lunes, 21 de agosto de 2023

 

¿Cuál será la contribución propia de las mujeres a la Iglesia?

Olga Consuelo Vélez

La situación de la mujer en la Iglesia es un tema vigente porque no ha sido solucionado. Así lo constatamos en las preguntas que, una y otra vez le hacen al Papa, lo mismo que a otros miembros representativos de la jerarquía. En este caso queremos comentar la entrevista que la hicieron al nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández, el pasado 9 de julio.

La pregunta fue: ¿Cree que en el futuro será posible repensar el papel de la mujer en la Iglesia? El designado cardenal Fernández respondió: “ciertamente”. Pero añade: “no es necesario para eso forzar la discusión del acceso de las mujeres a los ministerios ordenados. Sería empobrecer la propuesta”. Estoy de acuerdo con que los ministerios ordenados no son el único tema a tratar cuando se habla de la situación en la mujer en la Iglesia. Es un tema, entre muchos otros. Centrarse en ello es limitar el campo más amplio de la realidad eclesial en la que la mujer no puede seguir siendo ciudadana de segunda categoría con limitaciones, prejuicios, restricciones y comprensiones erróneas. Pero lo que no logro comprender y que también, se repite demasiado, es que centrarse en ese tema, sea empobrecer la propuesta. Lo que no me parece adecuado es el término “empobrecer”. Si entiende que limita la comprensión más amplia de la realidad de la mujer en la Iglesia, tal vez podría plantearse. Pero en realidad, dudo que signifique eso. Por la reticencia a hablar del tema, o por el miedo a abordarlo o por el interés de evadirlo, me parece que este término no es apropiado. Explicitar dentro del amplio campo de la situación de la mujer en la Iglesia, el de los ministerios ordenados, es afrontar el tema más delicado y difícil de superar para reparar integralmente la exclusión que las mujeres han sufrido por siglos. Por tanto, no creo que lo empobrezca, lo conduce a un tema fundamental que tarde o temprano ha de abordarse con todas las consecuencias.

Continúa Víctor Fernández diciendo que hay que “profundizar y explicar mucho mejor el lugar específico de las mujeres y su contribución propia”. Aquí también me cuesta entender qué más hay que profundizar. Por el bautismo todos y todas somos partícipes de la triple dimensión profética, sacerdotal y regia de Cristo. Con lo cual ese papel subordinado que ha tenido el laicado, pero dentro de este, la mujer en la vida de la Iglesia, no tiene ninguna lógica y solo se supera, actuando en consecuencia. Si esto es igual que el tema del diaconado en el que se han nombrado dos comisiones sin ningún éxito -y teniendo ya tantos estudios serios que muestran la existencia de este en los orígenes cristianos-, realmente significa que más que avanzar, se busca evadir el tema.

La segunda dificultad de la anterior respuesta, viene de la expresión “su contribución propia”. ¿Cuál será esa contribución propia que debemos ofrecer las mujeres a la Iglesia? ¿qué es lo propio de las mujeres? Antes parecía muy claro: las mujeres se caracterizan por la ternura, la intuición, la delicadeza, la sensibilidad, etc. Pero esas actitudes ya están revaluadas y cuesta mucho negar la contundencia de los hechos: varones y mujeres tienen esas y muchas más características, cada persona con sus mayores o menores énfasis, pero no por el hecho de ser mujer o varón sino por ser una persona única e irrepetible que posee las características de todo ser humano, sabiendo que sus circunstancias propias han permitido que desarrolle más unas que otras. Podemos hacer la pregunta, al contrario: ¿Cuál es la contribución propia de los varones? ¿por qué no se dice de ellos que deben encontrar su propio lugar? ¿Por qué no se ha escrito una carta para los varones para definirlos y explicitar el valor propio que los dignifica, como se repite tanto para las mujeres? No existe un colectivo “mujeres” que pueda aportar algo propio, ni existe un colectivo “varones” que pueda apropiar algo propio. Existen personas, varones y mujeres, con sus características propias -como ya lo dijimos- llamadas a enriquecer la comunidad eclesial.

Víctor Fernández finaliza diciendo que, si cualquier reflexión no tiene consecuencias prácticas, si no se trata de la cuestión del poder en la Iglesia, si no se concede a las mujeres más espacios donde ellas tengan mayor incidencia, esta reflexión será insatisfactoria. Y ¡tiene toda la razón! Y justamente este es el punto en el que estamos: mientras no se deje de justificaciones para no abrir las puertas de la Iglesia a la participación plena de las mujeres en ella, podremos hacer muchos discursos, alegrarnos por los pequeños espacios que se abren, tal vez no hablar tanto del tema para no incomodar a los que no quieren escuchar esta continua demanda, contentarnos con los lentos cambios que se dan con respecto a las mujeres, seguirá esta real y cierta insatisfacción de las mujeres frente a la Institución eclesial, insatisfacción que algunas seguimos expresando pero manteniendo la esperanza de que las realidades cambien pero que, muchas otras, ya no están dispuestas a esperar sino que se van alejando, más y más, explícita o implícitamente, de la institución eclesial. Que la historia es lenta y los cambios difíciles, nadie lo duda, pero que hay que acelerar el paso por fidelidad al evangelio, sería la opción correcta para evitar este envejecimiento de la Iglesia donde ya las/os jóvenes no tiene casi ningún interés de involucrarse.

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