
creyente: el presidente electo lo eligieron los votantes y no Dios y nuestra
oración por él no puede ir de la mano de creer que es el elegido sino de pedir
porque sea coherente con la dignidad humana y los derechos humanos, porque ha
de gobernar para un pueblo plural y no para un “grupo eclesial”. Pero la mayor
oración que hemos de hacer es por cada uno de nosotros, porque son nuestras
opciones las que construyen futuro y, lamentablemente, no parece que tuviéramos
el suficiente criterio para hacer de nuestro país un país justo y en paz. Ya la
Conferencia Episcopal Latinoamericana, celebrada en Puebla (1979) decía: “Vemos
como un escándalo a la luz de la fe, la inmensa brecha entre ricos y pobres” y “no
se entiende que en un Continente tan creyente se de tanta injusticia”. Han
pasado más de cuarenta años y nuestro país y Continente siguen manteniendo
dicha brecha. ¿Qué nos pasa a los creyentes que no logramos votar bien para que
nuestro país sea justo y en paz? Por ahí debería ir mucho más nuestra oración
y, tal vez, algún día sepamos tomar las decisiones que Dios quiere.

