miércoles, 30 de septiembre de 2026

 

¿Qué haremos nosotros cuando venga el Hijo por los frutos de la viña?

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

(4-10-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.  El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo". Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelve el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?". Le respondieron: "Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo". Jesús agregó: "¿No han leído nunca en las Escrituras: "La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos"? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos" (Mateo 21, 33-43).

 



Jesús anuncia el reino de Dios por medio de parábolas que dirige a la multitud o a sus discípulos, pero también a los escribas, fariseos, sumos sacerdotes y ancianos. Esta parábola parece que la dirige a estos últimos que se creen destinatarios de las promesas de Dios y, sin embargo, no aceptan la palabra de Jesús con su anuncio del cumplimiento de estas promesas.

La parábola se refiere a un propietario que planta una viña y la arrienda a unos viñadores. Cuando llega la cosecha envía a sus siervos para cobrar los frutos, pero dichos viñadores se apropian de aquella viña y golpean y matan a esos siervos. Una vez más el propietario envía otros siervos y corren la misma suerte. Finalmente envía a su propio hijo, creyendo que a él lo respetaran. La parábola indica que los viñadores lo reconocen como el “heredero”, es decir, saben que será el propietario. Sin embargo, en lugar de respetarlo, lo matan para quedarse con la viña. Es fácil entender que Jesús se está refiriendo a las autoridades judías que se están apropiando de la ley y el culto, usándolo para su beneficio y, están rechazando a Jesús, el “hijo”, al que llegarán, efectivamente, a asesinarlo con la muerte en cruz.

Como en toda parábola, después de relatar el ejemplo, Jesús hace la pregunta que interpela a los oyentes: ¿qué creen que hará el propietario con aquellos viñadores? Es obvia la respuesta y así contestan los interrogados: el propietario acabará con esos viñadores y arrendará su viña a otros. Es entonces cuando Jesús les muestra que eso que saben, no lo ponen en práctica y, citando el salmo 118, 22: "la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”, puedes darles la enseñanza central: ellos están rechazando al Hijo y, por eso, lo que se les había dado, les será quitado y los que sí reconocen al Hijo, recibirán los frutos de la viña. En otras palabras, el pueblo de la alianza se quedará sin ella y surgirá el nuevo pueblo de los seguidores de Jesús.

Esta parábola nos interpela también a nosotros porque podemos creernos seguros de la fe que profesamos y, muchas veces, esa fe queda más apegada a la doctrina, al rito, a la norma que al evangelio con la radicalidad que lo vivió Jesús: misericordia y compasión, opción por los últimos, defensa de los más necesitados. Conviene, preguntarnos, si mantenemos la fidelidad al “Hijo”, buscando entender mejor el seguimiento al que nos llama, en lugar de hacerlo a nuestra medida, a nuestra comodidad.

martes, 15 de septiembre de 2026

 

La justicia es desbordada por la gratuidad de Dios

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

(20-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros. Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?". Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña". Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros". Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada". El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?". Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos" (Mateo 19, 30—20, 16).


 

El evangelio de hoy comienza y termina con la frase “muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros”. Con esto ya nos está señalando una intencionalidad inicial: la lógica del reino de Dios es muy distinta a la lógica humana y la insistencia de Jesús va en la línea de lograr que los suyos lo comprendan. De ahí que la parábola que a continuación, Jesús dice a sus discípulos, muestra esa lógica contracultural que tanto cuesta entender.

La parábola se refiere a un propietario saliendo de madrugada a contratar obreros para su viña. Es interesante notar que no sale el administrador -lo cual sería más lógico- sino el mismo dueño. Esto podría significar que Jesús se está refiriendo, a Dios mismo, para enfatizar cómo actúa Dios. El propietario sale en diferentes momentos: a la madrugada, a media mañana, a mediodía, a media tarde y, de nuevo, al atardecer. Con los primeros, combina en pagarles un denario. Al volver a salir y ver a unos desocupados, los invita a trabajar a la viña. Lo mismo con los últimos a quienes les pregunta por qué están sin trabajar y ellos contestan qué nadie los ha contratado. También a ellos les dice que vayan a trabajar a la viña. Después de describir esta situación, Jesús pasa al momento central de la parábola: le pide al mayordomo que llame a los jornaleros y, empezando por los últimos, comienza a pagarles un denario. Cuando llega a los primeros, esperan recibir más paga y, al ver que no es así, le protestan al propietario reclamando que ellos han trabajado todo el día y han aguantando el calor.

Jesús les habla con cercanía -así lo denota la palabra “amigo” y les hace caer en cuenta que habían combinado en un denario y es lo que les está pagando. Y añade que “no está siendo injusto con ellos”. Las razones que aduce es que él puede disponer de sus bienes según le parezca y les reprocha que les moleste que él sea bueno. Esta escena nos hace recordar la parábola del Hijo pródigo en la que también el hermano mayor le reprocha al Padre que reciba con fiesta a su hermano pecador (Lc 15, 25-32). El evangelio termina con las mismas palabras que inicio en las que ya podemos comprender que el pago recibido no depende de la hora de llegada a la viña. Lo que interesa es trabajar en la viña tan pronto como se sea convidado.

Por otra parte, la lógica de Dios no desprecia la justicia -la está realizando al pagar lo convenido-, pero la supera con la gratuidad. Así es el Dios del reino: pura gratuidad, puro desborde, pura misericordia. Y, en tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, esta parábola también es una llamada a hacer realidad que todos -clérigos, religiosos/as, laicado- están llamados a trabajar en la viña, por la identidad bautismal que constituye a todos en miembros imprescindibles de la misión eclesial, sin ningún tipo de preeminencia o dignidad que haga diferencia entre ellos.

 

 

 

 

martes, 8 de septiembre de 2026

 

Perdonar a los demás con la medida de amor incondicional de nuestro Dios

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

(13-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?". E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos" (Mateo 18, 21-35).




Continuamos este domingo leyendo parte del capítulo 18 de Mateo que, como dijimos el domingo pasado, es un capítulo eclesiológico donde se señalan algunas normas de comportamiento de los miembros de la Iglesia. El texto es continuación de los versículos anteriores en los que se narraba lo que hay que hacer cuando un hermano peca. Por eso Pedro pregunta: ¿cuántas veces hay que perdonar las ofensas del hermano? ¿hasta siete veces? Y Jesús responde que no solo siete sino setenta veces siete. El número 7 significa “siempre”, por lo tanto, el setenta veces supone “todas las veces que sea necesario”.

Jesús no solo da esta respuesta, sino que añade una parábola sobre el reino de los cielos, ilustrando mejor las actitudes que han de tener los miembros de la comunidad cristiana. La parábola relata, cómo un rey, que iba a vender a un obrero y a toda su familia poque le debía 10.000 talentos, se conmueve ante la súplica que le hizo de que le diera plazo y no solo lo dejó ir, sino que le perdonó toda la deuda. Sin embargo, lo que sigue a continuación contiene el mensaje central del texto. Justamente a aquel a quien el rey le había perdonado la deuda se le presenta una situación similar con un compañero que solo le debía 100 denarios -cantidad ínfima comparada con la deuda que él tenía con el rey- y aunque el compañero también le imploró misericordia, este no fue capaz de tenerla y lo mandó a la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Ante ese hecho, los demás siervos sienten tristeza y van a contárselo al rey. Entonces, el rey se indigna y manda llamar al siervo que había perdonado y le reclama que él no hubiera tenido la compasión que el rey había tenido con él. Decide entonces entregarlo a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Y Jesús les advierte a los discípulos que eso mismo hará el Padre celestial con ellos si no perdonan de corazón a los demás.

El mensaje de esta parábola es lo que rezamos en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. En otras palabras, el amor a Dios es inseparable del amor al hermano y, por eso, si Dios nos ama con amor incondicional, nosotros también hemos de amar con ese mismo amor a los hermanos.

Este evangelio es muy oportuno para el momento actual donde la guerra, la fuerza y la competencia se imponen en las sociedades capitalistas haciendo que los otros no sean hermanos sino rivales. Nuestra opción cristiana nos invita a redoblar esfuerzos apostando por el diálogo y el perdón para construir la verdadera paz.

martes, 1 de septiembre de 2026

 

Revisar nuestras prácticas eclesiales a la luz de la Iglesia de los orígenes

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

(6-09-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.  Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad (a la Iglesia). Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o republicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos" (Mateo 18, 15-20)

 


El capítulo 18 del Evangelio de Mateo se podría considerar un capítulo eclesiológico donde se dan recomendaciones de lo que deben practicar los miembros de la Iglesia. En este texto, se dan dos recomendaciones. La primera, con respecto al hermano que peca y la segunda con el reunirse para orar dos o tres hermanos en la fe.

Sobre el primer aspecto, se nota el énfasis en buscar la inclusión del pecador a la comunidad. Por eso, se señalan diferentes niveles de acompañamiento. En primer lugar, corregirlo en privado y si no escucha hacerlo con dos o tres compañeros. Si la persona continúa negándose a cambiar de actitud, se apela a la comunidad (a la Iglesia) para que sea toda ella la que busque el cambio del pecador. El término “Iglesia” solo aparece aquí y en Mt 16, 18.

En este texto también se repiten las palabras que ya Jesús había dicho a Pedro en un capítulo anterior, de la responsabilidad que tiene la iglesia frente a sus miembros: “lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. La insistencia que hemos visto de buscar el cambio del pecador, muestra la primacía de la salvación ofrecida por Dios sobre la condenación. De hecho, Dios solo tiene la propuesta de salvación para la humanidad y de ello ha de dar testimonio la Iglesia. La posibilidad de la condenación depende de la libertad humana y en ningún caso de la voluntad de Dios.

El segundo aspecto se refiere a la presencia de Dios en medio de la comunidad. Siempre que dos o tres se reúnan en su nombre, Dios está en medio de ellos. Por lo tanto, una vez más se nos señala, dónde se encuentra Dios: en las personas, en la comunidad, en aquellos que se reúnen en su nombre.

Que el Evangelio de hoy nos convoque a revisar nuestras prácticas eclesiales, para que ellas siempre den testimonio del actuar de Dios sobre la humanidad, creyendo en el poder del diálogo como medio de transformación de todas aquellas conductas que desdicen del proyecto divino.

A nivel social, es una invitación a invocar menos la guerra y más el diálogo porque este último puede transformar a las personas mientras que la guerra simplemente las vence, pero no las convence.