jueves, 20 de enero de 2022

 

¿Cómo dialogar en tiempos de polarizaciones?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Vamos retomando las actividades de inicio de año y cada país tiene sus propios acontecimientos que tenemos que ir asumiendo. En Colombia nos espera, entre otras cosas, un tiempo electoral que trae no solo la responsabilidad de elegir bien sino de saber sortear el cómo dialogar entre nosotros, el cómo hacer camino juntos para tomar las mejores decisiones. Y esto no es fácil porque, aunque siempre se han dado confrontaciones (por ejemplo, en Colombia, entre liberales y conservadores), en estos últimos años las polarizaciones se han vuelto estructurantes de nuestras sociedades (los de izquierda y los de derecha, los populismos y los liberalismos, los provacunas y los antivacunas, por nombrar algunas), estas nos colocan en confrontaciones reales con los que piensan distinto. ¿Cómo asumir tanta polarización? Y en política -que ya nos ocupa a los colombianos- ¿Qué hacer ante las diferencias? No tengo la respuesta, pero quiero proponer algunas reflexiones desde una postura de fe.

Muchas personas afirman que es mejor no hablar de política (ni de religión, ni de vacunas, etc.) para evitar el conflicto y que no se rompan las familias o las amistades. Parecería que es la postura más sana y, algunos dirán, la más cristiana. Sin embargo, personalmente creo que no hablar de estos temas no es la opción. Sin involucrarnos y tomar postura en lo que nos afecta, uno no se compromete con el futuro que es necesario construir y del que nadie debería sentirse ajeno.

Por eso creo que es indispensable dialogar. Pero todo diálogo supone condiciones para que efectivamente sea diálogo y no monólogo. En primera instancia supone la escucha efectiva del otro y que también se nos escuche. Solo escucha quien reconoce que no es poseedor de la verdad sino buscador de la misma. Que no lo sabe todo, sino que aprende de los demás (y se supone y se espera lo mismo de la otra parte del diálogo). Pero el diálogo exige también unos fundamentos válidos y con fuentes veraces. Y aquí es donde surge una gran dificultad. Hablamos de algunos temas basándonos en slogans, en frases que nos venden los medios de comunicación, en posturas de alguna persona que tienen fama, es decir, en lo que se llamaría “fundamentalismos” -afirmaciones sin sustento- y no pareciera que nos interesara llegar a la verdad, comprobar los hechos, verificar que aquello es correcto. Dialogar no puede ser repetir lo que he oído decir a otros. Dialogar supone la capacidad del ser humano de buscar la verdad y exponer los fundamentos (no los fundamentalismos) de aquello que expone.

Por eso dialogar no es fácil, porque exige madurez humana, autenticidad personal, rectitud moral. Y, lamentablemente vivimos en un mundo lleno de superficialidades donde cada vez todo es más rápido, más inmediato, más opinable, más desechable. Por eso, a veces, sinceramente no se puede dialogar y no vale la pena perder el tiempo hablando con algunas personas. Ahora bien, esto no significa que se opta por no hablar para no romper la relación con los otros, sino que se toma conciencia de la inmadurez que pueden tener nuestros familiares o amigos y -también nosotros por supuesto- y, por eso no es de extrañar, que nuestro mundo tantas veces vaya por tan malos caminos ya que no logramos asumir la responsabilidad que nos corresponde.

Pero a veces no se puede dialogar con los otros, no solo por lo que acabamos de señalar, sino porque uno camina con aquellos con los que tiene proyectos compartidos que, no quiere decir homogéneos, pero sí compartidos. Y momentos difíciles, como el de tomar decisiones, validan esa comunión de ideales y sueños con las personas cercanas. Y, tristemente, a veces las relaciones se rompen porque si no hay comunidad de intereses, no se puede caminar con aquellos que están remando para otro lado. Cuando esto no se logra, hay rupturas inevitables. Más aún, por doloroso que esto sea, a veces es imposible que no suceda. Parece una actitud muy poco cristiana. Pero, no es así. Es cristiano comprometerse con la realidad que vivimos y asumirla con todas las consecuencias. Esto fue lo que hizo Jesús: no pasó de largo en la historia que le tocó vivir, sino que la asumió con gestos, palabras, actitudes, convicciones. Si Jesús hubiera permanecido neutral (aunque decir que se es neutral es tomar una posición, como decía el gran líder, recientemente fallecido, Desmond Tutu “si eres neutral en situaciones de injusticia es que has elegido el lado opresor”) no se hubiera ganado ni la traición de algunos de sus discípulos y, mucho menos, su asesinato de manos de sus enemigos.

La vida cristiana no es para “tibios”, como dice el Apocalipsis: “puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (3, 16). Y, en actitud de diálogo, sin odios, hay que tomar posturas, realizar gestos, explicitar las convicciones, decir lo que se ve necesario. Y los enemigos llegan y, a veces, entre los más cercanos. Solo queda seguir luchando por aquello que creemos es mejor para todos, comenzando por los más pobres y, confiar que los tiempos de resurrección llegarán en la medida que nos mantengamos fieles en los momentos de conflicto y muerte.

Así de fuerte me parece este tiempo de elecciones que se avecina. Lo que está en juego no es la elección de un candidato u otro, sino la elección de un proyecto de país que sea más favorable para las mayorías más afectadas. Es necesario dialogar mucho pero también buscar fundamentos y no quedarnos con los fundamentalismos o fake news que abundan, especialmente sobre los proyectos sociales que se atreven a romper moldes, que imaginan y proponen otras maneras de garantizar los derechos para todos. Para el cristiano es imperativo dialogar y comprometerse con lo político. Por esto, buena tarea nos espera, aunque no sea nada fácil.

 

 

 

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