martes, 24 de septiembre de 2019


La fe es la única salida a lo que humanamente parece imposible


Varias veces he tratado el tema del perdón y de la necesidad de aceptar los límites humanos. Hoy vuelvo a referirme a ello porque parece que la vida está tejida de esa experiencia y son muchos los casos que a diario se palpan sobre esto. Continuamente asistimos a encuentros y desencuentros entre las personas. Lo triste es que no todos tienen final feliz y parece que no hay poder humano para cambiarlo. Es el caso de una señora que estaba enferma y le pidió a una amiga que la acompañara al médico. La amiga le dijo que sí pero, por esos fallos humanos que pueden ocurrir, cuando llegó el momento, se olvido completamente del compromiso adquirido y a la señora le toco irse sola. Lógicamente, se sintió muy defraudada de su amiga y su reacción fue de enfado y de no querer saber más de ella. Cuando la amiga se dio cuenta de lo ocurrido, llamó a la señora y le pidió mil disculpas, sentía realmente mucho dolor de haber fallado en ese momento y, con toda sinceridad, reconociendo su error, le explicó que había sido una falla involuntaria y que lo sentía mucho. Pero no hubo manera de cambiar la actitud de la señora. La amiga continuó insistiéndole de diferentes maneras, le pidió a personas cercanas a la señora que le ayudarán a hacerle entender que no había sido mala voluntad. Pero no hubo poder humano. Por ese detalle, una amistad de muchos años, llegó a su fin. 

Es normal que cuando uno está implicado en el hecho, o sea, cuando es el protagonista, tenga sentimientos de rabia, rencor, no aceptación frente a la persona que le ha fallado. Sin embargo, cuando uno se pone como espectador y puede juzgar las dos partes, uno se pregunta: ¿cómo es posible que no se pueda perdonar al otro? ¿por qué romper la amistad vivida por un solo error? ¿por qué perder la posibilidad de seguir compartiendo la vida, por una equivocación? ¿por qué es tan difícil perdonar y poner por encima del sentimiento herido, la amistad vivida? Cuando uno medita todo esto entiende la parábola del señor al que un rey le perdonó una deuda inmensa porque no tenía con que pagarle. Pero cuando un amigo suyo -que le debía mucho menos de lo que él le debía al rey- le pidió que le perdonara la deuda porque tampoco tenía con que pagarle, él no fue capaz de hacerlo. Por el contrario, lo mando a la cárcel para hacerle pagar con creces lo que le debía (Cf. Mt 18, 23-35). 

Tal vez esta parábola nos habla de que realmente hay situaciones en las que no hay poder humano que las hagan cambiar. A veces, el corazón no se abre al perdón aunque se le den muchas razones. Es como si la parábola nos quisiera hacer entender que falta la “gracia divina” para ser capaces de dar ese paso. Ni siquiera es suficiente haber recibido “bien” en nuestra vida para hacérselo a los otros (aunque esto muchas veces sí es suficiente y da su fruto). Hace falta descubrir que ese bien recibido es don, que no lo merecemos y que es pura “gracia”. Sólo así nos disponemos a dar a los otros lo que “gratis” y por puro “amor” hemos recibido. ¿Cómo podemos tener esta experiencia? 

La fe es ese toque de Dios que nos hace descubrir todo lo que hemos recibido, el inmenso bien que nos rodea, la bondad que acompaña nuestra vida, todo el bien que nos hacen los otros. La fe también nos hace reconocer que no lo merecíamos, que es don y por eso podemos y debemos transformarnos en ese mismo don para el mundo. La fe es esa nueva luz que nos permite ver todo con una profundidad nunca antes imaginada. Que nos hace sensibles al amor de Dios derramado en nuestros corazones a través de todo lo bueno que recibimos y que nos hace capaces de hacer con los otros lo que han hecho con nosotros. Por eso es tan urgente pedirle a Dios, una y otra vez, el don de la fe para hacer de nuestra vida amor para el mundo. Para que, con nuestra capacidad de perdonar, de aceptar, de acoger al otro, rompamos la larga cadena de desencuentros que acompaña la vida humana y en los que, algunas veces, no existe poder humano para cambiarlos. En estos casos sólo la fe ofrece una salida y la posibilidad de un final feliz.

domingo, 15 de septiembre de 2019


SE NECESITAN MÁS OBRAS QUE PALABRAS

“Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra con su manera de actuar? ¿Acaso lo puede salvar su fe? Si a un hermano o a una hermana le falta ropa y el pan de cada día y uno de ustedes les dice: ‘que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre’ sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra por la manera de actuar: está completamente muerta (…) Ya lo ven: son las obras las que hacen justo al hombre y no sólo la fe” (Stgo 2, 14-18.24)

La tensión fe y obras, presente desde los inicios del cristianismo, constituye un desafío para los creyentes. Se corre el peligro de vivir una fe intimista, limitada al ámbito de la persona con Dios, en un verticalismo que no da como fruto el compromiso fraterno. Fue mérito de la teología latinoamericana volver a explicitar y enfatizar lo que ya el Espíritu desde el inicio del cristianismo venía manifestando en la multitud de carismas y servicios presentes en la Iglesia.

La fe en Dios no se demuestra, no se comprueba, no se examina como un objeto de laboratorio. Pero la fe se muestra, se valida, se hace eficaz en el compromiso solidario con los otros.

El Documento de Puebla describió con claridad quiénes son esos “otros”, o como preguntaba el Maestro de la Ley en el evangelio “¿quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29). Los destinatarios predilectos de este compromiso solidario son los más pobres, los excluidos, los marginados de cada momento histórico con rostros muy concretos: niños golpeados por la pobreza, jóvenes desorientados, indígenas y afro-americanos, campesinos, obreros, sub-empleados y desempleados, marginados y hacinados urbanos y ancianos (Puebla 32-39), rostros que aumentaron en el Documento de Santo Domingo al tomar en cuanta las políticas de corte neoliberal que profundizan la brecha entre ricos y pobres al desregular indiscriminadamente el mercado, la legislación laboral y reducir los gastos sociales que protegían a las familias de los trabajadores (Cf. 179). Hoy en día, la situación no ha cambiado sino que por el contrario continúan aumentando los rostros de los excluidos por el sistema socio económico imperante y en razón del género, la raza, la religión, la nacionalidad, etc.

En este horizonte son muchas las preguntas que pueden interpelar nuestra vida cristiana: ¿Qué transmiten nuestras obras? ¿De qué dan testimonio? ¿Es un testimonio elocuente? ¿Responde eficazmente a los desafíos de este tiempo presente? Al estilo de los primeros cristianos las obras son las que hablan sin palabras, convencen sin polémicas, atraen sin coacción. De los primeros cristianos, según Tertuliano, se decía “mirad como se aman” y ese testimonio fue el que permitió la expansión del cristianismo en un contexto tan difícil y contrario a la vivencia cristiana.

Muchos no conocen a Dios. Otros no creen en él. Talvez sólo en las obras -fruto del compromiso cristiano- podrán encontrar esas “huellas” de Dios que les permitiría su reconocimiento explícito.

“El árbol se conoce por sus frutos” (Mt 7, 15-19). Son ellos los que dejan ver lo que realmente sostiene, anima, orienta y dirige toda obra. Un árbol malo no puede dar frutos buenos. Pero un árbol bueno produce frutos al estilo de la semilla que cae en tierra buena y fructifica plenamente (Cf. Mt 13, 8). Este fruto nos remite a la “elocuencia incomparable” con que deben hablar nuestras obras. Es una elocuencia que no se confunde con el prestigio ni el poder. Es la elocuencia que surge de la vida animada por el Espíritu y que hace preguntar por el motivo, la causa, la razón de una vida puesta al servicio de los demás y, en nuestra sociedad, de los más necesitados, de los preferidos de Dios que en cada momento histórico tienen rostros concretos que debemos privilegiar.

Basta de muchas palabras. Basta de justificaciones. Basta de razones y propósitos. La insistencia en las obras nos sitúa en el corazón de la eficacia de la evangelización que llevamos entre manos: las obras son las que hablan, las que nos permiten transparentar lo que somos, las que podrán decir a los contemporáneos que un actuar así vale la pena.

lunes, 9 de septiembre de 2019


ORAR LA VIDA


Una amiga que lee esta página cada mes, me dijo hace unos días -en broma- que me iba a cobrar ‘derechos de autor’ porque una de las reflexiones hechas en este espacio, correspondía a un hecho vivido por ella. Tiene razón porque siempre escribo sobre algo que me ha impactado de mi vida o de la vida de los otros. En efecto, todo lo que vivimos, cuando lo reflexionamos, nos da muchas enseñanzas. En realidad, eso era lo que hacía Jesús, tomaba ejemplos de la vida cotidiana y, a partir de ahí, hablaba de Dios a sus contemporáneos. En eso consisten las parábolas: la oveja perdida, la semilla que crece, el tesoro que se encuentra, la red repleta de peces, el grano de mostaza, el trigo y la hierba mala, etc., no son más que ejemplos sencillos a través de los cuales Jesús enseñaba que Dios es misericordioso, que él siempre está presente, que su acción puede pasar desapercibida pero que es actuante, que él busca vencer el mal a fuerza de bien, etc. Ninguna imagen dice todo lo que Dios “es”, pero cualquier imagen nos enseña mucho sobre Dios. 

Pues bien, los hechos de nuestra vida deberían ser materia de nuestra oración. Muchas veces en ella pedimos por nosotros, por las situaciones que vivimos, por los problemas de los amigos, etc., y todo eso está muy bien. Sin embargo, la oración es ante todo, un “diálogo”, es decir, un hablar y un escuchar, un pedir y un recibir, un acoger y un entregar.

¿Cómo no sólo pedir sino también escuchar a Dios? La Palabra de Dios, sin duda, es un medio privilegiado para el encuentro con él pero también son igualmente importantes, los acontecimientos que pasan en nuestra vida y en la de los otros.

En la oración podemos recordar lo vivido durante el día y simplemente preguntarle al Señor: ¿Cómo te hiciste presente en este acontecimiento? ¿Qué me quisiste decir con esto? Estas son preguntas que tal vez ya las hacemos pero que podríamos hacerlas en la oración de cada día y descubrir así la manera real y fuerte como Dios actúa y está presente en todo lo que vivimos. 

La experiencia cristiana nos lleva a ver todo con los ojos de la fe, es decir, a buscar y descubrir la presencia de Dios en todo y a dejarnos enseñar, dejarnos conducir y, sobre todo, abrirnos a los nuevos horizontes que la vida nos trae. La oración es diálogo que nos puede cambiar por dentro, cuando encontramos el sentido de las situaciones que vivimos. Pero se necesita volver sobre nuestra vida, meditarla, reflexionarla, no para darnos la razón o para justificar nuestras acciones, porque ¡atención! ese peligro también existe, sino para preguntarle al Señor qué podemos aprender de cada situación y cómo él hubiera actuado en ella. En fin, las enseñanzas son innumerables y la vida es siempre una parábola capaz de enseñarnos cosas nuevas.

Acostumbrémonos a tomar como materia de oración nuestra vida. Con seguridad nos entenderemos más a nosotros mismos, entenderemos a los otros y encontraremos alguna “salida” a todas las situaciones. En este horizonte, la Palabra de Dios dará mucho fruto porque es “semilla que cae en tierra buena” (Mt 13,8) y no haremos dicotomías entre la oración y la vida, entre pedirle a Dios solución a nuestros problemas y no hacer nada de nuestra parte para cambiar actitudes, posturas, sentimientos y decisiones.

“No digan muchas palabras como hacen los paganos (Mt 6, 7) nos dice Jesús al hablarnos de la oración. Por el contrario, “cierra la puerta y reza a tu Padre que comparte tus secretos” (Mt 6,6). Ese contemplar la vida con lo que conlleva y que Dios conoce, nos revelará su presencia en nuestra propia existencia. 

La oración es diálogo transformador. Con humildad pidámosle al Señor que nos enseñe a “orar la vida” para que cambiemos y crezcamos cada día. Nuestra realidad necesita ser transformada y nuestra vida es un “necesario” punto de partida.

domingo, 1 de septiembre de 2019


Vivir la Palabra de Dios para comunicarla


Cada vez es más clara la importancia de la Sagrada Escritura para la vida cristiana y por eso, la celebración en septiembre del mes de la Biblia, es ocasión propicia para seguir impulsando la centralidad que ella ha de tener en nuestra vida y la necesidad de entenderla mejor y más profundamente.


Y es que la Palabra de Dios es viva y eficaz (Hb 4,12), es interpelante, amorosa, capaz de cambiar nuestro corazón y de transformar nuestra vida. Es una palabra que reconocemos inspirada por Dios mismo. Nos muestra la manera como el pueblo de Israel y los primeros cristianos reconocieron el actuar de Dios en sus vidas y nos invita a reconocer esa presencia divina en nuestra historia. Si Dios actúo de determinada manera en el pasado, con certeza actuará, de la misma manera, en hechos similares del presente. No es que se vayan a repetir las circunstancias del pasado sino que Dios continua vivo y operante en el devenir humano de nuestro aquí y ahora. 


Porque esa palabra es palabra “de” Dios, cada vez que la escuchamos con el corazón abierto y disponible, es Dios mismo quien nos habla y es a Él mismo a quien respondemos. Se crea con facilidad esa comunión de vida con Él y su Palabra se convierte en alimento sólido (Hb 5,14) que fortalece nuestra vida.


Así expresa el Profeta Isaías la eficacia de la Palabra de Dios: “como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca, no volverá a mí sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión” (55,10-11). Es decir, la Palabra de Dios cae en el corazón humano y no deja de empapar nuestra tierra, haciéndonos  dóciles, sensibles, atentos al amor de Dios que nos llama de tantas y variadas formas, a través de nuestros hermanos y de las circunstancias de la vida.


La Palabra de Dios comunica esperanza y abre caminos. Sustenta en las dificultades y consuela en los sufrimientos. Fortalece en los momentos de debilidad y aligera las cargas pesadas. Alimenta la fe y mantiene el fuego del amor en nuestros corazones. Y, sobre todo, la palabra de Dios nos abre a la comunión con los demás y nos compromete con el servicio y la generosidad para con los más débiles.

Que este mes de la Biblia nos permita un encuentro más fuerte y vivo con esa Palabra divina. Que cultivemos el espíritu de oración y silencio para disponernos mucho mejor a escucharla. Pero también que busquemos formarnos cada vez más para entenderla en su significado más auténtico, evitando así, manipularla, haciéndole decir lo que no dice, o acomodándola a nuestros intereses. Por el contrario, que saboreemos mucho más el amor de Dios que se regala en ella y entendamos el mensaje liberador y profético que encierra. Así la celebración de este mes podrá convertirse en anuncio e invitación para los demás. Porque hoy hacen falta palabras de sabiduría que orienten a los seres humanos hacia el bien y la bondad, hacia la solidaridad y el compromiso. Pero se necesitan cristianos que vivan esa palabra para que la comuniquen y la hagan creíble a los demás. El espíritu nos anima en esta tarea y de nosotros depende que fructifique y sea verdadera luz para el mundo.