sábado, 17 de diciembre de 2022

 

¿Y si aviváramos la esperanza?

Olga Consuelo Vélez

 

El tiempo litúrgico de Adviento se conoce como tiempo de esperanza. Y, como dice Pablo a los Romanos “la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (5, 5). En efecto, la esperanza cristiana no es una mera ilusión, una proyección, un deseo, un sueño, sino que es una persona -el mismo Jesús- quien, con su humanidad nos mostró que este mundo puede ser distinto y que todos nuestros esfuerzos pueden contribuir a la construcción de una realidad mejor. Más aún, Jesús nos dejó su mismo Espíritu para que continuemos su obra, sin desfallecer.

Sin embargo, en nuestro mundo son tantos y tan graves los problemas que nos agobian que, a veces pareciera, que la esperanza se ha ido. No logramos parar las guerras. No consolidamos sistemas políticos que garanticen la justicia social. No se consigue acabar la violencia contra las mujeres. No hay una conciencia ecológica que haga que se tomen medidas reales para frenar el cambio climático. No cambian las instituciones religiosas. Y así podríamos enumerar tantas otras realidades que nos duelen y las cuales no parecen vislumbrar un futuro distinto.

Pero, precisamente ante ese panorama de nuestro mundo, los cristianos estamos llamados a aportar lo que vivimos y celebramos. Mejor aún, como dice la primera Carta de Pedro, los cristianos hemos de estar “dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos lo pida” (3,15). De ahí la pregunta que encabeza este escrito: ¿y si aviváramos la esperanza?

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil que los conflictos se arreglaran con el diálogo y el encuentro. Lamentablemente, a veces los cristianos son los que menos creen en el diálogo y solo piden el castigo para los malos. No parece que esto tuviera que ver con el Niño del pesebre que desde el lugar de los últimos anuncia la paz para todos los pueblos (Lc 2, 14).

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil trabajar por la justicia social. La injusticia es fruto del ansia de tener, de acaparar, de llenar los graneros -como lo dijo Jesús en la parábola narrada por Lucas- en la que el rico acumula y construye graneros más grandes, diciéndose a sí mismo que tiene muchos bienes en reserva y por eso puede descansar, comer y beber. Pero Dios le dice: “Necio, esta misma noche te pedirán el alma y las cosas que tienes ¿para quién serán? Así es el que tiene riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios” (12, 16-21). El Niño del pesebre aviva la esperanza de que la felicidad no está en el tener sino en el compartir. Por eso los pastores que llegan al pesebre pueden sentir “una inmensa alegría” (Lc 2, 10) porque sin tener nada, saben reconocer al Salvador del mundo. Lástima que, muchas veces, tantos cristianos no viven desde estos valores sino buscando más riquezas y más poder.

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil hacer realidad la fraternidad y la sororidad donde todos pueden sentarse en la misma mesa. El Niño del pesebre no pudo nacer en el mesón porque no había lugar para ellos (Lc 2, 7). Pero desde el pesebre abrió las puertas a la verdadera hermandad, esa que se construye desde abajo, desde los últimos. La vida cristiana podría aportar esa sencillez de vida, esa capacidad de acoger a todos por lo que son y no por lo que poseen. Pero en tantas instancias eclesiales los títulos honoríficos siguen siendo los que marcan las distancias entre los hermanos e impiden la comunión de mesa a la que estamos llamados. O, con las palabras de hoy, solo desde la esperanza que brota del pesebre es posible una iglesia sinodal, donde todos caminan juntos porque “nadie se considera el primero entre ellos” (Jn 13, 14)

Tal vez si los cristianos aviváramos la esperanza sería más fácil cuidar de la casa común porque ella es parte integrante de la fe que profesamos. No somos seres aislados sino en comunión con Dios, con los demás y con la creación. El texto del Génesis nos permite ver cómo el autor sagrado relata la creación del mundo donde todo lo creado ha sido querido por Dios: “vio Dios que era bueno” (Gn 1, 31). Pero en esa creación y en comunión con ella se da el aliento de vida para el ser humano a quien le confía su cuidado. Lamentablemente se entendió el verbo “dominar la tierra” (Gn 1, 28) como explotarla irracionalmente. Y así, muchos creyentes no se disponen a reorientar el progreso para que el objetivo no sea producir más sino garantizar la sostenibilidad. El Niño del pesebre nos habla de esa capacidad de vivir en armonía con la creación y encontrar en ella la fuerza de un anuncio de vida.

En otras palabras, Adviento nos invita a avivar la esperanza, dando cuenta de ella con nuestras obras. Que esto se haga realidad en estas fiestas que ya estamos celebrando.

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