lunes, 15 de febrero de 2021

 

Algunos “ayunos” para este tiempo de cuaresma

 

Comenzamos la cuaresma este 17 de febrero con el miércoles de ceniza y la pandemia sigue acompañándonos. Eso quiere decir que los aforos en los templos siguen limitados y ya se vislumbra que las celebraciones de Semana Santa serán muy restringidas. Por lo tanto, hemos de seguir insistiendo en volver a lo esencial y aprender nuevas maneras de vivir los tiempos fuertes de nuestra fe.

La imposición de la ceniza nos llama a la conversión, actitud que ha de acompañarnos siempre pero que se refuerza en este tiempo litúrgico. Anteriormente, al imponer la ceniza se decía “polvo eres y en polvo te convertirás” pero ahora se dice: “conviértete y cree en el evangelio”. Sin embargo, lo que se decía antes nos confronta más con lo que vivimos actualmente: estamos palpando la fragilidad de nuestra condición humana, lo limitado de nuestra vida y lo que nunca habíamos imaginado -la pandemia-, nos ha desinstalado en muchos sentidos y no solo a nivel personal sino también a nivel global. Ahora bien, esta realidad cruda, dura, difícil, no la vivimos en un túnel sin salida, sino por el contrario: desde la fe, creemos que la muerte no tiene la última palabra y esperamos la comunión definitiva con el Dios que resucitó a Jesús y nos regaló su Espíritu. Y mientras llega el día definitivo, saboreamos la vida con Dios en las circunstancias fáciles y en las difíciles, en lo conocido y en lo desconocido, en lo que controlamos y en lo que se escapa de nuestras manos.

Es así como podemos plantear para este tiempo de cuaresma “nuevos ayunos”, que puedan darle sentido y profundidad al tiempo que vivimos. Me atrevo a proponer algunos:

- Ayuno de “religión” para fortalecer la “espiritualidad”. En efecto, lo que interesa es descubrir la presencia divina, entrar en comunión con ella, desplegar nuestra vida desde ese ámbito de trascendencia que hace ver la realidad con los ojos de la fe, la esperanza y el amor. Las religiones han de ser mediaciones para esa experiencia, pero no tienen sentido por ellas mismas, ni la finalidad es preservarlas o hacerlas gloriosas. Bien dice San Pablo en la primera carta a los Corintios: “Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia (…) Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (13, 8-12). En el contexto plurirreligioso que vivimos, esto cada día es más evidente. Mucha gente puede dejar las religiones, pero sigue buscando espiritualidad porque la pregunta por el sentido de la vida y por el bien no deja de resonar en el corazón humano. Con eso no estoy despreciando las religiones, estoy recordando que ellas son medios, valiosos, necesarios y casi imprescindibles para encarnar nuestra fe, pero su valor es alimentar la espiritualidad, en otras palabras, esa vida interior que desea, cultiva y promueve el bien y la bondad, el amor y la justicia. Podemos dejar de asistir al templo por razones tan obvias como preservar la vida, pero nadie nos priva de cultivar la espiritualidad que para los cristianos es reconocer la presencia del Espíritu en la historia que vivimos y atender a sus llamados.

- Ayuno de “celebración sacramental” para fortalecer el “compromiso social”. Esto ya lo he reflexionado muchas veces en este tiempo. Y bien conocemos que una de las celebraciones bastante concurridas de la Semana Santa es el lavatorio de los pies. Ese gesto es un símbolo transparente del único mandamiento que Jesús considera importante: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo” (Mt 22, 36-39). Lavar los pies a los demás es disponerse al servicio, agacharse frente a la necesidad ajena, brindar con generosidad todo lo que se tiene para socorrer a quien lo necesite. Si esto no es una eucaristía “existencial”, no sabemos que contenido puede tener la eucaristía sacramental que el evangelista Juan relata valiéndose, precisamente del pasaje del lavatorio de los pies como contexto de la última Cena (Jn 13, 1-20)

- Ayuno de “seguridades y certezas” para fortalecer el “caminar a la intemperie”. La llamada al seguimiento que hace Jesús a los varones y mujeres en el evangelio supone dejar casa, familia, trabajo, ciudad para subir con Él a Jerusalén (Mt 4, 18-22; Mc 15, 41). Queremos apuntarnos al seguimiento, pero no a las consecuencias que de él se desprenden. Y entre muchas de sus consecuencias está el afrontar lo que cada momento trae y seguir caminando por difícil que parezca. La pandemia nos ha hecho experimentar que hasta la seguridad de un templo y unos ritos se han puesto en crisis. Que incluso el mandato de comulgar “al menos una vez por Pascua” puede no ser posible por segundo año consecutivo. Y ahí es donde se nos invita a seguir ayunando con la certeza de que no faltará el pan del cielo, como no les faltó el maná a los israelitas en el desierto (Jn 6, 28-35).

- Ayuno de “pastorales programadas” para fortalecer la iglesia “en salida”, capaz de una conversión pastoral. Dicha conversión implica, como escribió el papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium, una reforma de estructuras que “sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas -las estructuras- se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida” (n. 27). Este puede ser un tiempo propicio para dejar de hacer las cosas como siempre se hacían y proponer otras formas, esas que puedan ser más entendidas por los jóvenes de hoy -grandes ausentes de nuestros templos- y por la gente que incursiona otros campos sociales, culturales, científicos y que no encuentra resonancias de su caminar histórico con los planteamientos, tantas veces caducos, de la pastoral eclesial.

Comencemos cuaresma con esa actitud de conversión real, de quien no teme perder lo de siempre para ganar la presencia del espíritu que siempre hace “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

 

 

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