lunes, 14 de mayo de 2018


Urge un nuevo Pentecostés eclesial

Estamos terminando el tiempo pascual celebrando la Ascensión del Señor y Pentecostés. Ambas  fiestas son otra manera de expresar la experiencia fundamental que tuvieron los primeros y sostiene también hoy nuestra fe: “Jesucristo resucitó  y está vivo en medio de su pueblo”.

El texto de la Ascensión muestra la dificultad de los discípulos –aún después de la resurrección- para entender el reino anunciado por Jesús. La pregunta “¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?” (Hc 1, 6) muestra la concepción geográfica y étnica que todavía tienen del reino. Y Jesús tiene que explicarles nuevamente que el fruto de la experiencia pascual nada tiene que ver con esas precomprensiones, ni con tenerlo todo conseguido, sino con introducirse en la dinámica de la vida del Espíritu que lleva para donde no se espera y sorprende con horizontes nunca antes imaginados.

Pero ponerse en camino cuesta, es difícil. El texto nos relata que se quedaron mirando al cielo hasta que una voz los vuelve a la realidad: “Hombres de Galilea ¿Qué hacen mirando al cielo? (Hc 1,11). Sólo entonces descubren que la vida del Espíritu no los saca del mundo sino que los introduce profundamente en él.

En el texto de Pentecostés el Espíritu irrumpe en sus vidas: “Estando todos reunidos en un mismo lugar, vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban” (Hc 2,1) y los hace capaces de hablar lenguas distintas para que todos los que están en aquel lugar puedan entenderlos: “¿Cómo cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra propia lengua?” (Hc 2,8).

Es tiempo de que suceda un nuevo Pentecostés en estos momentos en que la credibilidad de la Iglesia se ha visto afectada. Un Pentecostés que haga surgir una Iglesia libre del poder y dedicada al servicio. Una Iglesia donde el Pueblo de Dios se sienta verdaderamente Iglesia y no solamente se identifique a la iglesia con el ministerio ordenado. Una iglesia capaz de hablar un lenguaje que sea entendido por los varones y mujeres de hoy, sin temor a los cambios culturales y buscando responder a ellos con prontitud y libertad.

Una Iglesia con la misma dinámica de la primera comunidad cristiana donde la libertad, la verdad y la apertura marcaron sus inicios. “Cristo nos liberó para que fuéramos realmente libres y no nos sometamos nuevamente al yugo de la esclavitud” (Gál 5,1) decía Pablo a los Gálatas y hoy estamos continuamente tentados a esclavizarnos de un tradicionalismo que deja a la iglesia anquilosada en formas, discursos y expresiones que ya no dicen nada a los contemporáneos.

“La verdad” como guía de nuestros pasos pero entendiéndola como la vida del mismo Jesús (Jn 14,6) que nos lanza al amor incondicional y a la solidaridad sin límites, muy diferente de una verdad entendida como verdades teóricas o conceptuales que anquilosan la revelación y hacen perder el dinamismo de la vida.

“La apertura” propia de esos inicios, donde el cristianismo se abrió a nuevos contextos y realidades, acogiendo tantas diferencias que cambiaron definitivamente el origen judío que había sido su cuna.
 Así como el Resucitado irrumpió en la vida de los discípulos inundándolos de su mismo Espíritu, así también hoy, que nosotros irrumpamos en el corazón de la historia por la fuerza de ese mismo Espíritu con las armas del servicio, la humildad y la entrega verdaderamente desinteresada. Ese es un camino de credibilidad eclesial que es urgente recorrerlo.

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