martes, 6 de julio de 2021

En medio de las dificultades, muchos signos de “esperanza”

 

Cuando miramos la realidad latinoamericana se perciben muchas dificultades, con las particularidades específicas de cada país. Pero también hay muchos signos de esperanza que vale la pena explicitar porque, muchas veces, los medios de comunicación despliegan insistentemente lo negativo y pasan casi desapercibido lo positivo.

No me voy a referir a todos los signos, ni tal vez a los más significativos, sino a los que tengo presentes en este momento. Cada persona podrá recordar muchos otros o considerar que algunos de los que señalaré no son signos de esperanza para ellos, pero lo que interesa es darnos cuenta que “no todo pasado fue mejor” y que cada presente tiene grandes dificultades, pero también infinitas esperanzas.

Pensando en Colombia, aunque casi todo está por resolverse -después de estos dos últimos meses de marchas y demandas sociales- quedará para la historia una juventud que ha sido capaz de levantarse y exigir lo que les corresponde. Algunos se quedan atrapados en los desmanes y destrozos que causan algunos -lo más seguro infiltrados- pero el énfasis no puede ponerse en eso. La seguridad con la que los jóvenes hablan y exigen sus derechos es conmovedora. Frente a opiniones que se escuchan de que la juventud no tiene ideales, que es apática, que son superficiales, etc., la movilización juvenil que se ha dado en Colombia las deja sin piso. Habrá jóvenes apáticos y desinteresados frente a la realidad que viven, pero lo más cierto, es que con la juventud viene el deseo de un futuro posible para ellos y, siempre hay jóvenes dispuestos a luchar por conseguirlo. Justamente el 4 de julio conmemoramos los treinta años de la Constitución que rige actualmente el país, la cual fue también fruto de las iniciativas juveniles que creyeron que el cambio podía llegar por esa vía constitucional. Según se ha recordado estos días, la Constitución es muy buena pero aún falta reglamentarla suficientemente y vigilar porque no sigan aprobándose modificaciones que, en realidad, son retrocesos promovidos por aquellos que empujan la historia para atrás en aras de defender sus privilegios o intereses particulares. Pero eso no impide que también quede en la historia el hecho de haber conseguido una nueva Constitución y de los cambios que ella ha permitido.

Chile ha comenzado el proceso de redactar una nueva Constitución y, por lo menos, los inicios, parecen muy esperanzadores. Las palabras de la presidenta de la Convención Constitucional, Elisa Loncon, indígena, reconocida activista de la causa de su pueblo, con una preparación intelectual muy sólida, mostró en su discurso de posesión, unos horizontes muy valiosos: “… Felices por esta fuerza que nos dan, pero esta fuerza es para todo el pueblo de Chile, para todos los sectores (…) para todos los pueblos de las naciones originarias que nos acompañan (…). Este saludo y agradecimiento es también para la diversidad sexual, este saludo es para las mujeres que caminaron en contra de todo sistema de dominación (…) agradecer que estamos instalando aquí, una manera de ser plurales, una manera de ser democráticos, una manera de ser participativos (…) Esta convención que hoy me toca presidir transformará esta nación en un Chile plurinacional, en un Chile intercultural, en un Chile que no atente contra los derechos de las mujeres (…) en un Chile que cuide la madre tierra (…)”. Desde mi punto de vista esto es un avance inmenso en un país que lideraba una visión muy distinta -neoliberal- y que parecía nunca llegaría a su fin.

Sobre este protagonismo de los indígenas, es bueno reconocer cómo se levanta su voz en el Continente. Bolivia es un Estado plurinacional y las constituciones de otros países también subrayan la pluralidad étnica. En Colombia por Constitución se garantiza su representación en el congreso. Pero bien sabemos que no es suficiente que quede escrito en las leyes, sino que la transformación de las mentalidades es más lenta y requiere de mayor esfuerzo. Es así como la práctica de derrumbar estatuas de los conquistadores se ha convertido en un signo -que molesta a muchos- pero que interpela suficientemente la mentalidad colonial que llevamos introyectada y la urgencia de reescribir la historia desde los vencidos, desde los pueblos originarios quienes sufrieron la crueldad de una colonización hecha con la “cruz y la espada” al mismo tiempo.

Muchos otros signos se podrían anotar porque en cada país, a pesar de sus problemas, no dejan de levantarse voces, exigir derechos y conquistar avances, lamentablemente tantas veces a costa de mucha sangre y sufrimiento. Pero ojalá que los cristianos sepamos alimentar y mantener esta mirada de esperanza. La resurrección que “esperamos” no es solo para después de esta vida, sino que comienza aquí y ahora, en las circunstancias que vivimos. Hay resurrección cuando los jóvenes, los indígenas, las mujeres, los negros, la población de diversidad sexual y tantos otros, hoy levantan su voz pidiendo igualdad, inclusión, respeto, derechos, etc., y creyendo que los cambios pueden ser posibles.

Nuestra fe no puede ser ajena a estos procesos. Más aún, se valida en ellos. Que si tantas veces en la historia algunos sectores eclesiales han estado del lado equivocado -dictaduras, statu quo, poderosos, etc.- hoy procuremos estar del lado correcto: allí donde se lucha por la vida, la dignidad para todos los hijos e hijas de nuestro Dios y que los signos de esperanza que se van constatando, nos sostengan para seguir adelante, apostando más y más por un futuro distinto, difícil pero posible.  

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