lunes, 12 de marzo de 2018


¿Será posible una iglesia sin clericalismo?

Cuando el Papa Francisco estuvo en Colombia en septiembre del año pasado, en su discurso a las directivas del CELAM, se refirió con contundencia al clericalismo: Primero, señalándolo como una de las tentaciones -todavía presente- de la Iglesia y mostrando que el clericalismo lleva a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se auto beneficia. Y, en el mismo discurso, dijo que es un imperativo superar el clericalismo que infantiliza al laicado y empobrece la identidad de los ministros ordenados. En su viaje a Chile, en enero de este año, volvió a recordar que el clericalismo surge de esa falta de conciencia de que todos somos Pueblo de Dios y el ministro es servidor y no dueño. Por lo tanto recordó que los laicos no son peones ni empleados del clero, ni han de repetir “como loros” lo que estos dicen. El clericalismo va apagando el fuego profético que la iglesia está llamada a testimoniar en el corazón de los pueblos. Recomendó que se vele contra la tentación del clericalismo, especialmente, en los seminarios y en todo el proceso formativo. Lo que está en juego es una evangelización significativa y no la auto preservación del clero en unos mundos ideales que no tienen nada que ver con la realidad.

Estas son dos de las muchas intervenciones que el Papa ha hecho sobre el clericalismo. Pero ¿están calando esas palabras en la conciencia de nuestro clero y en el resto del Pueblo de Dios?  Por parte del clero, se necesita una humildad grande para reconocer que algo de ese clericalismo les afecta. El texto de Mateo podría ayudarles mucho a buscar siempre mayor fidelidad a la vocación recibida. En ese texto Jesús critica a los escribas y fariseos: “Ustedes hagan y cumplan lo que ellos digan, pero no los imiten; porque dicen y no hacen (…) les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros” (Mt 23, 3-7). Precisamente por esa realidad que se vivía en su tiempo, en el evangelio de Mateo Jesús pide a los suyos todo lo contrario: “Ustedes, en cambio, no se hagan llamar maestros, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos. En la tierra a nadie llamen padre, pues uno solo es su Padre, el del cielo. Ni se llamen jefes, porque sólo tienen un jefe que es el Mesías. El mayor de ustedes que se haga servidor de los demás” (Mt 23, 8-12).

Más aún, el Obispo de Roma en 2014, en su deseo de una iglesia más humilde y cercana a la gente, decidió suprimir los títulos honoríficos, entre ellos el de Monseñor (el Papa Pablo VI en 1968 había suprimido otros títulos). El título de Monseñor queda solo para los “Capellanes del Papa” y después de cumplir 65 años. Ahora bien, esa medida no tiene carácter retroactivo por lo cual, los que ya lo tienen, pueden mantenerlo (Claro que con lo aquí dicho, sería muy positivo que los que lo tienen renunciaran a usarlo, ¿no?). Sin duda, en la historia de la Iglesia muchos obispos y sacerdotes con títulos o sin ellos han sido capaces de mantener una humildad a toda prueba y han sido esos pastores con “olor a oveja”. Pero muchos otros no y de ahí la insistencia del Papa.

Por parte del resto del Pueblo de Dios también hay un gran trabajo por hacer. Sabemos que el laicado ha sido tratado como miembro de segunda categoría. Dicho de otra manera, no ha tenido palabra, no ha sido consultado, se le ha enseñado a ser sumiso frente al clero y no se le ha brindado una formación adecuada que lo haga más empoderado de su fe. Pero vale la pena decir algo muy del espíritu: el pueblo sencillo, muchas veces sin saberlo definir bien, a través de la religiosidad popular, manifiesta su fe, la celebra y la defiende y no se limita a lo que diga el clero.

En fin, todo esto no es para enfrentar al clero con el laico, ni para negar la importancia del ministro ordenado en la comunidad eclesial, ni para dejar de distinguir las diversas vocaciones y ministerios en una Iglesia toda ella servidora. Es para seguir empujando esa iglesia “humilde, misionera y en salida” que se ha marcado más claramente con este pontificado y que nos remite directamente al evangelio.

Bien sabemos que este horizonte fue marcado por Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, al proponer una Iglesia Pueblo de Dios que hiciera posible la igualdad fundamental que da el bautismo, desarrollando desde ahí la diversidad de ministerios, todos  ellos para el servicio de la comunidad. Para muchos es desconocido que tres semanas antes de la clausura del Vaticano II, en las catacumbas de Santa Domitila, en la periferia de Roma, un grupo de padres conciliares firmaron un compromiso que se ha conocido como “El Pacto de las Catacumbas”. Allí esos padres se comprometieron, entre otras cosas, a rechazar que verbalmente o por escrito los llamaran con nombres y títulos que expresaran grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor) y a compartir su vida, en caridad pastoral, con sus hermanos en Cristo (sacerdotes y laicos) para que su ministerio constituyera un verdadero servicio.

Con Francisco, el Espíritu renovador que sopló proféticamente en Vaticano II, vuelve a sentirse. Además este año se celebran los 50 años de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano y caribeño (Medellín,  1968) donde el dinamismo liberador y comprometido con los pobres fue una opción fuerte. Es decir, por todas partes el espíritu sopla. ¿Podremos, entonces, –entre muchos otros aspectos- liberarnos del clericalismo? Es un desafío difícil, en el que habrá quienes se resistan, pero ojala se pueda dar porque ese es el camino alegre para una Iglesia más fiel al evangelio que es, en definitiva, lo que Jesús nos encomienda.

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