sábado, 11 de diciembre de 2021

 

Adviento: tiempo de preparación y de esperanza

 

Olga Consuelo Vélez

 

Por segundo año consecutivo estamos celebrando Adviento marcados por la pandemia. Parece que la incertidumbre y la esperanza, de nuevo se dan cita para mostrar que así es la vida humana. En efecto, no dejamos de toparnos con la limitación, el sufrimiento, la enfermedad e incluso la muerte, pero al mismo tiempo, mantenemos la esperanza en un futuro mejor.

Por eso la gente, a pesar de los dolores que trae consigo la pandemia, se prepara para vivir este tiempo. Las casas se han adornado, las calles están llenas de luces, la música navideña comienza a sonar a nuestro alrededor y, ya con menos limitaciones de aforos, hay muchos más encuentros y se planean reuniones para celebrar las fiestas que se acercan.

Es un tiempo que contagia alegría, independiente de sí las personas se dicen creyentes o no. Simplemente se entra en ese ambiente que parece distinto y da la sensación de descanso, de tranquilidad, de que se acaba algo y puede empezar otra cosa nueva.

Para los que tenemos fe, este tiempo de adviento nos anuncia una buena noticia, aunque esta, a veces, se diluye entre tantas luces y fiestas. Conmemoramos el nacimiento de Jesús en quién Dios se ha hecho presente en lo humano. Desde entonces, podemos celebrar que ya Dios no es el misterio lejano y desconocido sino el ser humano cercano y solidario, que comparte todas nuestras alegrías y preocupaciones.

Si nos fijamos en las lecturas bíblicas de estos domingos de adviento, encontramos en ellas la invitación a prepararnos para este acontecimiento. En la figura de Juan el Bautista se nos anuncia que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 6) en la medida que se “allanen los senderos, los barrancos se rellenen, las colinas se rebajen, lo tortuoso se haga recto” (Lc 3, 4-5). Es decir, que las situaciones cambien y sean favorables para la humanidad. Al oír la predicación del Bautista, la gente le pregunta: ¿Qué hemos de hacer? (Lc 3, 10) y Él les responde: “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo” (Lc 3, 11) y el texto continúa con las respuestas de Juan el Bautista a los publicanos y a los soldados que también parecen buscar un cambio y quieren saber cómo hacerlo. De esa manera Juan exhorta a sus contemporáneos para que orienten su vida hacia el amor, la solidaridad, el bien común, la ayuda mutua, de manera que sea posible la buena noticia de la salvación que el Niño Dios ofrece.

Dicho de otra manera, el Dios hecho ser humano en Jesús, nos viene a mostrar que la salvación consiste en el bienestar de la humanidad. Su deseo es que a nadie le falte nada para vivir. Pero eso solo se puede hacer si el que tiene más es capaz de compartir con el que tiene menos. Ese sería el sentido de los regalos navideños: repartir todo aquello que somos y tenemos. Lamentablemente los regalos se convirtieron en un acto social, más expresión del consumismo desmedido que de un compartir solidario o signo de un formalismo social de dar para recibir, de dar para quedar bien ante los otros, de dar para mostrar que se tiene poder adquisitivo.

Fuera de la figura de Juan el Bautista, el evangelio del cuarto domingo nos habla de María e Isabel y el encuentro entre ellas. Allí Isabel reconoce que, en ese niño pequeño en el seno de María, se hace carne la salvación ofrecida por Dios y alaba a María porque, gracias a su fe, se hizo posible el cumplimiento de las promesas divinas (Lc 1, 39-45).

De ahí que nuestra preparación en este tiempo de adviento no consiste en obras extraordinarias sino en mirar nuestra cotidianidad y buscar vivirla con las mejores actitudes posibles. Hay tanto bien que podemos hacer. Tantas palabras que podemos corregir, tantas actitudes que podemos mejorar, tanto pasado que podemos perdonar, tantos desencuentros que podemos superar. Adviento nos invita a toparnos con la humanidad de Dios para que nos ayude a vivir la nuestra a todos los niveles: personal y social.

Aprovechar este tiempo para crecer en las relaciones de familia, de amistad, de colegas de estudio o de trabajo, de vecinos, de todos aquellos con los que de alguna manera nos topamos cada día. Pero también aprovechar el tiempo para pensar en un país distinto en el que la vida se garantice para todos y todas. Por eso, la dimensión socio política de la vida humana, no es ajena a la buena noticia de la salvación que el Niño que nace nos anuncia. Hay que atreverse a soñar con que se puede hacer otro tipo de política, otro tipo de economía, otro tipo de sociedad. Supone riesgo y apuesta por el cambio. Pero también revela nuestros miedos y la incapacidad de pensar que las cosas pueden ser distintas. Tal vez el Niño del pesebre nos ayude a creer que de donde parece no puede surgir nada, es posible que se transforme todo. Y que la esperanza que parece más propia de este tiempo, nos siga fortaleciendo para no dejar de creer en la buena noticia del Reino: “el que tiene dos túnicas que las reparte con el que no tiene”.

 

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