martes, 15 de septiembre de 2026

 

La justicia es desbordada por la gratuidad de Dios

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

(20-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros. Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?". Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña". Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros". Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada". El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?". Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos" (Mateo 19, 30—20, 16).


 

El evangelio de hoy comienza y termina con la frase “muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros”. Con esto ya nos está señalando una intencionalidad inicial: la lógica del reino de Dios es muy distinta a la lógica humana y la insistencia de Jesús va en la línea de lograr que los suyos lo comprendan. De ahí que la parábola que a continuación, Jesús dice a sus discípulos, muestra esa lógica contracultural que tanto cuesta entender.

La parábola se refiere a un propietario saliendo de madrugada a contratar obreros para su viña. Es interesante notar que no sale el administrador -lo cual sería más lógico- sino el mismo dueño. Esto podría significar que Jesús se está refiriendo, a Dios mismo, para enfatizar cómo actúa Dios. El propietario sale en diferentes momentos: a la madrugada, a media mañana, a mediodía, a media tarde y, de nuevo, al atardecer. Con los primeros, combina en pagarles un denario. Al volver a salir y ver a unos desocupados, los invita a trabajar a la viña. Lo mismo con los últimos a quienes les pregunta por qué están sin trabajar y ellos contestan qué nadie los ha contratado. También a ellos les dice que vayan a trabajar a la viña. Después de describir esta situación, Jesús pasa al momento central de la parábola: le pide al mayordomo que llame a los jornaleros y, empezando por los últimos, comienza a pagarles un denario. Cuando llega a los primeros, esperan recibir más paga y, al ver que no es así, le protestan al propietario reclamando que ellos han trabajado todo el día y han aguantando el calor.

Jesús les habla con cercanía -así lo denota la palabra “amigo” y les hace caer en cuenta que habían combinado en un denario y es lo que les está pagando. Y añade que “no está siendo injusto con ellos”. Las razones que aduce es que él puede disponer de sus bienes según le parezca y les reprocha que les moleste que él sea bueno. Esta escena nos hace recordar la parábola del Hijo pródigo en la que también el hermano mayor le reprocha al Padre que reciba con fiesta a su hermano pecador (Lc 15, 25-32). El evangelio termina con las mismas palabras que inicio en las que ya podemos comprender que el pago recibido no depende de la hora de llegada a la viña. Lo que interesa es trabajar en la viña tan pronto como se sea convidado.

Por otra parte, la lógica de Dios no desprecia la justicia -la está realizando al pagar lo convenido-, pero la supera con la gratuidad. Así es el Dios del reino: pura gratuidad, puro desborde, pura misericordia. Y, en tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, esta parábola también es una llamada a hacer realidad que todos -clérigos, religiosos/as, laicado- están llamados a trabajar en la viña, por la identidad bautismal que constituye a todos en miembros imprescindibles de la misión eclesial, sin ningún tipo de preeminencia o dignidad que haga diferencia entre ellos.

 

 

 

 

martes, 8 de septiembre de 2026

 

Perdonar a los demás con la medida de amor incondicional de nuestro Dios

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

(13-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?". E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos" (Mateo 18, 21-35).




Continuamos este domingo leyendo parte del capítulo 18 de Mateo que, como dijimos el domingo pasado, es un capítulo eclesiológico donde se señalan algunas normas de comportamiento de los miembros de la Iglesia. El texto es continuación de los versículos anteriores en los que se narraba lo que hay que hacer cuando un hermano peca. Por eso Pedro pregunta: ¿cuántas veces hay que perdonar las ofensas del hermano? ¿hasta siete veces? Y Jesús responde que no solo siete sino setenta veces siete. El número 7 significa “siempre”, por lo tanto, el setenta veces supone “todas las veces que sea necesario”.

Jesús no solo da esta respuesta, sino que añade una parábola sobre el reino de los cielos, ilustrando mejor las actitudes que han de tener los miembros de la comunidad cristiana. La parábola relata, cómo un rey, que iba a vender a un obrero y a toda su familia poque le debía 10.000 talentos, se conmueve ante la súplica que le hizo de que le diera plazo y no solo lo dejó ir, sino que le perdonó toda la deuda. Sin embargo, lo que sigue a continuación contiene el mensaje central del texto. Justamente a aquel a quien el rey le había perdonado la deuda se le presenta una situación similar con un compañero que solo le debía 100 denarios -cantidad ínfima comparada con la deuda que él tenía con el rey- y aunque el compañero también le imploró misericordia, este no fue capaz de tenerla y lo mandó a la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Ante ese hecho, los demás siervos sienten tristeza y van a contárselo al rey. Entonces, el rey se indigna y manda llamar al siervo que había perdonado y le reclama que él no hubiera tenido la compasión que el rey había tenido con él. Decide entonces entregarlo a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Y Jesús les advierte a los discípulos que eso mismo hará el Padre celestial con ellos si no perdonan de corazón a los demás.

El mensaje de esta parábola es lo que rezamos en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. En otras palabras, el amor a Dios es inseparable del amor al hermano y, por eso, si Dios nos ama con amor incondicional, nosotros también hemos de amar con ese mismo amor a los hermanos.

Este evangelio es muy oportuno para el momento actual donde la guerra, la fuerza y la competencia se imponen en las sociedades capitalistas haciendo que los otros no sean hermanos sino rivales. Nuestra opción cristiana nos invita a redoblar esfuerzos apostando por el diálogo y el perdón para construir la verdadera paz.

martes, 1 de septiembre de 2026

 

Revisar nuestras prácticas eclesiales a la luz de la Iglesia de los orígenes

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

(6-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.  Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad (a la Iglesia). Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o republicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos" (Mateo 18, 15-20)

 


El capítulo 18 del Evangelio de Mateo se podría considerar un capítulo eclesiológico donde se dan recomendaciones de lo que deben practicar los miembros de la Iglesia. En este texto, se dan dos recomendaciones. La primera, con respecto al hermano que peca y la segunda con el reunirse para orar dos o tres hermanos en la fe.

Sobre el primer aspecto, se nota el énfasis en buscar la inclusión del pecador a la comunidad. Por eso, se señalan diferentes niveles de acompañamiento. En primer lugar, corregirlo en privado y si no escucha hacerlo con dos o tres compañeros. Si la persona continúa negándose a cambiar de actitud, se apela a la comunidad (a la Iglesia) para que sea toda ella la que busque el cambio del pecador. El término “Iglesia” solo aparece aquí y en Mt 16, 18.

En este texto también se repiten las palabras que ya Jesús había dicho a Pedro en un capítulo anterior, de la responsabilidad que tiene la iglesia frente a sus miembros: “lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. La insistencia que hemos visto de buscar el cambio del pecador, muestra la primacía de la salvación ofrecida por Dios sobre la condenación. De hecho, Dios solo tiene la propuesta de salvación para la humanidad y de ello ha de dar testimonio la Iglesia. La posibilidad de la condenación depende de la libertad humana y en ningún caso de la voluntad de Dios.

El segundo aspecto se refiere a la presencia de Dios en medio de la comunidad. Siempre que dos o tres se reúnan en su nombre, Dios está en medio de ellos. Por lo tanto, una vez más se nos señala, dónde se encuentra Dios: en las personas, en la comunidad, en aquellos que se reúnen en su nombre.

Que el Evangelio de hoy nos convoque a revisar nuestras prácticas eclesiales, para que ellas siempre den testimonio del actuar de Dios sobre la humanidad, creyendo en el poder del diálogo como medio de transformación de todas aquellas conductas que desdicen del proyecto divino.

A nivel social, es una invitación a invocar menos la guerra y más el diálogo porque este último puede transformar a las personas mientras que la guerra simplemente las vence, pero no las convence.

viernes, 28 de agosto de 2026

 

Del “Milagro” al desastre “total”

Olga Consuelo Vélez

 





No puedo evitar sentir que, frente a la “prepotencia” con la que llegó el gobierno entrante con su “Patria milagro” donde parecía que al otro día íbamos a pasar a vivir en el cielo, la realidad está dando un “golpe fuerte” que ojalá supieran leer y poner en práctica, aunque lo dudo totalmente porque están enceguecidos con su autosuficiencia.

Una mirada algo “maliciosa” hace pensar que no les sirvió de nada tanto rezo en la toma de posesión. Pareciera que ni la bendición judía, cristiana y católica, trajeron protección. Tampoco el “aleluya”, cantado por Maia y ni la imagen de la Virgen de Fátima, lograron protegernos. Menos aún, las fuerzas militares a las que Abelardo considero público fundamental de sus primeras palabras dirigidas a la nación. Esto cuestiona fuertemente esa fe ingenua que pide “milagros” y no ha entendido que la oración es el diálogo con nuestro Dios para entender lo que él quiere de la humanidad y nosotros disponernos a trabajar por ello. Ni Dios hace milagros extraordinarios ni nuestras oraciones mueven los hilos del cielo a nuestro favor.

Y si seguimos con los pocos milagros que vemos, constatémoslos en los nombramientos que cada día nos preocupan más. Nada de independencia de los de “siempre”, nada de, “cero corrupción” en el pasado o presente de muchos de los designados, nada de “mérito propio” -anunciaron el nombramiento de una ministra cuya hoja estaba en el banco de talentos que creó el gobierno, pero ni el banco siguió funcionando, ni hemos tenido más anuncios de nombramientos sin intereses del gobierno-. Y mucho que decir de lo que cada ministro va proponiendo como “milagro”: batalla cultural, fracking, recorte de derechos, privatización de la educación, inseguridad laboral, etc.

Sobre el “Libro de la verdad” -que cómo le pregunto Pilatos a Jesús en el evangelio de Juan: ¿qué es la verdad? (Jn 18, 38) sin que Jesús respondiera, nos lleva a preguntarnos la verdad de quiénes y con qué propósito. Demasiada utilización de la palabra “verdad” en un entramado político que parece estar muy lejos de ella. Igual están diciendo con el presupuesto presentado para este año, en que se apoyan en “la verdad” delo que ocultaba el anterior gobierno, para justificar la enorme cifra que hará de nuestro país una patria más dependiente de los créditos millonarios y ajustará los bolsillos de todos tarde o temprano.

Muchas otras cosas se podrían seguir diciendo de este “no-milagro” que está resultando ser este gobierno. Pero solo quiero fijarme en otro aspecto. La “paz total” propuesta de Petro, que en verdad, fracasó. Pero el esfuerzo por hacer algo mejor no se logrará cerrando “definitivamente” el diálogo y poniendo en “la fuerza de las armas” la solución de la violencia que no logramos erradicar de nuestro país. Y, es de esperar que, si a esos grupos armados se les dice que van a acabar con ellos en 60 días, comiencen con retaliaciones y vuelva “la horrible noche” de la violencia, la violación de derechos humanos, la muerte.

Para distraernos un poco, los medios de comunicación nos repiten la noticia de la caída de cabecillas, extradiciones y mega cárceles. Si lo están consiguiendo... no parece que hubiera un ejército tan debilitado… o por que llega un nuevo general ¿se logran las capturas? En fin, creo que de milagros nada y de “desastre total” mucho. Duele el país y el retroceso será enorme. El desgaste por defender lo conseguido nos abrumará. Eso sí, lo que da fortaleza es la inmensa solidaridad de la gente común ante los desastres naturales y la resiliencia de muchos para seguir creyendo y trabajando por un país de paz y bien común y no de guerra y primacía de los de siempre.

martes, 25 de agosto de 2026

 

Asumir la cruz como consecuencia del seguimiento

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

(30-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá". Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras (Mateo 16, 21-27).

 




El evangelio de hoy contrasta totalmente con el del domingo pasado. En aquel Pedro se distingue por su fe, fruto de dejarse conducir por Dios, recibiendo los encargos de Jesús de ser piedra de la Iglesia y desatar los pecados. Pero aquí, Pedro está pensando como los hombres y no como Dios y se convierte en piedra de tropiezo, al punto de Jesús decirle que se aparte de él, utilizando la misma frase que uso en el texto de las tentaciones (Mt 4, 10): Apártate de mí, Satanás.

El contexto de esta situación son los anuncios de Jesús sobre su suerte. Parece que ya está sintiendo las persecuciones por parte de las autoridades judías -sacerdotes y escribas- y comienza a interpretar su misión en términos de la pasión y resurrección, como efectivamente sucederá. Esto es lo que no comprende Pedro, afirmando incluso que eso no sucederá.

Por esto Jesús recuerda a sus discípulos en que consiste el seguimiento y el discipulado por el reino de los cielos. Ir detrás de Jesús supone la renuncia a los propios intereses y el asumir el camino del conflicto y la cruz, cuando esto se exige por mantener la fidelidad a la misión encomendada.

Hay que tener cuidado de no entender la cruz como un designio de Dios, pensando que el sufrimiento y la cruz son salvadoras por sí mismas. Tampoco lo es la renuncia, ni el perder la vida como un gesto estoico. En todas estas realidades lo definitivo son los valores del Reino. Por ellos vale la pena perder la vida, asumir la cruz y renunciar a todo. Recordemos algunas parábolas que explican que el reino de Dios es como un tesoro por el que vale la pena venderlo todo para comprar ese campo o una perla por la cual también se vende todo para adquirirla. Es fácil describir el reino, pero cuando llega el momento definitivo, será cuando se pruebe si se ha entendido lo que es y si se está dispuesto a dejarlo todo para vivirlo.

Jesús ya está llegando al desenlace de su vida y será coherente con lo que ha predicado. El desafío para nosotros hoy es mantener esa coherencia en nuestra realidad actual.

Pidamos no pensar como los hombres sino como Dios, para recibir la promesa escatológica que esta claramente expresada al finalizar el texto con la alusión a la venida del Hijo del hombre y la recompensa que recibirán todos los comprometidos con el discipulado.

 

 

martes, 18 de agosto de 2026

 

Confesar a Jesús Mesías con nuestras palabras y obras

Domingo XXI del Tiempo Ordinario

(23-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?". Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?". Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías (Mateo 16, 13-20).

 


El evangelio de hoy nos presenta la confesión de fe de Pedro, reconociendo en Jesús al “Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Si en evangelios anteriores hemos visto dudar a Pedro, aquí él se adelanta a todos los discípulos y afirma la fe mesiánica.

El texto nos permite ver que la gente del tiempo de Jesús lo está reconociendo como un profeta al estilo de Juan el Bautista, o de Elías o de Jeremías. Esto ya nos muestra que sus palabras y obras no están dejando indiferentes a sus contemporáneos y lo comienzan a ver cómo alguien importante. Pero la confesión de Pedro da un paso definitivo al reconocerlo como Mesías.

Es bueno recordar que los evangelios se escriben a la luz del misterio pascual, con lo cual, esta confesión de Pedro responde más a esta experiencia que a la vida histórica de Jesús. Si así hubiera sido, sería muy difícil que Pedro lo negara tantas veces. Pero, sin duda, el evangelio nos está mostrando la originalidad de Jesús, su diferencia esencial con cualquier otro personaje magnífico de la historia, originalidad que vendrá dada por la resurrección que hace posible el participar de la vida definitiva con Dios.

Las palabras de Jesús sobre la revelación que viene de Dios y no de la carne y de la sangre, muestran el don de Dios que se revela a nosotros, muy lejos de los esfuerzos humanos por querer alcanzar a Dios con nuestros propios méritos.

Una vez que Pedro ha hecho la confesión mesiánica, Jesús le revela la misión que le confía: ser piedra para edificar la Iglesia y abrir la puerta del reino a todos los que deseen incorporarse en este camino. La Iglesia solo tiene sentido por la confesión de fe en Jesús y esto nos ha de recordar siempre que, siendo una institución humana porque se encarna en la historia, es una iniciativa divina, teniendo como protagonista al mismo espíritu de Jesús. Y, a diferencia de los fariseos y escribas que, en otras ocasiones, Jesús crítica por cerrar las puertas o poner cargas pesadas sobre los demás, en este texto Jesús confía a los suyos, abrir la puerta a todos, liberarlos del poder de la muerte y que puedan entrar sin ninguna atadura que lo impida.

Jesús les ordena que no le digan a nadie que es el Mesías, mostrando, tal vez, que esta confesión es post pascual. Pero, en nuestro tiempo, ojalá que sepamos confesar a Jesús como Mesías con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestras obras.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

 

María, plenitud de mujer

A propósito de la fiesta de la Asunción

 

Olga Consuelo Vélez

 



Una vez más, recordaremos, el próximo 15 de agosto, la fiesta de la Asunción de María. Este no es un dato bíblico, pero si un dogma proclamado por petición del pueblo de Dios que reconoció en María una ‘plenitud de vida’ que alguien como ella, sin duda, alcanzó.  Ahora bien, cada momento histórico interpreta la plenitud de vida según sus percepciones, imaginarios, situaciones, comprensiones alcanzadas. De ahí que la figura de María que todavía más cala en el imaginario de muchas personas es la de aquella mujer obediente a la voluntad de Dios, disponible para cumplir su querer, solicita con las necesidades de todos, madre amorosa que no niega a ninguno de sus hijos sus peticiones.

 

También se reconoce en ella la mujer fuerte que estuvo al pie de la cruz acompañando a su Hijo en el momento más difícil y doloroso de su vida, sin perder la fe y la fidelidad prometida a Dios. Su plenitud de vida se ha reconocido, por tanto, en el horizonte asignado a las mujeres en la sociedad y en la iglesia: fieles, serviciales, humildes, capaces de entregarlo todo sin pedir nada a cambio. La pregunta que surge hoy es si este modelo de mujer le dice algo a las jóvenes de hoy e, incluso a tantas mujeres adultas que han tomado conciencia de que la vida plena no significa solamente ‘entrega, renuncia y sacrificio por amor a los demás’, sino que ha de suponer también dignidad personal, lo cual implica, derechos y protagonismo, palabra y autoridad, descanso y fiesta, posibilidad de romper todas las barreras que por razón de su sexo se le han impuesto a nivel civil, social, político, educativo, laboral, familiar, económico, eclesial, etc.

 

Surge entonces esa otra figura de María profundamente bíblica, aquella que según Lucas canta el Magnificat -texto profético y revelador de cómo actúa Dios: “derribando a los poderosos de sus tronos y ensalzando a los humildes, colmando de bienes a los hambrientos y despidiendo vacíos a los ricos” (Lc 2, 52-53) y que acoge el plan de Dios no con la sumisión de quién se doblega ante el que es más grande que ella, sino que dialoga para entender la propuesta –“¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?” (Lc 2, 34). También la María que, según el evangelio de Juan, acepta con un protagonismo activo acompañar la misión de su Hijo –“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5) y en el momento de la cruz, cuando “Jesús entrega su espíritu” (Jn 19,30), recibe a otro hijo -Juan- concretando así la familia de los hijos e hijas de Dios (Jn 19, 26) que supera los lazos de sangre e inaugurando la naciente Iglesia que Lucas, en Hechos de los Apóstoles, expresará ya constituida con la venida del Espíritu Santo (Hch 1, 12-14).

 

No es que acomodemos a María a nuestros intereses personales o a las modas de cada momento. Es que el Dios que se revela en la historia sigue actuando en cada presente y nos permite interpretar de nuevas maneras la Palabra de Dios que dicha en un momento histórico -con sus géneros literarios, costumbres, códigos, visiones de su época-, es capaz de seguir hablando para todos los momentos haciendo posible que no pierda su vigencia y siga iluminando el caminar de los varones y mujeres de este presente.  Precisamente la hermenéutica feminista, ha permitido releer los textos desde la realidad de las mujeres y subrayar lo que en otro contexto quedó invisibilizado; entender los alcances y límites de todo texto bíblico y distinguir la revelación de las categorías socioculturales de un momento determinado. Por eso puede y debe proponer nuevos sentidos que iluminen este presente y transformen todo aquello que no corresponde a la intencionalidad del querer de Dios. Desde aquí es posible afirmar que la vida plena que la Iglesia reconoció en María y expresó como ‘asunta en cuerpo y alma al cielo’, hoy invita a seguir trabajando por esa vida plena para todas las mujeres de todas las edades, de todas las culturas, de todas las religiones. Celebrar la asunción de María supone comprometernos a hacer posible ya -aquí y ahora- la erradicación de toda violencia contra las mujeres y el reconocimiento pleno de sus derechos, sin ninguna exclusión en razón de su sexo.

 

Es verdad que en muchos lugares ya existe una legislación que ha superado las muchas barreras que tuvieron las mujeres durante siglos. Que sigue creciendo la conciencia de la urgencia de transformar la sociedad patriarcal y machista por una sociedad igualitaria e incluyente en el que las mujeres no ocupen un segundo lugar. Que hay más educación, más posibilidades, más equidad para las mujeres. Pero también es verdad que hay muchos frenos, temores y prejuicios frente a esta nueva manera de ser mujeres y, no pocas veces, liderados por las iglesias. Por eso repensar nuestras fiestas religiosas y, especialmente, recuperar la ‘vida plena’ que María nos señala, no es una estrategia feminista sino una exigencia ética y evangélica de liberar a María de los estereotipos patriarcales, para encontrarla como abanderada de esa igualdad fundamental que la comunidad que surgió en torno a Jesús proclamó como querer de Dios y que Pablo expresó en la conocida cita de su carta a los Gálatas: “ya no hay judío, ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (3,28). En otras palabras, celebrar la Asunción de María es seguir creyendo, que si en ella fue posible esa vida plena, también debe serlo para todas las mujeres, aquí y ahora, sin ninguna excepción.

martes, 11 de agosto de 2026

 

Una cananea interpela a Jesús y le hace cambiar de perspectiva

Domingo XX del Tiempo Ordinario

(16-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ¡ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos". Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y, sin embargo, Señor, ¡los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada (Mateo 15, 21-28).

 







El encuentro de Jesús con la mujer cananea tiene muchos aspectos interesantes para comentar. Recordemos que el evangelio de Mateo se dirige a los judíos, por lo tanto, es comprensible que Jesús marque distancia con la mujer cananea porque no pertenece a su pueblo. La expresión “no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”, responde a esa primacía del pueblo de Israel. Sin embargo, en esto se presenta el contraste porque el texto nos va a llevar a la apertura a los paganos que, sin duda, les costaba a muchos judíos, aunque estuvieran interesados en el mensaje de Jesús.

Otro aspecto y, tal vez el más llamativo, es que el cambio que se ve en Jesús lo produce la mujer cananea. Es ella quien interpela a Jesús, reconociendo que la primacía la pueden tener los judíos, pero también los “cachorros”, es decir, los extranjeros, pueden comer del mismo pan de los hijos de Israel. Claro que en la mujer se ve una actitud conformada a la estructura de esa sociedad, de la primacía de los hijos o dueños y las migajas que caen para que coman los cachorros o perritos. Pero lo llamativo es que, sin negar esa estructura vigente, es capaz de agrandar la visión y logra el cambio en el mismo Jesús. Este que ni siquiera quería escucharla y han sido los discípulos los que le insisten que le haga el milagro -no porque estén interesados en su necesidad sino para quitársela del medio porque está gritando- al final le concede lo pedido y la alaba por su fe: “Mujer, grande es tu fe”.

Y, precisamente, este tema de la fe es el que sigue interesando en el evangelio de Mateo, como lo vimos el domingo pasado con la falta de fe de Pedro. La cananea muestra tener fe porque se dirige a Jesús reconociéndolo como “Hijo de David” y esta es la razón que va a darle Jesús de la curación de su hija: ¡Qué grande es tu fe! ¡Qué se cumpla tu deseo!

La llamada es, entonces, a seguir creciendo en nuestra fe, no para conseguir milagros -consecuencia que se podría sacar de una interpretación literal de este texto- sino para reconocer en Jesús al enviado de Dios. Pero, más aún, a darnos cuenta cómo él es capaz de abrirse a las demandas de su tiempo, cambiando incluso las convicciones que tenía hasta ese momento, cuando la evidencia de un valor del reino, como es la apertura universal, le reclama la coherencia y la puesta en práctica.

viernes, 7 de agosto de 2026

 

El “circo” de la posesión presidencial de Abelardo de la Espriella

Olga Consuelo Vélez



La posesión de Abelardo fue realmente un circo. Primero la “pasarela” de llegada. La “flor y nata” de la sociedad entrando al salón, saludando y sacándose fotos. Nada que ver con el pueblo. Solo la “clase alta”, aquella que tiene económicamente su vida solucionada y que hace promesas a los pobres diciendo que “aguanten”, algún día llegará el “milagro” para ellos. Y eso sí que lo supo aprovechar este nuevo gobierno con su “Patria milagro”.

Después, las palabras del presidente del congreso Honorio Henríquez, quien nos presentó la situación actual como el mayor desastre que hemos vivido en la historia, lo cual no es verdad y es injusto con todos los esfuerzos del gobierno que acaba de terminar. Y, aunque llamó a la unidad con los opositores políticos, mostró las líneas que él cree válidas para solucionar los problemas: ser parte del “Escudo de las Américas”, o sea, estar al servicio de Estados Unidos y emplear la fuerza para terminar con la violencia del país. O sea, la guerra, la fuerza y, sin duda, el sistema neoliberal.

Pero lo más circense ha sido el momento de invocación y oración. Nada de respeto con el estado laico y ahí se ve la incapacidad de los creyentes para tener una palabra profética para no dejar que se manipule la fe. El Rabino haciéndonos aliados del genocida Israel, el Pastor protestante manipulando la oración cristiana para pedirle a Dios la solución a todos los problemas que la falta de justicia y opción por los más pobres no somos capaces de dar nosotros. Y, con gran tristeza para mí, allí también presentes el capellán de la presidencia (que no sé porque existe ese cargo) y el Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana que, aunque haya hecho una intervención interesante, muestran su incapacidad de mantenerse libres del poder establecido y defender la manipulación de lo religioso de un gobierno que ya ha mostrado que sus valores y principios nada tienen que ver con el evangelio de Jesús (aunque invoque tanto a Dios).

El presidente dio su discurso desde el batallón militar Pichincha. Comenzó invocando a Jesucristo y se presentó como el que salvará a Colombia de todas sus desgracias. Con él recuperaremos el orden, la autoridad y la libertad. En un larguísimo discurso prometió todo lo que pudo. Con él todos los problemas se van a acabar. Nunca escuché tanto populismo junto. Parece que todo va a suceder mágicamente: congelamiento del gasto público, apoyo a todos los empresarios, no se grabará el patrimonio, porque quien tiene éxito no merece que se le agobie con la responsabilidad social hacia los demás. La competencia del más fuerte está garantizada sin nada que lo limite. Incluido el uso de las riquezas naturales y, con la manipulación de su discurso religioso, apeló al Creador para explotar indiscriminadamente el petróleo, porque parece que Dios está de acuerdo con que primero nos enriqueceremos con el petróleo y luego pensemos en la transición energética. Y así continúan las promesas. Lo que no se ha hecho en tantas décadas, él lo va a hacer. Acabará la corrupción y vendrá la prosperidad para el pueblo colombiano. No habrá impunidad, Abelardo llevará a todos los corruptos ante la justicia.

También acabará con el narcotráfico. Lo que no se ha conseguido a nivel mundial, este salvador de la patria, lo logrará. Nuestro país comienza la guerra y no será difícil que la violación de los derechos humanos sea una realidad. Cuando se emplea la guerra como único medio, no hay dignidad humana que valga. Y “revisará” la Jurisdicción para la Paz, es decir, echará para atrás el Acuerdo de Paz.

Dijo que se rodeará de los más capacitados. Pero ya conocemos su gabinete presidencial: todos de los de siempre, con muchas deudas pendientes, como las del mismo Abelardo, con tanta riqueza conseguida defendiendo a los narcos. No importa de donde venga la riqueza, solo hay que saber hacerlo con visos de legalidad.

Librará la batalla cultural para recuperar la creencia en Dios, con todo lo que suponía en la llamada “sociedad de cristiandad”: sacar de las escuelas lo que se cree es comunismo, defensa a ultranza de la familia tradicional, un poco al estilo del procurador Ordoñez que hasta quiso quemar libros. Invocando valores y principios, lo que invoca es el control religioso en una sociedad que debería ser libre y plural.

Este gobierno da miedo porque ser gobernados por un “tigre” supone que vamos a ser devorados por él. Su único programa es la fuerza y las promesas distractoras. Por un personaje así voto la mitad de Colombia. En verdad ¡Qué mal está nuestra sociedad! Pero, por otra parte, este gobierno da risa. Su manera de dar el discurso y su contenido es igual al del conocido personaje “Cantinflas” en la película “Su excelencia”. Su programa es el populismo de que todo lo va a arreglar, eso sí, con la advertencia de que “vendrán momentos muy difíciles” y esto es por “una causa superior”. Así lo ha dicho el neoliberalismo desde siempre, no lo olvidemos. Todo son amenazas y promesas bien difíciles de cumplir. A esto nos enfrentamos con este “circo” que comienza.

Solo queda una tranquilidad: dice que solo gobernará estos cuatro años. En realidad, él no sabía en que se metía, es demasiado trabajo para él que no parece tener ideas en su cabeza, solo discurso populista. Terminó su discurso con “Viva Cristo Rey” y con eso seguirá convenciendo a tanto creyente que parece no conocer el evangelio y a tanto no creyente que acepta lo que sea con tal de alcanzar una tajada de poder. La última imagen después de los honores militares, sentado en un carro militar con el signo de saludo militar, me recordó las múltiples películas de Hitler cuando avanzaba en su proyecto. ¡Qué miedo que el fascismo está llegando y tantos creyendo que llega la salvación!

Ojalá las instituciones sean más fuertes para vencer a este tigre peligroso y todos sepamos defender la verdadera democracia, libertad y justicia social que tanto deseamos.

 

 

martes, 4 de agosto de 2026

 

Confiar en Jesús y reconocerlo como Hijo de Dios

Domingo XIX del Tiempo Ordinario

(9-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman. Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios" (Mateo 14, 22-33).


 

El texto tiene tres partes. En la primera, los discípulos suben a la barca para pasar a la otra orilla, mientras Jesús despide a la multitud y luego se retira a orar. En la segunda parte, Jesús alcanza a los discípulos en la barca, caminando sobre las aguas y se da la experiencia de Pedro de querer confiar, pero también, de dudar. La tercera se refiere a lo que produjo en los discípulos este hecho, haciendo la confesión de fe de Jesús como Hijo de Dios.

Este relato es muy parecido al de la tempestad calmada (Mt 8, 23-27) en el que son todos los discípulos los que sienten miedo por la tempestad y Jesús los increpa por su falta de fe. Cuando Jesús calma la tempestad, los discípulos se preguntan: ¿quién es este que hasta el mar y el viento le obedecen? En el texto de hoy ya no hay pregunta sino una afirmación más contundente: Jesús es el Hijo de Dios.

No podemos tomar los textos al pie de la letra y quedarnos en el “poder” de Jesús frente a los elementos de la naturaleza. Lo que interesa es el significado teológico del texto, la intencionalidad que el evangelista tuvo al relatar de esa manera esos sucesos. El énfasis aquí está en la fe, como contraposición a la duda, sin que no sea legítimo sentir la duda y confiar en el poder de Jesús para superarla.

Precisamente, Pedro quien va a tener tanto protagonismo en el discipulado y en la historia de la Iglesia, será quien encarne la experiencia de duda y, como ya sabemos, incluso de negar a Jesús, pero también será quien, a pesar de su fragilidad, confía por entero en Jesús y llega a tener un protagonismo indiscutible.

Por lo tanto, el evangelio de hoy nos invita a la confianza infinita y a la aceptación de nuestras fragilidades y limitaciones. Estas siempre acompañaran nuestros caminos, pero también siempre podemos volver a confiar y continuarlos. Serán estas experiencias de caídas y levantadas las que nos revelarán el amor inmenso de nuestro Dios y su presencia incondicional en nuestra vida. Ojalá que también podamos reconocer en el Jesús de la historia al Hijo de Dios, revelador del Padre, para no dudar de que solo, haciendo las obras que él hizo, construiremos el reino de Dios, sin rebajas, sin acomodos, sin distorsiones.

 

lunes, 3 de agosto de 2026

 

Cuando la política se aprovecha de la fe

Olga Consuelo Vélez

 





En las pasadas elecciones vividas en Colombia se hizo una manipulación muy grande de la fe en nombre de la política. Pero esto no ha pasado solo en Colombia. En Brasil también se ha visto este fenómeno y en otros lugares del Continente. Conviene, entonces, intentar aclarar las relaciones que tienen fe y política y las manipulaciones que se hacen desde la política a la fe.

El punto de partida es que fe y política se relacionan en el sentido de que el ser humano que cree, vive su fe en el mundo y, por tanto, a la fe le conciernen todas las dimensiones de lo humano: lo social, lo político, lo cultural, lo económico, etc. De ahí que las opciones que una persona de fe haga, están orientadas por su fe y ha de buscar todo aquello que vaya en consonancia con la misma. Pero esto exige dos posturas claras. La primera, no pretender que la sociedad se haga “confesional” porque son tiempos de sociedades seculares, plurales, diversas. Hemos de pedir que haya libertad religiosa y libertad de culto y no pretender que el Estado se identifique con la Iglesia Y, la segunda, tener la suficiente formación tanto en la propia fe como en la política para ser capaz de tomar decisiones coherentes, maduras, fundamentadas.

La primera condición que hemos señalado la asume la Iglesia en la constitución pastoral Gaudium et Spes (uno de los documentos del Vaticano II) en el que ella reconoce la autonomía del mundo y abandona sus pretensiones de “cristianizarlo”, en el sentido de no dar espacio a la pluralidad de visiones, o rechazar los avances de la ciencia o las posturas seculares que entienden un mundo sin Dios, sin que eso signifique renunciar a los valores de la dignidad humana y el bien común.

Sobre la suficiente formación, tanto de la propia fe como de las cuestiones socio políticas, conviene decir lo siguiente. Respecto de la fe cristiana, necesitamos liberarnos de la fe intimista, individualista que ha conformado la experiencia religiosa de muchos creyentes. El evangelio es ante todo comunitario, con muchas implicaciones sociales porque se preocupa de los más pobres e invita a transformar esa situación. De hecho, los milagros de Jesús iban a transformar la realidad que allí se vivía, en la que, especialmente la enfermedad, significaba exclusión de la comunidad. Jesús cura para integrar a las personas a la comunidad, para devolverles su dignidad. Y no son menos las palabras de Jesús que denuncian la opresión, la pobreza, la injusticia y, sobre todo, el uso del culto para tener ganancias y vivirlo desconectado de la vida. La expulsión de los vendedores del Templo (Mc 11, 15-17) es un signo profético con el que Jesús denunció el culto vacío que dividía al pueblo entre los que podían hacer muchas ofrendas y los que no tenían nada para vivir.

Es urgente también una formación en la Doctrina social de la Iglesia, porque su desconocimiento es evidente en muchos cristianos. El papa Francisco recordó la Doctrina Social con sus encíclicas Laudato si (2015) y Fratelli Tutti (2020). En la primera nos habló sobre el cuidado de la casa común y en la segunda abordó muchos aspectos referentes a la dignidad humana, los derechos universales, la política al servicio del bien común, la construcción de la paz, etc. León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas (2026), nos recordó todos los documentos de la Doctrina social de la Iglesia y añadió un reto actual, como es la Inteligencia Artificial tan determinante en este momento.

Pero, visto lo que ha pasado en las pasadas elecciones, surgen unas preguntas muy cuestionadoras: ¿qué ha pasado con tanto creyente que no participó de esta contienda apoyándose en la verdad y en las cosas como son, sino repitiendo mentiras y slogans falsos? ¿qué pasó con tanto cristiano que diciendo que apoyaba el defender la vida desde el nacimiento, apoya la guerra para los nacidos? ¿qué pasa con los creyentes que, afirmando su fe en Dios creador, no defiende la naturaleza y el cuidado de la casa común? ¿qué pasa con tanto creyente que sigue apoyando el sistema neoliberal que está comprobado que sigue enriqueciendo a unos pocos y empobreciendo a la mayoría?

Algún lector dirá que estoy defendiendo a un candidato y es legítimo que así lo piense. Pero eso no es lo que interesa sino ser capaces de hacernos preguntas que, personalmente yo he visto ausentes en la pasada contienda. Son preguntas para invitarnos a pensar si creemos que tenemos una formación suficiente a la hora de tomar decisiones, pero, sobre todo, si en verdad no manipulamos la fe en favor de la política. Y quiero advertir que no creo que sea propio de personas de fe que hagamos afirmaciones del tipo: Dios eligió a este candidato, Dios respalda a este candidato, este candidato va a restaurar la cristiandad, la virgen está con este candidato, etc. Y hemos de tener cuidado de no usar las palabras bíblicas para aplicarlas a las decisiones que se tomen en cualquier gobierno. Cuando empezamos a hablar de “elegidos”, de “bendecidos”, de “salvadores”, estamos manipulando nuestra fe.

Propongo estas reflexiones para que asumamos una postura verdaderamente creyente: el presidente electo lo eligieron los votantes y no Dios y nuestra oración por él no puede ir de la mano de creer que es el elegido sino de pedir porque sea coherente con la dignidad humana y los derechos humanos, porque ha de gobernar para un pueblo plural y no para un “grupo eclesial”. Pero la mayor oración que hemos de hacer es por cada uno de nosotros, porque son nuestras opciones las que construyen futuro y, lamentablemente, no parece que tuviéramos el suficiente criterio para hacer de nuestro país un país justo y en paz. Ya la Conferencia Episcopal Latinoamericana, celebrada en Puebla (1979) decía: “Vemos como un escándalo a la luz de la fe, la inmensa brecha entre ricos y pobres” y “no se entiende que en un Continente tan creyente se de tanta injusticia”. Han pasado más de cuarenta años y nuestro país y Continente siguen manteniendo dicha brecha. ¿Qué nos pasa a los creyentes que no logramos votar bien para que nuestro país sea justo y en paz? Por ahí debería ir mucho más nuestra oración y, tal vez, algún día sepamos tomar las decisiones que Dios quiere.

 

 

martes, 28 de julio de 2026

 

“Sentir con el otro” y “dar de comer” con generosidad

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

(2-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

 

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para esta a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos". Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos". Ellos respondieron: "Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados". "Tráiganmelos aquí", les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mateo 14, 13-21).


 

El evangelio comienza diciendo que Jesús se entera de una noticia y se va a un lugar desierto para estar a solas. De lo que se ha enterado es de la muerte de Juan el Bautista. No es una escena desconocida en la actualidad porque no faltan las noticias sobre la muerte de tantos líderes sociales y de personas que se dedican a trabajar por el bien común. La persecución hacia ellos se desata fácilmente porque se prefiere quitar de en medio a los profetas, antes que escuchar sus palabras y convertirse a ellas. Por supuesto, esas noticias interpelan a quienes siguen el camino de bien y se necesita asimilarlas y tomar fuerzas de nuevo para continuar. Jesús se toma su tiempo de soledad, dándose cuenta de lo que le puede pasar también a él. Pero la escena que sigue nos muestra su fidelidad, a pesar de los peligros y su capacidad de atender a las realidades de su tiempo.

Al ver Jesús las muchedumbres necesitadas, se compadece de ellas y responde curando a los enfermos. Y es en la compañía de esa multitud que Jesús va a realizar la primera multiplicación de los panes. Llega la tarde y los discípulos le advierten a Jesús que despida a toda esa gente para que compren alimentos. Pero Jesús les dice que sean ellos los que les den de comer. Los discípulos le muestran que no tienen sino cinco panes y dos peces. Jesús, entonces, pide que se los traigan y con un gesto eucarístico, bendice, los parte y se los da a los discípulos para que los repartan entre las gentes. El texto termina señalando la abundancia dada en aquella repartición de panes que alcanzó para todos y sobraron doce canastas.

Destaquemos del texto, en primer lugar, la compasión que Jesús siente hacia la multitud. Compasión significa "sentir con” y esta es la actitud que nos abre los ojos ante la realidad de injusticia y nos pone en camino para responder a ella. La indiferencia, el cerrar el corazón al sufrimiento del mundo, es lo que mantiene la injusticia y la división profunda entre los pocos que tienen tanto frente a los muchos que tienen tan poco. Pidamos dejarnos tocar por la realidad o, como se dice ahora, vivir una espiritualidad de “ojos abiertos” que vive de frente al mundo y no de espaldas a él.

El segundo aspecto es el compromiso efectivo con “dar de comer a la multitud” que no significa solamente dar el pan material -lo cual es necesario también- sino comprometerse con la construcción de estructuras sociales, políticas y económicas que garanticen el bien común y la vida digna para todos. La fe no puede estar alejada de la vida, sino inmersa en ella con una conciencia lúcida y crítica para comprenderla y actuar coherentemente.

Finalmente, la manera de expresar el número de los que comieron “5.000 hombres sin contar mujeres ni niños”, deja ver el papel secundario que las mujeres han tenido a lo largo de la historia y también en la vida de fe. Hoy en día tenemos mas consciencia de ello y por eso no sobra reconocer el sesgo patriarcal presente en la Sagrada Escritura para seguir transformándolo con nuestras interpretaciones actuales y actitudes de vida.

miércoles, 22 de julio de 2026

 

Ojalá entendamos qué es el reino de los cielos y lo mostremos con nuestras obras

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

(26-07-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron. Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo" (Mateo 13, 44-52).


 




El evangelio de hoy nos ofrece las últimas tres parábolas que Mateo nos presenta en el capítulo 13. Brevemente, Jesús compara el reino de los cielos con un tesoro escondido que se encuentra en un campo, con el negociante de perlas finas que vende todo para comprar una de gran valor y con una red que recoge toda clase de peces. A esta última parábola le hace una interpretación alegórica y finaliza con la referencia a un escriba que se hace discípulo.

Las dos primeras parábolas tienen un mismo mensaje. El reino es de tanto valor que vale la pena “vender todo” para adquirirlo. Es lo que hará el que encuentra el tesoro y el que descubre la perla valiosa. Entender el valor de reino da sentido a toda renuncia, a todo cambio de horizonte, a la verdadera conversión que supone “darse la vuelta” para emprender un nuevo camino.

La parábola de la red es muy parecida a la del trigo y la cizaña. El énfasis está puesto en la red lanzada y que recoge toda clase de peces. En ese primer momento todos caben en la red. Solo después viene la interpretación alegórica con un sentido escatológico porque serán los ángeles los que separaran a los justos de los malos y a estos últimos los arrojaran al horno ardiente. Y allí todo será sufrimiento, expresado en las palabras “llanto y rechinar de dientes”. Una lectura literal de este texto ha llevado a imaginar el infierno como lugar de fuego y sufrimiento. Pero, en realidad, en la cosmovisión judía lo que no sirve es arrojado al fuego, por lo tanto, no está hablando del infierno sino de la vaciedad de una vida sin Dios, de su ausencia.

El texto termina con la pregunta sobre si entendieron esto, pregunta que acompañó todo este capítulo dedicado a la predicación de Jesús en parábolas, no porque Jesús quiera ocultar el reino, como lo dijimos hace tres domingos, sino que es posible que los adversarios se nieguen a entender, se empeñen en no abrir el corazón a este mensaje. Finalmente aparece la figura de un escriba convertido en discípulo y añade que se parece a un dueño de la casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo. Posiblemente el escriba que se abre a recibir el reino es capaz de distinguir entre la ley antigua que comienza a ser superada por la nueva, por la del reino.

Conviene preguntarnos qué tanto nosotros hemos comprendido todas estas parábolas que Jesús ha utilizado para explicarnos qué es el reino de los cielos. Tal vez no basta la respuesta conceptual afirmativa. Nuestras obras mostrarán, de hecho, si lo hemos comprendido.

 

domingo, 19 de julio de 2026

 En la fiesta de Santa María Magdalena (22 de julio) ¿por qué nos cuesta llamarla “santa”? 

 Olga Consuelo Vélez 






(Nota: este escrito ya lo publiqué, pero próximos a la fiesta de Maria Magdalena puede ayudar)

En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”. Según explicó el secretario de la Congregación para el Culto Divino de ese momento, esa decisión respondía “al contexto actual que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”. 

Recordaba que ya Juan Pablo II había prestado atención a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, poniendo énfasis en la figura de María Magdalena como primera testiga de la resurrección y quién anunció a los apóstoles ese acontecimiento. Por esto se afirma, en el decreto que, “Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”. Sin embargo, esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos: pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado. Esta imagen de María Magdalena surgió por haberla identificado con la pecadora arrepentida que entra en casa de Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) y con María la hermana de Lázaro y Marta, la cual también unge a Jesús (Jn 12, 1-8). 

Cuando el texto de Lucas se refiere “a algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (8.2), está queriendo decir que fue curada de su enfermedad probablemente muy grave -de ahí los siete demonios-, pero en ningún momento refiriéndose a su condición moral. Aunque en la actualidad hay muchos estudios sobre María Magdalena, no se han concretado, en la práctica, todas las consecuencias que la correcta interpretación bíblica sobre ella trae para las mujeres en la Iglesia. 

La primera, es el reconocimiento de María Magdalena al mismo nivel que los apóstoles. De hecho, ella -y otras mujeres- le siguieron desde Galilea hasta Jerusalén, condición que luego se invoca en el libro de Hechos de los Apóstoles para nombrar al apóstol en reemplazo de Judas (Hc 1,21). Por lo tanto, no debería costar tanto imaginar a las mujeres formando parte del colegio apostólico. Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos. 

Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones. Todavía cuesta aceptar la enseñanza teológica impartida por mujeres en seminarios y facultades de teología. Por supuesto, algo ha cambiado y más mujeres son reconocidas en el ámbito teológico y en el servicio eclesial. Sin embargo, su participación sigue siendo pequeña, nada equitativa con respecto al número de varones que ocupan dichos espacios, ni sus logros académicos y pastorales son tomados con la misma seriedad, interés y respeto que tantas veces se toma el aporte de los teólogos y de los clérigos. 

Quiero hacer notar, además, las pocas veces que damos a María Magdalena el título de “santa”. Efectivamente, ella lo es y así la podríamos llamar para seguir borrando esa imagen tan invocada de prostituta y que ha contribuido a identificar a las mujeres con los pecados referidos a la sexualidad. No sólo no hay muchos esfuerzos por llamarla santa, como tampoco de resaltar demasiado su fiesta. Sería una ocasión propicia para posicionar la verdad sobre ella. Mucho menos hay interés en llamarla Apóstola, ni primera evangelizadora aunque tres evangelistas relatan el envío que Jesús le hace para que anuncie a los discípulos su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Jn 20, 17) e, incluso Lucas, quien progresivamente fue invisibilizando el papel de las mujeres en su evangelio, de todas maneras, no deja de constatar que son las mujeres las que anuncian esa buena noticia a los apóstoles, colocando a María Magdalena en primer lugar (Lc 24, 9). 

Últimamente se ha utilizado su figura -en la literatura y en el cine- para mostrarla como compañera de Jesús o resaltando su protagonismo en la primera comunidad, con el fin de contrarrestar la figura de Pedro. Pero, ninguna de estas dos aproximaciones, están en la Biblia. En tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, seguir visibilizando a María Magdalena en los roles que verdaderamente tuvo al lado de Jesús y en la naciente comunidad cristiana, ayudará significativamente a acelerar la participación plena de las mujeres en la Iglesia. Por eso, es de desear que esta celebración de su fiesta, el próximo 22 de julio, podamos vivirla con más profundidad, sintiendo así que no es una rareza que 50 mujeres hayan participado con voz y voto en el sínodo de la sinodalidad, sino, por el contrario, lo extraño es que no haya muchas más mujeres en esos niveles de decisión donde se gesta el futuro de la Iglesia, esta misma Iglesia que, sin el primer anuncio,  hecho por María Magdalena, tal vez nunca habría existido. 

Cabe anotar, finalmente que, a pesar de las resistencias al lenguaje inclusivo en algunos círculos eclesiásticos (y sociales), fue Santo Tomás quien habló de ella como “apóstola” y el Decreto de su fiesta mantiene ese término en femenino. Sería bueno, dejar las resistencias y acostumbrar nuestros oídos a los términos femeninos que permiten visibilizar a las mujeres. Sin darnos cuenta pronto esas palabras nos sonarían igual de normales que todos los términos que hasta hoy se han ido creando en nuestro lenguaje.