miércoles, 5 de enero de 2022

 

¿Y si fuéramos mejores en el 2022?

 

Olga Consuelo Vélez

 

Cuando algo inicia, se espera que resulte positivo y que de los mejores frutos. Pues bien, estamos iniciando el 2022 y podríamos intentar hacer de este año una experiencia positiva, por lo menos, desde lo que depende de nosotros. En efecto, hay cosas que nos vienen de afuera y no siempre se pueden controlar. Ya tenemos la experiencia de la pandemia que nos acompaña hace dos años, nadie la esperaba y hemos tenido que afrontarla. Así podrán venir otras situaciones a las que responderemos de la mejor manera y confiaremos en superarlas pero que no podemos prever de antemano.

Lo que sí podemos cuidar, cultivar y realizar es nuestro propio interior para que de él salgan las mejores energías, actitudes y acciones para hacer muy fecundo este nuevo año. Podemos cultivar el optimismo, no para evadir la realidad, sino para que sea más fácil hacer algo posible. El optimismo nos empuja hacia adelante, nos hace ver el “vaso medio lleno” en lugar de verlo “medio vacío”. El optimismo nos hace sonreír y abre puertas allí donde parece que todo está cerrado.

Cultivemos la aceptación hacia las demás personas como ellas son y no como quisiéramos que sean. Miremos a los demás comprendiendo sus maneras de ser, actuar, relacionarse con nosotros. No quiere decir que no les ayudemos para que corrijan sus errores y sean personas más íntegras. En la medida que sea posible hemos de aconsejar, proponer, inspirar. Pero el amor auténtico acoge a los demás como son y disculpa sus cansancios, sus errores y, sobre todo, siempre pone en primer lugar lo bueno de los demás -que siempre hay mucho- antes que sus aspectos negativos y que más nos incomodan. A veces esto es muy difícil, pero sí hay algo que vale la pena en la vida, es el camino que hemos recorrido con otros.

Cultivemos la preocupación por los demás, por sus necesidades, sus problemas. Pero hagámoslo como lo dice el evangelio: “que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” (Mt 6, 3). Esto para no creernos salvadores de nadie y para no hace sentir a los otros deudores de nuestras ayudas sino manos amigas que saben extenderse cuando hace falta. Aquí también vale la pena recordar la cita del evangelio “pobres siempre tendrán entre ustedes” (Mc 14,8), texto bíblico que a veces se interpreta como excusa para no buscar erradicar la pobreza porque parece que hasta el evangelio la justifica, pero que, en realidad significa que siempre habrá alguna mano extendida que requiere de la nuestra porque, mientras estemos en este mundo, nos necesitamos mutuamente. Y, con más razón, los más pobres de cada tiempo, siempre serán una exigencia en la que se testimonia la verdad de nuestro amor a Dios porque “quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a su hermano a quien no ve” (1 Jn 4,20).

Cultivemos el perdón para que se aligere nuestro corazón y no viva con la amargura del rencor o del recuerdo que atormenta. Hay situaciones que, por más vueltas que le demos, ya no se pueden cambiar porque así fueron y cada persona tiene sus razones para justificar su actuación en determinada situación (si nos referimos a un desencuentro entre personas) y, en casos más graves, lo que se perdió o lo que sucedió no se puede cambiar. Pero perdonar y ser perdonado libera de todo aquello y permite un nuevo comienzo. Es más fácil perdonar y poder seguir caminando con esas personas que romper para siempre y privarse del cariño, la compañía, el sentido de familia o de amistad que se vive cuando se camina con otros.

Cultivemos la fe en el Dios que no nos salva mágicamente de las pandemias, pero si nos da fuerzas para superarlas. Ese Dios que nos ha sostenido en este tiempo y nos ha mostrado que solo “remando todos hacia el mismo lado” -como lo expresó el papa Francisco al inicio de la pandemia-, podemos llegar a buen puerto. La fe cristiana nos ha conectado en esta pandemia con el cuidado de la creación y esto debemos fomentarlo. Nos ha invitado a menos rito y más vida, descubriendo que lo importante no es asistir al templo sino en vivir lo que significan los sacramentos para que, cuando vayamos al templo, celebremos la vida y no la rutina del rito.

Cultivemos la espiritualidad que es mucho más que rezar algunas oraciones. Es dejarnos interpelar por lo que nos dicen los signos de los tiempos, descubriendo por dónde nos lleva el espíritu de Dios. Es distinguir entre una religiosidad alienante y un compromiso con la construcción del bien común.

Cultivemos la sinodalidad, palabra que se introdujo en la vida de la Iglesia el pasado mes de octubre cuando Francisco inauguró el “Sínodo sobre la sinodalidad” frente al cual muchos clérigos y laicado no tienen la menor idea cómo proceder. Pero este año será ocasión propicia para entender mejor que en la iglesia o “caminamos juntos” (significado de la palabra sinodalidad) o esta institución se anquilosará más y muchos se irán de ella. Porque la iglesia solo tiene sentido si se vive la experiencia comunitaria en su ser y proceder. Siempre hemos afirmando que la iglesia es comunidad, pero en ella, unos deciden casi todo y otros permanecen pasivos. Con lo cual, nuestro modo de proceder desdice de lo que la iglesia es. Pero el Espíritu que no deja de soplar -aunque seamos tardos en escucharle- una vez más nos urge a que demos testimonio de esa igualdad fundamental que debe existir entre todos los miembros de la Iglesia -Pueblo de Dios-, aportando sus distintos ministerios y carismas, pero todos para el servicio de la comunidad.

Cada persona puede seguir formulando que le gustaría cultivar para este 2022 desde su propia realidad. Lo importante es no dejar de estar en camino porque la vida continúa y nuestra acción determina, en gran medida, hacia dónde, con quienes y de qué manera.

 

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