martes, 13 de septiembre de 2022

 

¿En qué va el Sínodo sobre la sinodalidad? Aportes desde Colombia

Olga Consuelo Vélez


 

En octubre del año pasado se inició el sínodo sobre la sinodalidad y estamos a mitad de camino. Se han hecho las consultas en cada país y se ha pasado a la fase continental donde se recogerán los aportes de todos los países y se elaborará un documento síntesis que será enviado de nuevo a las iglesias particulares. Después seguirá el proceso hasta la culminación del sínodo en octubre de 2023, con la reunión presencial de los obispos en Roma.

La Conferencia Episcopal Colombiana publicó en la página web, el pasado 29 de agosto, el Documento Síntesis, acompañado de cuatro anexos, en los que se recogen las consultas al episcopado, a los obispos eméritos, a los indígenas y a los jóvenes y niños. Estos documentos pueden ser consultados para profundizarlos y seguir acompañando este camino sinodal. Personalmente me pareció un buen logro, el haber hecho una síntesis clara, organizada y bien estructurada, después de haber recibido 78 documentos de las diferentes jurisdicciones. La síntesis solo tiene 10 páginas: una introducción y la respuesta a las dos preguntas que se propusieron para el proceso sinodal.  

En la introducción se explica la convocatoria con los equipos diocesanos, los cuales consultaron a personas que participan activamente en la Iglesia, a los que lo hacen esporádicamente y a los que no pertenecen a la Iglesia. Aunque se realizaron esas consultas también se reconoce que “hubo resistencias por parte de un grupo de sacerdotes que no aceptaron el llamado porque se sienten profundamente incómodos al ser confrontados en sus acciones personales y evangelizadores y de varios laicos que mostraron apatía por ciertos temas”. No me extraña esta constatación porque sé que en muchos lugares no se realizó ninguna consulta y muchas personas aún no han oído hablar del sínodo.

La primera pregunta sobre el cómo se realiza el “caminar juntos” en la Iglesia particular se respondió con base en 10 núcleos temáticos (compañeros de viaje, escuchar, tomar la palabra, celebrar, corresponsables en la misión, dialogar en la Iglesia y en la sociedad, con las otras confesiones cristianas, autoridad y participación, discernir y decidir y formarse en la sinodalidad). Las respuestas giraron en torno a los aspectos positivos de la Iglesia a nivel de participación social y vivencia eclesial pero también se señalaron algunas sombras como el miedo a expresarse frente a los pastores o las resistencias para incorporar a los laicos en los ministerios, entre otros aspectos. Finalmente se cuestionaba cierto estilo de formación en los seminarios que lleva a los jóvenes a una vida acomodada, encerrados en su mundo, sin compromiso con las periferias.

De la segunda pregunta sobre qué pasos invita el Espíritu Santo a dar a la Iglesia colombiana para crecer en nuestro “caminar juntos”, se desprenden los 18 desafíos que la Iglesia plantea de esta fase sinodal. Entre estos desafíos se señalan aspectos eclesiales que son bastante evidentes como la urgente transformación del clericalismo y la autosuficiencia, la necesidad de fortalecer la participación y corresponsabilidad del laicado, especialmente de las mujeres e implementar entornos protectores y seguros para los niños, adolescentes y adultos vulnerables. También, se anotan como desafíos, el formar mejor a los ministros ordenados -especialmente en la preparación de la homilía-; renovar las estructuras parroquiales y orientar los movimientos apostólicos a integrarse en los planes pastorales; privilegiar la evangelización a los niños, adolescentes y jóvenes e incluir pastoralmente a la población LGTBIQ+, la diversidad religiosa, las poblaciones indígenas y afrodescendientes; afrontar la escasez vocacional y la crisis de las familias; inculturación de la liturgia trabajando para que lo sacramental no este asimilado a los intereses económicos de los pastores; incentivar enfoques sociales y culturales en la evangelización, retomando la voz profética para denunciar las injusticias en el entorno del capitalismo deshumanizador, el narcotráfico y la corrupción, evitando tanto asistencialismo; además de la responsabilidad con el cuidado de la casa común. Se consignaron también, aclarando que fueron voces minoritarias, algunas peticiones como la posibilidad de que los sacerdotes que han dejado de ejercer el ministerio puedan vincularse a los procesos evangelizadores; que hombres casados puedan acceder al ministerio, reflexionar sobre el celibato no obligatorio, la ordenación de mujeres y fusión de congregaciones religiosas que ya no cuentan con demasiados miembros.

Cada uno de estos desafíos amerita una reflexión detallada, profunda, comprometida. Sin embargo, desde una primera apreciación personal, creo que esta síntesis adolece de un planteamiento más de fondo: ¿Qué cambios “estructurales” necesita la Iglesia colombiana para que responda a lo que dice el Espíritu en esta realidad? Mientras no se piense en cambios de fondo, las cosas seguirán como hasta ahora, buscando mejorar algunos aspectos -lo cual es muy positivo- pero situados en el mismo horizonte, convencidos de que todo marcha bastante bien. Los cambios estructurales surgen cuando se toma en serio, como dijo la V Conferencia de Aparecida, que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época (n. 44). Si fuéramos capaces de situarnos en la nueva realidad que vivimos, tal vez se pondría menos énfasis en recuperar formas “tradicionalistas” de vivir la fe o en privilegiar “solamente” los temas de moral o en temerle tanto a la supuesta “ideología de género” o en seguir centrando la fe en lo “ritual” o en hablar tanto del “demonio” o de los “exorcismos” y, muchas otras realidades que dejan ver que la Iglesia (no solo la colombiana sino la de muchas realidades) no ha asumido Vaticano II con todas las consecuencias que este concilio supuso, ni lo que han señalado las Conferencias Episcopales Latinoamericanas y Caribeñas, ni toda la renovación bíblica y teológica que hoy tenemos pero, sobre todo, la evidente realidad de que la Iglesia no parece leer los “signos de los tiempos” y, por eso, sus respuestas llegan tarde y, mientras tanto, grandes poblaciones se alejan más y más de ella. Como lo dijo el papa Francisco, del sínodo de la sinodalidad no se espera un documento, pero sí que el proceso vivido nos remueva los cimientos de la iglesia clerical y se comience a construir una iglesia donde se “camine juntos”. ¿Lograremos algo de esto en nuestra Iglesia colombiana? ¿en la iglesia universal? Esperemos que sí, aunque hasta el momento, no pareciera que se caminara decididamente hacia eso.

 

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