martes, 28 de abril de 2026

 

Revelar el rostro del Padre con obras, como lo hizo Jesús

V Domingo de Pascua

(3-05-2026)

Olga Consuelo Vélez

 





No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Cuando haya ido y les tenga preparado un lugar, volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino para ir a donde [yo] voy. Le dice Tomás: –Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Le dice Jesús: –Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto. Le dice Felipe: –Señor, enséñanos al Padre y nos basta. Le responde Jesús: –Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo les digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí es el que hace las obras. Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, créanlo por las mismas obras. Les aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre (Juan 14, 1-12).

 

En este quinto domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos ayuda a profundizar en las consecuencias que se desprenden de la resurrección. Jesús va a prepararnos un lugar en las modadas definitivas de la casa del Padre. Lo que nos pide es “creer”, actitud que quita la inquietud de los apóstoles (y también la nuestra) porque nos permite poner la confianza en quien, saliendo a nuestro encuentro, nos ha hecho la promesa de la vida plena con Él.

Los dos personajes que aparecen en el texto, posibilitan ahondar en la promesa que nos hace Jesús. El primero es Tomás, quién escuchando a Jesús decir que volverá para llevarlos con él y que ellos conocen el camino, le dice que ellos no saben a dónde va y, por lo tanto, no conocen el camino. Jesús le responde con el “Yo soy” -expresión que este evangelio utiliza en otros pasajes para decir que Jesús es “el pan de vida”, “el buen pastor”, “la vid verdadera”, “la resurrección, etc.- y, en este caso, Jesús es el “camino, la verdad y la vida”. Estos tres términos condensan la plenitud de vida que él nos promete, vida que no es abstracta o desconocida, sino la vida de Jesús con sus obras y sus opciones, revelándonos en qué consiste la promesa hecha. Todo eso lo han conocido los discípulos y ahora nosotros a través de ellos.

El segundo personaje es Felipe quien escuchando decir a Jesús que, si lo conocen a él, conocen al Padre le pide que les muestre al Padre y eso basta. Jesús, con cierto tono de reproche le responde: ¿tanto tiempo ha estado con ustedes y todavía no me conocen? E inmediatamente remite a las obras que él ha hecho. En otras palabras, no les está pidiendo creer en ideas abstractas sino en las obras que ha realizado. Las curaciones, las comidas con pecadores, la inclusión de mujeres en su grupo, la misericordia infinita hacia todos, el amor de servicio que ha tenido, especialmente con los suyos, y todas las demás obras que realizó, son las que revelan cómo es el Dios de Jesús y es este Dios quien nos dará la vida plena como se la ha dado a Jesús con la resurrección.

Vivir este tiempo de Pascua es, por tanto, continuar afirmando la resurrección de Jesús no con palabras sino con obras. Jesús nos dice que si creemos en él haremos sus mismas obras y aún mayores. Así como Jesús mostró, en su tiempo, al Dios en quien creía a través de sus obras, hoy nosotros somos llamados a realizar las mismas obras de Jesús para que muchas personas puedan creer en él y conozcan el camino que nos lleva al Padre.

martes, 21 de abril de 2026

 

Entrar por la “Puerta” que nos da la vida en abundancia

IV Domingo de Pascua

(26-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 






Les aseguro: el que no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y asaltante. El que entra por la puerta es el pastor del rebaño. El cuidador le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca. Cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas y ellas le siguen; porque reconocen su voz. A un extraño no le siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños. Ésta es la parábola que Jesús les propuso, pero ellos no entendieron a qué se refería. Entonces, les habló otra vez: Les aseguro que yo soy la puerta del rebaño. Todos los que vinieron [antes de mí] eran ladrones y asaltantes; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos. El ladrón no viene más que a robar, matar y destrozar. Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn 10, 1-10).

 

El cuarto domingo de Pascua se conoce como el domingo del Buen Pastor. Por eso la lectura propuesta es la del evangelio de Juan capítulo 10, que se refiere al Pastor y las ovejas. Pero el texto se reparte en los tres ciclos litúrgicos, correspondiendo en este ciclo, los primeros versículos del capítulo 10, en el que todavía Jesús no se declara “Buen Pastor” (Jn 10, 11), sino solamente, “la puerta de las ovejas”.

Este texto hay que verlo en relación con los hechos que se han narrado antes. En concreto ante la curación del ciego de nacimiento, los fariseos se ponen en contra de Jesús por sus curaciones en sábado. Por eso ahora Jesús va a hablar de los que son ladrones y asaltantes mientras que Él es la puerta por donde entra el rebaño. Mientras los ladrones y asaltantes solo vienen a matar y destrozar -recordemos como los fariseos increpan al ciego de nacimiento, reprochándole que crea en Jesús y llegan a expulsarlo de la sinagoga- Jesús es la puerta de las ovejas y todos los que entran por ella, gozarán de los pastos de la salvación que él ofrece.  

El énfasis de esta primera parte del texto de Juan 10, está puesto en las ovejas que si reconocen la voz del Pastor y le siguen. De hecho, el ciego de nacimiento cree que Jesús es el Hijo del hombre, por lo tanto, es ejemplo claro de aquellos que si creen en Jesús y reciben la vida en abundancia que él trae.

Jesús insiste en este texto en que, quienes deberían cuidar del rebaño hacen todo lo contrario. Por eso él se presenta cómo la puerta por donde puede entrar el rebaño ya que él no se la cierra a nadie. Los fariseos en cambio no entran por la puerta -Jesús mismo- sino que se quedan al margen criticándolo y planeando su muerte. El cuidador de las ovejas llama a cada una por su nombre y camina delante de ellas. En ese sentido, las ovejas no tienen nada que temer porque reconocen su voz, no así las voces de las autoridades judías de su tiempo que solo vienen a excluir, rechazar e increpar a todos los que comienzan a seguir a Jesús.

Conviene, entonces, reconocer la puerta -que es el mismo Jesús- para entrar por ella sin hacerle caso a tantos que desvirtúan su mensaje y que acomodan la radicalidad del evangelio. Es necesario estar atentos para escuchar su voz y seguirla. Por parte de Jesús está garantizada la invitación y la acogida, dependerá de nosotros entrar por la puerta con confianza, generosidad y decisión de manera que la vida en abundancia no nos falte y podamos anunciarla a todos los que nos rodean.

martes, 14 de abril de 2026

 

En la Eucaristía, Jesús resucitado se queda con nosotros

III Domingo de Pascua

(19-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 





Aquel mismo día, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino conversaban sobre todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: ¿De qué van conversando por el camino? Ellos se detuvieron con rostro afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? Jesús preguntó: ¿Qué cosa? Le contestaron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron. Jesús les dijo: ¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.  Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba. Entró para quedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que afirmaban: Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.  Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24, 13-35).

 

Los domingos pasados hemos leído las apariciones de Jesús según el evangelio de Juan. En esta ocasión es Lucas el que nos ofrece otro testimonio de la aparición de Jesús a los suyos, concretamente, a dos discípulos que, muy desanimados por todo lo ocurrido en Jerusalén -el asesinato de Jesús-, están volviendo a Emaús, a unos diez kilómetros de Jerusalén.

Antes de comentar la aparición, caigamos en cuenta que estos dos discípulos no necesariamente son dos varones. Perfectamente pueden ser un matrimonio ya que viven en la misma casa y al pie de la cruz aparece una María esposa de Clopás (sería el mismo nombre de Cleofas). El plural masculino incluye a las mujeres y no hay porque negarlo en este caso.

Pero volviendo a la aparición, Jesús se les junta en su regreso a casa y les pregunta que van conversando. Ellos extrañados le dicen que él es el único que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén. Continúan contándole cómo ellos, que tenían esperanza en que Jesús fuera el liberador de Israel, ya no la tienen pues lo crucificaron las autoridades de Israel y han pasado tres días de aquellos hechos. Señalan que unas mujeres del grupo les han desconcertados porque les habían dicho que no lo habían encontrado en el sepulcro y unos ángeles les avisaron que Jesús estaba vivo. Así mismo, algunos discípulos también habían visto la tumba vacía. Pero no habían encontrado a Jesús. Notemos que este texto también nos da testimonio de la aparición de Jesús a las mujeres. Para los que todavía dudan de la capacidad de la mujer de representar a Jesús en la actualidad en los ministerios ordenados, convendría recordarles que Jesús se apareció a ellas también y les confío que contarán que estaba vivo a los discípulos.

Volviendo a nuestro texto, es la ocasión para Jesús increparlos y llamarles “duros de entendimiento”, con tanta dificultad para creer lo que dijeron los profetas. Comenzó a explicarles las escrituras y cómo el Mesías tenía que padecer para entrar a su gloria. Una vez llegaron a la casa, Jesús iba a seguir su camino, pero los discípulos le piden que se queda. Es normal en esa cultura donde la hospitalidad es un valor muy apreciado. Y será entonces, cuando Jesús tome el pan, lo bendiga y lo reparta y ellos lo reconozcan y se pregunten por qué tardaron tanto en reconocerlo cuando ya su corazón ardía al escucharlo relatándoles las Escrituras. En ese momento Jesús desaparece, porque ya se ha quedado en la Eucaristía y esa será su presencia viva entre nosotros.

Los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén y encuentran a los Once afirmando también la resurrección de Jesús. Ellos les cuentan cómo lo reconocieron al partir el pan. En efecto, como ya lo dijimos, Jesús resucitado sigue vivo y se ha quedado en la Eucaristía compartiendo nuestra vida y nuestra suerte. De reconocerlo en ella y comprender lo que significa su vida partida y repartida, dependerá el que nuestro anunció de la resurrección de Jesús sea creíble por muchos otros.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

 

Como Tomás, reconocer en Jesús al Hijo de Dios

II Domingo de Pascua

(12-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 









Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.  Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes.  Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto. Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro. Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él (Jn 20, 19-31).

 

El mismo día en que María Magdalena, Pedro y el otro discípulo van y encuentran la tumba vacía y, posteriormente, Jesús se le aparece a María Magdalena confiándole que anuncie a los discípulos lo que él le ha dicho (Jn 20, 17-18); Jesús se aparece a sus discípulos que están reunidos “con las puertas bien cerradas” -según dice el texto que leemos hoy- por miedo a los judíos, completando así una serie de apariciones en el domingo de resurrección. Notemos que el hecho de Jesús puede entrar en un recinto bien cerrado, nos habla del cuerpo resucitado de Jesús. Pero, al mismo tiempo, al mostrarle a sus discípulos sus manos y el costado, les está haciendo ver que él es el mismo crucificado que ahora ha resucitado.

Jesús les da los dones escatológicos propios de la resurrección: la paz, la alegría, en otras palabras, el Espíritu Santo -dador de todos los dones- y les confía la misión que él había realizado hasta entonces: “como él Padre lo envío, ahora él los envía” y les da la gracia de perdonar los pecados, como Jesús mismo lo hacía en su vida histórica. Como podemos ver, el resucitado ahora se hará presente entre nosotros a través de sus discípulos que serán los encargados de dar testimonio de ese hecho.

El texto continúa con el relato de Tomás que no estaba con ellos esa tarde y cuando se entera dice que hasta no ver la marca de los clavos en su mano y no meter el dedo en el lugar de los clavos y en el costado, no creerá. Tomás quiere estar seguro de que el resucitado es el mismo crucificado. Precisamente por eso, a los ocho días cuando Jesús vuelve a presentarse ante ellos, se dirige a Tomás y le invita a que compruebe su identidad. El texto no dice si Tomás metió su dedo en el lugar de los clavos, pero si se nos relata su confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Tomás cree en la resurrección de Jesús y así la confiesa. Es entonces cuando Jesús dice: “felices los que creen sin haber visto”. Con estas palabras Jesús está pensando en nosotros que no estuvimos en su vida histórica y no vimos los acontecimientos, pero hemos sido invitados a creer sin haber visto. El texto termina diciendo que Jesús hizo muchas otras señales en medio de sus discípulos, invitándolos a creer que él es el Mesías, el Hijo de Dios y, precisamente porque creen tengan vida en él y sean sus testigos para todas las generaciones.

La llamada para nosotros hoy es a creer sin ver para que el testimonio de la resurrección de Jesús alcance a todas las generaciones. Es bueno aclarar que creer sin ver no quiere decir una fe ciega y sin preguntas. Es una fe adulta que reconoce los signos de la resurrección y cree en ellos dando testimonio con las palabras y las obras.

 

lunes, 6 de abril de 2026

 

Vivir como resucitados

Olga Consuelo Vélez

¡Jesús ha resucitado! Es el grito que se lanza en el pregón pascual y que puso en marcha la iglesia de los orígenes. Ese mismo grito sigue dinamizando hoy nuestra fe cristiana y compromiso eclesial. Pero ¿qué entendemos cuando decimos ese pregón? ¿a que nos compromete? ¿qué puede decirles a nuestros contemporáneos que no saben de Jesús o que no creen en su resurrección?

La resurrección no es un fenómeno extraordinario que todos pudieron comprobar. Algunos estarán pensando, al leer estas palabras, en los textos de las apariciones de Jesús a las mujeres y a los discípulos, después de muerto, con los cuales se afirma que Jesús ha resucitado. Conviene recordar que los evangelios son textos teológicos, confesiones de fe, escritos en diversos géneros literarios como toda obra humana. Las apariciones son un género literario en el que, a través de un relato simple y evidente, se nos transmite la experiencia vivida por los discípulos: ellos que vieron morir a Jesús, comienzan a sentir que su espíritu continúa vivo y los empuja a reunirse, a reconocerlo en la fortaleza que sienten y, sobre todo, en la llamada irresistible a seguir predicando lo que anunciaba su maestro. Fue tan evidente y real esa experiencia que lo expresan con la fuerza del pregón pascual: “Ese Jesús que ustedes mataron, ha resucitado y sigue vivo entre nosotros” (Cf. Hc 2, 36). La resurrección de Jesús es una experiencia de fe que nos transmitieron los discípulos y ha llegado hasta nosotros para también, libremente acogerla y dar testimonio de ella.

El Espíritu de Jesús no es una ilusión, una motivación o un buen propósito. Es la manera cómo podemos sentir su presencia en nuestra vida y, al igual que los discípulos, creer en el “si” de Dios a la vida de Jesús. Es aceptar la buena noticia del reino, reconocer los signos de su presencia en nuestra historia y comprometernos con hacerlo posible en nuestra realidad. Es hacer las “obras del resucitado”, es decir, viviendo como resucitados

¿En qué consiste vivir cómo resucitados? No hay fórmulas, ni recetas, sino que cada persona y comunidad lo va descubriendo en los signos de los tiempos que demandan una respuesta. Señalemos algunos de esos signos para nuestro tiempo.

La urgencia de la paz es innegable. Estamos en un tiempo en que el “alma bélica y guerrerista” gana cada vez más fuerza. Creeríamos que con tanta muerte y devastación que han traído las guerras que se han dado en el pasado, habríamos aprendido a no suscitarlas más. Pero parece que el ansia de poder, de acaparamiento de los recursos naturales, de buscar interés solo de unos grupos, sigue dominando el panorama mundial y no cesan de invocarse las fuerzas de las armas para conseguir lo que se quiere. Vivir como resucitados es no desistir del esfuerzo por construir la paz. Una paz que exige el diálogo, la paciencia, la apertura, la capacidad de pensar en todos y no en unos pocos. Nunca la conseguiremos en totalidad, pero, los que decimos creer en el resucitado, hemos de apoyar todas las actitudes y mediaciones que hagan posible, espacios de paz, experiencias de paz.

Vivir como resucitados significa también ponerse del lado “correcto” de la historia, como se dice muchas veces. Si miramos al Jesús terreno, siempre se puso del lado de los necesitados, de los excluidos, de todos aquellos a los que se les negaban sus derechos. En tiempos que no cesan de invocar la competencia y la ley del más fuerte como mecanismo para que cada quien consiga lo que necesita, los que aspiramos a vivir como resucitados no podemos desistir de trabajar por la justicia social, apoyando las políticas, planes y proyectos que mejoren las condiciones de los más pobres y garanticen las mismas oportunidades para todos.

Vivir como resucitados hoy implica la preocupación y compromiso efectivo con el cuidado de la casa común. Nuestro mundo no es para explotarlo, sino para cuidarlo, velando que sea sustentable y puedan disfrutarlo las generaciones futuras. Es muy importante mantener la armonía con la creación sin destruir tierras, desviar ríos o contaminar hábitats en aras de un progreso que, a la larga, solo beneficia los intereses económicos de algunos y acaba con la garantía de la vida para el hoy y también para el futuro.

Vivir como resucitados supone asumir la diferencia, la pluralidad, la diversidad de culturas, de religiones, de costumbres, de modos de vida y modos de relación. Hemos estado muy marcados por las mentalidades hegemónicas que se han impuesto a lo largo del tiempo y hemos excluido a miles de personas por esa casusa. Pero precisamente el cristianismo es la religión “católica”, es decir universal, amplia, capaz de asumir la diferencia y caminar con ella. Los primeros discípulos salieron más allá de las fronteras de Israel y gracia a ello su fe, nos alcanzó también a nosotros. Son tiempos de recuperar ese primer impulso y vivirlo con radicalidad.

Cada uno podrá seguir diciendo qué supone vivir como resucitados según las necesidades que ve más acuciantes en su entorno. Lo importante es creer que la buena noticia del reino anunciada por Jesús hoy se nos confía y por la fuerza de su espíritu seguimos comprometidos con su causa. Invitar a otros es la consecuencia lógica de quien siente la presencia del resucitado y desea que muchos otros la experimenten. Pero, cómo dice la escritura: ¿cómo creerán si no se les predica? (Rom 10,14) Y nosotros podríamos decir, ¿cómo creerán si no ven las obras del resucitado? Por tanto, vivir como resucitados es un don y una tarea para hacer creíble la resurrección de Jesús y que las obras sean garantía de lo que anunciamos.

sábado, 4 de abril de 2026

 

Ver y creer los signos de la resurrección

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

(5-04-2026)

Olga Consuelo Vélez





El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Una vez celebrada la Vigilia Pascual continuamos con los domingos de Pascua siendo el de hoy, el primer domingo de Pascua o domingo de resurrección. El evangelio es el de Juan y se refiere a la tumba vacía que primero encuentra María Magdalena y corre a contarle a Simón Pedro y al otro discípulo, Juan, a quien el mismo evangelio califica como “a quién Jesús amaba”.

La experiencia de resurrección aparece en los evangelios con algunos géneros literarios. El de la tumba vacía es uno y el de las apariciones es otro. Son maneras de contar la experiencia fundamental: Jesús al que vieron crucificado, ha resucitado. En este caso solo nos detenemos en la tumba vacía. María Magdalena solo ve la losa quitada del sepulcro, en cambio Pedro entra, aunque Juan ya había llegado a la entrada y visto los lienzos tendidos. Pero lo interesante de este pasaje son los signos que comienzan a mostrar la resurrección. Tanto los lienzos como el sudario son elementos que los discípulos ven y estos signos remiten a la experiencia fundamental: creer que Jesús, ha resucitado.

El evangelio de Juan continua, después de este pasaje, con el relato de la aparición de Jesús a María Magdalena, experiencia que nos hace afirmar que ella fue la primera testiga de la resurrección. Pero ese texto lo comentaremos en otro momento. Lo que interesa en este domingo es remitirnos a los signos que nos permiten ver que Jesús vive entre nosotros y transforma nuestra realidad. Se necesita ver y creer en los signos que hoy nos siguen afirmando la resurrección de Jesús. Cada esfuerzo por erradicar la desigualdad social, la discriminación por sexo, género, condición socioeconómica, diversidad cultural, religiosa, etc., el cuidado de la casa común, la suerte de los más débiles, son los signos del reino que nos invitan a asumir esas causas y trabajar por seguirlas fortaleciendo hasta que se logre el cambio de situación. Este es nuestro trabajo como discípulos y discípulas: dar testimonio de la resurrección de Jesús a través de nuestras obras. Solo así será creíble el misterio fundamental de nuestra fe, misterio que no podemos “demostrar” pero si “testimoniar” con nuestra vida comprometida con los valores del reino.

Comencemos este tiempo pascual pidiendo ver y creer, como lo supieron hacer los primeros. De esa manera, nuestro mundo podrá sentir que el misterio pascual nos compromete y hace posible ese mundo mejor que todos deseamos para todos y todas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Vivir el servicio y el amor al estilo de Jesús

Jueves Santo

(1-04-2026)

Olga Consuelo Vélez

 




Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También ustedes están limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos están limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros: yo les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan» (Jn 13, 1-15).

El jueves santo se celebra como el día del amor fraterno/sororal, el día de la eucaristía, el día del sacerdocio. El orden en que estoy escribiendo estas celebraciones ya dice mucho del significado y relación entre ellas. Lo primero, correspondiente al texto de Juan que hoy leemos en la celebración habla de cómo ha de ser el amor entre nosotros. Y, en este sentido, Jesús no da una teoría sino realiza una acción: el lavar los pies a los suyos. Recordemos que el acto de lavar los pies era tarea de los esclavos, cuando se llegaba a una casa, como símbolo de acogida, el esclavo lavaba los pies de los invitados, no los dueños de la casa. Esto nos permite ver el gesto “contracultural” que Jesús realiza y la radicalidad con la que nos habla del amor fraterno/sororal. No es a modo de amar a los que nos aman, es amar a todos, aunque no nos amen, aunque nos incomoden, incluso aunque nos hagan daño. Recordemos que en otros textos Jesús pone ejemplos concretos sobre todas estas posibilidades. Esto es porque la propuesta del amor cristiano es amar con el mismo amor de Dios y este amor es de misericordia infinita, de entrega hasta el hacerse siervo de los otros.

Sin embargo, conviene aclarar dos cosas. La primera que el amor no es patrimonio exclusivo del cristianismo. Todas las religiones y todas las personas sin religión aman y son amadas. Lo distintivo es lo que dije antes: llegar a amar con el mismo amor infinito del Dios de Jesús que se hace esclavo de los que ama. La segunda es aclarar que no hemos de entender ese “hacerse esclavo” como sumisión, como menoscabar la propia dignidad por amar a los otros. Eso le ha sucedido mucho a las mujeres porque al interpretar así el amor cristiano las ha hecho sumisas hasta el punto de perder la propia dignidad en aras de la familia -esposo e hijos- o en los puestos de trabajo -aguantar abusos sexuales para mantener el trabajo-. El amor cristiano que se hace esclavo es en aras de la defensa del prójimo, del luchar por la justicia, por la igualdad, por la vida digna para todos. En ningún caso es el sacrificio por el sacrificio o la humillación por la humillación.

Todo esto le da el contenido más propio a las otras realidades que celebramos hoy. La eucaristía es signo sacramental de ese amor de nuestro Dios, haciéndose alimento para sostener nuestra vida, para transformarnos en el mismo amor que es Él. Por eso hay que repensar la participación eucarística, la cual no puede estar ajena al compromiso comunitario, como tampoco la adoración de la eucaristía sin referencia a la justicia social. Jesús reparte su cuerpo a la comunidad para mostrarles cómo deben amarse unos a otros, no para pedirles adoraciones o sacrificios que muchas veces desvirtúan la concepción de Dios y el bien común por el que debemos velar.

Finalmente, el sacerdocio, entendido como sacramento de mediación entre Dios y los seres humanos, es un sacerdocio de servicio no de honor, de hacerse esclavo de todos y no del clericalismo recalcitrante en el que tanto insistió el papa Francisco al dirigirse a los ministros ordenados que no tiene nada que ver con el ministerio que deben realizar. No olvidemos también el sacerdocio común de todos los fieles en la iglesia, por el bautismo que recibimos, para alegrarnos por ser llamados a ser estos mediadores del mismo Dios a todos los que nos rodean.

Celebremos entonces este Jueves Santo viviendo el amor y el servicio al estilo de Jesús, mostrando que la eucaristía que recibimos es efectiva en nuestra vida, transformándonos en Aquel a quien recibimos.