El Espíritu como protagonista de la misión
Pentecostés
(24-05-2026)
Olga Consuelo Vélez
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana,
estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos.
Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: –La paz esté con ustedes. Después
de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron
al ver al Señor. Jesús repitió: –La paz esté con ustedes. Como el Padre me
envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y
añadió: –Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les
quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos (Juan 20, 19-23).
El evangelio que nos propone la liturgia de hoy es el mismo que comentamos el segundo domingo de Pascua en el que Jesús se aparece a sus discípulos y Tomás no está con ellos. Pero aquí solo se relata la primera parte y no se hace referencia a Tomás. Lo que interesa es el don del Espíritu que Jesús les va a hacer en esa primera aparición. Su saludo se refiere al don escatológico de la paz. Don que viene de Dios y el resucitado que es el mismo crucificado – realidad que se expresa con el gesto de mostrarles las manos y el costado- ahora es dador de los dones del Espíritu y, más aún, del Espíritu mismo.
Con el don del
Espíritu viene el envío, igual al que Jesús recibió del Padre. Ahora es Jesús
quien envía a sus discípulos y además les da la potestad de perdonar los
pecados. En efecto, el reino que Jesús encomienda a los suyos está llamado a
liberar de todas las esclavitudes, de todos los males.
Conocemos
también el texto de Hechos (2, 1-11) que se propone como primera lectura de la
liturgia de hoy. Este texto relata que coincidiendo con la fiesta de
Pentecostés en la que los judíos van a Jerusalén para la celebración (igual que
para las fiestas de las tiendas y la Pascua), los discípulos están reunidos en
un mismo lugar y viene un ruido como una ráfaga de viento que llena toda la
casa. Además, unas lenguas de fuego se posan sobre cada uno de ellos y
comienzan a hablar en distintas lenguas. Lo interesante será que los que los
escuchan les entienden en su propia lengua. Por tanto, el don del Espíritu
permite que se inicie la predicación de las maravillas de Dios, es decir, de la
Buena Noticia, y que llegue a las gentes de todo lugar. Ahora bien, el don del
Espíritu es necesario recibirlo. Por eso el texto termina diciendo que unos se
alegran por lo que están viendo, mientras que otros dirán que los discípulos
están de llenos de mosto (están borrachos).
Pentecostés,
por tanto, es celebrar el inicio de la iglesia y de la misión evangelizadora,
no por las propias fuerzas, sino por acción del Espíritu. Si el domingo pasado
decíamos que Jesús no se ha ido, sino que se queda con nosotros, hoy podemos
decir que su Espíritu, definitivamente, acompaña la misión a la que estamos
llamados y será quien la lleve a término. Precisa, eso sí, de nuestra apertura
y disponibilidad para que sus frutos se manifiesten en nuestra vida y lleguen a
las personas de todo lugar y tiempo.
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