En cuaresma, redoblar en oración, ayuno y limosna
Olga Consuelo Vélez
Cuaresma es el tiempo litúrgico de cuarenta días de preparación para la
Pascua, misterio central de nuestra fe. Este año, la cuaresma comenzó el 18 de
febrero con el miércoles de ceniza y se prolongará hasta el jueves santo. Por
tanto, este mes de marzo se nos ofrece como una posibilidad honda de vivir esta
experiencia, buscando los mejores frutos. Para la vivencia de este tiempo
cuaresmal se nos recomienda la oración, el ayuno y la limosna. Digamos una
palabra sobre cada una de estas mediaciones.
Sobre la oración, en la actualidad encontramos, en algunos círculos, un
interés por ella, buscando medios, modos, talleres, etc., que ayuden a la
concentración y, por tanto, al encuentro con Dios. Por supuesto, el silencio
facilitado por la respiración, la postura corporal o el ambiente, ayudan a
tomar conciencia de sí mismo y de la presencia de Dios en nuestro interior.
Pero esto no es suficiente si hablamos de oración cristiana. Los evangelios nos
dicen que Jesús se retiraba a orar, pero siempre en relación con la vida que
llevaba. Por ejemplo, Lucas nos dice que “su fama se extendía cada vez más y
una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades, pero
él se retiraba a los lugares solitarios donde oraba” (5, 15-16) o después de la
multiplicación de los panes, una vez que despide a la gente “subió al monte a
solas para orar” (Mt 14, 23). También se nos habla de la oración de Jesús en
momentos muy importantes de su vida: al inicio de su ministerio en Galilea (Mc
1, 35); antes de elegir a los doce (Lc 6, 12) y en Getsemaní, antes de su
pasión (Mc 14, 32; Mt 26, 36-39; Lc 22,41). Estas referencias bíblicas, a la
oración del mismo Jesús, nos invitan a ser personas de oración, pero velando
siempre porque la oración integre la vida y no nos aleje de ella. Como también enseñó
Santa Teresa de Jesús, reconocida maestra de oración, la oración es un diálogo
de amistad, de amor, un diálogo para hablar de la vida, un diálogo para conocer
mejor a Jesús, a ese que vivió en la historia, teniendo amigos, sintiendo
miedo, comiendo con pecadores y publicanos, ayudando a los necesitados de su
tiempo, dando buenas noticias a los suyos. Revisemos, por tanto, nuestra vida
de oración. Que sea ese encuentro de amor con Jesús el que nos lance al
servicio, a la generosidad, a la preocupación por los más necesitados. Todas
las demás prácticas que hagamos serán buenas, en tanto en cuanto, den esos
frutos.
Sobre el ayuno, en estos tiempos hay muy diferentes posturas. Algunos lo
cumplen estrictamente, otros lo entienden más como un compartir que como un privarse
de alimentos y hay muchos que no lo practican. Lo que interesa es encontrar su
sentido para que también de frutos de solidaridad en nuestro mundo tan
necesitado de ella. El ayuno significa privación de algo vital -el alimento es
algo vital- pero no por autoinfligirse sacrificio o porque Dios quiera que
suframos de alguna manera. Esas ideas surgieron de una concepción dualista que
ha acompañado la tradición cristiana, donde el cuerpo se consideraba malo y por
eso convenía castigarlo. No es esa la concepción bíblica, la cual entiende al
ser humano de manera unitaria, “un cuerpo animado por el espíritu, un espíritu
encarnado en este mundo”, de manera que el ayuno es más de toda la persona (no
solo del cuerpo) hacia actitudes o actos que no estén construyendo reino de
Dios. El ayuno se podría entender como actos de generosidad, servicio y amor
hacia los demás, expresado en las realidades materiales que mejor nos ayuden a
ello.
Sobre la limosna, tema difícil en nuestro mundo actual, tan marcado por la
injusticia social, donde estructuralmente tantos no tienen condiciones para
vivir y no logran romper las barreras que les hacen, prácticamente imposible,
salir de la pobreza. La ayuda inmediata siempre será necesaria porque lo
urgente no da espera, pero trabajar por la justicia social es una tarea
impostergable. Como decía el papa Francisco, no podemos seguir apoyando una
economía que “mata”, ni seguir creyendo ingenuamente que el mercado, por si
mismo, derramará su ganancia sobre los pobres. Eso nunca ha pasado y no pasará
(Evangelli Gaudium n. 53). El creyente, por tanto, ha de apoyar las
políticas sociales que más ayuden a construir equidad y posibilidades de vida
para todos. Más haríamos conociendo a fondo -para poner en práctica- la
Doctrina social de la Iglesia- que tranquilizar la propia conciencia, dando
limosna.
Redoblar en oración, ayuno y limosna, en este tiempo de cuaresma, puede ser
un buen propósito para vivir seriamente este tiempo. Pero hacerlo en el
espíritu de lo que se ha dicho en los párrafos anteriores y no simplemente en
repetir ritos vacíos o prácticas que no cambian nada. Como bien lo señala el
evangelio de Mateo, la oración, el ayuno y la limosna no son para vanagloriarse
y que los demás nos aplaudan (Mt 6, 1-18). Son para vivirlos en la autenticidad
del corazón que se dispone a amar como el mismo Dios ama, mostrándolo con obras
concretas que transformen la realidad que vivimos.