martes, 12 de mayo de 2026

 

Jesús se queda con nosotros hasta el final de los tiempos

Ascensión del Señor

(17-05-2026)

Olga Consuelo Vélez





Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús.  Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. Jesús se acercó y les habló: –Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mateo 28, 16-20)

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús. La obra lucana compuesta por el evangelio y por el libro de Hechos, da testimonio de este hecho. El evangelio de Lucas termina diciendo que Jesús fue llevado al cielo (Lc 24,51) y el libro de Hechos inicia relatando que Jesús fue levantado en presencia de los apóstoles y una nube lo ocultó a sus ojos (Hc 1, 8). Justamente este texto de Hechos es el que se propone para la liturgia de hoy como primera lectura. Tal vez lo más significativo de este texto es la misión que Jesús ha encomendado a los suyos de “ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra” (Hc 1, 8). También la pregunta que les hacen a los apóstoles dos hombres vestidos de blando que se les aparecen y les dicen: ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Esa pregunta es otra forma de decir que la tarea ahora corresponde a los apóstoles. Por lo tanto, no se pueden quedar regocijándose por la aparición de Jesús sino sintiéndose comprometidos a cumplir la tarea que ahora está en sus manos.

El evangelio de hoy corresponde al evangelio de Mateo quien no relata el texto de la ascensión, pero confía a los suyos la misma tarea: “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos”. Este corto texto tiene varios elementos que muestran el estilo de Mateo. Los once van a Galilea al monte que Jesús les había indicado. Mateo muchas veces señala el “monte” como ese lugar privilegiado para el encuentro con Dios. Es en un monte que ocurre la tentación de Jesús (4.8), Jesús comienza su predicación en un monte (5.1), Jesús ora en un monte (14, 23), sigue enseñando y sanando desde un monte (15, 29), se transfigura en el monte (17,1) y, ahora se encuentra con los suyos en un monte.

El evangelio de Mateo es también el que remarca la novedad de bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta formula bautismal será la que se impondrá en la Iglesia hasta hoy, manteniendo esa dimensión trinitaria que nos haces hijos e hijas de Dios.

Jesús manda a los discípulos a enseñar a guardar todo lo que él les ha mandado. Es un mandato misionero porque la buena noticia de la resurrección de Jesús ha de comunicarse a todos y en todas partes. La tarea, por tanto, es hacer discípulos a todos los pueblos. La fuerza para cumplir esta misión viene de la promesa que hace Jesús de estar con ellos hasta el fin del mundo. Jesús no se va, sino que se queda con ellos para fortalecerlos en el cumplimiento de la misión encomendada.

La fiesta de la ascensión nos invita, por tanto, a renovar la tarea misionera que el Señor nos ha confiado con la certeza inquebrantable de su presencia entre nosotros porque, el Jesús del evangelio de Mateo, no asciende, sino que se queda con nosotros hasta el final de los tiempos.

 

 

martes, 5 de mayo de 2026

 

Porque amamos a Dios cumplimos sus mandamientos

VI Domingo de Pascua

(10-05-2026)

Olga Consuelo Vélez




Si me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él
(Juan 14, 15-21).

El evangelio de este domingo, prepara las fiestas de los próximos domingos: La ascensión y Pentecostés. Jesús les revela a sus discípulos que vendrá otro “defensor”, el “Espíritu de la verdad” para que esté siempre con ellos. Es decir, Jesús les anuncia que se irá, pero ellos no se quedarán solos. De hecho, ellos ya sienten su presencia, por eso les dice: “ustedes lo conocen porque permanece con ustedes”. Este espíritu es defensor y espíritu de la verdad. Añade que el mundo no lo recibe porque no lo ve ni lo conoce, pero ellos sí lo conocen porque vive en ellos.

Sin decirlo explícitamente, Jesús está revelando que el espíritu es ese amor que lleva a cumplir los mandamientos y, quien los cumple, muestra que ama a Jesús. El espíritu es el amor que une a Jesús con el Padre y es el mismo amor que nos une a nosotros con Dios.

Son interesantes los dos términos que Jesús usa: “cumplir” (otras traducciones dicen “guardar”) y “permanecer” porque se ve la relación entre el amor y los mandamientos. No se cumplen los mandamientos para amar a Dios, sino porque se ama a Dios se cumplen o se guardan los mandamientos y, viviendo según ellos, se permanece en Dios. Jesús invita a los suyos a hacer vida lo que él ha hecho:  permanecer en el Padre. Por eso nos invita a permanecer en él. Nuestra relación con Dios es al estilo de la relación que tiene Jesús con su Padre. En otras palabras, Jesús nos introduce en la vida divina y lo hace al mismo modo en la que él la vive.

Abrámonos, entonces, a entrar en este dinamismo de permanecer en Dios a través del Espíritu que nos da Jesús. Él se queda con nosotros conduciéndonos a la vida de fe, de verdad, de guardar la palabra, como lo hizo con Jesús.

sábado, 2 de mayo de 2026

 Este texto lo publiqué en: La importancia del discernimiento en una época de fe guiada por las emociones | Global Sisters Report


La importancia del discernimiento eclesial en las experiencias de fe

Olga Consuelo Vélez


Últimamente se ha escuchado en España el llamado “giro católico de los jóvenes a la fe”, representado en expresiones musicales con referencia religiosa o en la existencia de grupos que consiguen atraer un significativo número de jóvenes los cuales se reúnen para orar, cantar, adorar la eucaristía y otras manifestaciones que visibilizan la fe que profesan.

Ese fenómeno no se está dando solo en España. También en Latinoamérica (y tal vez en otros continentes)  han surgido grupos (no solo de jóvenes, pero si con bastante presencia juvenil) que proponen retiros de fin de semana en los cuales se ofrecen testimonios de conversiones y diversas prácticas de oración o de liturgias que logran un “impacto” emocional en quienes participan, de tal manera que bastantes personas permanecen vinculados a los grupos que promueven esas experiencias y así se comienza a ver más gente en las Iglesias (o por lo menos en los grupos) y se retoman prácticas religiosas que confirman ese posible “giro católico” del que se está hablando en la actualidad.

Personalmente tengo dudas sobre estas experiencias. Me recuerdan el auge de los llamados “Nuevos Movimientos Eclesiales” que tanto apoyó el papa Juan Pablo II y que con el paso del tiempo han dejado ver la poca coherencia con lo que decían vivir. Son muchos los fundadores y miembros de esos movimientos o comunidades religiosas nuevas a las que se les ha comprobado pederastia, abuso sexual y abuso psicológico a muchos de sus miembros o destinatarios de su misión. No han sido todos los grupos, pero “demasiados”. Muchos de estos grupos siguen existiendo (pocos han sido disueltos), cosa que me resulta muy extraña porque me cuesta entender que se quiera seguir un carisma propuesto por alguien al que se le han comprobado tantas atrocidades. Pero así son las estructuras, sean civiles o eclesiales: una vez que se consolidan, resulta muy difícil terminarlas, aunque sus fundamentos sean tan ambiguos.

Pero volviendo a esos grupos actuales lo que más me preocupa es el tradicionalismo doctrinal que manifiestan muy alejado del espíritu de Vaticano II y de la propuesta sinodal con la que el papa Francisco y ahora el papa León XIV están buscando renovar la Iglesia.

Precisamente a estas experiencias parece que responde la nota doctrinal que publicó la Comisión de Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española hace unos días, con el título: “Cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón) sobre el papel de las emociones en el acto de fe.

La nota no menciona lo del tradicionalismo doctrinal que me parece acompañan estas experiencias, pero si resalta la “emotividad” como fundamento de estas nuevas manifestaciones religiosas y llama la atención a la necesidad de vivir una espiritualidad que asuma todas las dimensiones de la persona y la urgencia de un discernimientos frente a dichas experiencias, discernimiento realizado por la autoridad eclesial, como garante de la autenticidad de la fe y de estas nuevas iniciativas eclesiales.

La nota doctrinal se refiere explícitamente a experiencias centradas en el “primer anuncio” que, aunque parecen estar dando frutos, llaman la atención por su parcialidad centrada en las emociones y también en la dificultad de integrarse a la dinámica eclesial más amplia.

La nota aclaratoria tiene dos grandes partes. La primera, fundamentando la importancia de las emociones en la experiencia de fe y la necesidad de tener en cuenta todas las otras dimensiones humanas. Y, la segunda, ofreciendo criterios de discernimiento de este tipo de experiencias de fe.

Sobre la primera parte, hay afirmaciones muy importantes para vivir la experiencia de fe con autenticidad. Esta experiencia ha de abarcar todas las dimensiones de la persona: afectiva, intelectual y volitiva. Por eso, si solo se enfatiza lo emotivo se corre el peligro de convertirse en “consumidores de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual” y no en testigos de Cristo, configurando su vida con la suya. Lo central del mensaje cristiano es el misterio pascual que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano. Por eso, todo “impacto emocional” ha de manifestarse también en el “obrar de las personas”.

La absolutización de lo emotivo es una de las características de la postmodernidad. Se está cambiando el “pienso, luego existo” por el “siento, luego existo”.  Pero lo emotivo lleva solo a la inmediatez, el instante y, en la perspectiva de fe, esto puede llevar a hacer depender la fe de la emoción que se fortalece más cuando se comparte con todo un grupo. Lo emocional es fácilmente manipulable, pudiendo llegar incluso, al abuso espiritual.

Una experiencia de fe basada solo en lo emotivo puede hacer creer que se tienen experiencias místicas. Sin embargo, no fue así la experiencia de los grandes místicos. Ellos supieron también lo que es la noche oscura de la fe e integraron toda su persona en esa experiencia.

Por lo tanto, la nota no niega la importancia de los sentimientos en la vida espiritual o, con otros términos, el recuperar la centralidad del corazón en la persona, lugar de las decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza. De hecho, documentos magisteriales recientes como Caritas in veritate (Benedicto XVI, 2009) o la Dilexit nos (Francisco, 2024) proponen recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana porque desde este se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual, así como la volitiva y el compromiso y de esa manera la experiencia de fe se convierte en un acontecimiento totalizante para el creyente.

Por todo lo anterior la comisión de doctrina de la fe propone los siguientes criterios teológico-pastorales para un discernimiento de dichas experiencias espirituales:

(1) Nuestra fe es trinitaria lo cual libera de individualismos y lanza a la comunidad.

(2) La fe tiene una dimensión personal que va más allá de las normas y se refiere al encuentro con la Persona de Jesús. Sin embargo, este encuentro no solo lleva la alegría de dicho encuentro sino también la invitación a cargar la cruz con Cristo.

(3) Complementaria a la dimensión personal está la dimensión objetiva de la fe que supone la profundización en la fe y la doctrina. En este sentido, la formación se torna en un medio primordial que permite integrar la verdad en el amor. La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la Iglesia.

(4) Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado por la dimensión eclesial. Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio grupo, sino que aprecia la riqueza que aporta el conjunto. Los nuevos grupos necesitan del juicio de su autenticidad y regulación por parte de las autoridades eclesiales. A ellos compete no apagar el Espíritu, pero si examinarlo y quedarse con lo bueno. Es signo de eclesialidad dejar que estos métodos sean sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.

(5) La dimensión ética y caritativa es signo del verdadero encuentro con Cristo que no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe ha de traducirse en caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino.

(6) Finalmente, la experiencia de fe necesita la dimensión celebrativa que no se reduce a una oración individual o un mero devocionalismo, sino que supone la dimensión comunitaria, objetiva y sacramental. En este punto la nota alerta sobre las llamadas “adoraciones eucarísticas” para que no se desliguen de la celebración litúrgica y la pertenencia de todos los miembros de la iglesia al cuerpo de Cristo.

Aunque esa nota doctrinal tiene como destinatario a la realidad española, la existencia de esos grupos o esa espiritualidad más centrada en lo emotivo no es exclusiva de ese contexto y nos conviene a todos discernir sobre su pertinencia y aplicabilidad en todas las realidades en las que se están dado estos grupos. Es verdad que no hemos de “ahogar” el espíritu que siempre “hace nuevas todas las cosas”. Pero es una obligación moral discernir sus manifestaciones porque contamos con experiencias muy recientes de “demasiados lobos con piel de oveja”. 

(Foto tomada de: https://amordediosesp.org/index.php/8-noticias/182-31-de-enero.html)

martes, 28 de abril de 2026

 

Revelar el rostro del Padre con obras, como lo hizo Jesús

V Domingo de Pascua

(3-05-2026)

Olga Consuelo Vélez

 





No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Cuando haya ido y les tenga preparado un lugar, volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino para ir a donde [yo] voy. Le dice Tomás: –Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Le dice Jesús: –Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto. Le dice Felipe: –Señor, enséñanos al Padre y nos basta. Le responde Jesús: –Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo les digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí es el que hace las obras. Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, créanlo por las mismas obras. Les aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre (Juan 14, 1-12).

 

En este quinto domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos ayuda a profundizar en las consecuencias que se desprenden de la resurrección. Jesús va a prepararnos un lugar en las modadas definitivas de la casa del Padre. Lo que nos pide es “creer”, actitud que quita la inquietud de los apóstoles (y también la nuestra) porque nos permite poner la confianza en quien, saliendo a nuestro encuentro, nos ha hecho la promesa de la vida plena con Él.

Los dos personajes que aparecen en el texto, posibilitan ahondar en la promesa que nos hace Jesús. El primero es Tomás, quién escuchando a Jesús decir que volverá para llevarlos con él y que ellos conocen el camino, le dice que ellos no saben a dónde va y, por lo tanto, no conocen el camino. Jesús le responde con el “Yo soy” -expresión que este evangelio utiliza en otros pasajes para decir que Jesús es “el pan de vida”, “el buen pastor”, “la vid verdadera”, “la resurrección, etc.- y, en este caso, Jesús es el “camino, la verdad y la vida”. Estos tres términos condensan la plenitud de vida que él nos promete, vida que no es abstracta o desconocida, sino la vida de Jesús con sus obras y sus opciones, revelándonos en qué consiste la promesa hecha. Todo eso lo han conocido los discípulos y ahora nosotros a través de ellos.

El segundo personaje es Felipe quien escuchando decir a Jesús que, si lo conocen a él, conocen al Padre le pide que les muestre al Padre y eso basta. Jesús, con cierto tono de reproche le responde: ¿tanto tiempo ha estado con ustedes y todavía no me conocen? E inmediatamente remite a las obras que él ha hecho. En otras palabras, no les está pidiendo creer en ideas abstractas sino en las obras que ha realizado. Las curaciones, las comidas con pecadores, la inclusión de mujeres en su grupo, la misericordia infinita hacia todos, el amor de servicio que ha tenido, especialmente con los suyos, y todas las demás obras que realizó, son las que revelan cómo es el Dios de Jesús y es este Dios quien nos dará la vida plena como se la ha dado a Jesús con la resurrección.

Vivir este tiempo de Pascua es, por tanto, continuar afirmando la resurrección de Jesús no con palabras sino con obras. Jesús nos dice que si creemos en él haremos sus mismas obras y aún mayores. Así como Jesús mostró, en su tiempo, al Dios en quien creía a través de sus obras, hoy nosotros somos llamados a realizar las mismas obras de Jesús para que muchas personas puedan creer en él y conozcan el camino que nos lleva al Padre.

martes, 21 de abril de 2026

 

Entrar por la “Puerta” que nos da la vida en abundancia

IV Domingo de Pascua

(26-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 






Les aseguro: el que no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y asaltante. El que entra por la puerta es el pastor del rebaño. El cuidador le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca. Cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas y ellas le siguen; porque reconocen su voz. A un extraño no le siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños. Ésta es la parábola que Jesús les propuso, pero ellos no entendieron a qué se refería. Entonces, les habló otra vez: Les aseguro que yo soy la puerta del rebaño. Todos los que vinieron [antes de mí] eran ladrones y asaltantes; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos. El ladrón no viene más que a robar, matar y destrozar. Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn 10, 1-10).

 

El cuarto domingo de Pascua se conoce como el domingo del Buen Pastor. Por eso la lectura propuesta es la del evangelio de Juan capítulo 10, que se refiere al Pastor y las ovejas. Pero el texto se reparte en los tres ciclos litúrgicos, correspondiendo en este ciclo, los primeros versículos del capítulo 10, en el que todavía Jesús no se declara “Buen Pastor” (Jn 10, 11), sino solamente, “la puerta de las ovejas”.

Este texto hay que verlo en relación con los hechos que se han narrado antes. En concreto ante la curación del ciego de nacimiento, los fariseos se ponen en contra de Jesús por sus curaciones en sábado. Por eso ahora Jesús va a hablar de los que son ladrones y asaltantes mientras que Él es la puerta por donde entra el rebaño. Mientras los ladrones y asaltantes solo vienen a matar y destrozar -recordemos como los fariseos increpan al ciego de nacimiento, reprochándole que crea en Jesús y llegan a expulsarlo de la sinagoga- Jesús es la puerta de las ovejas y todos los que entran por ella, gozarán de los pastos de la salvación que él ofrece.  

El énfasis de esta primera parte del texto de Juan 10, está puesto en las ovejas que si reconocen la voz del Pastor y le siguen. De hecho, el ciego de nacimiento cree que Jesús es el Hijo del hombre, por lo tanto, es ejemplo claro de aquellos que si creen en Jesús y reciben la vida en abundancia que él trae.

Jesús insiste en este texto en que, quienes deberían cuidar del rebaño hacen todo lo contrario. Por eso él se presenta cómo la puerta por donde puede entrar el rebaño ya que él no se la cierra a nadie. Los fariseos en cambio no entran por la puerta -Jesús mismo- sino que se quedan al margen criticándolo y planeando su muerte. El cuidador de las ovejas llama a cada una por su nombre y camina delante de ellas. En ese sentido, las ovejas no tienen nada que temer porque reconocen su voz, no así las voces de las autoridades judías de su tiempo que solo vienen a excluir, rechazar e increpar a todos los que comienzan a seguir a Jesús.

Conviene, entonces, reconocer la puerta -que es el mismo Jesús- para entrar por ella sin hacerle caso a tantos que desvirtúan su mensaje y que acomodan la radicalidad del evangelio. Es necesario estar atentos para escuchar su voz y seguirla. Por parte de Jesús está garantizada la invitación y la acogida, dependerá de nosotros entrar por la puerta con confianza, generosidad y decisión de manera que la vida en abundancia no nos falte y podamos anunciarla a todos los que nos rodean.

martes, 14 de abril de 2026

 

En la Eucaristía, Jesús resucitado se queda con nosotros

III Domingo de Pascua

(19-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 





Aquel mismo día, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino conversaban sobre todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: ¿De qué van conversando por el camino? Ellos se detuvieron con rostro afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? Jesús preguntó: ¿Qué cosa? Le contestaron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron. Jesús les dijo: ¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.  Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba. Entró para quedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que afirmaban: Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.  Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24, 13-35).

 

Los domingos pasados hemos leído las apariciones de Jesús según el evangelio de Juan. En esta ocasión es Lucas el que nos ofrece otro testimonio de la aparición de Jesús a los suyos, concretamente, a dos discípulos que, muy desanimados por todo lo ocurrido en Jerusalén -el asesinato de Jesús-, están volviendo a Emaús, a unos diez kilómetros de Jerusalén.

Antes de comentar la aparición, caigamos en cuenta que estos dos discípulos no necesariamente son dos varones. Perfectamente pueden ser un matrimonio ya que viven en la misma casa y al pie de la cruz aparece una María esposa de Clopás (sería el mismo nombre de Cleofas). El plural masculino incluye a las mujeres y no hay porque negarlo en este caso.

Pero volviendo a la aparición, Jesús se les junta en su regreso a casa y les pregunta que van conversando. Ellos extrañados le dicen que él es el único que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén. Continúan contándole cómo ellos, que tenían esperanza en que Jesús fuera el liberador de Israel, ya no la tienen pues lo crucificaron las autoridades de Israel y han pasado tres días de aquellos hechos. Señalan que unas mujeres del grupo les han desconcertados porque les habían dicho que no lo habían encontrado en el sepulcro y unos ángeles les avisaron que Jesús estaba vivo. Así mismo, algunos discípulos también habían visto la tumba vacía. Pero no habían encontrado a Jesús. Notemos que este texto también nos da testimonio de la aparición de Jesús a las mujeres. Para los que todavía dudan de la capacidad de la mujer de representar a Jesús en la actualidad en los ministerios ordenados, convendría recordarles que Jesús se apareció a ellas también y les confío que contarán que estaba vivo a los discípulos.

Volviendo a nuestro texto, es la ocasión para Jesús increparlos y llamarles “duros de entendimiento”, con tanta dificultad para creer lo que dijeron los profetas. Comenzó a explicarles las escrituras y cómo el Mesías tenía que padecer para entrar a su gloria. Una vez llegaron a la casa, Jesús iba a seguir su camino, pero los discípulos le piden que se queda. Es normal en esa cultura donde la hospitalidad es un valor muy apreciado. Y será entonces, cuando Jesús tome el pan, lo bendiga y lo reparta y ellos lo reconozcan y se pregunten por qué tardaron tanto en reconocerlo cuando ya su corazón ardía al escucharlo relatándoles las Escrituras. En ese momento Jesús desaparece, porque ya se ha quedado en la Eucaristía y esa será su presencia viva entre nosotros.

Los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén y encuentran a los Once afirmando también la resurrección de Jesús. Ellos les cuentan cómo lo reconocieron al partir el pan. En efecto, como ya lo dijimos, Jesús resucitado sigue vivo y se ha quedado en la Eucaristía compartiendo nuestra vida y nuestra suerte. De reconocerlo en ella y comprender lo que significa su vida partida y repartida, dependerá el que nuestro anunció de la resurrección de Jesús sea creíble por muchos otros.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

 

Como Tomás, reconocer en Jesús al Hijo de Dios

II Domingo de Pascua

(12-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 









Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.  Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes.  Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto. Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro. Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él (Jn 20, 19-31).

 

El mismo día en que María Magdalena, Pedro y el otro discípulo van y encuentran la tumba vacía y, posteriormente, Jesús se le aparece a María Magdalena confiándole que anuncie a los discípulos lo que él le ha dicho (Jn 20, 17-18); Jesús se aparece a sus discípulos que están reunidos “con las puertas bien cerradas” -según dice el texto que leemos hoy- por miedo a los judíos, completando así una serie de apariciones en el domingo de resurrección. Notemos que el hecho de Jesús puede entrar en un recinto bien cerrado, nos habla del cuerpo resucitado de Jesús. Pero, al mismo tiempo, al mostrarle a sus discípulos sus manos y el costado, les está haciendo ver que él es el mismo crucificado que ahora ha resucitado.

Jesús les da los dones escatológicos propios de la resurrección: la paz, la alegría, en otras palabras, el Espíritu Santo -dador de todos los dones- y les confía la misión que él había realizado hasta entonces: “como él Padre lo envío, ahora él los envía” y les da la gracia de perdonar los pecados, como Jesús mismo lo hacía en su vida histórica. Como podemos ver, el resucitado ahora se hará presente entre nosotros a través de sus discípulos que serán los encargados de dar testimonio de ese hecho.

El texto continúa con el relato de Tomás que no estaba con ellos esa tarde y cuando se entera dice que hasta no ver la marca de los clavos en su mano y no meter el dedo en el lugar de los clavos y en el costado, no creerá. Tomás quiere estar seguro de que el resucitado es el mismo crucificado. Precisamente por eso, a los ocho días cuando Jesús vuelve a presentarse ante ellos, se dirige a Tomás y le invita a que compruebe su identidad. El texto no dice si Tomás metió su dedo en el lugar de los clavos, pero si se nos relata su confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Tomás cree en la resurrección de Jesús y así la confiesa. Es entonces cuando Jesús dice: “felices los que creen sin haber visto”. Con estas palabras Jesús está pensando en nosotros que no estuvimos en su vida histórica y no vimos los acontecimientos, pero hemos sido invitados a creer sin haber visto. El texto termina diciendo que Jesús hizo muchas otras señales en medio de sus discípulos, invitándolos a creer que él es el Mesías, el Hijo de Dios y, precisamente porque creen tengan vida en él y sean sus testigos para todas las generaciones.

La llamada para nosotros hoy es a creer sin ver para que el testimonio de la resurrección de Jesús alcance a todas las generaciones. Es bueno aclarar que creer sin ver no quiere decir una fe ciega y sin preguntas. Es una fe adulta que reconoce los signos de la resurrección y cree en ellos dando testimonio con las palabras y las obras.

 

lunes, 6 de abril de 2026

 

Vivir como resucitados

Olga Consuelo Vélez

¡Jesús ha resucitado! Es el grito que se lanza en el pregón pascual y que puso en marcha la iglesia de los orígenes. Ese mismo grito sigue dinamizando hoy nuestra fe cristiana y compromiso eclesial. Pero ¿qué entendemos cuando decimos ese pregón? ¿a que nos compromete? ¿qué puede decirles a nuestros contemporáneos que no saben de Jesús o que no creen en su resurrección?

La resurrección no es un fenómeno extraordinario que todos pudieron comprobar. Algunos estarán pensando, al leer estas palabras, en los textos de las apariciones de Jesús a las mujeres y a los discípulos, después de muerto, con los cuales se afirma que Jesús ha resucitado. Conviene recordar que los evangelios son textos teológicos, confesiones de fe, escritos en diversos géneros literarios como toda obra humana. Las apariciones son un género literario en el que, a través de un relato simple y evidente, se nos transmite la experiencia vivida por los discípulos: ellos que vieron morir a Jesús, comienzan a sentir que su espíritu continúa vivo y los empuja a reunirse, a reconocerlo en la fortaleza que sienten y, sobre todo, en la llamada irresistible a seguir predicando lo que anunciaba su maestro. Fue tan evidente y real esa experiencia que lo expresan con la fuerza del pregón pascual: “Ese Jesús que ustedes mataron, ha resucitado y sigue vivo entre nosotros” (Cf. Hc 2, 36). La resurrección de Jesús es una experiencia de fe que nos transmitieron los discípulos y ha llegado hasta nosotros para también, libremente acogerla y dar testimonio de ella.

El Espíritu de Jesús no es una ilusión, una motivación o un buen propósito. Es la manera cómo podemos sentir su presencia en nuestra vida y, al igual que los discípulos, creer en el “si” de Dios a la vida de Jesús. Es aceptar la buena noticia del reino, reconocer los signos de su presencia en nuestra historia y comprometernos con hacerlo posible en nuestra realidad. Es hacer las “obras del resucitado”, es decir, viviendo como resucitados

¿En qué consiste vivir cómo resucitados? No hay fórmulas, ni recetas, sino que cada persona y comunidad lo va descubriendo en los signos de los tiempos que demandan una respuesta. Señalemos algunos de esos signos para nuestro tiempo.

La urgencia de la paz es innegable. Estamos en un tiempo en que el “alma bélica y guerrerista” gana cada vez más fuerza. Creeríamos que con tanta muerte y devastación que han traído las guerras que se han dado en el pasado, habríamos aprendido a no suscitarlas más. Pero parece que el ansia de poder, de acaparamiento de los recursos naturales, de buscar interés solo de unos grupos, sigue dominando el panorama mundial y no cesan de invocarse las fuerzas de las armas para conseguir lo que se quiere. Vivir como resucitados es no desistir del esfuerzo por construir la paz. Una paz que exige el diálogo, la paciencia, la apertura, la capacidad de pensar en todos y no en unos pocos. Nunca la conseguiremos en totalidad, pero, los que decimos creer en el resucitado, hemos de apoyar todas las actitudes y mediaciones que hagan posible, espacios de paz, experiencias de paz.

Vivir como resucitados significa también ponerse del lado “correcto” de la historia, como se dice muchas veces. Si miramos al Jesús terreno, siempre se puso del lado de los necesitados, de los excluidos, de todos aquellos a los que se les negaban sus derechos. En tiempos que no cesan de invocar la competencia y la ley del más fuerte como mecanismo para que cada quien consiga lo que necesita, los que aspiramos a vivir como resucitados no podemos desistir de trabajar por la justicia social, apoyando las políticas, planes y proyectos que mejoren las condiciones de los más pobres y garanticen las mismas oportunidades para todos.

Vivir como resucitados hoy implica la preocupación y compromiso efectivo con el cuidado de la casa común. Nuestro mundo no es para explotarlo, sino para cuidarlo, velando que sea sustentable y puedan disfrutarlo las generaciones futuras. Es muy importante mantener la armonía con la creación sin destruir tierras, desviar ríos o contaminar hábitats en aras de un progreso que, a la larga, solo beneficia los intereses económicos de algunos y acaba con la garantía de la vida para el hoy y también para el futuro.

Vivir como resucitados supone asumir la diferencia, la pluralidad, la diversidad de culturas, de religiones, de costumbres, de modos de vida y modos de relación. Hemos estado muy marcados por las mentalidades hegemónicas que se han impuesto a lo largo del tiempo y hemos excluido a miles de personas por esa casusa. Pero precisamente el cristianismo es la religión “católica”, es decir universal, amplia, capaz de asumir la diferencia y caminar con ella. Los primeros discípulos salieron más allá de las fronteras de Israel y gracia a ello su fe, nos alcanzó también a nosotros. Son tiempos de recuperar ese primer impulso y vivirlo con radicalidad.

Cada uno podrá seguir diciendo qué supone vivir como resucitados según las necesidades que ve más acuciantes en su entorno. Lo importante es creer que la buena noticia del reino anunciada por Jesús hoy se nos confía y por la fuerza de su espíritu seguimos comprometidos con su causa. Invitar a otros es la consecuencia lógica de quien siente la presencia del resucitado y desea que muchos otros la experimenten. Pero, cómo dice la escritura: ¿cómo creerán si no se les predica? (Rom 10,14) Y nosotros podríamos decir, ¿cómo creerán si no ven las obras del resucitado? Por tanto, vivir como resucitados es un don y una tarea para hacer creíble la resurrección de Jesús y que las obras sean garantía de lo que anunciamos.

sábado, 4 de abril de 2026

 

Ver y creer los signos de la resurrección

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

(5-04-2026)

Olga Consuelo Vélez





El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Una vez celebrada la Vigilia Pascual continuamos con los domingos de Pascua siendo el de hoy, el primer domingo de Pascua o domingo de resurrección. El evangelio es el de Juan y se refiere a la tumba vacía que primero encuentra María Magdalena y corre a contarle a Simón Pedro y al otro discípulo, Juan, a quien el mismo evangelio califica como “a quién Jesús amaba”.

La experiencia de resurrección aparece en los evangelios con algunos géneros literarios. El de la tumba vacía es uno y el de las apariciones es otro. Son maneras de contar la experiencia fundamental: Jesús al que vieron crucificado, ha resucitado. En este caso solo nos detenemos en la tumba vacía. María Magdalena solo ve la losa quitada del sepulcro, en cambio Pedro entra, aunque Juan ya había llegado a la entrada y visto los lienzos tendidos. Pero lo interesante de este pasaje son los signos que comienzan a mostrar la resurrección. Tanto los lienzos como el sudario son elementos que los discípulos ven y estos signos remiten a la experiencia fundamental: creer que Jesús, ha resucitado.

El evangelio de Juan continua, después de este pasaje, con el relato de la aparición de Jesús a María Magdalena, experiencia que nos hace afirmar que ella fue la primera testiga de la resurrección. Pero ese texto lo comentaremos en otro momento. Lo que interesa en este domingo es remitirnos a los signos que nos permiten ver que Jesús vive entre nosotros y transforma nuestra realidad. Se necesita ver y creer en los signos que hoy nos siguen afirmando la resurrección de Jesús. Cada esfuerzo por erradicar la desigualdad social, la discriminación por sexo, género, condición socioeconómica, diversidad cultural, religiosa, etc., el cuidado de la casa común, la suerte de los más débiles, son los signos del reino que nos invitan a asumir esas causas y trabajar por seguirlas fortaleciendo hasta que se logre el cambio de situación. Este es nuestro trabajo como discípulos y discípulas: dar testimonio de la resurrección de Jesús a través de nuestras obras. Solo así será creíble el misterio fundamental de nuestra fe, misterio que no podemos “demostrar” pero si “testimoniar” con nuestra vida comprometida con los valores del reino.

Comencemos este tiempo pascual pidiendo ver y creer, como lo supieron hacer los primeros. De esa manera, nuestro mundo podrá sentir que el misterio pascual nos compromete y hace posible ese mundo mejor que todos deseamos para todos y todas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Vivir el servicio y el amor al estilo de Jesús

Jueves Santo

(1-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 




Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También ustedes están limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos están limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros: yo les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan» (Jn 13, 1-15).

El jueves santo se celebra como el día del amor fraterno/sororal, el día de la eucaristía, el día del sacerdocio. El orden en que estoy escribiendo estas celebraciones ya dice mucho del significado y relación entre ellas. Lo primero, correspondiente al texto de Juan que hoy leemos en la celebración habla de cómo ha de ser el amor entre nosotros. Y, en este sentido, Jesús no da una teoría sino realiza una acción: el lavar los pies a los suyos. Recordemos que el acto de lavar los pies era tarea de los esclavos, cuando se llegaba a una casa, como símbolo de acogida, el esclavo lavaba los pies de los invitados, no los dueños de la casa. Esto nos permite ver el gesto “contracultural” que Jesús realiza y la radicalidad con la que nos habla del amor fraterno/sororal. No es a modo de amar a los que nos aman, es amar a todos, aunque no nos amen, aunque nos incomoden, incluso aunque nos hagan daño. Recordemos que en otros textos Jesús pone ejemplos concretos sobre todas estas posibilidades. Esto es porque la propuesta del amor cristiano es amar con el mismo amor de Dios y este amor es de misericordia infinita, de entrega hasta el hacerse siervo de los otros.

Sin embargo, conviene aclarar dos cosas. La primera que el amor no es patrimonio exclusivo del cristianismo. Todas las religiones y todas las personas sin religión aman y son amadas. Lo distintivo es lo que dije antes: llegar a amar con el mismo amor infinito del Dios de Jesús que se hace esclavo de los que ama. La segunda es aclarar que no hemos de entender ese “hacerse esclavo” como sumisión, como menoscabar la propia dignidad por amar a los otros. Eso le ha sucedido mucho a las mujeres porque al interpretar así el amor cristiano las ha hecho sumisas hasta el punto de perder la propia dignidad en aras de la familia -esposo e hijos- o en los puestos de trabajo -aguantar abusos sexuales para mantener el trabajo-. El amor cristiano que se hace esclavo es en aras de la defensa del prójimo, del luchar por la justicia, por la igualdad, por la vida digna para todos. En ningún caso es el sacrificio por el sacrificio o la humillación por la humillación.

Todo esto le da el contenido más propio a las otras realidades que celebramos hoy. La eucaristía es signo sacramental de ese amor de nuestro Dios, haciéndose alimento para sostener nuestra vida, para transformarnos en el mismo amor que es Él. Por eso hay que repensar la participación eucarística, la cual no puede estar ajena al compromiso comunitario, como tampoco la adoración de la eucaristía sin referencia a la justicia social. Jesús reparte su cuerpo a la comunidad para mostrarles cómo deben amarse unos a otros, no para pedirles adoraciones o sacrificios que muchas veces desvirtúan la concepción de Dios y el bien común por el que debemos velar.

Finalmente, el sacerdocio, entendido como sacramento de mediación entre Dios y los seres humanos, es un sacerdocio de servicio no de honor, de hacerse esclavo de todos y no del clericalismo recalcitrante en el que tanto insistió el papa Francisco al dirigirse a los ministros ordenados que no tiene nada que ver con el ministerio que deben realizar. No olvidemos también el sacerdocio común de todos los fieles en la iglesia, por el bautismo que recibimos, para alegrarnos por ser llamados a ser estos mediadores del mismo Dios a todos los que nos rodean.

Celebremos entonces este Jueves Santo viviendo el amor y el servicio al estilo de Jesús, mostrando que la eucaristía que recibimos es efectiva en nuestra vida, transformándonos en Aquel a quien recibimos.


martes, 24 de marzo de 2026

 

Jesús entra a Jerusalén como rey humilde

Domingo de Ramos

(29-03-2026)

Olga Consuelo Vélez

 



(En la liturgia de hoy se lee todo el relato de la pasión. Pero al inicio se lee el texto de la entrada a Jerusalén. Solo transcribo este pasaje).

Al llegar cerca de Jerusalén, entraron en Betfagé, junto al monte de los Olivos. Entonces Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: Vayan al pueblo de enfrente y enseguida encontrarán una burra atada y su cría junto a ella. Desátenla y tráiganla. Si alguien les dice algo, ustedes le dirán que el Señor la necesita. Y enseguida los devolverá. Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: Digan a la ciudad de Sión: mira a tu rey que está llegando: humilde, cabalgando un burrito, hijo de asna. Fueron los discípulos y, siguiendo las instrucciones de Jesús, le llevaron la burra y su cría. Echaron los mantos sobre ellos y el Señor se montó. Una gran muchedumbre alfombraba con sus mantos el camino. Otros cortaban ramas de árbol y cubrían con ellas el camino.  La multitud, delante y detrás de él, aclamaba: ¡Hosana al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosana en las alturas! Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba: ¿Quién es éste? Y la multitud contestaba: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (Mateo 21, 1-11)

Comenzamos la Semana Mayor o triduo pascual y el texto de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén da inicio a estas celebraciones. Como es costumbre en el evangelio de Mateo, lo que Jesús está viviendo es el cumplimiento de las Escrituras. Por eso el evangelista hace referencia al texto de Zacarías (9,9) donde ya se anunciaba a la ciudad de Sion (se refiere a Jerusalén) que llegaría su rey, pero es un rey humilde, cabalgando en un burrito, hijo de asna. Es decir, todo lo contrario del reinado que esperaba el pueblo de Israel.

La escena es muy positiva porque la multitud recibe a Jesús y le reconocen como Hijo de David. Baten palmas y ante la pregunta que hacía la gente de quién es Él, la multitud lo reconoce como un profeta. Todo parece indicar que la misión de Jesús está en su mejor momento y sus frutos son evidentes.

Pero, como lo celebraremos en los días que siguen, este recibimiento no coincide con lo que están pensando las autoridades de Israel y muchos del pueblo. Ese Jesús triunfante en la entrada de Jerusalén, será perseguido, prendido y crucificado. La lectura del evangelio correspondiente a toda la pasión, mostrará toda la trama. Los poderosos ganarán terreno y conseguirán que hasta los suyos lo abandonen. Pero la fidelidad de Jesús se mantendrá y esta será la posibilidad de llegar a la resurrección. Hubiera sido fácil retractarse, responder a las expectativas de los que le alabaron, ceder a las presiones de las autoridades judías. Pero ese rey humilde seguirá cumpliendo lo dicho por las escrituras.

Preparémonos para la vivencia de esta semana mayor y, nosotros que estamos acompañando a Jesús en su entrada a Jerusalén, busquemos permanecer con él en su pasión para participar también de su resurrección. De nuestra fidelidad dependerá que el evangelio sea anunciado como lo hizo Jesús: desde la humildad, del lado de los pobres, con amor incondicional para toda la humanidad.

martes, 17 de marzo de 2026

 

Confesar a Jesús, el Cristo, dador de vida eterna

V Domingo de Cuaresma

(22-03-2026)

Olga Consuelo Vélez



En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: Señor, el que tú amas está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección el último día. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo han enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo le quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que este muriera? Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: Quiten la losa. Marta, la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días. Jesús le replicó: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, sal afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo y déjenlo andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él (Jn 11, 3-7-17.20-27.33-45).

En todos estos domingos de cuaresma el evangelista Juan nos presenta a Jesús en relación con diferentes personajes, estableciendo diálogos que ayudan a profundizar en quién es Jesús. Con la samaritana Jesús se presenta con el que quita la sed, con el ciego de nacimiento como el que devuelve la vista y en el texto de hoy, la resurrección de Lázaro, como quien da la vida y una vida para siempre.

Este texto es bastante conocido, pero conviene recordar algunos detalles. El evangelista muestra el profundo amor que viven estos hermanos con Jesús. Cuando le anuncian a Jesús de la enfermedad de Lázaro le dicen: “el que amas está enfermo”. Posteriormente el texto dice: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” y ante la muerte el texto dice “Jesús se conmovió, se estremeció y se echó a llorar”. Jesús realmente establece relaciones de amor sincero y leal con sus contemporáneos.

El diálogo que Jesús establece con Marta es fundamental en el texto. Porque ella, en cierto sentido, le reprocha que no hubiera estado allí antes, para que su hermano no muriera. Pero seguidamente profesa su fe judía en la resurrección al final de los días. Es entonces cuando Jesús le ayuda a cambiar la perspectiva afirmando que él es la resurrección y la vida y si ella cree esto, su hermano resucitará. Entonces Marta hace una confesión de fe, de igual talante que aquella que hace Pedro cuando Jesús le pregunta a sus discípulos ¿Quién dicen los hombres que es él? Y Pedro contesta: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 13-16). En este pasaje Marta dice lo mismo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo”. La confrontación de estos dos pasajes nos permite reafirmar que la confesión de fe en Jesús como el Cristo, es hecha por un varón y una mujer, mostrando esa igualdad fundamental de los que estuvieron con Jesús y que, durante siglos se ha invisibilizado en lo que respecta a las mujeres.

El texto continúa profundizando el signo que constituye este hecho de la muerte y resurrección de Lázaro. Jesús, contra todo pronóstico, ya que Lázaro llevaba cuatro días muerto, como dice Marta, pronuncia las palabras de “Lázaro, sal fuera” y así sucedió. El énfasis no está en lo milagroso del acontecimiento sino en el signo que se descubre con la presencia de Jesús en este hecho. El texto termina diciendo que muchos judíos que estaban allí presentes creyeron en Jesús.

Sin embargo, aunque esto no se lee en el texto de hoy, la decisión que toman otros judíos es la de darle muerte. En otras palabras, los signos que Jesús realizó en su vida pública permitieron que muchos creyeran y le siguieran, pero también desataron controversia y muchos otros decidieron matarle. Normalmente el bien y la bondad encuentran oposición férrea de quienes no están dispuestos a aceptar ese amor de Dios incondicional y sin medida y deciden matarle.

Esa es la interpelación para nosotros también hoy: ¿creeremos en Jesús y su mensaje o tergiversamos, distorsionamos o negamos dicho mensaje? Nuestras obras serán las que den respuesta a estas preguntas.

 

viernes, 13 de marzo de 2026

 

Pensando en el presente y en el futuro de la política colombiana

 

Olga Consuelo Vélez




 

Una vez realizadas las elecciones para senado y cámara y las diversas consultas, el pasado 8 de marzo, quiero dar mi punto de vista sobre lo que se vislumbra en la próxima jornada electoral para presidente de la nación.

Antes de decir algo para el futuro, diré una palabra sobre el presente. Considero que la presidencia de Gustavo Petro ha sido, en líneas generales, buena. La alta aprobación que muestra al final de su mandato, lo corrobora. Me disgustan ciertos aspectos de su personalidad, pero me parece muy buena la idea de país que tiene y las propuestas que ha querido llevar a cabo en nuestro país, pensando siempre en una sociedad más justa en la que los derechos, especialmente, para los más desfavorecidos, están en primera línea.

Sabemos que el congreso ha sido el mayor obstáculo para llevar a cabo su plan de gobierno. Un congreso que no debate las reformas, sino que se alía para obstaculizarlas, no merece ocupar ese espacio de gobierno. Los resultados de las elecciones del pasado 8 de marzo, dejan ver que hay una porción de pueblo colombiano que, con mucha razón, ha dejado de votar por tanto congresista que se sitúa en la oposición, sin criterio, ni argumentos, solamente con el deseo de hacerle mal al gobierno actual. Hubiera sido de desear una renovación mayor y no elegir a más de uno de los que repiten curul, pero los cambios son muy lentos y la oposición no solo está situada en los congresistas sino en esa otra porción del pueblo colombiano que más que razones y argumentos, actúa desde un “odio visceral” a todo lo que venga de Gustavo Petro. En efecto, su pasado guerrillero y su voz contundente y directa contra los males que afectan a este país, se rechazan sin ser capaces de valorar al ser humano que desde joven estuvo comprometido con el devenir de Colombia y fue capaz de firmar un acuerdo de paz con su grupo guerrillero y cumplirlo. Además, se ha dedicado a la política con honestidad, tesón, empeño, esfuerzo, sin decaer, hasta el día de hoy, en trabajar por una Colombia distinta, aunque sus opositores sean tantos y las consignas repetidas por los medios de comunicación, casi siempre, sin fundamento, tengan tanto peso en la mentalidad de muchos colombianos. 

Termina su gobierno y deja para la historia una manera de situarse desde los últimos, trabajando por sus derechos, aunque haya tenido una oposición tan férrea e irracional. Deja para la historia una capacidad de comprender el mundo de hoy y proponer líneas de acción, tantas veces, como una voz en el desierto, en cuestiones ecológicas, de paz, de diálogo, de respeto por los derechos humanos. No dudo de que le ha debido ser muy dolorosa, la deshonestidad de tantos en los que creyó y les confío responsabilidades pero que cayeron en la lógica del engaño, el enriquecimiento ilícito, el seguir favoreciendo las maquinarias de siempre y no supieron tener la honestidad que debería tener todo ser humano en las responsabilidades que se le confían. En conjunto, creo que han sido cuatro años de trabajo y esfuerzo y eso ha hecho camino en una porción de la sociedad colombiana, camino que se ha manifestado en las urnas.

Y viene pensar en el futuro. Por supuesto apoyo a Iván Cepeda porque tiene una visión de país en concordancia con lo que he dicho anteriormente y porque ha sido un defensor de los derechos humanos y un trabajador por la paz. Ha participado en los esfuerzos por construir la paz con los grupos armados y tiene en su historia el dolor del asesinato de su padre por agentes del Estado en complicidad con los paramilitares. Su defensa de las víctimas ha sido clara y decidida. Se ha destacado como congresista y el plan de gobierno que está presentando en su campaña tiene coherencia, fundamento y muestra el compromiso con las víctimas, con la justicia social y la búsqueda incansable por la paz.  

Escoger a Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial es un esfuerzo sincero por la inclusión de los pueblos indígenas, durante siglos relegados y aún hoy despreciados por muchos sectores de Colombia. Ella como una lideresa comprometida con su pueblo, en la defensa de sus territorios, sus culturas y sus derechos colectivos, nos interpela y devela nuestra mentalidad colonial tan arraigada en nuestra realidad donde el color de piel, la etnia, las tradiciones culturales se han convertido en desigualdades y exclusiones sociales. Pero seguimos apostando por romper todas esas barreras, como hace cuatro años se hizo con Francia Márquez.

No tenemos fácil el futuro porque todas las fuerzas opositoras se van a aliar para ir en contra del gobierno progresista, más por el odio visceral del que hablé antes que por razones fundamentadas y verídicas. No creo que ningún candidato sea “excepcional” y todo su programa sea “excelente”. Como toda realidad humana ni los programas y, menos los candidatos, son perfectos. Pero apuesto por los que me parecen más honestos, más comprometidos, con valores más cercanos a la fe que profeso.

Y para finalizar, ver a los hijos de Galán alineados con la derecha, duele por lo que significó su padre en el momento que fue asesinado, y, me pregunto ¿qué hará ahora esa porción de colombianos, muchos de ellos que se llaman creyentes, que siempre se han opuesto a la diversidad sexual, con la figura de Oviedo como vicepresidente? ¿Preferirán votar por esa dupla con tal de que no gane el progresismo? No sería raro, porque si fueron capaces de votar por Rodolfo Hernández en el pasado, no es de extrañar que voten por la dupla uribista o por la derecha similar de Abelardo. El odio visceral es capaz de callar sus conciencias y se prefiere matar al niño que es reclamado por las dos madres antes que reconocer los logros del progresismo y la integridad personal de los candidatos actuales del Pacto Histórico (me refiero a la historia del juicio de Salomón frente a dos madres que reclaman al niño que ha quedado vivo, aduciendo que es suyo y la verdadera madre es quien es capaz de ceder sus derechos para salvar al niño, mientras que la impostora quiere que lo maten con tal de que no se lo entreguen a la otra mujer. Ver: 1 Re 3, 16-28).

Sigue la campaña hacia la presidencia y vicepresidencia y con ello el compromiso de seguir despertando conciencias para que nuestra elección se ponga del lado de la justicia social, la paz, la ecología, etc., y no de los programas que siguen anclados en la “economía que mata” o en la lógica de la guerra y la muerte, que tanto denunció el Papa Francisco. ¡Ojalá que se gané en primera en vuelta y el deseo de una Colombia más justa y en paz pueda seguir siendo el objetivo a alcanzar!

(Foto tomada de: Iván Cepeda confirma que Aida Quilcué será su fórmula vicepresidencial | La Voz del Cinaruco)

 

lunes, 9 de marzo de 2026

 

Creer en Jesús rompiendo nuestras cegueras

IV Domingo de Cuaresma

(15-03-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? Jesús contestó: Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.  Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Fue, se lavó y al regresar ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban: ¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: Es él. Otros decían: No es, sino que se le parece. Él respondía: Soy yo. Así que le preguntaron: ¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos? Contestó: Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista. Le preguntaron: ¿Dónde está él? Responde: No sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo. Algunos fariseos le dijeron: Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado. Otros decían: ¿Cómo puede un pecador hacer tales milagros? Y estaban divididos. Preguntaron de nuevo al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? Contestó: Que es profeta (…) Le contestaron: Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo: ¿Crees en el Hijo del Hombre? Contestó: Quién es, Señor, ¿para que crea en él? Jesús le dijo: Lo has visto: es el que está hablando contigo. Respondió: Creo, Señor. Y se postró ante él. Jesús dijo: He venido a este mundo para un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos. Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron: Y nosotros, ¿estamos ciegos? Les respondió Jesús: Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su pecado permanece (Jn 9, 1-17.34-41).




Este cuarto domingo de cuaresma la liturgia nos ofrece otro encuentro de Jesús con una persona, en este caso, un ciego de nacimiento. El texto tiene varios detalles a tener en cuenta. Parte de la creencia de los discípulos en la ley de la retribución en la que el mal que le afecta a una persona tiene alguna casa personal o de sus padres. Jesús no acepta dicha ley y así se lo expresa a sus discípulos. El hecho ocurre en sábado y la curación se realiza con la arcilla que Jesús pone en los ojos del ciego. Trabajar la arcilla en día sábado es inaceptable para el descanso sabático, lo mismo que curar ese día. Con esto ya vemos la postura de Jesús ante la Ley: está ha de estar al servicio de la vida y no al contrario.

Pero lo central del texto se desprende de la afirmación que hace Jesús sobre sí mismo: “yo soy la luz del mundo” y, precisamente porque es luz, puede devolver la vista al ciego. Así lo hace, pero el ciego no sabe todavía quién es Jesús. Una vez que el ciego regresa ya curado a la sinagoga, es interrogado por los fariseos sobre quién lo curó. El ciego les cuenta cómo sucedieron las cosas, pero todavía ve en Jesús, solo a un hombre que le devolvió la vista. Los fariseos, por su parte, no aceptan tal curación -aunque algunos parecen ceder ante el hecho al afirmar que cómo podría hacer tales milagros si Jesús fuera pecador. Sin embargo, se resisten a creer y expulsan al hombre curado de la sinagoga.

Cuando Jesús se entera de la expulsión vuelve a encontrarse con este hombre y le hace la pregunta directa si cree en el Hijo del hombre. El ciego le pregunta quién es para poder creer y Jesús le revela que es él. Efectivamente, el ciego cree y no solo lo afirma, sino que se postra ante él. Pero los fariseos no creen y le preguntan si ellos están ciegos. Jesús les responde que, si estuvieran ciegos, no tendrían pecado, pero ellos dicen ver y se niegan a reconocer en Jesús la luz que ha de venir al mundo. Por eso, el pecado permanece en ellos.

Como en tantos pasajes en que Jesús confronta a los fariseos, se ve el contraste entre ellos que dicen cumplir la ley y los que no la cumplen y si son capaces de escuchar y creer. Por eso pueden ver y reconocer a Jesús como el Hijo del hombre. El texto nos invita a preguntarnos si también nosotros creemos o, como los fariseos, permanecemos en el pecado. Cuaresma, tiempo de conversión, nos invita a creer en Jesús, rompiendo todas nuestras cegueras.