Devolver al Cesar lo que le pertenece no
significa dejar de vivir la caridad social
Domingo XXIX del Tiempo Ordinario
(18-10-2026)
Olga Consuelo Vélez
Los fariseos se reunieron
entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a
varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que
eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en
cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de
nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o
no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por
qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el
impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De
quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del
César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios,
lo que es de Dios" (Mateo 22, 15-21).
El evangelio de hoy nos presenta una realidad fundamental que acompañó la misión de Jesús: su ser cuestionado por las autoridades judías y, en este texto, concretamente por los fariseos. Conviene darse cuenta que los fariseos, los más religiosos de Israel, celosos del cumplimiento de la ley, se unen con los herodianos, grupo cercano a Herodes Antipas, es decir, al Imperio, con la intención de acorralar a Jesús. En otras palabras, grupos opuestos se ponen de acuerdo por un mismo objetivo.
El diálogo
deja ver el interés de los enemigos de Jesús de parecer, en un primer momento,
favorables a él, diciéndole que “saben que es sincero enseñando el camino de
Dios, sin excluir a nadie”- Pero, en un segundo momento, le lanzan la pregunta
con la que lo quieren cuestionar: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o
no?”. La respuesta no deja salida a Jesús. Si responde que está de acuerdo, los
fariseos dirán que está a favor de Roma y en contra del pueblo y, si responde
que está en contra, los herodianos contarán a Roma que él se está revelando
contra el Imperio.
Jesús no
se deja atrapar y les llama hipócritas. Además, les pide que le muestren la
moneda con la que pagan el impuesto, dejando en evidencia, que los fariseos si
lo pagan. Al tener el denario en sus manos, les pregunta de quién es la imagen
y la inscripción que tiene la moneda. Ellos le contestan “del César”. Jesús señala
su incoherencia en un doble sentido: llevan una imagen, lo cual es idolatría
para Israel y admiten una inscripción que afirma la divinidad del César.
La respuesta
de Jesús es brillante: “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios”. Ese “den” no significa pagar el impuesto, sino devolver al César lo que
es suyo y que no tiene nada que ver con Dios. Jesús no cae en la trampa que le
habían tendido y deja, en evidencia sus malas intenciones. El texto termina con
un versículo final, que no se lee en la liturgia de hoy, sobre la reacción de
los que preguntaban: “al oír esto se fueron maravillados”. Esta “admiración” la
usa varias veces Mateo como respuesta de los oyentes a los signos del reino que
Jesús realiza en medio de ellos.
Este texto
no significa que el creyente no tenga que meterse en política, como algunos
aducen. Se refiere a la persecución que comienza a sufrir Jesús, desencadenando
en su muerte. Por el contrario, la dimensión política de la fe es ineludible, respondiendo
con independencia frente a cualquier idolatría, ideología o cohesión de los
poderes políticos que ahoguen los signos del reino. Como escribió el papa
Francisco en la Fratelli tutii: “la caridad social es la mejor política,
entendida como servicio al bien común, integrando la economía en un proyecto
humano y comunitario”.
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