Jesús se transfigura también ante nosotros para
sostenernos en las dificultades
II Domingo de Cuaresma (1-03-2026)
Olga Consuelo Vélez
Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago
y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de
ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió
blanca como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con
él. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece,
armaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía
estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió
una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. Al
oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se
acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! Cuando levantaron la
vista, sólo vieron a Jesús. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó:
No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de
entre los muertos (Mateo 17, 1-9)
Este texto de
la transfiguración viene después de que Jesús ha hecho el primer anuncio de la
pasión a sus discípulos (Mt 16, 21). Pedro lo reprende por decir esas cosas y
Jesús lo increpa fuertemente, llamándole “Satanás” ya que no parece entenderle
y, más aún, quiere impedir que esa sea la suerte que corra Jesús. En este
contexto, el texto de la transfiguración va a adelantar, de alguna manera, que
la muerte no tiene la última palabra porque llegará la gloria que alcanzará a
Jesús y a los que estén con él. Para esto, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago
y Juan y suben al monte donde acontecerá la transfiguración.
En el
evangelio de Mateo la figura del monte se utiliza varias veces. Aparece en las
tentaciones cuando el diablo lo lleva a un monte muy alto (Mt 4, 8-10) y
también es en un monte donde Jesús pronuncia su sermón inaugural (Cap 5-7).
Será también en el monte donde se despedirá de sus discípulos (Mt 28, 18-20).
Para Mateo el monte es el lugar donde Dios se manifiesta, así como lo hizo con Moisés
dándole las tablas de la Ley (Ex 31, 18) o con Elías, cuando el profeta está en
crisis y sube al monte Horeb buscando a Dios (1Re 19, 1-18). En este pasaje
Jesús va con sus discípulos al monte y allí sucede el misterio de la
transfiguración donde los apóstoles pueden ver a Jesús resplandeciendo como el
sol y con sus ropas blancas; además conversando con Moisés y Elias. Ante esto
Pedro toma la palabra y propone hacer tres tiendas. Sin duda, todos queremos
quedarnos en los momentos de gloria y huir de las dificultades. Pero la
experiencia continua y se oye una voz del cielo que confirma que Jesús es el
Hijo amado, el predilecto a quién hay que escuchar. Es entonces cuando los
discípulos sienten miedo. Este miedo es más un “temor reverencial” frente a lo
divino, es decir, el reconocimiento de esa realidad trascendente que logran
percibir. Jesús les dice que no tengan miedo y les advierte que no le cuenten a
los demás hasta que haya sucedido la resurrección.
Si tomamos al
pie de la letra este pasaje, podríamos pensar que ya los discípulos tienen
claro todo lo que va a acontecer con Jesús: su muerte y su futura resurrección.
Por lo tanto, no se entendería por qué Pedro lo va a negar más adelante y todos
los discípulos huyen en el momento de la muerte. Por esto, es necesario
recordar que todos los evangelios están escritos a la luz de la Pascua, es
decir, ya han sucedido todos los acontecimientos y es, entonces, cuando las
diferentes comunidades comienzan a poner por escrito la experiencia vivida. En
ese sentido, lo que tal vez en la vida histórica de los discípulos era una
intuición, una cierta certeza y por eso estaban siguiendo a Jesús, en la redacción
del evangelio ya aparece como un hecho dado, como un momento en el que,
contrario a la persecución que pronto sufrirá Jesús, se va teniendo la convicción
de que ese camino es el que Dios quiere porque, en verdad, Jesús, es el Hijo
amado de Dios.
En nuestra
vida también tenemos ciertos momentos de certeza en que nuestras opciones se
hacen fuertes y nos impulsan a más compromiso y radicalidad. Hemos de
mantenerlas en la memoria para que nos sostengan en los momentos de duda e
incertidumbre. Jesús es el Hijo de Dios y su programa del reino es la voluntad
de Dios sobre la humanidad. Creamos en su propuesta, a pesar de las
dificultades, con la esperanza cierta en que Dios tiene la última palabra y
esta es de vida y salvación.
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