jueves, 8 de junio de 2017

A sembrar trigo abundante









Los Acuerdos de Paz en Colombia se firmaron definitivamente el pasado 24 de noviembre, después de la derrota del plebiscito y en un clima de resistencia por la polaridad de posiciones entre los que decididamente apoyan el acuerdo y los que se resisten, también “decididamente”. No pretendo hacer un análisis de la situación sino comentar desde una reflexión eminentemente pastoral, lo que creo podría empujarse desde una visión de fe.

Lo que se palpa de diversas maneras es que la implementación de los Acuerdos de Paz no es una tarea fácil. Implica dinero, acciones concretas, legislaciones específicas y, sobre todo, “buena voluntad”, “honestidad” y “empeño” para que llegue a ser posible. Lo primero, no está en nuestras manos porque muchos no estamos en los círculos designados para ello. Pero, lo segundo, depende de todos los que vivimos en este contexto y a los que nos implica la construcción de una patria en paz. Pero aquí vienen todas las dificultades que también se perciben y que abarcan diferentes aspectos.

Uno que me parece significativo es que en este tiempo de implementación sigue vigente la realidad que hemos vivido a lo largo de estos más de 50 años de conflicto. Me refiero a la existencia, de hecho, de “dos Colombias”. La que ha vivido el conflicto de cerca y ahora siente que su territorio vuelve a reacomodarse, en algunos aspectos para bien –no hay guerra-, en otros para más complejidad –inserción de los desmovilizados, recuperación de tierras, vuelta de los desplazados, etc.- y la Colombia de las grandes ciudades donde solo hemos sentido la guerra –en los atentados- o en las noticias de la televisión, pero que no la hemos vivido, en el día a día, porque nos movemos en espacios mucho más seguros y que no parecen alterarse con la firma de los Acuerdos. Los creyentes, que vivimos en esta Colombia, tenemos que hacer un acto de verdadera conversión para agrandar el corazón y sentir que nuestra patria es también la Colombia directamente afectada por el conflicto y que lo allí pasa nos implica y no podemos pasar indiferentes ante ello.

Otro aspecto que influye para bien y para mal en este tiempo de construcción de la paz es el papel que juegan los medios de comunicación. Ellos nos comunican lo que les parece y con su propia interpretación y, sinceramente, no veo que sea de la manera más completa y positiva. He escuchado muchas más noticias de los aspectos negativos –que algunos son verdad, sin duda- que de los aspectos positivos que se van consolidando. Pareciera que ahora todo lo malo es fruto de los desmovilizados o de los disidentes y la manera como se presentan los titulares aumenta el desánimo frente al acuerdo más que ayudar a discernir lo que sigue pasando por tantas otras causas y no por la firma del acuerdo. En este sentido, también necesitamos un compromiso fuerte para buscar otros medios de información y escuchar otras voces, otras miradas, aquellas que surgen de los que están en las zonas implicadas y que conocen las dificultades pero, sobre todo, los logros que se van alcanzando.

Pero tal vez la mayor dificultad es la incapacidad que parece, nos acompaña, de cambiar miradas, de convertir intenciones, de superar nuestras miopías y empeñarnos en la construcción de la paz en este país que es de todos. Parece no haber servido de nada el “constatar” todas las “mentiras” que se vendieron para que triunfara el “no” en el Plebiscito porque algunas personas siguen invocando las mismas razones para no apoyar el proceso y parecen ancladas en unos imaginarios que benefician a los que no les conviene la paz sin darse cuenta que, con su actitud poco reflexiva o incapaz de cambiar en pos de un bien mayor, retrasan el devenir positivo de la historia, impiden que otra manera de vivir y soñar sea posible para las nuevas generaciones colombianas. Parece confundirse el color político con un proyecto que supera todos los partidos y todas las personalidades que enarbolan sus banderas. Con la construcción de la paz no se beneficia el actual gobierno o el que sigue. Nos beneficiamos todos y lo necesitamos con urgencia.

Es bastante irónico que las voces internacionales –incluido el Papa Francisco- apoyen tanto este proceso y lo consideren el mejor de los acuerdos posibles y mucho mejor que los que se han hecho en otras realidades y muchos colombianos/as mantengan esa actitud tan apática y tan negativa.
En fin, todas las posturas son posibles y habrá muchos hechos para demostrar los errores del proceso, pero también hay muchísimos hechos para mostrar lo positivo del camino recorrido: las armas se han silenciado y, si seguimos así, podremos dejar de ser un país en guerra. ¿Por qué no apostarlo todo para conseguirlo?

Legitimas las posturas que cada uno tome. Pero si uno mira el evangelio y quiere vivir una fe coherente, no se puede estar del lado de las resistencias, la mala voluntad, la siembra de cizaña, el anclarse en el pasado o el exigir unas condiciones imposibles de cumplir. La fe nos pone del otro lado: el de la esperanza, el compromiso, el sembrar trigo abundante allí donde solo parece haber cizaña (Cfr. Mt 13, 24-30). Y todo esto no por una mirada ingenua sino por una consciencia responsable que lee, se informa, escucha a las víctimas, las acompaña y apoya todos los esfuerzos por la paz. De hecho: ¡hay muchos! Y merecen nuestro apoyo incondicional.

Es verdad que tenemos más problemas como la corrupción -que parece abarcar todos los estamentos- y las políticas gubernamentales que no favorecen la justicia social. Todo ello necesita también nuestro compromiso para hacer viable este país. Pero trabajemos por todo y, especialmente, por la paz. Nuestro Dios, es el Dios de la paz y la vida cristiana tiene un compromiso innegociable frente a ella.

Foto tomada de: https://lavereda.files.wordpress.com/2008/08/fotolia_8611162_xs.jpg

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