El Jueves Santo celebramos un misterio
fundamental de nuestra fe: a Jesús mismo hecho Eucaristía, quedándose para
siempre con nosotros, prometiéndonos alimentar nuestra fe y fortalecer nuestros
pasos. Pero esa presencia viva en la Sagrada Comunión no es una realidad
intimista como a veces erradamente se entiende sino una experiencia
profundamente comunitaria, donde el amor fraterno es el signo y realización de
la presencia eucarística entre nosotros. Así lo relatan los evangelistas: como
una cena donde Jesús reparte el pan y el vino, signo de su propio cuerpo y
sangre, que se parte y se reparte entre los suyos. Y, el evangelista Juan,
relata el hecho de otra manera más gráfica aún: con el lavatorio de los pies.
Es decir, el amor fraterno tiene una característica muy singular: implica ese
mutuo servicio entre los hermanos y hermanas, ese ponerse a los pies de los
demás –no en señal de humillación- sino como gesto de servicio y amor total y
desinteresado por todos, de amor al extremo como Jesús lo hace por cada ser
humano. El Señor Jesús, como Maestro y Señor, da ejemplo y nos invita a hacer
lo que él hizo. En otras palabras, en el amor fraterno no hay amos y siervos,
señores y sirvientes, jefes y súbditos. En el amor fraterno hay hermanos y
hermanas que se disponen a lavarse los pies unos a otros porque nadie es mayor
que nadie y todos están dispuestos al servicio generoso y a la entrega mutua.
Desde aquel Jueves Santo está clara la dinámica de amor y servicio de la vida
cristiana. Y cada Eucaristía dominical ha de llevarnos a renovar ese
compromiso. Por eso, pidamos al Señor que escuchemos las palabras que nos
dirige en el evangelio de Juan: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Porque
yo les he dado ejemplo para que también ustedes hagan con los demás lo que yo
he hecho con ustedes”.
En este espacio se consignan reflexiones sobre los hechos que suceden vistos desde la fe y con el ánimo de suscitar conciencia crítica, reflexión y compromiso cristiano.
miércoles, 12 de abril de 2017
jueves, 6 de abril de 2017
Vivir el misterio pascual desde el
horizonte de la misericordia
Nos preparamos
nuevamente para celebrar el misterio
pascual: la muerte y resurrección de Jesús. Pero esto no lo podemos
hacer al margen de la realidad concreta que vivimos. Por eso la Semana Santa no
puede quedarse en el cúmulo de celebraciones litúrgicas que ocupan esos días
sino que han de estar cargadas de la vida misma donde la fe se hace acto y la
resurrección es la meta que esperamos.
Por eso nos
preguntamos: ¿cuáles son las cruces que traemos? ¿Quiénes los crucificados de
este tiempo presente? ¿cuáles las causas de estas cruces? En Colombia la
construcción de la paz alienta nuestra esperanza pero no deja de estar cargada
de cruces que hemos de saber llevar para superar y transformar. Implementar los
“Acuerdos de Paz” no es tarea fácil. Son muchas las exigencias que supone y se
necesita muy buena voluntad de todas las partes para ir poniendo en práctica lo
acordado y para no detener la marcha, por muchas dificultades que surjan. Por
eso esta realidad que vivimos no puede ser ajena a esta semana santa sino que,
por el contrario, ha de llenar nuestras celebraciones de manera que encontremos
en ellas la ocasión precisa para fortalecer este empeño por la paz y tener más
confianza en que la resurrección es posible.
Pero también están
todos los demás problemas en los que se juega la vida de los más pobres. Hace
falta más voluntad política para que los planes de desarrollo busquen
transformaciones estructurales que cambien, en primer lugar, la vida de los últimos
de cada momento. Los beneficios para unos no pueden sacrificar la vida de la
mayoría. Pero así, por desgracia, sucede muchas veces. Ahora bien, desde la
experiencia de fe, no puede imperar la lógica de la mayor ganancia o de la
eficacia por sí misma. Lo que interesa es la vida de la gente y la cruz de
Jesús nos lo recuerda incesantemente.
Si a Jesús lo
crucificaron fue por poner en primer lugar a la persona. Para él no contaba la
ley, ni lo establecido, ni lo que siempre fue así, cuando algo de esto atacaba
la dignidad del ser humano. Pero a veces no parece, que los cristianos hubiésemos
entendido ese mensaje que Jesús nos da con su propia vida. Muchas veces por una
conciencia ingenua o irresponsable o egoísta –cada uno puede ver en donde se
sitúa- apoyamos gobiernos que no piensan en los más pobres sino en la lógica
del mercado, la competencia y la ganancia para los más ricos. Así se explica el
avance del neoliberalismo o, como el Papa dice, “de esta economía que mata” y
de gobiernos que siguen enarbolando esas banderas, acabando una vez más, con
los derechos sociales que deberían llegar cada vez a más gente.
¡Nada de lo que pasa
en el mundo es ajeno a la fe y al misterio pascual que celebramos! ¿cuándo
lograremos entenderlo? Y si ampliamos la mirada no podemos dejar de lado el
drama de la inmigración, sobre todo en Europa, por lejos que este en cierto
sentido esa realidad, ni mucho menos la situación de Estados Unidos donde los
inmigrantes están amenazados no sólo por medidas efectivas que se quieren
implementar contra ellos, sino también por la mentalidad que se alimenta de
fomentar el nacionalismo viendo a los otros como peligro y causa de los
problemas que les aquejan.
Esas y muchas otras
realidades -que no alcanzamos a nombrar aquí- son las cruces de este siglo XXI,
cruces que esperan la resurrección que Cristo nos trae. ¿Cómo vislumbrar,
trabajar, abrir caminos para que la resurrección sea posible? Lógicamente la
resurrección es don de Dios, gracia suya, que no podemos alcanzar por nuestros
méritos ni esfuerzos. Pero mirando a Jesús si podemos seguir su camino,
confiados de que por ahí se hace posible la vida resucitada.
¿Cuál es este camino?
Fidelidad al amor de Dios por la humanidad, por toda ella, buscando la vida
digna y plena para todos. Atención preferencial por los más necesitados de su
tiempo. Es decir, saber mirar la realidad desde ellos y con ellos. Desde abajo
y no desde arriba. Desde el servicio y no desde el poder. Desde la lógica del
reino y no desde la lógica de la libre competencia o del poder del más fuerte.
De esta manera se abren caminos para la resurrección.
Y una nota más: con la
misericordia como horizonte para acercarnos a todas las realidades. Este es uno
de los aspectos que el Obispo de Roma más ha señalado y no por capricho
personal sino porque responde a la esencia más honda del evangelio del reino.
¿Es esta la actitud que dirige y sostiene nuestra vida cristiana? No olvidemos
que el Papa en la Carta Misericordia et Misera con la que se concluyó el
Jubileo extraordinario de la Misericordia, invita “a dejar paso a la fantasía
de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la
gracia. La Iglesia necesita anunciar hoy esos ‘muchos otros signos’ que Jesús
realizó y que ‘no están escritos’ (Jn 20,30), de modo que sean expresión
elocuente de la fecundidad del amor de Cristo y de la comunidad que vive de él”
(MM No. 18).
Por tanto, que la
vivencia del misterio pascual nos regale la creatividad suficiente para
impregnar de misericordia nuestro mundo para que la resurrección sea una
experiencia fecunda no solo de un tiempo litúrgico sino del día a día donde el
reino ha de hacerse presente a través de nuestro testimonio comprometido.
viernes, 31 de marzo de 2017
viernes, 24 de marzo de 2017
Dios no necesita “defensores” sino “seguidores”
En el 2011 se escuchó una noticia sobre la quema del Corán -libro sagrado de los musulmanes- por el
pastor Terry Jones en la Florida y los consiguientes disturbios y muertes
causados por musulmanes en Afganistán como represalia ante ese hecho. Esto nos
invita a pensar en la violencia que se ejerce tantas veces en nombre de Dios.
En efecto, el Pastor Jones aducía “que algunas partes del Corán si se toman
literalmente llevan a la violencia y actividades terroristas, promueven el
racismo y los prejuicios contra las minorías, contra cristianos y contra
mujeres”. Pero, lamentablemente, él
parece no darse cuenta de la violencia que suscitó con el “juicio” que según
dice, le hizo al Corán y por lo cual decidió quemarlo. Y así el espiral de
violencia creció de un lado y de otro, todos creyéndose “salvadores” de Dios,
cuando con certeza Él no necesita ninguna defensa y menos desea que en su
nombre se produzcan tales situaciones absurdas.
Los cristianos podemos
entender esa situación porque la muerte de Jesús que conmemoramos en cada
Semana Santa fue fruto también de esa intolerancia religiosa. A Jesús lo matan
por anunciar un Dios que no se mueve por estas pretensiones humanas de acabar
con los “malos” y determinar quiénes son los “buenos”, sino por el Dios que
opta por los más necesitados, que se inclina siempre a favor del más débil, que
gratuitamente da su amor y gracia a todos, sin excepción. Pero los líderes
religiosos de su tiempo no pudieron aguantar ese Dios que los privaba de
sentirse poseedores de la verdad y les cuestionada su autoridad basada en su
seguridad personal de ser garantes hasta de “Dios mismo”. Así deciden matar a
Jesús. Pero ante esa violencia, Jesús no responde con más violencia. Él, como profetizó
Isaías: “No clamó, no gritó, no alzó en las calles su voz. No rompió la caña
quebrada, ni aplastó la mecha que estaba
por apagarse” (Cfr. 42, 2-3) y bien sabemos que “fue maltratado y El se humilló
y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que
permanece muda cuando la esquilan” (53, 7).
Y fue su
fidelidad al Dios que anunciaba, la que nos posibilitó experimentar la
resurrección que celebramos en la Pascua. A ese actuar de Jesús sin violencia y
sin pretender acabar con los “malos”, fue al que Dios le dio su “SI”, resucitándolo
y haciéndonos partícipes de su misma resurrección. Desde entonces, la vida de
“resucitados” que estamos llamados a testimoniar, ha de mostrar al Dios que no
teme morir con tal de no engendrar enfrentamientos en su nombre o descalificación
mutua en defensa de principios divinos que ni Él mismo defiende. Para Dios lo
verdaderamente importante es salvar la dignidad de los seres humanos,
respetando su libertad y sus convicciones.
La vida de
resucitados hoy, a la luz de los signos de los tiempos, nos llama a mantener
una verdadera apertura a la diversidad religiosa, un auténtico respeto a la
pluralidad teológica, una actitud profunda de conversión frente a la verdad que
nadie posee en plenitud sino que se revela a través de todo el pueblo de Dios
con sus luchas, desafíos y nuevas realidades que afronta continuamente.
Necesitamos pedir sabiduría para discernir sin enfrentarnos con los que piensan
diferente, para aceptar la pluralidad sin renunciar a la fidelidad personal,
para caminar todos tras el Dios de la historia que no teme que exista la
diferencia cuando se trata de favorecer el amor, la libertad, la paz, la
dignidad de las personas y de los pueblos.
Y lo que es más
importante: no olvidemos que Dios no necesita “defensores” ni “cruzadas” de
pureza moral o intelectual. Dios quiere seguidores que amen, construyan,
animen, cooperen, apoyen, favorezcan, posibiliten todo lo que contribuya al
bien común y a la felicidad de todos los seres humanos. Definitivamente, como
dice San Juan en su primera carta, no es posible decir que amamos a Dios (4,20)
si en su nombre atropellamos a otros seres humanos y no damos verdadero
testimonio de respeto, tolerancia y apertura a lo distinto, por negativo que
pueda parecernos e, inclusive, que efectivamente lo sea. Sólo desde una
verdadera praxis de amor, todos iremos liberándonos de las lecturas
fundamentalistas de los libros sagrados y nos entenderemos en el Dios que sigue
revelándose en los desafíos de cada tiempo presente.
viernes, 17 de marzo de 2017
Blog de Eduardo de la Serna: Comentario cuaresma 3A
Blog de Eduardo de la Serna: Comentario cuaresma 3A: Jesús sale al encuentro de nuestras necesidades DOMINGO TERCERO DE CUARESMA – “A” Eduardo de la Serna Lectura del libro d...
domingo, 12 de marzo de 2017
Blog de Eduardo de la Serna: Comentario cuaresma 2A
Blog de Eduardo de la Serna: Comentario cuaresma 2A: La Ley y los Profetas se encuentran en un monte DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA – “A” Eduardo de la Serna Lectura del libro del...
viernes, 10 de marzo de 2017
Derribar los muros y tender puentes
Una de las noticias más
preocupantes que se escucharon una vez asumió el presidente electo de los
Estados Unidos, Donald Trump, fue su decisión de construir un muro en la
frontera con México. Fue una de sus consignas de campaña y no tardó en ponerla
en práctica. Cuesta creer que haya inmigrantes –ya con sus papeles en regla en
Estados Unidos- que apoyen endurecer las leyes para otras personas que están
pasando por las situaciones que ellos ya vivieron. Lógicamente no fueron sólo
estos los que votaron por el presidente. También lo hicieron muchos norteamericanos
de clase media que quieren recuperar su poder adquisitivo y, por supuesto,
todos aquellos que no miden las consecuencias globales de lo que implican
determinadas promesas porque solo se fijan en su bien particular o inmediato.
Pero desde otro
contexto, no es la primera vez que con la construcción de muros se intenta “aparentemente”
solucionar problemas. Por ejemplo, en Rio de Janeiro en el 2009, se comenzó a
construir un muro en las favelas (barrios de invasión) para evitar, según el
gobierno, que se expandieran por la ciudad y afectarán el bosque nativo aunque,
en realidad, fue una forma de ocultar el drama social que vive Brasil: un país
con tanta riqueza y, al mismo tiempo, con tantos pobres.
El Papa Francisco, al
inicio de su pontificado, dijo que “el cristiano no levanta muros sino
que construye puentes” (8-05-2013) y, más recientemente, que debemos derribar
los muros que nos dividen y construir puentes que permitan disminuir las desigualdades, que
aumenten el bienestar, la libertad y los derechos, porque “a mayores derechos,
mayor libertad” (11-11-2016). Los cristianos, por tanto, no podemos ser ajenos
a este momento actual, donde el drama de la migración clama por una respuesta
humanitaria y, por supuesto, cristiana. El migrante no puede ser un problema
sino una oportunidad de repensar las injusticias que originan esas situaciones
y un compromiso para buscar soluciones adecuadas a la dignidad de todo ser
humano.
En nuestra realidad
colombiana, también hay una llamada a no construir muros sino a tender puentes.
Concretamente, con el proceso de paz que hemos iniciado, no podremos avanzar si
no existe esta actitud en nuestros corazones. En cierto sentido, construir
muros es más fácil porque existen muchas razones que pueden avalar esa
situación y no exige nada de nuestra parte. Esos, “los otros”, detrás del muro,
son los culpables y nosotros nos estamos defendiendo. Solución rápida pero muy
engañosa. En cambio, tender puentes, nos pide salir de nosotros mismos para
acoger a los demás y no sólo esto, sino ayudarlos hasta las últimas
consecuencias. A semejanza de la parábola del Samaritano (Lc 10,9-37), no basta
con detenernos en el camino sino que hay que levantar a los caídos, sanar sus
heridas y cuidarlos hasta que puedan reiniciar la vida. Algunos estarán
pensando: y, ¿quiénes son esos caídos en el camino? ¿los campesinos desplazados
y víctimas del conflicto armado? ¡Por supuesto! Pero también todos los
desmovilizados que necesitan ser reintegrados a la sociedad y a quienes no se
les puede negar un futuro, no sólo por ser seres humanos sino, desde nuestra
fe, por ser hijos de nuestro mismo Dios Padre-Madre.
Lamentablemente, los
medios de comunicación que deberían servir para apoyar estos procesos tan
difíciles, a veces hacen lo contrario. Estos días, no es extraño escuchar que
cualquier cosa negativa que pasa en el país, parece perpetrada por los
desmovilizados o los disidentes del proceso de paz. Seguro, algunos hechos así
lo serán, pero no todos. Por el contrario, no se ve, en los medios de
comunicación, el esfuerzo por comunicarnos la esperanza que se va viviendo en
algunas zonas campamentarias, como por ejemplo, en La Paloma, corregimiento de
Madrigal (Nariño), donde la gente del pueblo recibió a trece guerrilleros implicados
en el proceso de dejación de armas, con una inmensa bandera blanca y cantando a
coro: “se vive, se siente, la paz está
presente” (14 de enero de 2017).
En el Antiguo Testamento
el libro de Josué nos relata la dificultad para conquistar Jericó porque tenía
un muro que la protegía. Pero Yahvé le dice a Josué que al llegar allí, rodeen
la ciudad dando vueltas durante seis días, y al séptimo día, los sacerdotes
toquen la trompeta y todo el pueblo implore a Dios. De esa manera el muro de la
ciudad se vendrá abajo. Así lo hicieron y así conquistaron Jericó (Jos 6, 1-5).
Esto puede suceder también hoy: los
muros se derriban cuando el pueblo se reúne con un propósito, cuando se alza la
voz y se reclama justicia, cuando se cree en la fuerza de la solidaridad y del
amor.
No sabemos cómo seguirán
las políticas de los Estados Unidos. Tampoco como seguirá el proceso de paz.
Pero si sabemos que está en nuestras manos identificar los muros construidos
por el egoísmo y transformarlos en puentes que hagan “otro mundo posible”. Como
tantas veces Jesús le dijo a sus discípulos: “no teman, hombres de poca fe” (Mt
8, 26), hoy también nos lo dice a nosotros. Hay esperanza y hay vida porque
Dios está de nuestro lado y no nos dejará nunca de su mano. Él sólo necesita
nuestra apertura de corazón y mente para tener una mirada positiva sobre la
historia humana, sin dejar de soñar con otra manera de vivir y de amar acorde
con el querer divino. Y necesita, efectivamente, nuestras obras para que con
ellas derribemos todos los muros –de cualquier índole- y tendamos puentes para
abrazar, ayudar, comprender, acoger, respetar y, sobre todo, transformar, las
políticas injustas en vida y oportunidad para todos y todas en todo lugar de
este bello planeta que habitamos.
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