domingo, 1 de noviembre de 2026

 

EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Las bienaventuranzas como camino de santidad

 

Olga Consuelo Vélez

 

El mes de noviembre comienza con la celebración de “Todos los santos” (1 de noviembre) y es buena ocasión para recordar la Exhortación Gaudete et Exsultate (2018) del Papa Francisco. La invitación de este documento es clara: la santidad es para todos y ha de vivirse en la vida cotidiana. Esta afirmación no fue una novedad del papa Francisco. En la Lumen Gentium, ya se afirmaba: “En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: porque esta es la voluntad de Dios, su santificación (1 Ts 4,3)” (n. 39).  En otras palabras, la santidad no está reservada para unos pocos, sino que es una vocación universal.

La exhortación sobre la santidad de Francisco consta de cinco capítulos: (1) El llamado a la santidad; (2) Dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo actual; (3) A la luz del maestro, refiriéndose a las bienaventuranzas, (4) Algunas notas de la santidad en el mundo actual: aguante, paciencia, mansedumbre, alegría y sentido del humor; audacia y fervor, comunidad, oración y (5) Combate, vigilancia y discernimiento.

Este esquema nos habla de una vida cristiana vivida desde la alegría del encuentro, desde la llamada de Dios a cada uno, desde la celebración de la vida nueva. Notemos que no se refiere a “cumplir mandamientos” o a participar en liturgias -so pena de pecar si no asistimos a ellas (misa dominical), sino a las bienaventuranzas que, por un lado, nos insisten en la “felicidad” que dan las actitudes propias del reino -señaladas en cada una de las bienaventuranzas- y por otra, en el culto que verdaderamente agrada al Señor que no es otro que la fraternidad/sororidad para con cada uno de sus hijos e hijas.

La expresión “los santos de la puerta de al lado” es talvez una de las afirmaciones más ricas para iluminar la vida cristiana. Acostumbrados a santos que proclama la Iglesia, casi todos con “virtudes extraordinarias”, algunos con vidas que ni parecen de seres humanos reales, la mayoría clérigos o de vida religiosa -últimamente han aumentado santos del laicado y personas casadas-, Francisco se refiere a “los padres que crían con amor a sus hijos, esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, los enfermos, las religiosas ancianas que siguen sonriendo, los que mantienen la constancia para seguir adelante día a día (…) esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios” (n. 7). Francisco hace especial mención de las mujeres -por la historia de relegación que han sufrido históricamente, recordando no solo a las explícitamente reconocidas como Hildergarda de Bingen, Brígida, Catalina de Siena, Teresa de Ávila o Teresa de Lisieux, sino “a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio” (n. 12).

Sobre los enemigos de la santidad que señala la exhortación, el gnosticismo actual Francisco lo entiende como “encerrarse en el subjetivismo, donde solo interesa determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos” (n. 35). En otras palabras, la Iglesia tiene muy claro -aunque a veces no se viva con esa radicalidad- que la perfección de las personas está en su grado de caridad hacia los demás y no en la cantidad de conocimientos que acumulen. Esto no significa que la ciencia sea mala o que no haya que tener un espíritu científico, sino que todo ha de estar al servicio del amor, de las obras y no de la ley o la teoría. Es velar por “no convertir la experiencia cristiana en un conjunto de elucubraciones mentales que terminan alejándonos de la frescura del evangelio” (n. 46).

El segundo enemigo de la santidad, según Francisco, es el pelagianismo actual, entendiéndolo como la voluntad humana, capaz de realizar por si misma toda perfección humana, olvidándose que “todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios (Rm 9,16) y de que “él nos amó primero” (1 Jn 4, 19)”. El pelagianismo lleva a la autosuficiencia de algunos, creyéndose mejor que los demás, cayendo en la “autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la dotrina, del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de los asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial” (n. 57).

La santidad consiste, entonces, en la vivencia de la felicidad expresada en las bienaventuranzas. Felices los pobres que son aquellos que asientan su vida en Dios y no en las riquezas, en el honor o en el poder que conllevan cierta injusticia con los demás, cierto detrimento de su valor. Felices los mansos que significa los que saben mirar a los demás sin prepotencia, creando clima de encuentro y valoración mutua. Felices los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, por el dolor y la injusticia del mundo y se disponen a transformarlo. Felices los misericordiosos, es decir, sensibles a la miseria, denunciándola. Felices los de corazón limpio y los que trabajan por la paz. Felices los que no temen ser perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos (nn.67-94).

Conviene que profundicemos en esta exhortación bella, atrayente, profunda. Muchos otros elementos se señalan en ella, pero quedémonos con estas palabras para la conmemoración de esta festividad de todos los santos: “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado (…). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: Alégrense siempre en el Señor; les repito, ¡alégrense! (Flp 4,4).

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