Acoger lo pequeño, lo gratuito, lo sencillo
Domingo XIV del Tiempo Ordinario
(05-07-2026)
Olga Consuelo Vélez
En esa oportunidad, Jesús
dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado
estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí,
Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie
conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están
afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y
aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán
alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana (Mateo 11,
25-30).
El evangelio
de hoy, aunque es muy breve, podemos dividirlo en tres partes. En la primera,
Jesús se dirige a su Padre. En la segunda, habla al auditorio sobre su relación
con el Padre y, en la tercera, invita a los oyentes a vivir su mensaje.
Previo
a este pasaje, Jesús ha maldecido a las ciudades de Corazín, Betsaida y
Cafarnaúm porque no han acogido su mensaje a pesar de tener grupos rabínicos
que se creen sabios e inteligentes. En contraste, Jesús se dirige a su Padre,
agradeciendo la revelación hecha a los pequeños. La comunidad de Mateo son
estos pequeños que han acogido la revelación a diferencia de los judíos que se
niegan a hacerlo. De ahí el juego de palabras entre lo oculto y lo revelado que
coincide con aquellos que acogen la revelación y los que se cierran a ella. No
es Dios el que oculta su mensaje, es la sabiduría del mundo la que rechaza la
revelación divina.
La
segunda parte corresponde a la relación de Jesús con su Padre. Ha sido voluntad
de Dios revelarse a través de su Hijo y, por lo tanto, quien acoge al Hijo podrá
conocer su voluntad.
En la
tercera y última parte del texto, Jesús invita a los que están cansados y
agobiados a acoger su yugo que es suave y liviano. Esto remite al yugo pesado
que los fariseos ponen sobre los demás y que tantas veces ellos no cumplen. El
reino anunciado por Jesús viene a aliviar todas las cargas, a transformar todas
las aflicciones. Realmente, los primeros destinatarios del reino son los
pequeños, los pobres.
En la
actualidad es fácil ver que el contraste sigue y, muchas veces, son “los pobres
los que nos evangelizan”, porque la religión institucionalizada no hace otra
cosa que cerrar puertas, poner cargas y retener la salvación que Dios quiere
que llegue a todos, comenzando por los últimos. El texto nos llama a la
conversión para acoger lo pequeño, lo gratuito, lo sencillo que Jesús nos ha
revelado y a no dejarnos atrapar por sabidurías que se niegan a aceptar la
lógica contracultural de nuestro Dios.
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