Vivir con intensidad el programa del Reino
IV Domingo TO (1-02-2026)
Olga
Consuelo Vélez
En aquel
tiempo, al ver Jesús a la multitud, subió al monte, se sentó y se acercaron sus
discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles lo siguiente: «Felices los
pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Felices los
mansos, porque ellos heredarán la tierra. Felices los que lloran, porque ellos
serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque
ellos quedarán saciados. Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia. Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Felices
los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Felices
los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos. Felices ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de
cualquier modo por mi causa. Alégrense y pónganse contentos porque el premio
que les espera en el cielo es abundante» (Mateo 5,
1-12ª)
Hemos meditado
en la liturgia de los domingos anteriores, la vida pública de Jesús que
comienza a desplegarse entre los suyos. En este evangelio, Jesús se dirige a la
multitud que le sigue y va a decirles qué son felices (o bienaventurados)
aquellos que están viviendo los valores del reino. El texto comienza afirmando
que, de los pobres en el espíritu, es el reino de los cielos y finaliza,
diciendo también, que el reino de los cielos es de los perseguidos por la
justicia. Precisamente estas dos afirmaciones enmarcan el discurso y nos
permiten hablar de las actitudes del reino de Dios anunciado por Jesús. Sobre
estas dos afirmaciones, recordemos que el evangelista Mateo se dirige a los
judíos y por eso evita referirse directamente a Dios, usando mejor la expresión
“reino de los cielos”, sin que esto signifique que nos habla de un reino que no
tiene nada que ver con el mundo. También se ha interpretado, algunas veces, la
primera bienaventuranza como algo “espiritual” al hablar de los “pobres de
espíritu”. Sin embargo, una vez más, Jesús no nos habla del reino de Dios alejado
del mundo, sino que el evangelista se refiere a esa pobreza radical de quien
pone toda su confianza en Dios mismo, lo que no deja por fuera la pobreza
material, a la que se refiere, tan directamente, el evangelio de Lucas, al escribir
este mismo pasaje.
Precisamente,
porque no es un reino alejado del mundo, la última bienaventuranza habla de los
perseguidos por la justicia y, más aún, parece desplegar esa última
bienaventuranza en más concreciones de la persecución: “los insulten, los
persigan, los calumnien por mi causa”. El reino se anuncia para este mundo,
pretende transformarlo y es acogido por algunos, pero, rechazado por otros.
Las seis
bienaventuranzas que están en medio de estas dos a las que nos hemos referido,
muestran actitudes que van en esa misma línea de reconocer ante Dios la
realidad que se vive y de compromiso con la justicia: felices los mansos, los
que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los
limpios de corazón, los que trabajan por la paz. Todos ellos son “felices”,
porque trabajan por transformar aquello que no corresponde al querer de Dios y
su compromiso no quedará defraudado.
Es bueno leer
este pasaje de Mateo en contraste con el de Lucas (6, 20-26) quien se refiere
más directamente a cómo las situaciones son efectivamente transformadas con la
llegada del reino y, como, hay “ayes” o “malventuranzas” para los que viven
todo lo contrario: los ricos, los que están saciados, los que ríen y los que se
vanaglorian. Estos no han sido capaces de entrar en la dinámica del reino y
viven para sí mismos y no para los demás.
En definitiva,
el evangelio de hoy nos invita a entender el programa del reino y a sentirnos
involucrados en su realización. Este programa no es de ritos o de normas o de
alcanzar estados de ánimo positivos. Es un programa para vivir en la realidad
de cada tiempo, trabajando por hacerla mejor, sabiendo que la felicidad es el
fruto de esta constancia, sin que eso ahorre el afrontar las dificultades y
resistencias. Si en este texto Jesús comienza hablando a la multitud, la última
bienaventuranza se dirige explícitamente a los suyos que hoy, somos nosotros. Por
lo tanto, no temamos vivir con intensidad esta propuesta del reino,
testimoniando así su concreción en nuestra historia presente.