8 de marzo, conmemoración del día de la mujer:
tiempo de no bajar la guardia
Olga Consuelo Vélez
Sin embargo, una mirada menos comprometida está
arraigada en muchas personas del común de la sociedad. Mujeres y varones opinan
que no hay discriminaciones contra las mujeres e, incluso, muchas mujeres
afirman que ahora los varones son las “víctimas” porque las mujeres los golpean
o en los tribunales fácilmente los condenan por feminicidio y también existe el
discurso de que las cosas ya están bien y los reclamos de las mujeres
incomodan, crean mal ambiente y no debemos ser, justamente las mujeres, las que
propiciemos ese clima.
Así es nuestra realidad en tantas situaciones.
Gente con agudeza intelectual y moral para luchar por los cambios y
transformaciones necesarias y muchas personas acomodadas a su entorno pequeño,
sin muchos juicios críticos sobre los problemas de nuestra realidad, viviendo
el día a día en su pequeño mundo.
No podemos negar que algunos actos violentos
que surgen en protestas de activistas feministas, han sido ocasión propicia
para seguir reforzando esa mirada en contra de cualquier reclamo de las
mujeres. Y tampoco podemos negar que la condición humana, de varones y mujeres,
hace que los dos sexos cometamos actos y acciones violentas que no nos exentan
de la culpa. Pero siempre hay que mantener la capacidad crítica para no desacreditar
todo el movimiento feminista por los actos reprochables que se han dado y que
hubiera sido deseable no se dieran. Ahora bien, no todos los actos son violentos,
pero si son actos que incomodan y desinstalan. Para no ir muy lejos, ya en
España, el movimiento “La revuelta de las mujeres en la Iglesia”, se adelantó a
este 8 de marzo, haciendo plantones en la puerta de varias catedrales a lo
largo de España, con el lema “Este es mi cuerpo” y no tardaron mucho en
tildarlas de “sacrílegas” por utilizar esta expresión, considerada “eucarística”
(por gente de iglesia), en su activismo social. Pero lo que pretendieron fue
muy legítimo y válido: el cuerpo de las mujeres es sagrado, como el de todos
los seres humanos y, por eso, no puede ser objeto de discriminación de ningún
tipo y menos en el ámbito eclesial.
Contando con todo lo anterior, sería bueno
preguntarnos a fondo, de qué lado queremos estar. Y si somos personas
creyentes, preguntarnos si nuestra fe nos desinstala y nos permite el juicio
crítico que tuvo el mismo Jesús sobre la sociedad de su tiempo y que tantas
otras personas a lo largo de la historia han sabido mantener e incluso dar la
vida por esta causa, luchando por su transformación. Porque no lo olvidemos: Jesús
en la sociedad patriarcal de su tiempo, se relacionó con las mujeres de igual a
igual (mujer samaritana), las ayudó a superar las exclusiones que las mantenían
en un segundo lugar (hemorroísa, mujer encorvada, siriofenicia, etc.) y las llamó
a integrar su comunidad como verdaderas discípulas, haciendo a una de ellas
-María Magdalena- la primera testiga de su resurrección.
Por todo esto, es tiempo de no bajar la guardia,
empujando la transformación de la sociedad patriarcal porque todos -mujeres y
varones- tenemos derecho a vivir en una sociedad sin exclusiones de ningún tipo
y, mucho menos en razón del sexo. Y, por supuesto, seguir luchando porque también
en la Iglesia esa igualdad sea una realidad. Se han dado pasos y son de
celebrar, pero mientras persistan lugares, funciones y ministerios, negados a
las mujeres, no es real la igualdad fundamental y el testimonio eclesial no
puede ser creíble.
Agradezcamos en este día a tantas mujeres
valientes que nos abrieron camino, para hoy gozar de las oportunidades que
muchas mujeres tenemos, oportunidades de las que no gozan todas. Y sigamos
denunciando esa mentalidad “patriarcal” tan arraigada en varones y mujeres que
nos hace acomodarnos a la sociedad, tal y como ella es, y donde nos dicen que
ya todo está bien y que nos vemos “más femeninas” si no seguimos incomodando a
nadie. Ojalá no nos cohíba ese contexto social, sino que “no bajemos la guardia”
hasta que nuestro mundo sea, en verdad, como Dios lo quiere: varón y mujer a
imagen suya (Gn 1, 27), sin ninguna discriminación.

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