¿Qué haremos nosotros cuando venga el Hijo por
los frutos de la viña?
Domingo XXVII del Tiempo Ordinario
(4-10-2026)
Olga Consuelo Vélez
Escuchen
otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó,
cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos
viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió
a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de
ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros
servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma
manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi
hijo". Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero:
vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo
arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelve el dueño, ¿qué les
parece que hará con aquellos viñadores?". Le respondieron: "Acabará
con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a
su debido tiempo". Jesús agregó: "¿No han leído nunca en las
Escrituras: "La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser
la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos"? Por
eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser
entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos" (Mateo
21, 33-43).
Jesús anuncia el reino de Dios por medio de parábolas que dirige a la multitud o a sus discípulos, pero también a los escribas, fariseos, sumos sacerdotes y ancianos. Esta parábola parece que la dirige a estos últimos que se creen destinatarios de las promesas de Dios y, sin embargo, no aceptan la palabra de Jesús con su anuncio del cumplimiento de estas promesas.
La parábola se refiere a un propietario que
planta una viña y la arrienda a unos viñadores. Cuando llega la cosecha envía a
sus siervos para cobrar los frutos, pero dichos viñadores se apropian de
aquella viña y golpean y matan a esos siervos. Una vez más el propietario envía
otros siervos y corren la misma suerte. Finalmente envía a su propio hijo,
creyendo que a él lo respetaran. La parábola indica que los viñadores lo
reconocen como el “heredero”, es decir, saben que será el propietario. Sin
embargo, en lugar de respetarlo, lo matan para quedarse con la viña. Es fácil
entender que Jesús se está refiriendo a las autoridades judías que se están
apropiando de la ley y el culto, usándolo para su beneficio y, están rechazando
a Jesús, el “hijo”, al que llegarán, efectivamente, a asesinarlo con la muerte
en cruz.
Como en toda parábola, después de relatar el
ejemplo, Jesús hace la pregunta que interpela a los oyentes: ¿qué creen que
hará el propietario con aquellos viñadores? Es obvia la respuesta y así contestan
los interrogados: el propietario acabará con esos viñadores y arrendará su viña
a otros. Es entonces cuando Jesús les muestra que eso que saben, no lo ponen en
práctica y, citando el salmo 118, 22: "la piedra que desecharon los
constructores es ahora la piedra angular”, puedes darles la enseñanza central:
ellos están rechazando al Hijo y, por eso, lo que se les había dado, les será
quitado y los que sí reconocen al Hijo, recibirán los frutos de la viña. En
otras palabras, el pueblo de la alianza se quedará sin ella y surgirá el nuevo
pueblo de los seguidores de Jesús.
Esta parábola nos interpela también a nosotros
porque podemos creernos seguros de la fe que profesamos y, muchas veces, esa fe
queda más apegada a la doctrina, al rito, a la norma que al evangelio con la
radicalidad que lo vivió Jesús: misericordia y compasión, opción por los
últimos, defensa de los más necesitados. Conviene, preguntarnos, si mantenemos
la fidelidad al “Hijo”, buscando entender mejor el seguimiento al que nos llama,
en lugar de hacerlo a nuestra medida, a nuestra comodidad.
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