EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS
Las bienaventuranzas como camino de santidad
Olga Consuelo Vélez
El mes de noviembre comienza con la celebración de “Todos los santos” (1 de
noviembre) y es buena ocasión para recordar la Exhortación Gaudete et
Exsultate (2018) del Papa Francisco. La invitación de este documento es
clara: la santidad es para todos y ha de vivirse en la vida cotidiana. Esta
afirmación no fue una novedad del papa Francisco. En la Lumen Gentium, ya se
afirmaba: “En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que
los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del
Apóstol: porque esta es la voluntad de Dios, su santificación (1 Ts 4,3)” (n.
39). En otras palabras, la santidad no
está reservada para unos pocos, sino que es una vocación universal.
La exhortación sobre la santidad de Francisco consta de cinco capítulos:
(1) El llamado a la santidad; (2) Dos sutiles enemigos de la santidad: el
gnosticismo y el pelagianismo actual; (3) A la luz del maestro, refiriéndose a
las bienaventuranzas, (4) Algunas notas de la santidad en el mundo actual:
aguante, paciencia, mansedumbre, alegría y sentido del humor; audacia y fervor,
comunidad, oración y (5) Combate, vigilancia y discernimiento.
Este esquema nos habla de una vida cristiana vivida desde la alegría del
encuentro, desde la llamada de Dios a cada uno, desde la celebración de la vida
nueva. Notemos que no se refiere a “cumplir mandamientos” o a participar en
liturgias -so pena de pecar si no asistimos a ellas (misa dominical), sino a
las bienaventuranzas que, por un lado, nos insisten en la “felicidad” que dan
las actitudes propias del reino -señaladas en cada una de las bienaventuranzas-
y por otra, en el culto que verdaderamente agrada al Señor que no es otro que la
fraternidad/sororidad para con cada uno de sus hijos e hijas.
La expresión “los santos de la puerta de al lado” es talvez una de las
afirmaciones más ricas para iluminar la vida cristiana. Acostumbrados a santos
que proclama la Iglesia, casi todos con “virtudes extraordinarias”, algunos con
vidas que ni parecen de seres humanos reales, la mayoría clérigos o de vida
religiosa -últimamente han aumentado santos del laicado y personas casadas-,
Francisco se refiere a “los padres que crían con amor a sus hijos, esos hombres
y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, los enfermos, las
religiosas ancianas que siguen sonriendo, los que mantienen la constancia para
seguir adelante día a día (…) esa es muchas veces la santidad “de la puerta de
al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la
presencia de Dios” (n. 7). Francisco hace especial mención de las mujeres -por
la historia de relegación que han sufrido históricamente, recordando no solo a
las explícitamente reconocidas como Hildergarda de Bingen, Brígida, Catalina de
Siena, Teresa de Ávila o Teresa de Lisieux, sino “a tantas mujeres desconocidas
u olvidadas quienes cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y
comunidades con la potencia de su testimonio” (n. 12).
Sobre los enemigos de la santidad que señala la exhortación, el gnosticismo
actual Francisco lo entiende como “encerrarse en el subjetivismo, donde solo
interesa determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos
que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda
clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos” (n. 35).
En otras palabras, la Iglesia tiene muy claro -aunque a veces no se viva con
esa radicalidad- que la perfección de las personas está en su grado de caridad
hacia los demás y no en la cantidad de conocimientos que acumulen. Esto no
significa que la ciencia sea mala o que no haya que tener un espíritu
científico, sino que todo ha de estar al servicio del amor, de las obras y no
de la ley o la teoría. Es velar por “no convertir la experiencia cristiana en
un conjunto de elucubraciones mentales que terminan alejándonos de la frescura
del evangelio” (n. 46).
El segundo enemigo de la santidad, según Francisco, es el pelagianismo actual,
entendiéndolo como la voluntad humana, capaz de realizar por si misma toda
perfección humana, olvidándose que “todo depende no del querer o del correr,
sino de la misericordia de Dios (Rm 9,16) y de que “él nos amó primero” (1 Jn
4, 19)”. El pelagianismo lleva a la autosuficiencia de algunos, creyéndose
mejor que los demás, cayendo en la “autocomplacencia egocéntrica y elitista
privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente
distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas
sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la
dotrina, del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de los
asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización
autorreferencial” (n. 57).
La santidad consiste, entonces, en la vivencia de la felicidad expresada en
las bienaventuranzas. Felices los pobres que son aquellos que asientan su vida
en Dios y no en las riquezas, en el honor o en el poder que conllevan cierta
injusticia con los demás, cierto detrimento de su valor. Felices los mansos que
significa los que saben mirar a los demás sin prepotencia, creando clima de
encuentro y valoración mutua. Felices los que lloran, los que tienen hambre y
sed de justicia, por el dolor y la injusticia del mundo y se disponen a
transformarlo. Felices los misericordiosos, es decir, sensibles a la miseria,
denunciándola. Felices los de corazón limpio y los que trabajan por la paz.
Felices los que no temen ser perseguidos por causa de la justicia porque de
ellos es el reino de los cielos (nn.67-94).
Conviene que profundicemos en esta exhortación bella, atrayente, profunda.
Muchos otros elementos se señalan en ella, pero quedémonos con estas palabras
para la conmemoración de esta festividad de todos los santos: “El santo es
capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina
a los demás con un espíritu positivo y esperanzado (…). Si dejamos que el Señor
nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer
realidad lo que pedía san Pablo: Alégrense siempre en el Señor; les repito, ¡alégrense!
(Flp 4,4).