sábado, 9 de septiembre de 2017


Papa Francisco: La necesaria e inaplazable “reconciliación” en Colombia





El tercer día de Francisco en Colombia comenzó encontrándose con las fuerzas armadas y la policía en el aeropuerto militar CATAM donde abordaría el avión para trasladarse a Villavicencio. A ellos les agradeció “lo que han hecho y lo que hacen por la paz poniendo en juego la vida” y les expresó su deseo de que “ojalá puedan ver consolidada la paz en este país que se lo merece”.


Llegado a la región llanera celebró la misa en Catama con unas 600.000 personas presentes. Se destacó en el evento, la ropa blanca que usaron la mayoría de los asistentes, la presencia de las comunidades indígenas que rodearon el Papa y le dieron sus regalos autóctonos y todo el ambiente alegre y festivo al ritmo de música llanera mostrando la pujanza y valentía de esa tierra tan bellamente bendecida por Dios con su naturaleza exuberante.


La celebración de la Eucaristía inició con la beatificación del obispo de Arauca, monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, asesinado por el ELN en 1989 y la del sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, conocido como “el cura de Armero” masacrado en este municipio tolimense en 1948.


En la Homilía el papa volvió a clamar por la reconciliación con Dios, con los colombianos y con la creación. Partiendo de la festividad que se celebra este día (8 de septiembre: el nacimiento de la Virgen María) el Papa invitó a ver en María “la iniciativa amorosa, tierna, compasiva, del amor con que Dios se inclina hasta nosotros y nos llama a una maravillosa alianza con Él que nada ni nadie puede romper”.  Se centró después en la lectura de Mateo que relata la genealogía de Jesús según Mateo haciendo caer en cuenta que la historia de salvación es “una historia viva, historia de un pueblo con Dios caminando (…) no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, de vida que camina”. Y en esa historia la “mención de las mujeres –ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento- nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento”. Y a partir de esas palabras aprovecha para denunciar los estilos patriarcales y machistas que oprimen a las mujeres pero, a su vez, la capacidad que ellas han mostrado a lo largo de la historia para cambiarla y abrir nuevos caminos. Y la historia de José frente al embarazo de María es contracultural y capaz de defender la dignidad de María por encima de cualquier otra normatividad que pudiera existir en su tiempo.


Aquí el Papa conecta con la realidad colombiana: aquí también hay muchas historias de amor y de luz como de desencuentros, agravios y de muerte. Y es en esa realidad donde ha de entrar la luz recorriendo el camino de la reconciliación. Y aclara: “La reconciliación no es una palabra abstracta (…) es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto colombiano. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de paz (…) La reconciliación, por tanto, se concreta y consolida con el aporte de todos, permite construir futuro y hace crecer la esperanza. Todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación será un fracaso”. En otras palabras estamos llamados a decir un sí a la paz, un sí a la reconciliación entre nosotros y con la creación que hemos explotado tan irracionalmente.


Ahora bien, el momento más emotivo, otro tipo de “eucaristía” viviente, fue el encuentro con las víctimas. Con mucha atención Francisco escuchó a Juan Carlos Murcia Perdomo y Deisy Sánchez Rey, excombatientes (guerrillero y autodefensas) y a Luz Dary Landazury quien pisó una mina antipersonal que plantó la Farc y Pastora Mira García quien perdió a su padre a la edad de seis años, asesinado por los paramilitares. Posteriormente su primer esposo fue asesinado, en el 2001 su hija fue desaparecida y solo encontró su cadáver siete años después. Finalmente su hijo fue asesinado por los paramilitares. Esos testimonios marcaron las palabras del Papa: “Desde el primer día he deseado que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo (…) vengo aquí con respeto y una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando tierra sagrada”. Precisamente por esa conciencia, el Papa añadió que estaba allí no tanto para hablar como para escuchar y junto a ellos pedir perdón para poder mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.


El Cristo de Bojayá presidió ese encuentro como testigo de la masacre cometida contra tantas personas en 2002. Su imagen “mutilada y herida nos interpela” y nos muestra “que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia”. Francisco invocó el Salmo 85: “El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán” para reafirmar lo que el testimonio de Pastora Mira había dicho: “tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación”. Igualmente el testimonio de Luz Dary hizo afirmar a Francisco: “te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye”.


El testimonio de Deisy y Juan Carlos le permitió hablar de que hasta los victimarios son víctimas “inocentes o culpables” pero a fin de cuentas “víctimas”, que necesitan una oportunidad aunque resulte “tan difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines”. “Es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se puede dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero”.


Apelando bellamente a la parábola del trigo y la cizaña, invitó a “no perder la paz por la cizaña”. Se ha de trabajar por “la verdad compañera inseparable de la justicia y de la misericordia (…) la verdad no debe conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón”.


La petición del Papa al pueblo de Colombia fue contundente: “Colombia, abre tu corazón de Pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad y a la justicia (…) no teman pedir perdón y ofrecer perdón. No se resistan a la reconciliación”.


Este día tal vez puede contarse como el paso de Dios por esta tierra, clamando nuevamente para que demos un paso adelante a la construcción de la paz desde la verdad, la justicia, el perdón y la reconciliación. ¿Escucharemos definitivamente su voz? Son muchos años de sordera, es mucha la cizaña que crece aquí y allá y nos confunde. Pero la vida sigue clamando como lo hizo al caer la noche en la puerta de la nunciatura el testimonio de María Cecilia Mosquera, víctima de Machuca, quien abiertamente la pidió al Papa que rezara por ella para que pudiera perdonar. Pero el Papa, valiéndose de las palabras que ella había dicho antes “Dios perdona en mí”, las invocó para que toda Colombia las ponga en práctica: “Basta dejar que Él haga y toda Colombia tendría que abrir sus puertas”.


Francisco dijo que había aprendido mucho de esos testimonios. Ojala que todos los colombianos aprendamos mucho más para ser capaces de “perdonar lo imperdonable”, no por nuestras fuerzas sino por las de Dios en nosotros. Todos y todas estamos llamados a construir la Colombia en paz. Tal vez algunos se cansen pero, los cristianos, no podemos hacerlo. La autenticidad de nuestra fe se juega en nuestra capacidad de perdón y reconciliación. Si Dios camina con nosotros, ¿qué nos puede detener? Dios no decae en su empeño de hacernos una nación libre y en paz. ¿Secundaremos su deseo? Demos el primer paso para hacerlo posible.

viernes, 8 de septiembre de 2017


Papa Francisco en Bogotá: La paz, la cultura del encuentro y la vida para todos

El segundo día del Papa en Colombia fue intenso, como lo serán todos los que siguen. Inició con las palabras dirigidas a las autoridades colombianas en la Plaza de Armas de la Casa de Nariño. De ahí se desplazó a la catedral primada donde rezó frente a la Virgen de Chiquinquirá, patrona de Colombia. Después, recibió de manos del Alcalde las llaves de la ciudad. Se dirigió a los jóvenes reunidos en la Plaza de Bolívar desde el balcón del Palacio cardenalicio. Allí mismo se reunió con los obispos. En la tarde se encontró con la presidencia del CELAM y, más tarde, celebró la Eucaristía en el parque Simón Bolívar a la que acudieron más de un millón de personas, finalizando con el regreso a la nunciatura en cuya puerta tuvo otro encuentro con un grupo de jóvenes que le ofrecieron su canto y su danza, junto con unas palabras que fueron muy bien acogidas por el pontífice.

Imposible resumir en este espacio la riqueza de cada una de las palabras y de los gestos del Papa. Cada discurso merecería un comentario largo y detallado. Por ahora basta decir que sin duda el Papa muestra con todos sus actos el lugar desde el que habla, los énfasis que sostiene, la visión de Dios, de Iglesia, de misión que tiene y de lo que quiere hablar una y otra vez, “a tiempo y a destiempo” como dice la segunda carta a Timoteo (4,2).

El Papa lleva en su corazón a los pobres. Y esto, no por su propio gusto, sino porque ellos son el corazón del evangelio. De ahí que en el discurso en la casa de Nariño, después de insistir en el tema fundamental que atraviesa nuestro país – la paz y la reconciliación- pide que por favor “escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, y de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz —como dice la letra de vuestro himno nacional—“. Animó también “a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados”

Lo mismo dijo en su discurso a los jóvenes: “ustedes los jóvenes tienen una sensibilidad especial para reconocer el sufrimiento de los otros (…) para dejarse conmover por las necesidades de los más frágiles y dedicarse a ellos”. A los obispos les invitó a hospedarse “en la humildad de su gente para darse cuenta de sus secretos recursos humanos y de fe, escuchen cuánto su despojada humanidad brama por la dignidad que solamente el Resucitado puede conferir”. Con los del CELAM refuerza la idea de que la misión de una iglesia en salida es “salir para encontrar, sin pasar de largo; reclinarse sin desidia; tocar sin miedo. Se trata de que se metan día a día en el trabajo de campo, allí donde vive el Pueblo de Dios que se les ha confiado. No nos es lícito dejarnos paralizar por el aire acondicionado de las oficinas, por las estadísticas y las estrategias abstractas. Es necesario dirigirse al hombre en su situación concreta; de él no podemos apartar la mirada. La misión se realiza siempre cuerpo a cuerpo”. Llamando a mantener la esperanza dice: “la esperanza debe siempre mirar al mundo con los ojos de los pobres y desde la situación de los pobres”.

Y como ya dijimos, el tema central de su visita es la paz y la reconciliación en Colombia. Por eso en sus palabras a las autoridades del país valoró todos los esfuerzos dados para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En estos caminos propuso la cultura del encuentro que debe superar las visiones distintas que se tienen en la construcción de la paz. Esta cultura del encuentro “exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad y el respeto por el bien común”.  

Y siguió insistiendo en la cultura del encuentro en su reunión con los del Celam diciendo que, en el contexto latinoamericano, se valorara su diversidad como una riqueza y se ha de prestar “el humilde servicio al verdadero bien del hombre latinoamericano. Se debe trabajar sin cansarse para construir puentes, abrir muros, integrar la diversidad, promover la cultura del encuentro y del diálogo, educar para al perdón y a la reconciliación, al sentido de justicia, al rechazo de la violencia y al coraje de la paz”. También lo hizo en su discurso a las autoridades: “Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de ‘pura sangre’ sino con todos”. A los jóvenes les dice que para ellos es fácil encontrarse y por eso “pueden enseñarnos a los grandes que la cultura del encuentro no es pensar, vivir, ni reaccionar todos del mismo modo –no es eso- la cultura del encuentro es saber que más allá de nuestras diferencias somos todos parte de algo grande que nos une y nos transciende, somos parte de este maravilloso país. ¡Ayúdennos a entrar, a los grandes, en esta cultura del encuentro que ustedes practican tan bien!”.

El Papa sabe que la superación de la violencia no depende solo de un acuerdo de paz frente al conflicto armado sino de resolver las causas estructurales que generan toda violencia. Estas son la inequidad y la injusticia social. Por eso llama la atención de que las leyes no deben ser solo para garantizar un orden social sino que “deben resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia (…) no olvidemos que la inequidad es la raíz de los malos sociales” (Discurso a las autoridades). Insiste nuevamente en la homilía de la misa de este día: “hay densas nieblas que amenazan y destruyen la vida. las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos; las tinieblas del irrespeto por la vida humana que siega a diario la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo; las tinieblas de la sed de venganza y del odio que mancha con sangre humana las manos de quienes se toman la justicia por su cuenta; las tinieblas de quienes se vuelven insensibles ante el dolor de tantas víctimas”.

Francisco está convencido de que el núcleo del anuncio del evangelio es la alegría y es lo que se ha de comunicar. A los del Celam les recuerda que la misión continental propuesta en la Conferencia de Aparecida, “no es la suma de iniciativas programáticas que llenan agendas (…) sino el esfuerzo para poner la misión de Jesús en el corazón de la misma Iglesia, transformándola en criterio para medir la eficacia de las estructuras, los resultados de su trabajo, la fecundidad de sus ministros y la alegría que ellos son capaces de suscitar. Porque sin alegría no se atrae a nadie”

Otra de las preocupaciones de Francisco ha sido la reforma de la Iglesia y entre ellas la del clericalismo que la ha acompañado durante tantos siglos y por eso a los del Celam les dijo: “Me detuve en las tentaciones todavía presentes, de la ideologización del mensaje evangélico, del funcionalismo eclesial y del clericalismo”. Más aún “no se puede reducir el evangelio a un programa al servicio del gnosticismo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia, como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical”

Finalmente, en Discurso a los obispos les hace una llamada fuerte a que “sostengan” el paso hacia la paz definitiva, la reconciliación, “la abdicación de la violencia como método, la superación de las desigualdades que son la raíz de tantos sufrimientos, la renuncia al camino fácil pero sin salida de la corrupción, la paciente y perseverante consolidación de la ‘res pública’ que requiere la superación de la miseria y de la desigualdad”. Les recuerda que su misión es singular en la construcción de esta nación: “ustedes no son técnicos ni políticos, son pastores (…)” y por eso deben predicar la palabra de la reconciliación “no solamente en los púlpitos, en los documentos eclesiales o en los artículos de periódicos, sino más bien en el corazón de las personas, en el secreto sagrario de sus conciencias”.

El día terminó, como ya dijimos con el encuentro con unos jóvenes en situación de discapacidad en el que una de las niñas leyó unas palabras que impactaron al Papa: “Queremos un mundo en el que la vulnerabilidad sea reconocida como esencial en lo humano. Que lejos de debilitarnos nos fortalece y dignifica. Un lugar de encuentro común que nos humaniza”. Francisco no dudó en retomarlas, en repetirlas y decirles que “todos somos vulnerables (…) por eso no se puede descartar a nadie”.

Los pontífices siempre han despertado lo mejor de los sentimientos de los católicos y ya tuvimos dos experiencias hace ya muchos años que se recuerdan con gratitud. Pero lo notorio, lo increíble, lo que distingue este pontificado es que el evangelio se hace vivo, cercano, concreto, entendible a todos los que se encuentran con el Papa y escuchan su mensaje. Solo queda decir que ojala a partir de esta experiencia todos en la iglesia colombiana (jerarcas y laicos) nos esforcemos por dar un testimonio así de creíble y evangélico que pueda atraer a todos.

jueves, 7 de septiembre de 2017


Multitudinario recibimiento de los colombianos a Francisco
Como estaba previsto, el Papa llegó a Bogotá a las 4:30 p.m., y fue recibido por miles de colombianos que cubrieron todo el trayecto papal desde el aeropuerto hasta la Nunciatura. Se cumplieron todos los protocolos pero, por la personalidad que el Papa ha mostrado en todo su pontificado, cada momento resultó lleno de calor humano, de fiesta, de alegría, de la Colombia que en realidad somos, la de una juventud con esperanza y alegría pero que tiene que afrontar muchos obstáculos para conseguir sus sueños, la de unas víctimas del conflicto armado que nos ha marcado por más de 50 años pero capaces de mantener la esperanza y la de ese pueblo creyente que no le importa gastar muchas horas esperando al Papa porque sabe que su presencia aviva la fe e invita a construir la paz y la reconciliación que tanto necesitamos.


Después de saludar al presidente y a su esposa, el Papa recibió de manos de Emanuel -quien nació en cautiverio cuando su madre, Clara Rojas, estaba secuestrada por la guerrilla-, una paloma de la paz. Así quedaba explicito que este viaje papal es inseparable de su deseo de afianzar la paz “estable y duradera” en este país.

Al caluroso recibimiento de todos los que estaban en el aeropuerto, el Papa respondió, en un primer momento, levantando el dedo pulgar. Pequeño gesto que duro segundos, pero que mostró esa espontaneidad de Francisco en todo lo que hace y dice. Saludando a los soldados heridos en combate fue llamativa la atención que el Papa prestaba a cada uno. Por eso, cuando el soldado profesional Juan José Florián Valencia, víctima de un artefacto explosivo que le quito sus dos brazos y una de sus piernas, se acercó a saludarlo, el Papa inmediatamente vio que no tenía brazos y le dio un caluroso abrazo. Gesto que, sin duda, vale más que mil palabras.

El obispo de Roma no dudó en quedarse de pie en el Papamóvil durante todo el recorrido por la Calle 26, repartiendo bendiciones y acercándose a la gente que podía romper la barrera de seguridad y alcanzaba a darle la mano. Pero el momento más emocionante fue su llegada a la nunciatura donde lo esperaban los jóvenes del IDIPRON (entidad pública que atiende a niños/as y jóvenes en situación de vulnerabilidad) quienes con su música -rap y cumbia-, su alegría y los regalos que le hicieron al Papa (una ruana, una vela y un vitral) mostraron esta Colombia joven, envuelta en muchas dificultades pero con capacidad de sobreponerse a las mayores adversidades. Ellos afirmaron que quieren “dar el primer paso” para sobreponerse a todo lo que les ha llevado a las drogas y a otros vicios y le pidieron que reconociera la santidad del fundador del Idipron, P. Javier de Nicoló, verdadero apóstol entre estos jóvenes. El Papa visiblemente emocionado, se puso la ruana que le regalaron, e interactúo con los jóvenes haciéndoles repetir que no se dejaran robar la alegría, ni se dejaran robar la esperanza. Y les pidió que rezaran por él.

Ha sido bonito este primer día especialmente porque los que recibieron al Papa son los que él ha puesto en el centro de su pontificado: los pobres, los necesitados, los que se les quiere ocultar para que no interpelen desde sus necesidades la conciencia de los que se dicen cristianos. Ojala siempre fuera así la vida de la Iglesia. Que los más pobres ocuparan los primeros lugares. Que todos los jerarcas se acercaran con esa sencillez a ellos. Y que la vida, la fiesta, la alegría ocupara la dedicación de la iglesia entre los pobres y para ellos. Mañana continuara esta peregrinación papal y, con certeza, nos seguirá sorprendiendo con ese sabor a evangelio que tienen sus palabras y sus gestos.

martes, 5 de septiembre de 2017


Llegó la tan esperada visita del Papa



En pocas horas Francisco embarca rumbo a Colombia. Ya conocemos las ciudades que el Papa visitará y los actos que en cada una de ellas se realizarán. Tal vez podamos participar de algunos presencialmente o siguiendo las transmisiones que se harán por los medios de comunicación. Pero lo más importante es preguntarnos, qué está significado este pontificado para la vida de la iglesia y para nuestra propia vida.

Cada pontificado trae su huella y sus prioridades y este, por supuesto, también las trae. Y se pueden nombrar muchas cosas que han venido con el Papa Francisco pero tal vez se puedan resumir en que con él se está dando una vuelta a “lo esencial” del evangelio. El Papa Francisco nos habla continuamente de la alegría, la sencillez, la misericordia, la realidad social y, en ella, especialmente destaca la preocupación por la suerte de los más pobres; nos habla también de la urgencia de una “Iglesia pobre y para los pobres”, de la “economía que mata” –refiriéndose al sistema económico imperante en el mundo hoy cuyo único valor es la ganancia y no el garantizar la vida humana-, de la crisis ambiental, cuyos efectos afectan especialmente a los más pobres, del amor a la familia pero desde un horizonte de “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (Amoris Laetitia) y, en definitiva, de una fe que se compromete con este presente y busca responder a sus desafíos.

Con Francisco se desbloquearon procesos como la beatificación de Monseñor Romero, que no había podido prosperar por prejuicios frente a su compromiso social, se ha podido volver a hablar de la teología de la liberación o de la teología del pueblo sin miedo a ser puesto bajo la mira de la censura eclesiástica, se recuperó la expresión “Pueblo de Dios”, tan central en la eclesiología de Vaticano II, acallada en las últimas décadas, se comenzó a hablar del diaconado de las mujeres y se va buscando –lento como todo cambio de estructuras lo es- una renovación del colegio cardenalicio y de las congregaciones de la curia vaticana. No han faltado esfuerzos por purificar las finanzas de la Iglesia y por llamar a todos sus miembros a una vida más austera y por mantener la política de “cero tolerancia” en pecados/delitos tan graves como la pedofilia.

Tal vez muchas personas del pueblo de Dios no alcanzan a comprender lo que todo lo anterior significa porque son cristianos que viven con sinceridad su fe pero no están acompañando el desarrollo histórico de la vida eclesial ni conocen muchas de las situaciones internas que se viven y que unas veces se expresan como avance y otras como retroceso. Pero lo que la mayoría de las personas tal vez si capta, es que a muchas personas de dentro y de fuera de la iglesia este aire renovador, sencillo, cercano y de más compromiso social les encanta. Aman a Francisco y están muy contentos de que la Iglesia oficial –en cabeza del Papa- este mostrando ese rostro con “sabor a evangelio”. Pero, lamentablemente, a algunos miembros del clero y a algunos cristianos supuestamente muy comprometidos con la vida eclesial, el Papa les incomoda. Sienten que nos les habla de lo que a ellos les interesa: que se cumplan las normas, que se garantice o que se imponga –en cierto sentido- la moral cristiana, que les aseguren que lo que ellos hacen está bien y son poseedores de la verdad, que la salvación está de su lado y los demás tienen que convertirse. Que pueden mantener títulos honoríficos y acumular más bienes económicos de los que necesitan por su opción vocacional.

¿Qué significa todo lo anterior para la vida de la iglesia colombiana y para nuestra propia vida? Sin duda, un llamado muy fuerte a la conversión. Nada de lo anterior hay que ponerlo en práctica porque lo diga el Obispo de Roma, sino porque está mucho más acorde con el evangelio, con el Jesús anunciador del Reino, con el Dios Padre/Madre misericordioso que tiene como única norma el amor y como único título de honor el servicio.

Y en nuestra realidad colombiana el proceso de paz que estamos viviendo no es ajeno a la fe y, por tanto, no lo es para el Papa Francisco. Y esto no es politizar la venida del Papa. Es volver a preguntarnos si no es más acorde al evangelio de Jesús apostar por la paz siempre y de todas las maneras. Lamentablemente, hay mucha confusión en los ciudadanos y, por ende en los cristianos, porque hay fuerzas políticas que se empeñan en sus intereses personales y no en el bien común. Pero el Papa dijo que vendría cuando se firmará el acuerdo de Paz y cumple su palabra. No porque crea que un acuerdo nos trae la paz mágicamente pero sí porque sin un acuerdo nunca empezaremos el camino. Como dice el lema de la venida del Papa, ojala “demos el primer paso” hacia la conversión del evangelio con todo lo que antes anotamos y, por supuesto, hacia la construcción de la paz que es una tarea difícil pero necesaria en nuestra querida Colombia y en la cual, sin duda, Dios está de nuestro lado.

Foto tomada de:
http://www.periodicolamisericordia.com/wp-content/uploads/2017/07/pp-678x381.png

sábado, 26 de agosto de 2017


LA FIESTA DE LA TRANSVERBERACIÓN DE SANTA TERESA


Tal vez para muchos es desconocida la fiesta teresiana, llamada la “transverberación de Santa Teresa”, que se celebra el 26 de agosto. Se refiere a la experiencia mística que la santa tuvo y que la describió con la imagen de un pequeño ángel que lanzaba un dardo encendido de amor a su corazón y ella quedaba “toda abrasada en amor grande de Dios”. Fue una experiencia intensa que marcó toda su vida y la hizo entregase por entero a la vocación a la que fue llamada. En otras palabras, comunión de amor, apertura total a la gracia divina que la fue trasformando enteramente en “Teresa de Jesús”, como bien lo expresaba su nombre. Ahora bien, estas experiencias místicas no ocurren todos los días pero no porque se traten de fenómenos extraordinarios sino porque dejarse tomar por la gracia divina, abrirse a su acción y seguir incondicionalmente el llamado que recibimos, supone mucha disposición interior. Muchas veces nos hace falta ese deseo profundo de conocerle más, de seguir los llamados al compromiso que tantas veces sentimos en el corazón pero que no escuchamos porque cerramos el corazón al clamor por la justicia y la paz que la situación actual nos reclama. Pero el amor de Dios está ahí dispuesto a abrazarnos. A colmarnos. A derramarse en nuestros corazones como dice la carta a los Romanos (5,5). Él nos amó primero y sigue amándonos incondicionalmente. Y los santos nos dan testimonio de ello y su vida nos invita a participar de esa misma experiencia. Recordar por tanto esta fiesta teresiana es la oportunidad de reconocernos profundamente amados por nuestro Dios y, precisamente, porque Él nos ama, disponernos a amar a los que nos rodean. Así la cercanía de nuestro Dios se hace real en nuestra vida y, a través nuestro, puede llegar a muchos otros. De esa manera en el mundo podrá haber más experiencia del amor de Dios, traducido en paz, justicia y fraternidad.
Foto tomada de: http://www.udg.mx/sites/default/files/u31/el-extasis-de-santa-teresa.jpg

lunes, 21 de agosto de 2017


¿Espiritualidad o Compromiso social?


La vida cristiana se debate, muchas veces, entre dos polos. Por una parte, se hace énfasis en la necesidad de ahondar en la vida interior, en la oración, en la celebración de los sacramentos, en las experiencias de interiorización, reflexión, encuentro consigo mismo y con Dios. Por otra parte, se reconoce la necesidad de dar un testimonio creíble de la fe que se profesa, siendo capaz de comprometerse con las realidades más difíciles que vivimos. La mayoría de personas tal vez está de acuerdo en la necesidad de mantener la tensión dialéctica entre esos dos polos, aunque no faltan los que se inclinan por un aspecto y descuidan el otro.

Sin embargo, no basta mantener la tensión entre los dos aspectos. Es preciso ahondar en qué consiste cada uno y cuál es más cercano al evangelio de Jesús. No toda interioridad nos acerca a Jesucristo, no todo compromiso social responde a transformaciones con saber a evangelio donde se incluyan a todos los seres humanos y se favorezca la dignidad de cada persona, según el querer de Dios.

En lo que se refiere a la interioridad, hagamos las siguientes reflexiones. Todos aquellas prácticas, técnicas o ejercicios que nos dan armonía, relax, concentración, conciencia corporal, flexibilidad o que nos introducen en el silencio, en el descanso, en la propia interioridad, sin duda, son buenas y vale la pena practicarlas. La pregunta es, si esto por sí mismo, realiza el encuentro con el Señor Jesús, centro y razón de nuestra fe. La respuesta, en primera instancia, es que todos estos medios han de ser disposiciones, ayudas, medios para la experiencia profunda de fe. Pero no pueden confundirse. Más aún, a veces pueden “confundirnos”. El conseguir relajación corporal, silencio de los sentidos, no es exactamente una experiencia de fe. El encuentro con el Señor da consolación y alegría –como se dice en algunas espiritualidades- pero también desinstala, compromete, renueva, ensancha el corazón y la mirada, hace crecer en el amor, nos transforma en personas no solamente más equilibradas psicológicamente –resultado de muchas terapias- sino, especialmente, en personas más capaces de amar y de disponernos al servicio y entrega a los demás. Es decir, la espiritualidad, al menos la del Jesús de los evangelios, va en la línea del amor y la entrega a los demás y es esto lo que puede validar la experiencia de fe cristiana. Lamentablemente, algunas veces se cultivan espiritualidades que responden sólo a experiencias psicológicas de bienestar o de ritos, rezos y liturgias que pretenden “agradar” al Señor sin tener ninguna conciencia del entorno en que se vive.

En lo que respecta al compromiso social no hay duda de la cantidad de obras de caridad que realizan muchas personas e instituciones. No hace falta ser creyente para socorrer necesidades puntuales que saltan a la vista y que supondrían un corazón muy duro, no salir a su encuentro. Por eso ante catástrofes naturales, se percibe una gran solidaridad mostrando, de esa manera, la bondad humana inscrita en nuestros corazones. Pero esto no es suficiente en el compromiso cristiano que brota de los evangelios. Este no consiste en obras de caridad. Va mucho más allá. Supone esa disposición constante a la presencia del reino, anunciado por Jesús. ¿En qué consiste ese reino? Un símbolo esencial de ese reino es la “mesa común” donde puedan sentarse todos, sin que nadie quede fuera y puedan estar allí sin ningún tipo de exclusión o subordinación. Eso significa que el compromiso cristiano no va solamente en la línea de la caridad sino en la línea de la fraternidad-sororidad donde se acaben los privilegios para unos y se repartan efectivamente los bienes de la creación entre todos. El reino implica la justicia social –esa que se fija en primer lugar en los pobres y los privilegia en todo sentido- y en la línea de la gratuidad porque el amor de Dios se entrega a todos sin reservas, ni condiciones.

Muchas otras precisiones sería necesario hacer para afinar la experiencia cristiana. Pero por ahora basta reflexionar sobre la necesidad de mantener esa tensión entre la interioridad personal y el compromiso cristiano pero no cualquier interioridad ni cualquier compromiso. Urge mirar los evangelios. Entenderlos bien. Apropiarnos de su verdadero significado para no distorsionar la imagen de Jesús. Volver a poner en el centro de la vida cristiana el reino anunciado por Jesús. No temer vivir un cristianismo arriesgado y audaz. Sin miedo a la persecución y la cruz que supone todo compromiso en pro de la justicia.

Es urgente que nuestra vida cristiana viva una espiritualidad que comprometa con la realidad y un compromiso que tenga la impronta del reino anunciado por Jesús: “anunciar la buena noticia a los pobres, a los cautivos la libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

lunes, 14 de agosto de 2017


La Asunción de María y la esperanza cristiana


La fiesta de la Asunción de la Virgen María que celebramos el 15 de agosto nos invita a reflexionar sobre varios aspectos que iluminan la vida cristiana. En primer lugar, es una fiesta de la esperanza cristiana. En María reconocemos que el don escatológico, la comunión definitiva con Dios, ya se ha dado en una de las “nuestras”. Es decir, María ser humano como nosotros, ya goza de la esperanza escatológica, ya ha sido introducida en la vida divina a la que aspiramos.

Pero no sólo esto. Toda su humanidad -como dice el dogma- “fue elevada a la gloria celestial en cuerpo y alma”. Es decir, no es la parte “espiritual” de María la que goza de la eternidad, sino toda su humanidad, todo lo que fue en esta tierra, toda ella, íntegramente. En este aspecto hemos de tener en cuenta que algunas antropologías que se han formulado para la comprensión del ser humano han adolecido de un dualismo que nos llevó a despreciar la parte corporal, finita y a valorar solamente lo espiritual. Pero hoy sabemos que dichas antropologías no corresponden a la integralidad de lo humano ni a la propuesta cristiana. Es todo nuestro ser el que está llamado a la santidad y por tanto el cuerpo es bueno y es, en esta historia, con lo que somos, que podemos vivir el encuentro con Dios que se consumará definitivamente en la eternidad. Esta fiesta por tanto nos invita a recordar que hemos de salvarnos integralmente y que la vida futura que esperamos no es de nuestra alma sino de todo lo que somos, sentimos, vivimos, deseamos, amamos. Todo nuestro ser llamado a la esperanza escatológica. Es en cierto sentido, una reivindicación de lo humano y un compromiso por vivir la vida cristiana en todas las dimensiones de nuestra realidad personal.

Otro aspecto importante a tener en cuenta en esta fiesta es que este dogma fue proclamado como punto de llegada de una fe vivida por el pueblo de Dios. Es decir, fue fruto de una fe sentida por el común de los fieles que llegó a formularse como dogma porque se reconoció esa fe popular en sintonía con la revelación divina. El Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción de María el 1 de noviembre de 1950, no sin un camino largo de discernimiento y consultas. Y esto significa, entre otras cosas, que la verdad surge de la comunidad, del común de los fieles. Por eso escuchar al Pueblo de Dios es una exigencia eclesial y habría que prestarle más atención porque, efectivamente, Dios se revela en la comunidad. El escuchar, el ver, el partir de la vida, tendría que ser irrenunciable a la hora de formular cualquier pastoral.

Es interesante anotar que lo que movía a los fieles a formular este dogma era su convencimiento de que una vida tan llena de Dios –como fue la de María- no podía sufrir la destrucción de la muerte. Por eso hablaban de la “dormición” de María y no de su muerte. Y, en definitiva, lo que significa es que una vida que ha hecho la voluntad de Dios no puede ser dañada por la muerte, no puede ser alcanzada por la corrupción.

Finalmente, esta fiesta nos invita a  vivir esa presencia cercana de María en nuestro caminar, sabiendo que ella nos precede “como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor” (LG 68). En efecto, celebrar la glorificación de María es alimentar nuestra esperanza en ese futuro definitivo al que estamos llamados. Futuro que no nos aleja del compromiso presente sino que nos compromete con la historia que vivimos donde se juega nuestra eternidad. Que esta festividad aliente nuestra esperanza y avive nuestra espiritualidad mariana.