miércoles, 2 de agosto de 2023

 

La juventud: un desafío pendiente en la vida de la Iglesia

Olga Consuelo Vélez

Se está celebrando la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Portugal y, como todo evento, será un momento de renovar esperanzas, de entusiasmo, de alegría, de recargar fuerzas y de incorporar experiencias fuertes que van constituyendo la vida y ayudan para el camino. Sin embargo, ese encuentro de jóvenes levanta, en su contra cara, una de las crisis más grandes de la Iglesia: muchos jóvenes están cada vez más distantes de ella, no logran entender el mensaje que comunica, no se sienten atraídos por sus convocatorias, no les parece que puedan encontrar en ella alguna respuesta a sus múltiples búsquedas. Por supuesto esta apreciación no se puede generalizar porque en algunos ambientes siguen participando jóvenes, algunos de los movimientos cuentan con números aceptables de jóvenes y, aunque con mucha escasez, no dejan de llegar algunas vocaciones a la vida religiosa y presbiteral.

¿Qué razones podríamos aducir para esta escasez de jóvenes en los espacios eclesiales? Algunos invocan el secularismo de la sociedad y las múltiples ofertas que les llegan del mundo que parece les impide descubrir a Dios e interesarse por él. Otros aducen a la falta de familias creyentes lo cual no favorece la transmisión de la fe y el surgimiento de vocaciones como en décadas anteriores. No faltan quienes señalan que los jóvenes no tienen ideales, viven ensimismados en el inmediatismo, no se interesan por el bien común y están inmersos en el consumismo, las drogas, la delincuencia, etc. Aunque estas razones son válidas, esto no significa que la Iglesia no se mire a sí misma y se pregunte por qué su mensaje, su testimonio, su apostolado, cada vez llega menos a los jóvenes. Puede haber muchas causas externas que hagan difícil el trabajo con jóvenes, pero también hay muchas razones internas que deben ser identificadas si se aspira a llegar a la juventud de manera significativa.

Algunas respuestas ya se han dado, pero no se asumen en la práctica. Por ejemplo, la Conferencia de Aparecida, en 2007, ya hablaba de cómo “en la evangelización, en la catequesis y, en general, en la pastoral, persisten lenguajes poco significativos para la cultura actual y, en particular, para los jóvenes. Muchas veces los lenguajes utilizados parecieran no tener en cuenta la mutación de los códigos existencialmente relevantes en las sociedades influenciadas por la posmodernidad y marcadas por un amplio pluralismo social y cultural” (DA n. 100d). Lo mismo dijo el secretario de estado, Pietro Parolin, a propósito de esta JMJ en Portugal: “La Iglesia tiene que ser creativa, necesita encontrar el coraje y el lenguaje adecuado para presentar a Jesucristo a los jóvenes de hoy, en toda su frescura, en toda su actualidad”. Verdaderamente, la cuestión del lenguaje es sustancial a la hora de comunicarnos con los jóvenes, por eso habría que revisarlo a fondo.

Pero la iglesia, en muchas instancias, se resiste al cambio. Para no ir muy lejos, el lenguaje inclusivo que permite visibilizar a las mujeres, encuentra muchas resistencias en la sociedad, pero mucho más en la Iglesia. Además, la institución eclesial permanece muy ajena a los movimientos actuales en torno al feminismo, al género, al pensamiento decolonial, a las diversas identidades sexuales y genéricas, a las diversas configuraciones de familia, etc., lanzando solo advertencias sobre sus peligros y catalogándolas de ideologías, sin conocer a fondo sus fundamentos y los aspectos positivos que conllevan. Muchos jóvenes si conocen esos contextos, los sienten como horizontes que les muestran un mundo más inclusivo y propicio para ellos y, si no ven en la Iglesia una institución que entiende sus búsquedas actuales y los acompaña a recorrerlas, será muy difícil poder ser significativa para la juventud.

Aquellos que dicen que la juventud es pasiva y no tiene ideales habría que mostrarles que esto no es verdad en todos los casos. Precisamente ha sido la juventud la que en muchos países se levanta para pedir sus derechos y no se cansa de marchar y exigir lo que les corresponde. No es verdad que muchos jóvenes no se interesen por las cuestiones sociales. Y aquí es donde la pastoral juvenil no debería limitarse a lo sacramental e intra eclesial sino acompañar la vida real de los jóvenes y su compromiso social. Además, si la juventud en algunos casos no responde cómo nos gustaría, no es tanto por una supuesta apatía sino por la falta de oportunidades en la sociedad en que viven. Trabajar por las conquistas sociales para garantizar el futuro de los jóvenes es mostrarles que el evangelio no es algo alejado de su vida concreta sino una palabra de fortaleza en pro de sus derechos.

El papa Francisco en su primera homilía en la JMJ reconoce el cansancio que se está experimentando en estos tiempos frente a la evangelización de los jóvenes. Pero, con el optimismo que le caracteriza, señala tres decisiones que habría que tomar para superar ese cansancio. En primer lugar, “navegar mar adentro”, es decir, no dejar de echar las redes confiados en el Señor que así instó a los discípulos cuando estaban desanimados porque no habían pescado nada (Lc 5,5). En segundo lugar, caminar juntos en el trabajo pastoral. Vivir la sinodalidad donde el laicado participe plenamente de la vida eclesial. Y, finalmente, ser pescadores de personas -propuesta que le hace Jesús a Pedro en ese pasaje de la barca- pero no entendiéndola como buscar vocaciones a la vida religiosa sino llevando la misericordia de Dios a todos los lugares donde hace falta: la sociedad multicultural, las situaciones de pobreza y precariedad, la fragilidad de las familias, las relaciones heridas y, por supuesto, a la juventud, entre otras situaciones necesitadas de misericordia.

Todo esto que señala Francisco hay que encarnarlo en realidades cómo las que señalé al inicio y en otras que hay que seguir planteando y asumiendo. Con seguridad el papa seguirá insistiendo en sus intervenciones en esta JMJ que Cristo sigue vivo y su evangelio es actual, siempre y cuando, no nos apeguemos a lo que “siempre fue así” sino que acompañemos a la juventud por los caminos que van transitando porque en ellos, con toda seguridad, también el Espíritu actúa, aunque no estemos acostumbrados a reconocerlo.

 

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