Las mujeres en la Iglesia. A propósito del
nombramiento de la arzobispa de Canterbury
Olga Consuelo Vélez
En las primeras comunidades cristianas son muchas las mujeres animadoras de
comunidades e, incluso, diaconisas. Así lo expresa Pablo en la Carta a los
Romanos: “Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de
Cencreas (…) Saluden a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús (…).
Saluden a María que se ha afanado mucho por ustedes. Saluden a Andrónico y
Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles (…).
Saluden a Trifena y a Trifosa, que se han fatigado en el Señor. Saluden a la
amada Pérside, que trabajo mucho en el Señor (…), Saluden a Filólogo y a Julia,
a Nereo y a su hermana, lo mismo que a Olimpas” (16, 1-16).
En la medida que el cristianismo se fue haciendo la religión oficial del
Estado, se acomodó a la cultura predominantemente patriarcal, reservando el
espacio público a los varones y el privado a las mujeres. Ese papel secundario,
manifestado en la falta de derechos civiles, sociales, culturales, religiosos,
se mantuvo por siglos para las mujeres y, prácticamente, va a ser el siglo XX
el que abra las puertas de los derechos para ellas. De todas maneras, hasta el
día de hoy, esos derechos han de seguir conquistándose plenamente en bastantes
países.
A nivel eclesial, ha sido muy difícil hacer realidad la plena igualdad de
varones y mujeres, constituyéndose esto, en un desafío actual en el que la
Iglesia se está jugando su credibilidad y su capacidad de convocar más
personas, especialmente, a las mujeres jóvenes. Por eso, no es de extrañar que
en el “Sínodo de la sinodalidad”, la situación de las mujeres en la Iglesia fue
uno de los desafíos en el que se insistió, a pesar de que el Papa Francisco lo
sitúo entre los temas que deberían ser tratados por las comisiones. No obstante,
en el Documento Final del Sínodo (# 60), se reconoce que “las mujeres siguen
encontrando obstáculos para obtener un reconocimiento más pleno de sus
carismas, de su vocación y de su lugar en los diversos ámbitos de la vida de la
Iglesia, en detrimento del servicio a la misión común” por eso el sínodo “hace
un llamamiento a la plena aplicación de todas las oportunidades ya previstas en
la legislación vigente en relación con la función de la mujer, en particular en
los lugares donde aún no se han implementado. No hay nada que impida que las
mujeres desempeñen funciones de liderazgo en la Iglesia: lo que viene del
Espíritu Santo no puede detenerse”. Es
decir, la Iglesia reconoce que no puede haber más rechazos y demoras en abrir
todos los espacios que, por su dignidad bautismal, le pertenecen a las mujeres,
en condiciones de igualdad, con los varones.
Ahora bien, el tema “álgido” es el de los ministerios ordenados. En el
Documento final se aclara que “sigue abierta la cuestión del acceso de las
mujeres al ministerio diaconal y es necesario proseguir con el discernimiento a
este respecto”. Aunque en el sínodo también se habló del acceso de las mujeres
al presbiterado, ese tema se dejó de lado y no se hizo ningún pronunciamiento. Sabemos
que Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994)
afirmó “que la iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la
ordenación sacerdotal a las mujeres y esta enseñanza ha de ser definitivamente
mantenida por todos los fieles de la Iglesia”. Sin embargo, después de esta Carta
Apostólica se consultó a la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigida en
ese momento por el Cardenal Ratzinger, si esa enseñanza era "ex catedra”,
es decir “infalible”. La Congregación respondió que no era una enseñanza
infalible, aunque es magisterio definitivo y universal. Esta respuesta, aunque
haya vuelto esta cuestión muy difícil de abordar y de llegar a una respuesta
positiva, permite mantener abierta la posibilidad de seguir pidiéndolo porque
queda claro que no ha sido una afirmación dogmática.
En este mismo sentido, los signos de los tiempos siguen empujando la
historia y el reciente nombramiento de Sarah Mullally como arzobispa de
Canterbury, se convierte en una llamada del Espíritu a la apertura de la
Iglesia católica a esta realidad. No hay razones teológicas que lo impidan. Hay
razones de tradición eclesial y de tradición “cultural” que no son fáciles de
superar, pero la existencia de los ministerios ordenados en la iglesia
anglicana y en otras denominaciones reformadas, muestran que las mujeres están
llamadas a dichos ministerios y las iglesias se enriquecen con la participación
plena de las mujeres en ellas.
La iglesia anglicana aprobó el diaconado femenino en 1975. En 1994 ordenó a las primeras presbíteras y en 2014 se aprobó la ordenación episcopal. Y este año consagraron a la primera mujer para ejercer como arzobispa de Canterbury, es decir, líder espiritual de toda la Iglesia anglicana. Sara Mullally tiene 63 años, de profesión enfermera, casada, con dos hijos. Sus palabras al asumir este cargo, expresaron el deseo de ser una “pastora” que escuche y una a las personas, centrando su ministerio en el servicio, la esperanza y la sanación. Este hecho supone para la iglesia anglicana un paso más en la inclusión plena de las mujeres en la vida de la Iglesia y un cambio cultural que contrarresta la sistemática exclusión de las mujeres de tantos espacios sociales y religiosos. Esperamos que este momento también llegue para la iglesia católica porque “lo que viene del Espíritu no puede detenerse” y es del Espíritu abolir todo tipo de exclusión para las mujeres en la Iglesia.
(Foto tomada de: https://www.globalsistersreport.org/es/opinion/columnas/ministerio/el-papel-de-la-mujer-en-la-iglesia-tema-espinoso-que-el-vaticano-parece)

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