lunes, 28 de agosto de 2023

 

En el mes de la Biblia, redescubrirla como Palabra de Dios

Olga Consuelo Vélez

No sobra insistir, una vez más, en la riqueza e importancia de la Sagrada Escritura en la vida cristiana, más cuando en el mes que se avecina, se hace memoria de la Biblia. San Jerónimo tradujo la Biblia del hebreo, arameo y griego al latín en el siglo IV y se conmemora su memoria el 30 de septiembre. De ahí que se hable de septiembre como el mes de la Biblia. Cabe anotar un dato interesante: la traducción hecha por Jerónimo se conoce como “la vulgata”, es decir, para el “vulgo”, para el “pueblo” que, en ese tiempo, conocía el latín (más adelante menos gente va a saber latín). Y este es el desafío que sigue vigente hoy porque el “pueblo santo fiel de Dios” -como ahora dice el papa Francisco-, no acaba de asumirla, entenderla, referir su vida hacia ella, saborear su mensaje, ponerlo en práctica.

¿En qué radicará tanta dificultad? Tal vez influye mucho la historia vivida de relación con la Sagrada Escritura. Durante siglos, aunque ya estaba traducida, se consideraba que solo era para los expertos que, por supuesto, era el clero, ya que habían realizado estudios bíblicos, además de que la traducción hecha por San Jerónimo era en latín que, como dije antes, cada vez era conocido por menos gente.

Otra causa posiblemente es el hecho de que fue Martín Lutero quien “protestó”, entre otras cosas, contra esa costumbre de reservar la Biblia solo para los clérigos y por eso la tradujo a su lengua (el alemán) para que más gente la pudiera leer. Conocemos bien las consecuencias de ruptura que tuvo toda la reforma luterana, mucho más allá de este hecho de la traducción de la Biblia, pero que tomado en su conjunto hizo que la Iglesia católica reforzara su postura contraria a las propuestas de Lutero. Si hay algo que sigue caracterizando, hasta el día de hoy la diferencia entre católicos y protestantes, es esta relación con la Biblia. Hasta en algunas iglesias muy pequeñas que se identifican con ese horizonte protestante, los fieles que allí acuden estudian la biblia, la repiten, la comunican, la enseñan. Eso sí, es importante decir que no siempre lo hacen con los necesarios presupuestos hermenéuticos para acercarse a ella, sino con un tipo de fundamentalismo, es decir, tomando la Biblia al pie de la letra, lo cual lleva a excesos, anacronismos, rigidez, en otras palabras, una fe sin contexto, sin discernir el significado de lo que allí se quiso decir. No se puede leer la Biblia sin un mínimo de interpretación para no convertirla en un instrumento de sometimiento o fanatismo.

Otra causa puede ser que la vida cristiana se ha alimentado de la religiosidad popular que, siendo una “verdadera experiencia de amor teologal” como la definió la Conferencia de Aparecida (n. 263), reconociéndola como “esa piedad que refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” (DA n. 258), no siempre se ha sabido integrar con la también necesaria espiritualidad bíblica que sabe escuchar la Palabra de Dios, saborearla, interiorizarla y buscar los caminos actuales para ponerla en práctica. La religiosidad popular necesita aprender a escuchar más a Dios a través de su palabra e integrarla en la rica espiritualidad que posee.

¿Cómo podríamos propiciar más este encuentro con la Sagrada Escritura de manera que alimente nuestra fe y espiritualidad? Uno de los caminos podría ser tomar, en serio, la Biblia como “Palabra de Dios”. Es lo que proclamamos en la misa dominical, después de escuchar las lecturas. Ahora bien, ¿qué significa que sea palabra de Dios?  Ya dijimos antes que no significa tomarla al pie de la letra (eso es fundamentalismo), ni tampoco podemos tomar un versículo sacado del contexto (eso es no tener en cuenta el contexto para interpretar un texto) pero significa que nuestro Dios se encarnó en la historia humana -especialmente en Jesús- y nos ha dejado en lenguaje humano la posibilidad de conocerlo, de mirar con sus ojos el mundo en que vivimos, el dejarnos enseñar cómo amar, cómo servir, cómo construir hermandad. Todo eso es el texto bíblico cuando nos acercamos a él para conocer cómo Dios actúo con el pueblo de Israel, cómo Jesús vivió y cómo las primeras comunidades fueron haciendo vida la experiencia recibida. Gracias a que toda esa vida quedo escrita, hoy podemos conocerla y entrar en esa misma dinámica de fe que se ha de hacer vida a través de la nuestra.

En algunos contextos aumenta la formación bíblica, sin embargo, habría que acompañarla con el cambio de imagen de Dios y de Iglesia. En cuanto respecta a la imagen de Dios, el Dios de Jesús es alguien que nos habla, nos comunica en lenguaje humano su deseo sobre la humanidad. No es un Dios para pedirle milagros sino para entablar una relación de amistad con Él. Con respecto a la Iglesia, hemos de hacer vida el modelo sinodal donde comprendemos que Dios se dirige a todo el pueblo de Dios, el papa Francisco lo expresa, como el sensus fidelium o sentido de la fe de los fieles. Todos corresponsables con la misión que el Señor nos confía, todos llamados a interpretar los signos de los tiempos a la luz de la palabra de Dios, por supuesto, en el seno de la comunidad eclesial donde, caminando juntos, trabajamos por un mundo mejor.

Finalmente, hoy la gente busca libros de sabiduría para orientar su vida. Posiblemente explicar, socializar, enseñar, compartir, mostrar la sabiduría del Dios de Jesús, en la Sagrada Escritura, podría traer mucha vida a nuestra vida, mucha fuerza a nuestra tarea de construir un mundo más justo, mucha sabiduría, misericordia y paz para nuestra vida y la de todos los que nos rodean. Y, el mes de la biblia puede ser la posibilidad de redescubrirla como Palabra de Dios que está ahí para ser acogida, escuchada, puesta en práctica.   

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