Vivir a plenitud el programa del reino
VI Domingo TO (15-02-2026)
Olga
Consuelo Vélez
No piensen
que he venido a abolir la ley o los profetas. No vine para abolir, sino para
cumplir. Les aseguro que mientras duren el cielo y la tierra, ni una “i” ni una
coma de la ley dejará de realizarse. Por lo tanto, quien quebrante el más
mínimo de estos mandamientos y enseñe a otros a hacerlo será considerado el más
pequeño en el reino de los cielos. Pero quien lo cumpla y lo enseñe será
considerado grande en el reino de los cielos. Porque les digo que, si el modo
de obrar de ustedes no supera, al de los letrados y fariseos, no entrarán en el
reino de los cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: No matarás;
el homicida responderá ante el tribunal. Pues yo les digo que todo el que se
enoje contra su hermano responderá ante el tribunal. Quien llame a su hermano
imbécil responderá ante el Consejo. Quien lo llame renegado incurrirá en la
pena del infierno de fuego. Si mientas llevas tu ofrenda al altar te acuerdas
de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda delante del altar, ve
primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a llevar tu ofrenda.
Con quien tienes pleito busca rápidamente un acuerdo, mientras vas de camino
con él. Si no, te entregará al juez, el juez al comisario y te meterán en la
cárcel. Te aseguro que no saldrás hasta haber pagado el último centavo. Ustedes
han oído que se dijo: no cometerás adulterio. Pues yo les digo que quien mira a
una mujer deseándola ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo
derecho te lleva a pecar, sácatelo y tíralo lejos de ti. Mas te vale perder una
parte de tu cuerpo que ser arrojado entero al infierno. Y si tu mano derecha te
lleva a pecar, córtatela y tírala lejos de ti. Mas te vale perder una parte de
tu cuerpo que terminar entero en el infierno. Se dijo: Quien repudie a su mujer
que le dé acta de divorcio. Pero yo les digo que quien repudia a su mujer
-salvo en caso de concubinato. La induce a adulterio, y quien se case con una
divorciada comete adulterio. Ustedes, también han oído que se dijo a los
antiguos: No jurarás en falso y cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo les digo
que no juren en absoluto; ni por cielo, que es trono de Dios; ni por la tierra,
que es tarima de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey; ni
jures tampoco por tu cabeza, pues no puedes convertir en blanco o negro uno
solo de tus cabellos. Que la palabra de ustedes sea sí, sí; no, no. Lo que se
añada luego procede del Maligno (Mateo 5, 17-37).
El evangelio de
hoy continúa con el llamado sermón del monte dado por Jesús, según el evangelio
de Mateo, que comenzó con las bienaventuranzas -que comentamos el domingo
pasado- y hoy sigue con una idea fundamental: el cumplimiento de la Ley en
plenitud y, de alguna manera, “excediendo” ese cumplimiento.
Tenemos que
aclarar que cumplimiento no se refiere a algo que se dijo antes y ahora va a
suceder. O al cumplimiento de normas o preceptos. En este caso el cumplimiento
se refiere a plenitud, como ya lo dijimos, es decir, a la realización de
aquello que se está afirmando.
Mateo les
escribe a judíos para los cuales el cumplimiento de la ley es fundamental y,
tal vez, se estaban sintiendo inquietos con la praxis de Jesús que podría
parecer la relativizaba. Lo que Mateo pretende es mostrarles que no la está
relativizando sino cumpliendo a plenitud. Y pone de referencia a los fariseos y
escribas los cuales para el pueblo judío son los que cumplen la ley,
diciéndoles que han de superar a los que cumplen la ley. La expresión “la ley y
los profetas” resume el contenido del texto sagrado para los judíos. Es decir,
todo lo escrito en el Antiguo Testamento mantiene su vigencia, solo que, con
Jesús, alcanza una mayor plenitud.
Los ejemplos
que Jesús va dando en el sermón del monte, muestran como ir superando el mero
cumplimiento de la ley. Frente al “no matarás”, Jesús propone no cometer ningún
ataque contra el hermano, sea llamándole, “imbécil” o “renegado”. Con nuestros
términos diríamos ningún ser humano ha de ser violentado en su dignidad ni en
palabras y, mucho menos con obras. Continua el discurso haciendo referencia a
cualquier ruptura con un hermano la cual ha de ser solucionada antes de ir a
llevar la ofrenda. En nuestros términos no es posible realizar un culto sin la
coherencia de vida. Y si hay algún pleito es mejor solucionarlo cuanto antes.
No hacerlo es exponerse a qué crezca tanto que se llegue al juez que te mete en
la cárcel. En efecto, hay pleitos con familiares y amigos que rompen las
relaciones para siempre, las transmiten de generación en generación y llegan a
convertirse en insalvables cuando, muchas veces, las causas que lo originaron,
no tenían tal importancia.
Sobre el
adulterio, Jesús no ofrece una alternativa que lo supere, pero sí invita a
revisar los sentimientos que comienzan mucho antes de que se dé el hecho
definitivo. Y continua con palabras fuertes y radicales: cortar el miembro del
cuerpo que nos lleve al pecado. Por supuesto, esto no admite una lectura
literal, pero si invita a la plenitud del cumplimiento de la ley que supone a
toda la persona optando por el bien y la verdad. Finaliza esta parte del
discurso con la llamada a no jurar por Dios sino responsabilizarse de la
palabra dicha en un si o en un no, por autenticidad propia y no por referencia
a juramentos.
El evangelio de
hoy no llega hasta el final del sermón del monte que concluirá todo con el “ser
perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt, 5, 82), pero todos los
ejemplos aquí dados llevan a esa conclusión.
No olvidemos
entonces que estas palabras de Jesús no nos invitan a mirar la ley o la
doctrina o los mandamientos (como queramos llamarlos) y tomarlas al pie de la
letra o a caer en mero cumplimiento por temor al castigo. Son palabras en que
muestran la intencionalidad del evangelio y la novedad que trae Jesús frente a
toda ley. Él nos invita a que el amor y la misericordia sean el horizonte de
interpretación de cualquier ley y desde allí respondamos a cada situación
concreta. Siempre habrá que preguntarse cómo nuestras actitudes han de
responder a los valores del reino, con autenticidad y “exceso” de amor
misericordioso, como lo supo hacer Jesús. Es esto lo que nos hará sus testigos,
capaces de apostar por la vivencia del amor del mismo Dios en nuestra historia
presente.