martes, 16 de junio de 2026

 

Anunciar el reino sin temor, Jesús está de nuestra parte

XII Domingo del Tiempo Ordinario

(21-06-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres (Mateo 10, 26-33).

 


En los primeros años del cristianismo ocurren diversas persecuciones contra las primeras comunidades y, por eso, es muy posible que Mateo le esté escribiendo a su comunidad y no tanto que esto le esté ocurriendo a los discípulos de Jesús. De todas maneras, el mensaje puede aplicarse a ellos como a nosotros. Los primeros cristianos son judíos, abiertos a la novedad de Jesús, pero sin pensar que van a dejar de ser judíos. Sin embargo, con el paso del tiempo, hay judíos que les van a cuestionar y se hace necesario que repiensen su identidad. De ahí que Mateo escriba a estos judíos alentándoles a que mantengan la novedad del evangelio, sin miedo a las criticas y persecuciones.

En este contexto, el evangelio repite tres veces el “no teman”. En el primer caso, muestra el contraste entre lo oculto y lo revelado. Ellos han recibido el mensaje y han de predicarlo, sin temor, a todos para que lo conozcan. El segundo “no teman” muestra que el conflicto crece y por eso lo que está en juego es la propia vida. Mateo les invita a confiar plenamente y, a saber, que, aunque lleguen a matarlos, no pueden quitarles la vida que está sostenida por Dios. Esto lo expresa con las palabras de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Hay que tener cuidado de no fomentar esta visión dualista del ser humano que separa radicalmente el cuerpo del alma porque esto ha llevado a despreciar el cuerpo, lo material y a poner énfasis solo en lo espiritual, en la otra vida. La concepción bíblica de ser humano es unitaria, es decir muere toda la persona y esperamos la resurrección de toda la persona. Conviene asumir más la antropología bíblica para vivir más la integralidad de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

En el tercer “no teman, con un ejemplo muy sencillo, les hace ver que si Dios cuida a los pajaritos que se venden por muy poco (un par de monedas) con más razón cuidara de cada uno de ellos, porque valen mucho más.

El texto finaliza alentando al testimonio, al anuncio explícito, a la voz profética, con la seguridad de que Jesús dará testimonio también de esas actitudes y así el Padre del cielo los reconocerá. Aquí hemos de tener en cuenta de que esa manera de construir el mensaje donde si hacemos algo, Jesús lo aprobará y si no lo hacemos, Jesús lo castigará, es una manera humana de expresar los frutos de nuestras acciones, pero de ninguna manera, el proceder de Dios. El reino de Dios es solo salvación y eso no debemos olvidarlo.

Las persecuciones que vivieron los primeros cristianos también llegan a nuestra vida, unas veces con mucha fuerza como hemos visto en tantos mártires latinoamericanos y otras de manera más sutil. Sin embargo, es clara la llamada a no rebajar el evangelio, a no temer causar contradicción y rechazo porque este interpela nuestra vida y se necesita determinación para mantener la fidelidad a su mensaje.

martes, 9 de junio de 2026

 

La mies es mucha y faltan obreros ¿responderemos?

XI Domingo del Tiempo Ordinario

(14-06-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: "No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento (Mateo 9, 36-10, 8).

 



El ciclo litúrgico de este año corresponde al evangelio de Mateo, por lo tanto, sus textos nos acompañarán a lo largo de este tiempo ordinario que hoy retomamos después de haber tenido diversas fiestas los anteriores domingos. Mateo viene relatando muchas obras que Jesús realiza y en el evangelio de hoy, Jesús va a enviar a los suyos a hacer lo mismo que él ha hecho. En esto consiste el seguimiento: actuar como Jesús actúo, por supuesto, nosotros en el contexto en el que vivimos hoy. Jesús elige doce apóstoles y Mateo nos ofrece los nombres de cada uno. El numero 12 corresponde a las doce tribus de Israel que ahora, con Jesús, se releen mirando hacia la misión que  va a confiar a los suyos. En la lista de los apóstoles el primero que es nombrado es Pedro y el último Judas. Este orden es comprensible: Pedro ocupará un lugar central en la iglesia posterior y Judas es el traidor. El que los doce representen las doce tribus de Israel nos invita a entender que el llamado es a un pueblo. Por supuesto nos llama por nuestro nombre, pero para la misión en medio del pueblo. No es un llamado individualista sino un llamado que nos lanza a la comunidad y a sus necesidades.

En la descripción que Jesús hace de lo que deben hacer los discípulos, está clara la intencionalidad del Reino de Dios: es un reino de compasión y de misericordia. Por eso el evangelio comienza diciendo que Jesús ante la multitud que le sigue, siente compasión por ellos porque los ve cansados y abatidos. Así mismo, envía a los discípulos a curar a los enfermos, a resucitar a los muertos, a purificar a los leprosos, en otras palabras, a salir al paso de todas las necesidades que encuentren porque el reino de Dios es misericordia y servicio frente al dolor, opresión o pobreza que sufran quienes nos reodean.

Puede resultar extraño que Jesús les diga que no vayan a ciudades paganas ni a la ciudad de los samaritanos. Posiblemente esta es la intencionalidad de Mateo que escribe a los judíos para hacerles caer en cuenta que ellos son los primeros destinatarios del reino y, como tal, se espera una respuesta positiva.

La lógica de la misión encomendada es la propia experiencia de haber recibido gratis el reino de Dios y, por consiguiente, se ha de dar gratis. Ellos no son unos privilegiados que pueden acaparar lo recibido. Por el contrario, son destinatarios de algo que debe llegar a todos. Y esa gratuidad y confianza la deben mostrar en su vida desprendida de todas las seguridades -dos túnicas, calzado o bastón- porque ellos son enviados a una misión y no les faltará nada, por parte de Dios, para realizarla.

En este contexto se entiende que la cosecha es mucha y de ahí la necesidad de obreros para la cosecha. Pedir al Padre porque envíe obreros es, al mismo tiempo, comprometernos con la misión que se nos confía porque hoy somos nosotros a quién Jesús llama y hemos de responder con generosidad y prontitud.

martes, 2 de junio de 2026

 

Recibir a Jesús Eucaristía implica el compromiso comunitario

Cuerpo y sangre de Cristo

(7-06-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo. Los judíos discutían entre sí, diciendo: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?  Jesús les respondió: Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente (Juan 6, 51-58)

 







Hoy conmemoramos a Jesús presente en el pan y el vino convertidos en su cuerpo y sangre para la vida del mundo. El contexto es el del alimento que da vida. Pero ¿Cuál vida? Se refiere a la vida eterna, a la plenitud de vida con Dios. Esto se explica más, cuando al final del texto se hace referencia al maná que comieron los padres en el desierto y murieron, mostrando así el contraste, con este alimento, que es Jesús mismo y es para la vida eterna.

No era fácil para los contemporáneos de Jesús entender estas palabras. Por eso algunos judíos discutían cómo ese hombre podía darles a comer su carne. Y Jesús les responde, “les aseguro”, es decir, esto es veraz, es cierto -en otras traducciones se lee “en verdad les digo”, que el que no come la carne del Hijo del hombre y bebe su sangre no tendrá vida. La referencia al “Hijo del hombre”, personaje del libro de Daniel, muestra que Jesús se identifica con ese Hijo del hombre esperado y, de esa manera, les ayuda a pasar del plano de la comida material al alimento eterno capaz de dar esa vida para siempre.

Sigue siendo escandalosa la respuesta de Jesús porque también se refiere a beber su sangre, lo cual era estrictamente prohibido en el pueblo judío. El discurso de Jesús es totalmente desconcertante, lo que implica que es necesario dar el paso de la fe, reconociendo en Jesús al enviado del Padre, único capaz de dar la vida eterna.

Otros dos aspectos del texto ayudan a profundizar en este mensaje. Juan usa mucho la palabra “permanecer”. El fruto de comer este alimento es permanecer en Jesús. Es decir, comunión de vida. Pero no es una comunión individualista o intimista. Jesús nos alimenta con el pan de vida, a todos, sin excepción. El aspecto comunitario es inherente a ese permanecer en Jesús.

El otro aspecto es el del envío. Así como Jesús ha sido enviado del Padre y permanece en él, así han de ser los que comen su carne: son enviados a realizar la misión confiada.

Estos elementos que hemos señalado nos pueden ayudar para recrear y resignificar la experiencia eucarística que vivimos. A veces se cae en un intimismo eucarístico donde cada uno recibe a Jesús y no hay ninguna referencia a la comunidad. Pero recordemos que la eucaristía es una cena, un banquete, caracterizado por compartir con todos los que están sentados a la mesa. Y todo banquete es también señal de fiesta, de celebración, de alegría. Necesitamos recuperar este sentido más gozoso de la eucaristía, Y, como ya dijimos, el sentido comunitario que implica. Recibir a Jesús ha de ser abrirnos a la vida comunitaria donde todo se comparte para que ninguno pase necesidad.

 

 

 

 

martes, 26 de mayo de 2026

 

Hacer creíble nuestra fe en Dios Trinidad

Trinidad

(31-05-2026)

Olga Consuelo Vélez

 






Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios (Juan 3, 16-18).

 

Venimos de celebrar la Pascua, la ascensión, pentecostés y hoy nos encontramos con la fiesta de la Santísima Trinidad. De alguna manera, cada domingo vamos conmemorando los misterios de nuestra fe y así mantenemos la vitalidad de nuestra experiencia cristiana.

No hay textos bíblicos que usen la expresión “Trinidad”. Lo que encontramos son confesiones de fe en un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre nos entrega al Hijo y el Hijo nos deja su Espíritu. Por lo tanto, la formulación del dogma de la Santísima Trinidad responde a poner en palabras lo que ha sido experiencia, pero no con el ánimo de probar sino de comunicar. Los primeros cristianos experimentaron que Jesús actuaba en fidelidad al Padre y que los invitaba a vivir también como hijos e hijas de ese mismo Padre y a dejarse guiar por su mismo Espíritu. Esa manera de expresar la experiencia de Dios se asemeja a lo que el término Trinidad quiere decir. Creemos en un Dios amor, comunidad, relación, que saliendo de sí mismo se entrega a los suyos para que todos puedan entrar en esa misma dinámica de donación y entrega mutua, de fraternidad y sororidad, de comunión con todo lo creado.

De ese amor del Padre para con el mundo, en la entrega de su Hijo, trata el evangelio de hoy. Dios ha amado inmensamente a este mundo, al punto de darle a su Hijo único. Pero se precisa de la fe para aceptar al Hijo y, en la medida que se acepte, tener vida eterna. Dios solo tiene la propuesta de salvación y por eso no juzga al mundo. Seremos nosotros los que nos juzguemos si no creemos en el Hijo de Dios.

Será la segunda lectura de hoy, tomada de la segunda carta de Pablo a los Corintios (13,13) la que nos hable, más explícitamente, de la fiesta de la Trinidad que hoy celebramos. Pablo se despide de la comunidad de Corinto, nombrando al Padre, al Hijo y al Espíritu y atribuyéndole al Padre el amor, a Jesús la gracia y al Espíritu Santo la comunión.

Que la apuesta por la paz, la justicia, la reconciliación, hagan creíble nuestra fe en Dios Trinidad, porque lejos de ser un misterio incomprensible, es la vivencia del mismo amor trinitario en nuestra realidad con sus desafíos actuales.

martes, 19 de mayo de 2026

 

El Espíritu como protagonista de la misión

Pentecostés

(24-05-2026)

Olga Consuelo Vélez

 

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: –La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: –La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: –Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos (Juan 20, 19-23).




El evangelio que nos propone la liturgia de hoy es el mismo que comentamos el segundo domingo de Pascua en el que Jesús se aparece a sus discípulos y Tomás no está con ellos. Pero aquí solo se relata la primera parte y no se hace referencia a Tomás. Lo que interesa es el don del Espíritu que Jesús les va a hacer en esa primera aparición. Su saludo se refiere al don escatológico de la paz. Don que viene de Dios y el resucitado que es el mismo crucificado – realidad que se expresa con el gesto de mostrarles las manos y el costado- ahora es dador de los dones del Espíritu y, más aún, del Espíritu mismo.

Con el don del Espíritu viene el envío, igual al que Jesús recibió del Padre. Ahora es Jesús quien envía a sus discípulos y además les da la potestad de perdonar los pecados. En efecto, el reino que Jesús encomienda a los suyos está llamado a liberar de todas las esclavitudes, de todos los males.

Conocemos también el texto de Hechos (2, 1-11) que se propone como primera lectura de la liturgia de hoy. Este texto relata que coincidiendo con la fiesta de Pentecostés en la que los judíos van a Jerusalén para la celebración (igual que para las fiestas de las tiendas y la Pascua), los discípulos están reunidos en un mismo lugar y viene un ruido como una ráfaga de viento que llena toda la casa. Además, unas lenguas de fuego se posan sobre cada uno de ellos y comienzan a hablar en distintas lenguas. Lo interesante será que los que los escuchan les entienden en su propia lengua. Por tanto, el don del Espíritu permite que se inicie la predicación de las maravillas de Dios, es decir, de la Buena Noticia, y que llegue a las gentes de todo lugar. Ahora bien, el don del Espíritu es necesario recibirlo. Por eso el texto termina diciendo que unos se alegran por lo que están viendo, mientras que otros dirán que los discípulos están de llenos de mosto (están borrachos).

Pentecostés, por tanto, es celebrar el inicio de la iglesia y de la misión evangelizadora, no por las propias fuerzas, sino por acción del Espíritu. Si el domingo pasado decíamos que Jesús no se ha ido, sino que se queda con nosotros, hoy podemos decir que su Espíritu, definitivamente, acompaña la misión a la que estamos llamados y será quien la lleve a término. Precisa, eso sí, de nuestra apertura y disponibilidad para que sus frutos se manifiesten en nuestra vida y lleguen a las personas de todo lugar y tiempo.

domingo, 17 de mayo de 2026

 

Las mujeres en la Iglesia. A propósito del nombramiento de la arzobispa de Canterbury

Olga Consuelo Vélez




En la historia de la Iglesia, las mujeres han estado presentes desde los inicios, pero no siempre se ha mantenido su protagonismo. Brevemente podemos recordar a las mujeres que acompañaron a Jesús en su anuncio del Reino (Lc 8, 1-3), siendo auténticas discípulas al igual que los varones y, más aún, una de estas mujeres -María Magdalena- a quien Jesús se le aparece, en primer lugar, y le confía comunicar a los discípulos, la buena noticia de su resurrección (Jn 20, 11-18).

En las primeras comunidades cristianas son muchas las mujeres animadoras de comunidades e, incluso, diaconisas. Así lo expresa Pablo en la Carta a los Romanos: “Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de Cencreas (…) Saluden a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús (…). Saluden a María que se ha afanado mucho por ustedes. Saluden a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles (…). Saluden a Trifena y a Trifosa, que se han fatigado en el Señor. Saluden a la amada Pérside, que trabajo mucho en el Señor (…), Saluden a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, lo mismo que a Olimpas” (16, 1-16).

En la medida que el cristianismo se fue haciendo la religión oficial del Estado, se acomodó a la cultura predominantemente patriarcal, reservando el espacio público a los varones y el privado a las mujeres. Ese papel secundario, manifestado en la falta de derechos civiles, sociales, culturales, religiosos, se mantuvo por siglos para las mujeres y, prácticamente, va a ser el siglo XX el que abra las puertas de los derechos para ellas. De todas maneras, hasta el día de hoy, esos derechos han de seguir conquistándose plenamente en bastantes países.

A nivel eclesial, ha sido muy difícil hacer realidad la plena igualdad de varones y mujeres, constituyéndose esto, en un desafío actual en el que la Iglesia se está jugando su credibilidad y su capacidad de convocar más personas, especialmente, a las mujeres jóvenes. Por eso, no es de extrañar que en el “Sínodo de la sinodalidad”, la situación de las mujeres en la Iglesia fue uno de los desafíos en el que se insistió, a pesar de que el Papa Francisco lo sitúo entre los temas que deberían ser tratados por las comisiones. No obstante, en el Documento Final del Sínodo (# 60), se reconoce que “las mujeres siguen encontrando obstáculos para obtener un reconocimiento más pleno de sus carismas, de su vocación y de su lugar en los diversos ámbitos de la vida de la Iglesia, en detrimento del servicio a la misión común” por eso el sínodo “hace un llamamiento a la plena aplicación de todas las oportunidades ya previstas en la legislación vigente en relación con la función de la mujer, en particular en los lugares donde aún no se han implementado. No hay nada que impida que las mujeres desempeñen funciones de liderazgo en la Iglesia: lo que viene del Espíritu Santo no puede detenerse”.  Es decir, la Iglesia reconoce que no puede haber más rechazos y demoras en abrir todos los espacios que, por su dignidad bautismal, le pertenecen a las mujeres, en condiciones de igualdad, con los varones.

Ahora bien, el tema “álgido” es el de los ministerios ordenados. En el Documento final se aclara que “sigue abierta la cuestión del acceso de las mujeres al ministerio diaconal y es necesario proseguir con el discernimiento a este respecto”. Aunque en el sínodo también se habló del acceso de las mujeres al presbiterado, ese tema se dejó de lado y no se hizo ningún pronunciamiento. Sabemos que Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994) afirmó “que la iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y esta enseñanza ha de ser definitivamente mantenida por todos los fieles de la Iglesia”. Sin embargo, después de esta Carta Apostólica se consultó a la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigida en ese momento por el Cardenal Ratzinger, si esa enseñanza era "ex catedra”, es decir “infalible”. La Congregación respondió que no era una enseñanza infalible, aunque es magisterio definitivo y universal. Esta respuesta, aunque haya vuelto esta cuestión muy difícil de abordar y de llegar a una respuesta positiva, permite mantener abierta la posibilidad de seguir pidiéndolo porque queda claro que no ha sido una afirmación dogmática.

En este mismo sentido, los signos de los tiempos siguen empujando la historia y el reciente nombramiento de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury, se convierte en una llamada del Espíritu a la apertura de la Iglesia católica a esta realidad. No hay razones teológicas que lo impidan. Hay razones de tradición eclesial y de tradición “cultural” que no son fáciles de superar, pero la existencia de los ministerios ordenados en la iglesia anglicana y en otras denominaciones reformadas, muestran que las mujeres están llamadas a dichos ministerios y las iglesias se enriquecen con la participación plena de las mujeres en ellas.

La iglesia anglicana aprobó el diaconado femenino en 1975. En 1994 ordenó a las primeras presbíteras y en 2014 se aprobó la ordenación episcopal. Y este año consagraron a la primera mujer para ejercer como arzobispa de Canterbury, es decir, líder espiritual de toda la Iglesia anglicana. Sara Mullally tiene 63 años, de profesión enfermera, casada, con dos hijos. Sus palabras al asumir este cargo, expresaron el deseo de ser una “pastora” que escuche y una a las personas, centrando su ministerio en el servicio, la esperanza y la sanación. Este hecho supone para la iglesia anglicana un paso más en la inclusión plena de las mujeres en la vida de la Iglesia y un cambio cultural que contrarresta la sistemática exclusión de las mujeres de tantos espacios sociales y religiosos. Esperamos que este momento también llegue para la iglesia católica porque “lo que viene del Espíritu no puede detenerse” y es del Espíritu abolir todo tipo de exclusión para las mujeres en la Iglesia.

(Foto tomada de: https://www.globalsistersreport.org/es/opinion/columnas/ministerio/el-papel-de-la-mujer-en-la-iglesia-tema-espinoso-que-el-vaticano-parece)

 

 

 

 

martes, 12 de mayo de 2026

 

Jesús se queda con nosotros hasta el final de los tiempos

Ascensión del Señor

(17-05-2026)

Olga Consuelo Vélez





Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús.  Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. Jesús se acercó y les habló: –Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mateo 28, 16-20)

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús. La obra lucana compuesta por el evangelio y por el libro de Hechos, da testimonio de este hecho. El evangelio de Lucas termina diciendo que Jesús fue llevado al cielo (Lc 24,51) y el libro de Hechos inicia relatando que Jesús fue levantado en presencia de los apóstoles y una nube lo ocultó a sus ojos (Hc 1, 8). Justamente este texto de Hechos es el que se propone para la liturgia de hoy como primera lectura. Tal vez lo más significativo de este texto es la misión que Jesús ha encomendado a los suyos de “ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra” (Hc 1, 8). También la pregunta que les hacen a los apóstoles dos hombres vestidos de blando que se les aparecen y les dicen: ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Esa pregunta es otra forma de decir que la tarea ahora corresponde a los apóstoles. Por lo tanto, no se pueden quedar regocijándose por la aparición de Jesús sino sintiéndose comprometidos a cumplir la tarea que ahora está en sus manos.

El evangelio de hoy corresponde al evangelio de Mateo quien no relata el texto de la ascensión, pero confía a los suyos la misma tarea: “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos”. Este corto texto tiene varios elementos que muestran el estilo de Mateo. Los once van a Galilea al monte que Jesús les había indicado. Mateo muchas veces señala el “monte” como ese lugar privilegiado para el encuentro con Dios. Es en un monte que ocurre la tentación de Jesús (4.8), Jesús comienza su predicación en un monte (5.1), Jesús ora en un monte (14, 23), sigue enseñando y sanando desde un monte (15, 29), se transfigura en el monte (17,1) y, ahora se encuentra con los suyos en un monte.

El evangelio de Mateo es también el que remarca la novedad de bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta formula bautismal será la que se impondrá en la Iglesia hasta hoy, manteniendo esa dimensión trinitaria que nos haces hijos e hijas de Dios.

Jesús manda a los discípulos a enseñar a guardar todo lo que él les ha mandado. Es un mandato misionero porque la buena noticia de la resurrección de Jesús ha de comunicarse a todos y en todas partes. La tarea, por tanto, es hacer discípulos a todos los pueblos. La fuerza para cumplir esta misión viene de la promesa que hace Jesús de estar con ellos hasta el fin del mundo. Jesús no se va, sino que se queda con ellos para fortalecerlos en el cumplimiento de la misión encomendada.

La fiesta de la ascensión nos invita, por tanto, a renovar la tarea misionera que el Señor nos ha confiado con la certeza inquebrantable de su presencia entre nosotros porque, el Jesús del evangelio de Mateo, no asciende, sino que se queda con nosotros hasta el final de los tiempos.