lunes, 12 de abril de 2021

 

La mejor política es la búsqueda del bien común

 

La política es una de esas realidades difíciles de abordar porque es de las que despierta más pasiones y, en cierto sentido, más posturas irreconciliables. Por eso muchos prefieren no hablar de política (ni de religión) para mantener la armonía familiar, social, religiosa. Y, esta última, porque la política no está ajena a las visiones religiosas y estas, muchas veces, se convierten en un obstáculo fuerte para un diálogo más amplio y sensato.

El papa Francisco trató de “la mejor política”, en el capítulo quinto de su última encíclica Fratelii Tutti, mostrando cómo ella es necesaria para hacer posible la fraternidad entre los pueblos. Esta supone la búsqueda del verdadero bien común, objetivo que lamentablemente no se cumple, la mayoría de las veces, y por eso el mundo va, fácilmente, por un rumbo distinto (n. 154).

Podríamos preguntarnos por qué habla de “verdadero” bien común ya que, si es bien, debería ser verdadero. Pero el papa lo aclara enseguida: “Muchas formas actuales de política, sean de izquierda o de derecha (populismos o liberalismos) no responden al bien común, sino a sus propios intereses. El bien común supone pensar en un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas. Pero los populismos esconden su desprecio a los débiles utilizándolos demagógicamente para sus fines y a las formas liberales solo les interesan para el servicio de sus intereses económicos (n. 155). Para no caer en populismos se tiene que garantizar un desarrollo económico dependiendo de las posibilidades de cada región y asegurando así una equidad sustentable. Por otra parte, los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras (n. 161). Estas propuestas de la encíclica son muy sensatas porque el mundo tampoco puede uniformizarse o dejarlo al azar de la libertad de mercado. Cada país ha de reconocer sus posibilidades y desarrollarlas adecuadamente, buscando garantizar la vida digna para todos sus habitantes. Esto supone garantizar el trabajo porque la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización social asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y esfuerzos. El trabajo no es solo para ganarse el pan sino también para el crecimiento personal (n. 162). ¿Cómo traducir todo esto en una práctica real?

El papa continúa diciendo que actualmente el término “populista” sirve para clasificar a los políticos o “desacreditándolos injustamente o enalteciéndolos en exceso” (n. 156). Me gusta esa primera expresión “desacreditándolos injustamente” porque así ha pasado con algunos gobiernos de izquierda del Continente, con unos medios de comunicación que triplican esa imagen negativa y cuando la justicia los reivindica, esos mismos medios permanecen en silencio absoluto. Además, añadiría que muchos gobiernos de derecha son mucho más populistas -para la muestra el presidente de Colombia -Iván Duque- y su última propuesta de reforma tributaria, llamada “Ley de solidaridad sostenible” que bajo un nombre tan “aparentemente social” solo pretende grabar con más impuestos a la clase media/baja, argumentando que es la forma de sostener para los pobres un ingreso solidario. No se plantean verdaderas reformas que garanticen “tierra, techo y trabajo”, como lo pide el papa Francisco.

La encíclica continúa aclarando que, aunque el término populista está tan desprestigiado, no se pueden dejar de lado las nociones de “popular” y de “pueblo” (n. 157). La noción de pueblo es la que hace posible la democracia “gobierno del pueblo” y la que construye grupo, comunidad, a diferencia del individualismo. Un cambio social no se puede hacer sin proponer un sueño colectivo. Por eso para el Papa son tan importantes los movimientos populares porque ellos expresan lo que la gente siente y por lo que lucha.  Ser pueblo es tener una identidad común, tener lazos sociales y culturales que unan a las personas (n. 158). Ahora bien, estas palabras no se entienden fácilmente porque en la práctica, los poderosos y los medios de comunicación a su servicio, se han encargado de desprestigiar a los movimientos populares “magnificando” los hechos negativos que tal vez se presentan en una marcha, por ejemplo, e “invisibilizando” todo lo positivo que ese mismo movimiento social supone.

Retomando de nuevo el término populismo, también existe la idea generalizada de que el pueblo es ignorante y que se deja comprar por cualquier cosa que le ofrezcan. Sin duda esta situación se da, pero creer que todos los pobres responden desde esas categorías es pensar que no tienen dignidad o que no saben lo que necesitan o que son incapaces de tener sueños colectivos y eso no es verdad.

En fin, la mejor política es la del bien común que incluye a los últimos y escucha sus demandas. Es la que logra sentar en la mesa donde se toman las decisiones a los que piden cambios. Pero esta es la lógica que no quiere asumirse en la política y mientras todo se mire desde arriba y solo se busquen soluciones desde los que están en el poder, las cosas no cambiarán realmente.

En todo esto la fe podría jugar un papel más relevante apoyando decisivamente las demandas del bien común, fijándose, en primer lugar, en las inmensas necesidades de las mayorías más pobres. Pero eso, normalmente no ocurre. Parece que a los creyentes los captan más fácilmente las políticas que mantienen el status quo baja capa de libertad o de que se van a defender algunos valores morales propuestos por las religiones.

En tiempos tan complejos como los que vive nuestra América Latina, profundizar en la encíclica es una oportunidad de confrontar nuestra fe y pensar si esta va en sintonía con las necesidades urgentes de nuestros pueblos. Pareciera que Francisco tiene más acogida entre gente comprometida socialmente que entre los creyentes. Esto es signo de que algo no va bien en la vivencia de nuestra fe, de ahí la necesidad de confrontarnos y hacer los cambios necesarios.

 

 

 

 

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