miércoles, 19 de abril de 2017


El tiempo de Pascua
El tiempo de Pascua es tiempo privilegiado para renovar nuestra experiencia de fe. No creemos en doctrinas, en leyes o en tradiciones. Creemos en el Resucitado de quien surge y se consolida cualquier doctrina, ley o tradición. Ese es el sentido correcto de la relación fe y expresión de la fe y no al revés. Porque la doctrina por ella misma puede limitar la creatividad. La ley puede convertirse en carga pesada. La tradición puede anquilosarnos en el pasado. Pero si la vitalidad proviene de la vida del Resucitado siempre habrá doctrina actualizada a los tiempos actuales, leyes al servicio del ser humano, tradiciones que nos conectan  con los orígenes pero nos permiten seguir construyendo futuro. La experiencia pascual tiene, por tanto, el punto de partida en el encuentro con Jesús resucitado lo que implica relación, diálogo, dinamismo, misión, futuro. Es una fe de vida y de camino. Es una fe de apertura y no de límites. Es un kairós, es decir, una “gracia” que se nos regala y nos transforma desde dentro. La resurrección del Señor no es algo externo al creyente sino un dinamismo que vive el creyente. La llamada no es sólo a creer en el Resucitado sino a actuar como resucitados. Es decir, que el Espíritu del Señor resucitado guie y dinamice nuestra vida. Los demás podrán creer en la resurrección del Señor en la medida en que vean que actuamos con su mismo Espíritu. Por eso el tiempo de Pascua nos invita a revisar nuestro actuar y preguntarnos si a través nuestro pueden los demás descubrir a Jesús resucitado. Si está siendo efectiva esa gracia divina que se nos regala con su presencia. Por tanto, es tiempo de ahondar nuestro compromiso y mostrar que nuestra fe se traduce en obras de amor, justicia y paz en este presente que vivimos.

sábado, 15 de abril de 2017

Pascua de Resurrección
El evangelista Juan nos relata que el primer día de la semana, fue María Magdalena muy de madrugada al sepulcro. Su amor sincero de seguimiento a Jesús le dio el valor suficiente para no huir como hicieron muchos de los discípulos después de la muerte en cruz del Maestro sino, por el contrario, ir al sepulcro donde habían llevado a Jesús para ofrendar su memoria. Pero se lleva una sorpresa inesperada: la piedra está removida y corre a contárselo a Pedro quien con el discípulo amado van y encuentran la tumba vacía. Vuelven a casa pero María Magdalena continua en aquel lugar llorando por el cuerpo del Maestro que no sabe dónde lo han puesto. Y ahí ocurre el misterio fundamental de nuestra fe: Jesús se le aparece, convirtiéndola en la primera testigo de la resurrección. María Magdalena cree que es el hortelano el que le está hablando y solo cuando Él la llama por su nombre, ella puede reconocerlo y convertirse en discípula y evangelizadora. Jesús la envía a comunicar la buena noticia a los demás, haciéndole entender que la gracia pascual es para comunicarla, porque su vida ha de llegar a todos. A partir de ahí comienza la experiencia pascual que es la razón de nuestra fe. A esa misma experiencia estamos llamados. Hemos de descubrir al resucitado en la realidad que nos rodea y comunicar la fuerza de su presencia. Donde hay muerte Él se aparece como vida. Donde hay tristeza Él se aparece como alegría. Donde hay guerra Él se aparece como paz. Pero, precisamente, este es el mensaje que hemos de anunciar para que la Buena Noticia de la resurrección alcance toda la realidad. La vida cristiana implica, por tanto, la experiencia pascual y la comunicación de esa experiencia. La vida del Resucitado es para vivirla y comunicarla. Seamos, entonces, testigos de Jesús vivo en toda circunstancia.

miércoles, 12 de abril de 2017

El Jueves Santo celebramos un misterio fundamental de nuestra fe: a Jesús mismo hecho Eucaristía, quedándose para siempre con nosotros, prometiéndonos alimentar nuestra fe y fortalecer nuestros pasos. Pero esa presencia viva en la Sagrada Comunión no es una realidad intimista como a veces erradamente se entiende sino una experiencia profundamente comunitaria, donde el amor fraterno es el signo y realización de la presencia eucarística entre nosotros. Así lo relatan los evangelistas: como una cena donde Jesús reparte el pan y el vino, signo de su propio cuerpo y sangre, que se parte y se reparte entre los suyos. Y, el evangelista Juan, relata el hecho de otra manera más gráfica aún: con el lavatorio de los pies. Es decir, el amor fraterno tiene una característica muy singular: implica ese mutuo servicio entre los hermanos y hermanas, ese ponerse a los pies de los demás –no en señal de humillación- sino como gesto de servicio y amor total y desinteresado por todos, de amor al extremo como Jesús lo hace por cada ser humano. El Señor Jesús, como Maestro y Señor, da ejemplo y nos invita a hacer lo que él hizo. En otras palabras, en el amor fraterno no hay amos y siervos, señores y sirvientes, jefes y súbditos. En el amor fraterno hay hermanos y hermanas que se disponen a lavarse los pies unos a otros porque nadie es mayor que nadie y todos están dispuestos al servicio generoso y a la entrega mutua. Desde aquel Jueves Santo está clara la dinámica de amor y servicio de la vida cristiana. Y cada Eucaristía dominical ha de llevarnos a renovar ese compromiso. Por eso, pidamos al Señor que escuchemos las palabras que nos dirige en el evangelio de Juan: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Porque yo les he dado ejemplo para que también ustedes hagan con los demás lo que yo he hecho con ustedes”. 

jueves, 6 de abril de 2017


Vivir el misterio pascual desde el horizonte de la misericordia

Nos preparamos nuevamente para celebrar el misterio  pascual: la muerte y resurrección de Jesús. Pero esto no lo podemos hacer al margen de la realidad concreta que vivimos. Por eso la Semana Santa no puede quedarse en el cúmulo de celebraciones litúrgicas que ocupan esos días sino que han de estar cargadas de la vida misma donde la fe se hace acto y la resurrección es la meta que esperamos.
Por eso nos preguntamos: ¿cuáles son las cruces que traemos? ¿Quiénes los crucificados de este tiempo presente? ¿cuáles las causas de estas cruces? En Colombia la construcción de la paz alienta nuestra esperanza pero no deja de estar cargada de cruces que hemos de saber llevar para superar y transformar. Implementar los “Acuerdos de Paz” no es tarea fácil. Son muchas las exigencias que supone y se necesita muy buena voluntad de todas las partes para ir poniendo en práctica lo acordado y para no detener la marcha, por muchas dificultades que surjan. Por eso esta realidad que vivimos no puede ser ajena a esta semana santa sino que, por el contrario, ha de llenar nuestras celebraciones de manera que encontremos en ellas la ocasión precisa para fortalecer este empeño por la paz y tener más confianza en que la resurrección es posible.
Pero también están todos los demás problemas en los que se juega la vida de los más pobres. Hace falta más voluntad política para que los planes de desarrollo busquen transformaciones estructurales que cambien, en primer lugar, la vida de los últimos de cada momento. Los beneficios para unos no pueden sacrificar la vida de la mayoría. Pero así, por desgracia, sucede muchas veces. Ahora bien, desde la experiencia de fe, no puede imperar la lógica de la mayor ganancia o de la eficacia por sí misma. Lo que interesa es la vida de la gente y la cruz de Jesús nos lo recuerda incesantemente.
Si a Jesús lo crucificaron fue por poner en primer lugar a la persona. Para él no contaba la ley, ni lo establecido, ni lo que siempre fue así, cuando algo de esto atacaba la dignidad del ser humano. Pero a veces no parece, que los cristianos hubiésemos entendido ese mensaje que Jesús nos da con su propia vida. Muchas veces por una conciencia ingenua o irresponsable o egoísta –cada uno puede ver en donde se sitúa- apoyamos gobiernos que no piensan en los más pobres sino en la lógica del mercado, la competencia y la ganancia para los más ricos. Así se explica el avance del neoliberalismo o, como el Papa dice, “de esta economía que mata” y de gobiernos que siguen enarbolando esas banderas, acabando una vez más, con los derechos sociales que deberían llegar cada vez a más gente.
¡Nada de lo que pasa en el mundo es ajeno a la fe y al misterio pascual que celebramos! ¿cuándo lograremos entenderlo? Y si ampliamos la mirada no podemos dejar de lado el drama de la inmigración, sobre todo en Europa, por lejos que este en cierto sentido esa realidad, ni mucho menos la situación de Estados Unidos donde los inmigrantes están amenazados no sólo por medidas efectivas que se quieren implementar contra ellos, sino también por la mentalidad que se alimenta de fomentar el nacionalismo viendo a los otros como peligro y causa de los problemas que les aquejan.
Esas y muchas otras realidades -que no alcanzamos a nombrar aquí- son las cruces de este siglo XXI, cruces que esperan la resurrección que Cristo nos trae. ¿Cómo vislumbrar, trabajar, abrir caminos para que la resurrección sea posible? Lógicamente la resurrección es don de Dios, gracia suya, que no podemos alcanzar por nuestros méritos ni esfuerzos. Pero mirando a Jesús si podemos seguir su camino, confiados de que por ahí se hace posible la vida resucitada.
¿Cuál es este camino? Fidelidad al amor de Dios por la humanidad, por toda ella, buscando la vida digna y plena para todos. Atención preferencial por los más necesitados de su tiempo. Es decir, saber mirar la realidad desde ellos y con ellos. Desde abajo y no desde arriba. Desde el servicio y no desde el poder. Desde la lógica del reino y no desde la lógica de la libre competencia o del poder del más fuerte. De esta manera se abren caminos para la resurrección.
Y una nota más: con la misericordia como horizonte para acercarnos a todas las realidades. Este es uno de los aspectos que el Obispo de Roma más ha señalado y no por capricho personal sino porque responde a la esencia más honda del evangelio del reino. ¿Es esta la actitud que dirige y sostiene nuestra vida cristiana? No olvidemos que el Papa en la Carta Misericordia et Misera con la que se concluyó el Jubileo extraordinario de la Misericordia, invita “a dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. La Iglesia necesita anunciar hoy esos ‘muchos otros signos’ que Jesús realizó y que ‘no están escritos’ (Jn 20,30), de modo que sean expresión elocuente de la fecundidad del amor de Cristo y de la comunidad que vive de él” (MM No. 18).
Por tanto, que la vivencia del misterio pascual nos regale la creatividad suficiente para impregnar de misericordia nuestro mundo para que la resurrección sea una experiencia fecunda no solo de un tiempo litúrgico sino del día a día donde el reino ha de hacerse presente a través de nuestro testimonio comprometido.