Creer en Jesús
rompiendo nuestras cegueras
IV Domingo de
Cuaresma
(15-03-2026)
Olga Consuelo Vélez
Al pasar vio un hombre ciego
de nacimiento. Los discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó para que
naciera ciego? ¿Él o sus padres? Jesús contestó: Ni él pecó ni sus padres; ha
sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios (…) Mientras estoy en el
mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto,
escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le
dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Fue, se lavó y al regresar ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban: ¿No es
éste el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: Es él. Otros decían: No
es, sino que se le parece. Él respondía: Soy yo. Así que le preguntaron: ¿Cómo
[pues] se te abrieron los ojos? Contestó: Ese hombre que se llama Jesús hizo
barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de
Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista. Le preguntaron: ¿Dónde está él?
Responde: No sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado
el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos le preguntaron
otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: Me aplicó barro a los
ojos, me lavé, y ahora veo. Algunos fariseos le dijeron: Ese hombre no viene de
parte de Dios, porque no observa el sábado. Otros decían: ¿Cómo puede un
pecador hacer tales milagros? Y estaban divididos. Preguntaron de nuevo al
ciego: Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? Contestó: Que es profeta (…)
Le contestaron: Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones? Y lo
expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo:
¿Crees en el Hijo del Hombre? Contestó: Quién es, Señor, ¿para que crea en él?
Jesús le dijo: Lo has visto: es el que está hablando contigo. Respondió: Creo,
Señor. Y se postró ante él. Jesús dijo: He venido a este mundo para un juicio,
para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos. Algunos fariseos que se
encontraban con él preguntaron: Y nosotros, ¿estamos ciegos? Les respondió
Jesús: Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su
pecado permanece (Jn 9, 1-17.34-41).
Este cuarto domingo de
cuaresma la liturgia nos ofrece otro encuentro de Jesús con una persona, en
este caso, un ciego de nacimiento. El texto tiene varios detalles a tener en
cuenta. Parte de la creencia de los discípulos en la ley de la retribución en la
que el mal que le afecta a una persona tiene alguna casa personal o de sus
padres. Jesús no acepta dicha ley y así se lo expresa a sus discípulos. El
hecho ocurre en sábado y la curación se realiza con la arcilla que Jesús pone
en los ojos del ciego. Trabajar la arcilla en día sábado es inaceptable para el
descanso sabático, lo mismo que curar ese día. Con esto ya vemos la postura de
Jesús ante la Ley: está ha de estar al servicio de la vida y no al contrario.
Pero lo central del texto se
desprende de la afirmación que hace Jesús sobre sí mismo: “yo soy la luz del
mundo” y, precisamente porque es luz, puede devolver la vista al ciego. Así lo
hace, pero el ciego no sabe todavía quién es Jesús. Una vez que el ciego
regresa ya curado a la sinagoga, es interrogado por los fariseos sobre quién lo
curó. El ciego les cuenta cómo sucedieron las cosas, pero todavía ve en Jesús,
solo a un hombre que le devolvió la vista. Los fariseos, por su parte, no
aceptan tal curación -aunque algunos parecen ceder ante el hecho al afirmar que
cómo podría hacer tales milagros si Jesús fuera pecador. Sin embargo, se
resisten a creer y expulsan al hombre curado de la sinagoga.
Cuando Jesús se entera de la
expulsión vuelve a encontrarse con este hombre y le hace la pregunta directa si
cree en el Hijo del hombre. El ciego le pregunta quién es para poder creer y
Jesús le revela que es él. Efectivamente, el ciego cree y no solo lo afirma,
sino que se postra ante él. Pero los fariseos no creen y le preguntan si ellos
están ciegos. Jesús les responde que, si estuvieran ciegos, no tendrían pecado,
pero ellos dicen ver y se niegan a reconocer en Jesús la luz que ha de venir al
mundo. Por eso, el pecado permanece en ellos.
Como en tantos pasajes en que
Jesús confronta a los fariseos, se ve el contraste entre ellos que dicen
cumplir la ley y los que no la cumplen y si son capaces de escuchar y creer.
Por eso pueden ver y reconocer a Jesús como el Hijo del hombre. El texto nos
invita a preguntarnos si también nosotros creemos o, como los fariseos,
permanecemos en el pecado. Cuaresma, tiempo de conversión, nos invita a creer
en Jesús, rompiendo todas nuestras cegueras.
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