martes, 4 de agosto de 2026

 

Confiar en Jesús y reconocerlo como Hijo de Dios

Domingo XIX del Tiempo Ordinario

(9-08-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman. Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios" (Mateo 14, 22-33).


 

El texto tiene tres partes. En la primera, los discípulos suben a la barca para pasar a la otra orilla, mientras Jesús despide a la multitud y luego se retira a orar. En la segunda parte, Jesús alcanza a los discípulos en la barca, caminando sobre las aguas y se da la experiencia de Pedro de querer confiar, pero también, de dudar. La tercera se refiere a lo que produjo en los discípulos este hecho, haciendo la confesión de fe de Jesús como Hijo de Dios.

Este relato es muy parecido al de la tempestad calmada (Mt 8, 23-27) en el que son todos los discípulos los que sienten miedo por la tempestad y Jesús los increpa por su falta de fe. Cuando Jesús calma la tempestad, los discípulos se preguntan: ¿quién es este que hasta el mar y el viento le obedecen? En el texto de hoy ya no hay pregunta sino una afirmación más contundente: Jesús es el Hijo de Dios.

No podemos tomar los textos al pie de la letra y quedarnos en el “poder” de Jesús frente a los elementos de la naturaleza. Lo que interesa es el significado teológico del texto, la intencionalidad que el evangelista tuvo al relatar de esa manera esos sucesos. El énfasis aquí está en la fe, como contraposición a la duda, sin que no sea legítimo sentir la duda y confiar en el poder de Jesús para superarla.

Precisamente, Pedro quien va a tener tanto protagonismo en el discipulado y en la historia de la Iglesia, será quien encarne la experiencia de duda y, como ya sabemos, incluso de negar a Jesús, pero también será quien, a pesar de su fragilidad, confía por entero en Jesús y llega a tener un protagonismo indiscutible.

Por lo tanto, el evangelio de hoy nos invita a la confianza infinita y a la aceptación de nuestras fragilidades y limitaciones. Estas siempre acompañaran nuestros caminos, pero también siempre podemos volver a confiar y continuarlos. Serán estas experiencias de caídas y levantadas las que nos revelarán el amor inmenso de nuestro Dios y su presencia incondicional en nuestra vida. Ojalá que también podamos reconocer en el Jesús de la historia al Hijo de Dios, revelador del Padre, para no dudar de que solo, haciendo las obras que él hizo, construiremos el reino de Dios, sin rebajas, sin acomodos, sin distorsiones.

 

lunes, 3 de agosto de 2026

 

Cuando la política se aprovecha de la fe

Olga Consuelo Vélez

 





En las pasadas elecciones vividas en Colombia se hizo una manipulación muy grande de la fe en nombre de la política. Pero esto no ha pasado solo en Colombia. En Brasil también se ha visto este fenómeno y en otros lugares del Continente. Conviene, entonces, intentar aclarar las relaciones que tienen fe y política y las manipulaciones que se hacen desde la política a la fe.

El punto de partida es que fe y política se relacionan en el sentido de que el ser humano que cree, vive su fe en el mundo y, por tanto, a la fe le conciernen todas las dimensiones de lo humano: lo social, lo político, lo cultural, lo económico, etc. De ahí que las opciones que una persona de fe haga, están orientadas por su fe y ha de buscar todo aquello que vaya en consonancia con la misma. Pero esto exige dos posturas claras. La primera, no pretender que la sociedad se haga “confesional” porque son tiempos de sociedades seculares, plurales, diversas. Hemos de pedir que haya libertad religiosa y libertad de culto y no pretender que el Estado se identifique con la Iglesia Y, la segunda, tener la suficiente formación tanto en la propia fe como en la política para ser capaz de tomar decisiones coherentes, maduras, fundamentadas.

La primera condición que hemos señalado la asume la Iglesia en la constitución pastoral Gaudium et Spes (uno de los documentos del Vaticano II) en el que ella reconoce la autonomía del mundo y abandona sus pretensiones de “cristianizarlo”, en el sentido de no dar espacio a la pluralidad de visiones, o rechazar los avances de la ciencia o las posturas seculares que entienden un mundo sin Dios, sin que eso signifique renunciar a los valores de la dignidad humana y el bien común.

Sobre la suficiente formación, tanto de la propia fe como de las cuestiones socio políticas, conviene decir lo siguiente. Respecto de la fe cristiana, necesitamos liberarnos de la fe intimista, individualista que ha conformado la experiencia religiosa de muchos creyentes. El evangelio es ante todo comunitario, con muchas implicaciones sociales porque se preocupa de los más pobres e invita a transformar esa situación. De hecho, los milagros de Jesús iban a transformar la realidad que allí se vivía, en la que, especialmente la enfermedad, significaba exclusión de la comunidad. Jesús cura para integrar a las personas a la comunidad, para devolverles su dignidad. Y no son menos las palabras de Jesús que denuncian la opresión, la pobreza, la injusticia y, sobre todo, el uso del culto para tener ganancias y vivirlo desconectado de la vida. La expulsión de los vendedores del Templo (Mc 11, 15-17) es un signo profético con el que Jesús denunció el culto vacío que dividía al pueblo entre los que podían hacer muchas ofrendas y los que no tenían nada para vivir.

Es urgente también una formación en la Doctrina social de la Iglesia, porque su desconocimiento es evidente en muchos cristianos. El papa Francisco recordó la Doctrina Social con sus encíclicas Laudato si (2015) y Fratelli Tutti (2020). En la primera nos habló sobre el cuidado de la casa común y en la segunda abordó muchos aspectos referentes a la dignidad humana, los derechos universales, la política al servicio del bien común, la construcción de la paz, etc. León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas (2026), nos recordó todos los documentos de la Doctrina social de la Iglesia y añadió un reto actual, como es la Inteligencia Artificial tan determinante en este momento.

Pero, visto lo que ha pasado en las pasadas elecciones, surgen unas preguntas muy cuestionadoras: ¿qué ha pasado con tanto creyente que no participó de esta contienda apoyándose en la verdad y en las cosas como son, sino repitiendo mentiras y slogans falsos? ¿qué pasó con tanto cristiano que diciendo que apoyaba el defender la vida desde el nacimiento, apoya la guerra para los nacidos? ¿qué pasa con los creyentes que, afirmando su fe en Dios creador, no defiende la naturaleza y el cuidado de la casa común? ¿qué pasa con tanto creyente que sigue apoyando el sistema neoliberal que está comprobado que sigue enriqueciendo a unos pocos y empobreciendo a la mayoría?

Algún lector dirá que estoy defendiendo a un candidato y es legítimo que así lo piense. Pero eso no es lo que interesa sino ser capaces de hacernos preguntas que, personalmente yo he visto ausentes en la pasada contienda. Son preguntas para invitarnos a pensar si creemos que tenemos una formación suficiente a la hora de tomar decisiones, pero, sobre todo, si en verdad no manipulamos la fe en favor de la política. Y quiero advertir que no creo que sea propio de personas de fe que hagamos afirmaciones del tipo: Dios eligió a este candidato, Dios respalda a este candidato, este candidato va a restaurar la cristiandad, la virgen está con este candidato, etc. Y hemos de tener cuidado de no usar las palabras bíblicas para aplicarlas a las decisiones que se tomen en cualquier gobierno. Cuando empezamos a hablar de “elegidos”, de “bendecidos”, de “salvadores”, estamos manipulando nuestra fe.

Propongo estas reflexiones para que asumamos una postura verdaderamente creyente: el presidente electo lo eligieron los votantes y no Dios y nuestra oración por él no puede ir de la mano de creer que es el elegido sino de pedir porque sea coherente con la dignidad humana y los derechos humanos, porque ha de gobernar para un pueblo plural y no para un “grupo eclesial”. Pero la mayor oración que hemos de hacer es por cada uno de nosotros, porque son nuestras opciones las que construyen futuro y, lamentablemente, no parece que tuviéramos el suficiente criterio para hacer de nuestro país un país justo y en paz. Ya la Conferencia Episcopal Latinoamericana, celebrada en Puebla (1979) decía: “Vemos como un escándalo a la luz de la fe, la inmensa brecha entre ricos y pobres” y “no se entiende que en un Continente tan creyente se de tanta injusticia”. Han pasado más de cuarenta años y nuestro país y Continente siguen manteniendo dicha brecha. ¿Qué nos pasa a los creyentes que no logramos votar bien para que nuestro país sea justo y en paz? Por ahí debería ir mucho más nuestra oración y, tal vez, algún día sepamos tomar las decisiones que Dios quiere.