martes, 4 de agosto de 2020


No parece haber avances en la urgente reforma de la iglesia


Con la llegada del Papa Francisco en 2013 al pontificado, nuevos vientos llegaron a la iglesia. Empezó a respirarse un aire más descomplicado en las formas externas y se vio un Papa más cercano a la gente. Su lenguaje sencillo y sin pretender decir la última palabra, abrió muchas puertas de aceptación porque invitaba a escuchar y a enriquecerse con la visión de otros. Su cercanía a los pobres -tan en consonancia con lo esencial del evangelio- ha reivindicado el discurso teológico latinoamericano y la porción de iglesia que siempre ha estado más comprometida con ellos. No se han vuelto a escuchar condenas contra teólogos/as sino que, al contrario, ha recibido incluso a algunos en el Vaticano.

Es verdad que para un sector de la iglesia más “oficial” esa figura de Papa le ha chocado y prefieren no hablar demasiado de Él -solo lo necesario porque no pueden mostrar su no adhesión al Papa-. También los grupos más conservadores que surgieron en las últimas décadas se sienten incómodos con este Papa porque no centra su discurso en lo que ellos tanto cuidan: el culto, la moral, la norma, etc. Los que si están bien impresionados son los alejados de la iglesia o los no creyentes los cuales no se interesaban por ningún pontífice y, sin embargo, Francisco despertó interés y lo vieron más capaz de comprender el mundo actual. 

Pero han pasado siete años y las reformas estructurales de la iglesia no llegan. El Consejo de Cardenales que nombró el Papa al inicio de su pontificado para responder a las necesidades de reforma dentro de la iglesia, comenzando por revisar la constitución apostólica Pastor Bonus (texto legislativo publicado por Juan Pablo II en 1988, que regula la composición y competencia de los distintos departamentos y organismos de la Curia Romana), no parece terminar sus trabajos.

Los sínodos sobre la familia, los jóvenes y sobre todo el de la Amazonía despertaron muchas expectativas porque se dio un proceso de consultas muy valioso que permitió presentar a los padres sinodales temas de actualidad. Pero las exhortaciones post sinodales de Francisco después de estos acontecimientos, aunque tienen aspectos muy valiosos no han modificado la praxis eclesial. La Exhortación Querida Amazonia (2020) ha sido la más reciente y los comentarios sobre ella todavía resuenan, mucho más por la situación de pandemia que vivimos actualmente y que no puede dejar de relacionarse con el cuidado de la “casa común”. Pero de dicho documento quedo el “sin sabor” del “cuarto sueño” -sobre la iglesia- en el que se esperaban algunos pasos con relación a los presbíteros casados o el diaconado de las mujeres, pero no se dieron, más bien, parece que hubo retrocesos. Esto del diaconado femenino parece ser un tema que cada vez se empantana más, desdibujando aquel momento tan significativo en el que las Superioras Generales reunidas en su asamblea plenaria en 2016 le dijeron a Francisco: “Santo Padre, en la Iglesia existe el oficio del diaconado permanente, pero está abierto sólo a los hombres, casados o solteros. ¿Qué impide a la Iglesia incluir mujeres entre los diáconos permanentes, al igual que ocurría en la Iglesia primitiva? ¿Por qué no crear una comisión oficial que pueda estudiar el tema?” Y el papa respondió que establecería una comisión oficial porque sería bueno para la iglesia aclarar ese punto. Es increíble que sea tan difícil aclarar un punto sobre el que ya existen tantos documentos con tan buenos y sólidos fundamentos para dar un paso adelante.

Y, la reciente publicación de la Instrucción “La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la iglesia” (julio 2020) de la Congregación para el clero y aprobada por el Papa Francisco comienza abriendo caminos esperanzadores de una renovación parroquial -tan urgida de tal renovación- y, sin embargo, pasados los primeros párrafos, el documento se centra en lo que dice el Derecho Canónico sobre varios aspectos relacionados con las parroquias pero, especialmente, llama la atención el interés por dejar claro que el párroco tiene que ser presbítero y eso sin ninguna excepción así no haya sacerdotes (n. 66). Todo lo dicho por el Papa de la sinodalidad en la iglesia está totalmente ausente, la palabra ni siquiera aparece.

Se podrían nombrar muchas otras cosas, pero el objetivo no es hacer una evaluación de lo hecho por el Papa sino ahondar en la pregunta: ¿y llegará la tan esperada reforma eclesial? Personalmente, creo que no, pero deseo, sinceramente, equivocarme. Nos quedará la buena experiencia de poder acudir a su magisterio y a algunos de sus discursos en los que llama las cosas por su nombre -clericalismo, economía que mata, lugar para la mujer en la iglesia, pueblo de Dios, iglesia en salida, etc., y el recordar muchas de sus actitudes -que han sido muy especiales y evangélicas, pero me parece que tendremos que seguir aguantando por mucho más tiempo, la estructura eclesial tan rígida y tan llena de temores que no se arriesga a ser una iglesia en salida, una iglesia misionera, una iglesia pueblo de Dios, donde clérigos, laicado, vida consagrada viven la corresponsabilidad de la misión evangelizadora y se la juegan todo por parecerse cada vez más a la iglesia que Jesús quería.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.