De nosotros depende sentarnos en el banquete
del reino
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario
(11-10-2026)
Olga Consuelo Vélez
Jesús les habló otra vez en
parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba
las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los
invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el
encargo de decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido
matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las
bodas". Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a
su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los
maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas
para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a
sus servidores: "El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no
eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que
encuentren". Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los
que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando
el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el
traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de
fiesta?". El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los
guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas.
Allí habrá llanto y rechinar de dientes". Porque muchos son llamados, pero
pocos son elegidos" (Mateo 22, 1-14).
Esta parábola, como la del domingo pasado, sigue mostrando cómo Israel rechaza el reino de Dios anunciado por Jesús. La parábola que Jesús cuenta, en esta ocasión, es sobre un rey que celebra las bodas de su hijo y manda a sus servidores a avisar a sus invitados. Pero ellos se niegan a ir. Manda de nuevo a otros servidores para decirle a los invitados que ya el banquete está preparado, pero esta vez, tampoco aceptan y se fueron a realizar otras tareas e, incluso, algunos maltratan y matan a los servidores que les llevaban la invitación. Cuando el rey se entera, envía a las tropas para que incendien la ciudad. Ante lo vivido, el rey toma otra decisión: enviar a los servidores fuera de la ciudad para que inviten a todos los que encuentren. Efectivamente, muchos vinieron. Esta parte de la parábola denuncia claramente que Israel, el pueblo de la alianza, no quiere acoger el banquete preparado por Dios para ellos. Incluso lo desprecian, matando a quienes les invitan. Y, justamente serán los de fuera, -por eso la parábola habla de salir a los cruces de los caminos- los que acepten la invitación y lleguen al banquete.
La última parte puede desconcertarnos
porque se nos dice que el rey encontró a uno de los comensales sin traje de
fiesta y le pregunta porqué está allí sin el traje apropiado. El hombre calla y
el rey manda atarlo y arrojarlo a las tinieblas. En realidad, este relato nos
muestra que también los de fuera, si no entran en la dinámica del banquete,
pueden ser arrojados fuera.
Conviene decir que el banquete es uno
de los símbolos que Jesús emplea para hablarnos del reino de los cielos. Para
los judíos, sentarse a la mesa, es sentarse con Dios y, por eso, ellos no se
sientan con pecadores o publicanos. Jesús, por el contrario, se sienta con
pecadores y publicanos y por eso lo critican fuertemente. Esa práctica que el
realizaba es lo que cuenta aquí, en forma de parábola, mostrando dónde esta la
verdadera mesa del reino -entre los últimos, los pecadores y los rechazados- y
ellos no quieren sentarse allí, por eso, al final, serán otros los que acojan y
entren al banquete mesiánico.
El hecho de que sean los invitados los
que no quieren entrar muestra que Dios no excluye a nadie. Son las mismas
personas las que se rehúsan a entrar, las que no quieren acoger a Jesús y su
anuncio de la Buena Noticia. El evangelio termina con la sentencia de “muchos
son los llamados, pocos los elegidos” que, en el contexto de la parábola,
significa que Dios llama a todos, a los de dentro y a los de fuera, pero
dependerá de cada uno aceptar la invitación. Incluso, aunque según la parábola
parece menos probable, algunos de los de afuera pueden no entender la dinámica
del reino y también quedarse por fuera.
Pidamos responder a la invitación que Jesús nos hace cada día y sentémonos en la mesa de la justicia, la inclusión, el bien común, la defensa de los últimos porque allí, con toda certeza se celebran las bodas del Cordero.
