A propósito de la fiesta de la Asunción
Con María, verdadera hermana nuestra, caminemos
hacia la eternidad
Hemos comentado varias veces la fiesta de la Asunción de María -que se
conmemora este mes de agosto- porque esta, como las otras festividades
marianas, han convocado durante siglos al pueblo de Dios en la vivencia de su
fe. María, “una de las nuestras” o “verdadera hermana nuestra” o “primera
discípula”, como se le llama en reflexiones más recientes, nos enseña el
seguimiento de Jesús, con actitudes que deben acompañar la vida cristiana:
escucha al espíritu (la anunciación, Lc 1, 26-38), fidelidad a los valores del
reino (Bodas de Caná, Jn 2, 1-12), anunciadora de las maravillas de Dios (canto
del Magnificat, Lc 1, 46-49), profeta para denunciar la injusticia y anunciar los
tiempos nuevos desde Dios (canto del Magnificat, Lc 1, 50-55), fiel hasta el
final (María al pie de la cruz, Jn19,25), presente en el inicio de la iglesia (Pentecostés,
Hc 1, 14).
No hay datos bíblicos sobre la Asunción de María, pero la celebramos porque
en 1950, el Papa Pío XII proclamó este dogma, respondiendo a una creencia que
el pueblo cristiano manifestaba sobre el final de la vida de María. Si ella recibió
el don de ser madre del Hijo de Dios, es fácil pensar que ella recibió, también,
la plenitud de la salvación. Esta fiesta responde a un dogma proclamado por la
Iglesia pero que recoge lo que el pueblo cree. Por esta razón no es un invento
eclesial sino una confirmación del sensus fidei (sentido de la fe del
pueblo de Dios) que la institución eclesial acoge y reafirma.
De todas maneras, tanto el dogma de la Asunción como tantos otros de la fe
cristiana, necesitamos explicarlos de acuerdo a las comprensiones que se han
ido desarrollando, a la luz de los aportes de la exégesis y la hermenéutica
bíblica y teológica, las cuales permiten “traducir” a términos actuales lo que
en el pasado se expresó con el lenguaje y comprensión de esa época. En el caso
del dogma de la Asunción, el énfasis no está en un hecho milagroso que la
ciencia no explica, sino en una experiencia de fe sobre la persona de María que
nos hace afirmar que, a ella, Dios le concedió ya, lo que todos esperamos
alcanzar cuando termine nuestra vida en este mundo. En ese sentido, la
celebración de esta fiesta nos anima a seguir caminando hacia la meta, a
mantener el compromiso cristiano de amor, solidaridad, misericordia, justicia,
paz, como María supo mantenerlo, con la confianza de que vamos haciendo posible
el reino de Dios entre nosotros y, en ese sentido, vamos experimentando lo que
esperamos saborear de manera plena en la eternidad.
Cabe anotar que es importante seguir recuperando una figura de María más
comprometida con la vida cotidiana que una María extraordinaria, alejada de
este mundo. Recientemente el Vaticano ha lanzado una alerta sobre las
“supuestas” apariciones de la Virgen que se dan en muchos lugares y se ha
reservado el derecho de declararlas o no como tales. Una cosa es la experiencia
de fe mariana que puede vivirse de manera privilegiada en un momento de la
historia y por la cual se erige un santuario mariano y otra la explotación del
sentimiento religioso acudiendo a la magia, lo sobrenatural, lo extraordinario
y dirigido astutamente por supuestos “videntes”. Es necesario estar muy atentos
a la confirmación eclesial de cualquier evento de este tipo para no desvirtuar
la fe y no ser víctimas de estafadores que también abundan y aprovechan las
cuestiones religiosas para sus fines.
Y no solo hay que ser precavidos con las apariciones marianas sino también
con algunos grupos que invocando a María se han ido convirtiendo en un tipo de
“secta” porque se creen los poseedores de la verdad y viven doctrinas, ritos,
costumbres, tradiciones más pre-vaticanas que acordes con los desarrollos
eclesiológicos actuales. Además, privilegian una imagen de María que provoca
miedo, temor y que mira este mundo actual, condenándolo y fomentando el rechazo
y exclusión de lo diferente, todo muy contrario a la misericordia, inclusión y
acogida de los signos de los tiempos en los que el espíritu de Dios sigue
hablando hoy.
En ese sentido, rezar el rosario es una devoción mariana muy rica sino se
separa de Jesucristo. De ahí que se proponga la consideración de los misterios
de la vida de Cristo al unísono con el rezo de las cincuenta avemarías.
Lamentablemente, en esos grupos y, a veces, en algunos espacios eclesiales, se
sigue fomentando una repetición de avemarías más que un momento contemplativo y
de interiorización de los misterios de nuestra fe. Una revisión de esta
devoción ayudaría mucho a alimentar la vida cristiana. No es María la que
necesita que nosotros recemos. No es el número de avemarías lo que interesa. El
rosario es un medio para ayudarnos a entrar en diálogo con Jesús, a través de
María, pero el objetivo es favorecer la experiencia de oración y no la
repetición inconsciente de palabras vacías.
Aprovechemos la celebración de esta festividad mariana para recrear nuestra
devoción hacia ella, centrándola más en la fe en su hijo Jesús que en visiones
apocalípticas del mundo o en temores que parece ella nos anuncia en supuestas
apariciones, tan alejadas del reino de Dios, del evangelio, del auténtico
sentir eclesial. Ella, verdadera hermana nuestra, nos acompaña en nuestro
camino hacia la eternidad, invitándonos a vivir como ella vivió, siempre
colaborando y haciendo posible el amor de Dios entre nosotros.
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