domingo, 15 de septiembre de 2019


SE NECESITAN MÁS OBRAS QUE PALABRAS

“Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra con su manera de actuar? ¿Acaso lo puede salvar su fe? Si a un hermano o a una hermana le falta ropa y el pan de cada día y uno de ustedes les dice: ‘que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre’ sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra por la manera de actuar: está completamente muerta (…) Ya lo ven: son las obras las que hacen justo al hombre y no sólo la fe” (Stgo 2, 14-18.24)

La tensión fe y obras, presente desde los inicios del cristianismo, constituye un desafío para los creyentes. Se corre el peligro de vivir una fe intimista, limitada al ámbito de la persona con Dios, en un verticalismo que no da como fruto el compromiso fraterno. Fue mérito de la teología latinoamericana volver a explicitar y enfatizar lo que ya el Espíritu desde el inicio del cristianismo venía manifestando en la multitud de carismas y servicios presentes en la Iglesia.

La fe en Dios no se demuestra, no se comprueba, no se examina como un objeto de laboratorio. Pero la fe se muestra, se valida, se hace eficaz en el compromiso solidario con los otros.

El Documento de Puebla describió con claridad quiénes son esos “otros”, o como preguntaba el Maestro de la Ley en el evangelio “¿quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29). Los destinatarios predilectos de este compromiso solidario son los más pobres, los excluidos, los marginados de cada momento histórico con rostros muy concretos: niños golpeados por la pobreza, jóvenes desorientados, indígenas y afro-americanos, campesinos, obreros, sub-empleados y desempleados, marginados y hacinados urbanos y ancianos (Puebla 32-39), rostros que aumentaron en el Documento de Santo Domingo al tomar en cuanta las políticas de corte neoliberal que profundizan la brecha entre ricos y pobres al desregular indiscriminadamente el mercado, la legislación laboral y reducir los gastos sociales que protegían a las familias de los trabajadores (Cf. 179). Hoy en día, la situación no ha cambiado sino que por el contrario continúan aumentando los rostros de los excluidos por el sistema socio económico imperante y en razón del género, la raza, la religión, la nacionalidad, etc.

En este horizonte son muchas las preguntas que pueden interpelar nuestra vida cristiana: ¿Qué transmiten nuestras obras? ¿De qué dan testimonio? ¿Es un testimonio elocuente? ¿Responde eficazmente a los desafíos de este tiempo presente? Al estilo de los primeros cristianos las obras son las que hablan sin palabras, convencen sin polémicas, atraen sin coacción. De los primeros cristianos, según Tertuliano, se decía “mirad como se aman” y ese testimonio fue el que permitió la expansión del cristianismo en un contexto tan difícil y contrario a la vivencia cristiana.

Muchos no conocen a Dios. Otros no creen en él. Talvez sólo en las obras -fruto del compromiso cristiano- podrán encontrar esas “huellas” de Dios que les permitiría su reconocimiento explícito.

“El árbol se conoce por sus frutos” (Mt 7, 15-19). Son ellos los que dejan ver lo que realmente sostiene, anima, orienta y dirige toda obra. Un árbol malo no puede dar frutos buenos. Pero un árbol bueno produce frutos al estilo de la semilla que cae en tierra buena y fructifica plenamente (Cf. Mt 13, 8). Este fruto nos remite a la “elocuencia incomparable” con que deben hablar nuestras obras. Es una elocuencia que no se confunde con el prestigio ni el poder. Es la elocuencia que surge de la vida animada por el Espíritu y que hace preguntar por el motivo, la causa, la razón de una vida puesta al servicio de los demás y, en nuestra sociedad, de los más necesitados, de los preferidos de Dios que en cada momento histórico tienen rostros concretos que debemos privilegiar.

Basta de muchas palabras. Basta de justificaciones. Basta de razones y propósitos. La insistencia en las obras nos sitúa en el corazón de la eficacia de la evangelización que llevamos entre manos: las obras son las que hablan, las que nos permiten transparentar lo que somos, las que podrán decir a los contemporáneos que un actuar así vale la pena.

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