viernes, 5 de diciembre de 2014


La fe y la experiencia cristiana

Ser cristiano/a es una experiencia que se ha de renovar cada día porque la fe no es algo adquirido de una vez para siempre, como si fuera una cosa que se compra y ya nos pertenece- sino que supone una relación de encuentro personal con Dios y, como tal, ha de cuidarse, alimentarse, hacerla crecer y velar porque no pierda su lozanía y frescura cada día.

Por tanto, la fe es un don y no lo adquirimos por nuestras fuerzas. Es el don de ser llamados a la existencia por el mismo Dios y de ser sostenidos cada día por su gracia. Es ser sus hijos/as, obra de sus manos –como dice el Salmo 139-. Pero también, la fe es la respuesta que damos a ese don, respuesta que va creciendo en la medida que libremente le acogemos y nos disponemos al seguimiento de Jesús.

Ese movimiento del don recibido y la respuesta que se da, constituye el corazón de la vida cristiana. Eso sí, la supremacía siempre será de parte de Dios pero nuestra respuesta es definitiva porque Él, por encima de todo, respeta nuestra libertad y no nos obliga a nada que no nazca de lo más profundo de nuestro propio corazón.

Pero ¿cómo alimentar la fe y mantener su vitalidad? ¿cómo hacerla crecer y fructificar? No hay recetas para esto porque los caminos de Dios son inabarcables. Pero si hay actitudes que ayudan en la vida cristiana y, los santos/as y las personas de fe que nos han precedido en este camino, nos han mostrado los frutos que de ellas se desprenden.

Nos referimos a mantener esa apertura al misterio divino. Dejarnos sorprender y, de alguna manera, sumergir, en ese misterio del Dios que nos sobrepasa. Cuando pretendemos explicar todo con la razón, es como si cerráramos las puertas a la gratuidad y a la confianza y la vida se fuera volviendo árida, debilitándose la esperanza. Esto no significa, mantener la ingenuidad de quien se deja llevar por las circunstancias y se resigna a dejar que las cosas sean así porque imagina que es la voluntad de Dios sobre ella. Pero si significa que la vida supone mucho más de lo que podemos explicar y, en cierto sentido, que hay “razones del corazón que la razón no entiende” –como decía Pascal- y es allí donde el Dios en quien creemos, se hace presente en las situaciones que no logramos entender y Él tiene la última palabra, allí donde no vislumbramos salidas. 

Precisamente el cultivo de ese horizonte de trascendencia, nos introduce en la experiencia de oración, entendida como encuentro de amor con el Señor, como diálogo y relación personal con Él, como comunión de vida y dedicación a su causa. Por eso la fe se cultiva con la oración. Una oración que es escucha del acontecer de Dios en nuestra historia, especialmente, en los más pobres, aquellos con los que el Jesús histórico decidió compartir su suerte y su destino.

En ningún momento la oración cristiana puede ser intimista, ni refugio personal, ni terapia psicológica. Para eso existen muchas técnicas que contribuyen al equilibrio interior y, en la medida que se necesiten y sean buenas, habrá que utilizarlas. Pero la oración es cuestión de amor, de salida de sí para hacer posible el reino, de vivencia de la fraternidad/sororidad, cada vez de manera más plena y con mayor radicalidad.

En otras palabras la fe se alimenta de esa oración que desinstala nuestra vida y es esa desinstalación la que hace viva la fe, la mantiene fresa y renovada porque exige su puesta en práctica en todos los momentos de la vida. Una fe que es vitalidad, respuesta y compromiso, puede convocar a otros al seguimiento de Jesús. Se convierte en testimonio y profecía de una experiencia cristiana que lejos de apartarnos del mundo, nos compromete con él.

Revisemos, entonces, la vitalidad de nuestra fe y su capacidad de hacernos crecer en compromiso y responsabilidad. De mantenernos siempre abiertos a las necesidades que reclaman nuestra respuesta. De llevarnos por caminos distintos que jamás hubiéramos transitado si no fuera por el dinamismo que ella engendra. Fe y experiencia cristiana se alimentan mutuamente porque de la primera surge la vida cristiana pero de ésta se revitaliza cada día la fe.

lunes, 1 de diciembre de 2014


La parroquia: estructura eclesial urgida de renovación

La estructura parroquial con la que hoy contamos, ha permitido una presencia eclesial en cada sector particular, un lugar visible para la expresión de nuestra fe y un centro desde el cual atender diversas necesidades pastorales. Pero al mismo tiempo, se siente la urgencia de renovar esa estructura para que responda a las nuevas configuraciones urbanas que hoy vivimos. Así lo propuso la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida en la que se afirmó que las parroquias han de ser “espacios de iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades circundantes” (170).

¿Pero por dónde comenzar esa transformación? ¿qué tareas realizar para acercar este ideal a la realidad? No será este el espacio para responder tales preguntas pero sí se puede llamar la atención sobre algunas actitudes que sin duda contribuyen en este sentido. La transformación de la vida parroquial no depende exclusivamente del párroco porque todos los miembros de la comunidad estamos implicados. Pero sin duda a los párrocos, tal y como hoy funcionan las parroquias, les corresponde una gran responsabilidad.

Sin embargo, no lo podrán hacer si no asimilan que su papel de Pastor los coloca al servicio de la comunidad y que cuidar del rebaño no tiene nada que ver con la imposición de sus puntos de vista. Pero ¿quién no ha escuchado comentarios sobre algunos nuevos párrocos que al llegar a la parroquia anuncian “su plan de acción” desconociendo lo hecho anteriormente y, lo más grave, desconociendo la palabra de la comunidad que, a fin de cuentas, es la que vive allí, la que ha permanecido por generaciones y la que continuará siendo iglesia en ese contexto particular cuando sea trasladado nuevamente? Hasta ahora muchas comunidades parroquiales han aceptado y se han acomodado a las políticas que imponen los nuevos párrocos. Pero ¿cuánto tiempo más va a durar esto? ¿Acaso un discipulado misionero al que todos y todas estamos llamados no supone una búsqueda comunitaria donde desde diversos carismas y ministerios se construya la comunidad?

El futuro de la parroquia puede vislumbrarse por diversos caminos: parroquias que se acomodan a lo que hay y se adaptan al párroco de turno o parroquias que se toman en serio la urgencia de cambio y corren el riesgo de proponer alternativas nuevas. Las primeras sobrevivirán por fuerza de la inercia. Las otras serán las que algún hagan posible “la comunidad de comunidades” que debería ser la parroquia.

Y es que sin este cambio será imposible atraer a las personas alejadas. Y no es simplemente porque no tengan fe –como podrían aducir algunos- sino que los cristianos/as conscientes de su experiencia de fe no aguantan más ser tratados como miembros de segunda categoría o como personas a las que se les pueden imponer las decisiones por vía de autoridad. Tampoco resisten homilías que no responden a una sólida fundamentación bíblica y a un lenguaje acorde con las comprensiones actuales de la realidad. Y menos una vida parroquial que pretende afianzarse sólo en el énfasis sacramental-litúrgico o en la promoción de una religiosidad popular enfocada en la búsqueda de milagros. Todo lo anterior tendrá adeptos. En algunos casos se llenarán más las iglesias, pero nada de eso será garantía de una auténtica renovación eclesial.

Decía también Aparecida que “los mejores esfuerzos de las parroquias en el inicio de este tercer milenio debe estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros” porque “el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias, las artes, la política…” (174), es decir, la renovación parroquial no se hará sin una formación adecuada a los desafíos del presente pero formación que bien valdría la pena ser tomada por todos los miembros –párrocos y fieles- porque nadie puede dar lo que no posee y una “conversión pastoral”, como sugiere Aparecida (366), no surge de la nada sino de una decisión personal de abrirse al cambio, a la renovación y a la formación.

Urge renovar nuestras parroquias. Urgen párrocos bien formados y con conciencia de ser servidores de la comunidad. Urgen laicos/as formados y dispuestos a responder al discipulado misionero. Y urge, principalmente, mayor sencillez y disponibilidad por parte de todos/as para reconocer estas urgencias y disponerse a una sincera conversión pastoral. 

La urgencia de una formación cristiana que lleve al profetismo y a la audacia

Entre los propósitos para este año –que anotábamos en el escrito de la edición anterior- estaba el de la formación cristiana. Pero esto no es una idea nuestra sino una necesidad urgente que ya señalaba la V Conferencia del Episcopado latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, en el 2007. En ese documento no sólo se insiste a lo largo del mismo en la formación, sino que se dedica todo el capítulo 6 al “Itinerario formativo de los discípulos misioneros”. Allí se invita, entre muchos otros aspectos, a tener una formación integral, kerygmática, permanente y misionera que atienda a las diversas dimensiones de la persona, respetuosa de los procesos y contando con un acompañamiento adecuado.

Miremos con más detenimiento algunos de estos aspectos. Una formación integral supone partir de una concepción de ser humano que vive la fe partiendo de su realidad humana. La gracia divina transforma a las personas pero no puede obviar la necesidad de una madurez humana como base para su recepción. Muchas veces se piensa que con instruir en la doctrina, los seres humanos están capacitados para la fidelidad al seguimiento. La gracia de Dios no es mágica. Se encarna en seres humanos concretos que necesitan crecer en todas sus dimensiones de manera integrada e integral y sólo entonces podrán asumir responsablemente la opción personal que implica el seguimiento del Señor Jesús. Una formación kerygmática supone también no creer que sólo la instrucción doctrinal –como dijimos antes- llena el corazón humano. Son necesarios los conocimientos pero igual de necesario es el anuncio del Dios vivo que nos sale al encuentro, nos llama y nos invita a seguirle. No son sólo razones lo que fortalece la vida cristiana. Ésta necesita experiencia y afecto. De ahí que toda formación que no integre estas dimensiones no puede garantizar una vida cristiana viva y renovada. En el mismo sentido se inscribe el otro aspecto que se señala de la formación: que sea “permanente”. Tanto clérigos como laicos/as no pueden dejar de actualizarse. No hacerlo es quedarse anquilosados y seguir viviendo la fe en moldes viejos que rompen los odres nuevos que el presente nos trae. Y, una formación misionera, aspecto tan débil en el pueblo cristiano que no sabe anunciar lo que vive –porque no se le formó así- pero indispensable para la vivencia del discipulado misionero al que todos y todas estamos llamados.

Ahora bien, a la hora de optar por una formación cristiana es importante preguntarse cuál formación, dictada por quién, con qué orientación y esto porque nuestra experiencia de fe –como toda realidad humana- se encarna en personas, intereses, tendencias, orientaciones. No hay ninguna formación “neutra”. Toda ella lleva el sello de la persona o grupo que la promueve y tiende a enfatizar algunos aspectos más que otros. Esto no es negativo, sino profundamente humano. Pero precisamente por eso se exige -en los que quieren formarse- la práctica del discernimiento. Los cristianos hemos de preguntarnos por la orientación que tiene la formación que se nos brinda para disponernos a ella. No es una tarea fácil y pueden convivir diversas tendencias, muchas de ellas necesarias para la edificación del Pueblo de Dios. Sin embargo, podemos señalar algunas características que podríamos pedir y desear, estén incluidas en la formación que recibimos. En primer lugar, una formación que integre espiritualidad y acción. Hay demasiados rezos y prácticas espirituales que “alivian” al individuo pero que no lo comprometen con la realidad que vive. Por ahí no va la vida cristiana. En segundo lugar una seria, actualizada y fundamentada formación teología. Una cosa es repetir doctrinas y otra saber apropiárselas actualizándolas en las categorías y comprensiones de cada momento histórico. En tercer lugar, una formación cuyo criterio y norma sea la praxis de Jesús y no doctrinas abstractas y esencialistas, muchas veces tan alejadas del principio de encarnación cristiana. Finalmente, toda formación que lleve al compromiso con los más pobres, al servicio desinteresado, a modelos eclesiales igualitarios e inclusivos, a prácticas litúrgicas vivas, capaces de alimentar la fe y a una expresión de la fe razonable y seriamente fundamentada, será adecuada para una vivencia cristiana profunda y atrayente.

No hay duda que es urgente la formación pero es igual de urgente buscarla con ciertos criterios, de manera que los frutos de este esfuerzo sean de profetismo y audacia, de compromiso y creatividad con el mundo de hoy que nos sigue pidiendo una vivencia cristiana capaz de no satanizar el tiempo presente sino de salir a su encuentro a modo de “fermento en la masa” o de “sal y luz para el mundo”. De esa manera contribuiremos con sentido y esperanza cristiana en medio de tantos hombres y mujeres que también viven, trabajan, luchan y buscan un mundo mejor.