lunes, 4 de septiembre de 2023

 

Pensando en voz alta sobre la vida religiosa

Olga Consuelo Vélez

La formación para la vida religiosa masculina y femenina se ha constituido en todo un desafío. Por una parte, hay menos vocaciones, con lo cual, tener uno o dos formandos/as resulta más difícil porque se puede volver algo demasiado focalizado en ese pequeñísimo grupo y hasta agobiante al no tener otros de su edad con quien caminar. Por otra parte, para aliviar la situación que acabo de describir, las comunidades están agrupando a todos los/as jóvenes de diversos países, pero en esa situación surgen otros problemas: demasiada diversidad de culturas, visiones, grado de formación, etc., que pudiendo resultar enriquecedor, también puede prestarse a privilegiar solo un punto de vista -casi siempre el de la persona encargada de la formación-, dejando de lado todas las otras particularidades del grupo más amplio de formandos/as.

Otra situación difícil es que, ante la escasez de vocaciones se puede caer en literalmente “pescar” en todo lugar donde se pueda. No quiere decir esto que todos no estén llamados y que la diferencia de condición socio económica o cultural o de cualquier otro tipo vaya a impedir que se sienta el llamado. Pero si quiere decir que no es tan aconsejable que se invite a los jóvenes con motivaciones de estudios, de viajes, de ocupaciones varias, creyendo que, al entrar a la casa de formación, la vocación a este estilo de vida llegará como consecuencia inevitable. No parece que eso pase en la mayoría de los casos. Y, entonces, es muy probable que los que entraron atraídos por otras razones, vayan dejando la comunidad porque no sienten el llamado a esa vocación específica.

Con respecto a los estudios que se realizan -casi siempre de filosofía y teología- existe una grave dificultad que no siempre se asume en las casas de formación. Lo que estudian no parece ir acompañado de las prácticas eclesiales, litúrgicas, sacramentales o pastorales que llevan en sus casas formativas. En la academia se insiste en un modelo de iglesia circular y en las comunidades, a veces se vive un modelo más piramidal. Se insiste en una vida sacramental expresión de la fe vivida en lo cotidiano y en la formación se puede volver un cumplimiento rutinario. Se insiste en una preparación seria y fundamentada de la acción pastoral y en la formación se envía a los jóvenes a improvisar experiencias o a plegarse a los modelos pastorales tradicionales vividos muchas veces en los lugares de misión a los que son enviados. En definitiva, no parece que se propiciaran diálogos en las casas de formación sobre lo que aprenden en las clases y cómo eso ha de dinamizar, transformar o afianzar lo que se vive en la cotidianidad formativa.

También referido a los estudios, especialmente en las comunidades femeninas, se percibe mucho temor de enviar a estudiar a las jóvenes porque sienten que la academia las induce a dejar la vocación. Se opta entonces por programas a distancia o porque no estudien demasiado como evitando que el estudio les haga cuestionar lo que viven. También hay temor a que, una vez terminada la carrera universitaria, abandonen la comunidad. Y sí, es verdad que eso pasa. Pero creo que no siempre se asume la pregunta de fondo de si son los estudios los que quitan la vocación o es la confrontación de estos con las estructuras formativas no muy actualizadas las que les empujan a dejar la comunidad.

Desde mi experiencia de compartir con tantos y tantas jóvenes en formación, puedo constatar que tienen muchos valores y muchos deseos de responder al camino en el que se encuentran. Pero tropiezan demasiado con las estructuras en las que están desarrollando el proceso formativo y sin afirmar que todo el problema está en dichas estructuras -también cada joven tiene sus propias historias, limitaciones, retrocesos y dobleces- si pareciera que el mayor problema está en la estrechez del “deber ser” de la formación, incapaz de asumir otros estilos, otras experiencias, otras posibilidades que vayan más acordes con los tiempos actuales. Especialmente en las comunidades femeninas, no caben mentalidades patriarcales y esquemas de subordinación o sometimiento, cuando en la sociedad las mujeres han adquirido tanta conciencia de su dignidad y sus derechos. Y, en general, no es posible infantilizar a los formandos/as -muchas veces no tan jóvenes sino en el arco de los 25 a los 35 años-, marcándoles el camino sin contar con sus iniciativas, sus puntos de vista e, incluso sus críticas, para sentirse caminando juntos en procesos formativos que no han de ser unidireccionales -del formador al formando- sino de grupos humanos donde todos, de alguna manera, están en camino de formación porque el espíritu se manifiesta en todos los miembros de la comunidad.

Ahora bien, posiblemente es el momento de mirar la pertinencia de tantos carismas -que en realidad se despliegan en los mismos campos de misión- porque posiblemente se podrían unir intercongregacionalmente para mejores resultados. O de repensar el significado profético que la vida religiosa ha de tener -porque esa fue la intencionalidad en sus orígenes- para no caer en activismos o en multitud de campos de misión, sin que sean verdaderamente necesarios o testimoniales. Y, en definitiva, sentirnos más Iglesia donde la vocación al seguimiento de Jesús es patrimonio de todos y talvez estamos en un momento histórico en el que la vocación al seguimiento de Jesús es de todos y, por eso, no es que falten vocaciones, sino que el espíritu las está suscitando en el corazón del laicado. Que haya seguidores de Jesús, es lo que interesa, no necesariamente que surjan vocaciones para la vida religiosa o para el ministerio ordenado de hombres célibes. Quien quita que la realidad histórica esté abriendo nuevos caminos para una iglesia más vocacionada y unos ministerios más plurales. Escuchar al espíritu podría ser la opción más razonable.

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