lunes, 19 de octubre de 2020

 

Ni la pandemia detiene el grito de los pobres: a propósito de la Minga indígena 

La pandemia cambió las prioridades y muchas realidades quedaron detenidas porque solo había una urgencia: “preservar la vida”. Pero es imposible detener el grito de los pobres porque las situaciones son insostenibles. Entre los pobres están los indígenas que a lo largo y ancho del continente han sido relegados a las periferias y su voz se intenta ahogar una y otra vez.

Pero su identidad como pueblos originarios crece cada día y por eso el 12 de octubre ya no se conmemora el mal llamado “descubrimiento de América”, sino el “Día de la resistencia”. Este año, la Organización Nacional Indígena de Colombia celebró los 40 años de su primer encuentro como pueblos indígenas en el que acordaron los principios de “Unidad, Territorio, Cultura y Autonomía” como rectores de su ser y quehacer. Han logrado el reconocimiento de varios derechos políticos, sociales, económicos y territoriales, pero en la práctica “no se les garantizan todos, efectivamente”. Esto nos hace pensar en la afirmación que hace el papa Francisco en la Encíclica Fratelli Tutti: “Muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos (…) nos lleva a peguntarnos si verdaderamente la igual dignidad de todos los seres humanos, proclamada solemnemente hace 70 años, es reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias” (No. 22).

De ahí que la “Minga Indígena por la defensa de la vida, del territorio y la paz” que actualmente está en Bogotá pidiendo hablar con el presidente de la República -el cual no quiere establecer tal diálogo- reclama lo que la pandemia ha hecho más evidente: “el modelo económico y de desarrollo que se vive, está llevando a la humanidad a una grave crisis planetaria. Y, en Colombia, esa crisis está cobrando la vida de miles de líderes, lideresas, dirigentes y jóvenes que levantan la voz en defensa de los derechos y también, la vida de miles de hermanos y hermanos indígenas por el contagio del virus, un virus que en el sentir de nuestros Mayores y Sabedores, tiene el espíritu de la época que vivimos y que se refleja en el Gobierno de Iván Duque, un gobierno que sin vergüenza, gobierna con y para unos pocos, para las empresas extractivistas y el capital financiero, triplicando la deuda extrema y empobreciendo cada vez más al país” (Declaración política – Defender el Derecho a la Protesta Social con plenas garantías para la Minga Social y comunitaria del Suroccidente).

Y continua esta Declaración Política diciendo “que en la medida que la crisis social y económica se hizo más tangible y afectó de manera desproporcionada a los más pobres mientras le servía a los ricos y poderosos para seguir aumentando sus privilegios, los pueblos y ciudadanos empezaron a retomar los procesos de lucha con la conciencia que necesitamos mantenerlos y fortalecerlos, con mayor ahínco, en medio del régimen que tenemos. La lucha es de largo aliento”.

Estas reivindicaciones se unirán el próximo 21 de octubre con el Paro Nacional convocado por las centrales obreras del país con el lema: “Por la vida, la democracia y negociación del pliego de peticiones”. A este Paro se unirán organizaciones sociales y campesinas que reclaman mejores condiciones laborales, derecho a la salud y, sobre todo, respeto a la vida.

La Conferencia Episcopal Colombiana sacó un comunicado el pasado 18 de octubre haciendo un llamado a las autoridades gubernamentales, las instituciones públicas y privadas y en general a todo el pueblo colombiano, a favorecer el diálogo social -como lo pide el papa Francisco en la Fratelli Tutti (No. 211), a evitar que se desvíen los legítimos propósitos de la minga, reconociendo los rostros indígenas y afrocolombianos a quienes no se les ha tratado con dignidad e igualdad de condiciones. Además, la iglesia colombiana en ese comunicado, se compromete “en la tarea de crear conciencia social acerca de la realidad de los pueblos indígenas y sus innumerables valores, impulsando el reconocimiento pleno de sus derechos individuales y colectivos y los acompañemos especialmente en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa de sus territorios, el acceso a la educación intercultural y el ejercicio de sus derechos ciudadanos”. Termina el comunicado reafirmando “la necesidad de crear entre los colombianos una verdadera cultura del encuentro fraterno que nos permita abrirnos a los hermanos, descubrir la riqueza de la diversidad, sanar heridas, tender puentes y abrir caminos para la convivencia y en la justicia y en el bien común”.

Por supuesto que la descalificación de todo este movimiento viene de muchas partes comenzando por el gobierno nacional. Se apela a decir que ya tienen mucho territorio -como si no fueran los dueños del mismo pero a los que se los arrebataron desde hace tantos siglos-, o que su defensa del agua y del territorio no aporta a la economía o que están infiltrados por intereses “populistas” o simplemente desde ese “racismo” introyectado que tenemos se desprecia todo lo que es indígena o afro porque no son “civilizados” como falsamente nos han hecho creer desde esa mirada occidental, blanca, hegemónica, etc.

Mucho se ha “alabado” la encíclica del papa Francisco. La iglesia colombiana, en este caso, ha hecho un pronunciamiento verdaderamente importante, evangélico y en comunión con lo dicho en la encíclica. Ojalá que tantos creyentes no dejen pasar la ocasión de mirar a los pobres y escuchar sus gritos para como el buen samaritano, curen sus heridas y no dejen de acompañarlos hasta que sus derechos sean efectivamente reconocidos.

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