viernes, 23 de febrero de 2018


Llamados/as a una conversión integral

La conversión que intentamos vivir en este tiempo de cuaresma tiene diversas dimensiones que es bueno explicitarlas. La conversión primera y fundamental es al Dios de la vida que nos sale al encuentro incansablemente y que nos invita a seguirlo. Cuaresma es tempo de ser capaces de alimentar esa amistad personal con El, cuidando del encuentro y del diálogo fecundo. Tiempo de actualizar la respuesta que un día le dimos, afirmándola de nuevo y renovando los compromisos bautismales. En otras palabras, vivir como hijos e hijas suyos, sintiéndonos familia de todos y todas.

La conversión es también conversión de todas nuestras actitudes y valores, de nuestra afectividad y de nuestros sentimientos. Esta conversión depende, en gran medida, de la amistad que tenemos con el Señor y de la fuerza que El tiene en nuestra vida. Como bien recuerda el pasaje bíblico, el que ama al Señor y se dispone a hacerle una ofrenda entiende que de nada sirve tal ofrenda si primero no está la concreción efectiva del amor: “si tu hermano tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte con él y después vuelve a presentar tu ofrenda” (Cf. Mt 5, 23-24). Amar a Dios y amar al prójimo van de la mano porque “nadie puede amar a Dios al que no ve si no ama al hermano al que ve” (1 Jn 4, 20).

Pero no menos importante es tener una conversión de nuestros pensamientos y comprensiones teóricas. Parece que esta conversión no fuera importante pero es bueno caer en la cuenta de todo lo que nos influyen nuestras concepciones de la realidad y nuestra manera de comprender la fe que vivimos. Cuantas discusiones se basan en las ideas diferentes que tenemos sobre una misma cosa. Aunque muchas veces se coincida en la práctica, si la teoría es distinta, se encienden acaloradas discusiones que rompen lazos y crean profundas heridas. Por esto la conversión intelectual no es una dimensión secundaria. Por el contrario, es un aspecto imprescindible ya que condiciona profundamente todas las otras dimensiones de nuestra vida.

Nuestra conversión, entonces, ha de ser integral. Debe cubrir todas las dimensiones de nuestro ser. Pasar por la cabeza y por el corazón. Interpelar nuestros afectos y aclarar nuestras ideas. Permitirnos crecer, cambiar, reorientar y descubrir mejores posibilidades en todo lo que hacemos y somos. De eso habló la V Conferencia de Aparecida cuando mostraba la urgencia de una formación integral, que abarcara todas las dimensiones de la persona: “Una formación integral, kerigmática y permanente que abarcara la dimensión humana y comunitaria, la dimensión espiritual, la dimensión intelectual, la dimensión pastoral y misionera” (DA 279-280).

Que este tiempo que falta para la celebración de la Semana Santa sea una oportunidad de dejarnos transformar por la gracia divina en todos los aspectos de nuestra vida. Crecer y madurar reconociendo nuestros errores pero también alimentando nuestra fe con una formación adecuada. La formación ayuda a clarificar la vida y la vida nos dispone para alcanzar mejores frutos en los procesos formativos. Todo ello con el único propósito de “conocer mejor al Señor, el poder de su resurrección y la comunión en sus sufrimientos, a fin de alcanzar si es posible la resurrección de los muertos” (Fp 3, 10-11). En otras palabras, buscar vivir profunda e integralmente la Pascua de manera que podamos resucitar con Cristo comprometiéndonos sincera y decididamente con la historia que tenemos entre manos.

domingo, 18 de febrero de 2018


Cuaresma es tiempo de anunciar la Buena Nueva del Reino

Cuando a Jesús le preguntaron “por qué los fariseos y los discípulos de Juan ayunan y tus discípulos no” él respondió “porque no se puede ayunar mientras se está con el novio en las bodas” (Cf. Lc 5, 30-35). Con esas palabras Jesús mostraba que el reinado de Dios estaba llegando en Él y su presencia hacía nuevas las prácticas judías de su tiempo.

Nosotros seguimos en ese tiempo nuevo instaurado por Jesús. El está presente y nuestras prácticas han de estar impregnadas de los valores del reino y no del ritualismo en el que se ha caído tantas veces.

El ayuno cristiano no puede centrarse en dejar de comer determinados alimentos. En realidad esa práctica pierde todo su sentido, si detrás no se tiene el horizonte de la mortalidad que aún poblaciones enteras sufren porque realmente “pasan hambre”. No podemos “comer y beber” de espaldas a esa situación. El ayuno por tanto significa compromiso con la búsqueda de medios para que las necesidades básicas de todos los seres humanos estén cubiertas.

La limosna no se limita a hacer alguna obra de caridad o a una contribución en momentos puntuales. Tampoco a simplemente implementar la práctica judía del diezmo. La limosna ha de mostrar nuestra capacidad de compartir todo lo que tenemos de manera que “nadie de la comunidad pase necesidad” (Cf. Hc 4, 34). Supone desprendimiento, generosidad y entrega. Pero sobretodo descubrir el valor del compartir por encima del acaparar o asegurar. Siempre podemos dar mucho más de lo que creemos y sólo dando se descubre “la alegría del que lo vende todo para adquirir el campo” (Cf. Mt 13, 44-46).

El sacrificio no consiste en soportar las pruebas que nos manda Dios -ya que él no pone condiciones para merecer su amor- sino -como dice Jesús en este texto que venimos considerando- “días vendrán en que el esposo les será quitado, entonces, en aquellos días, ayunarán”. Es decir, el sacrificio proviene de la persecución y la incomprensión que sufren los que buscan vivir los valores del reino no de aquellas cargas pesadas que nos imponemos muchas veces a nosotros mismos por falta de aceptación de las propias limitaciones o por los egoísmos y orgullos que nos esclavizan produciendo sufrimientos innecesarios y que, por lo mismo, no pueden ser redentores.

Jesús termina este pasaje bíblico, haciéndonos caer en cuenta que “nadie pone un pedazo de un vestido nuevo en un vestido viejo, ni echa vino nuevo en odres viejos” porque el vestido y los odres viejos se rompen (Cf. Lc 5, 36-39). El tiempo de cuaresma, por tanto, nos invita a liberarnos de toda práctica vacía y a vivir la novedad del anuncio del reino para desde ahí vivir el compromiso y la fidelidad al Espíritu. En otras palabras, cuaresma es tiempo de contemplar la praxis histórica de Jesús para hacer que la solidaridad, el compartir de bienes y el compromiso con la vida de todos y todas, sean nuestras prácticas cuaresmales, prácticas que como claramente afirma el profeta Isaías, constituyen el ayuno, la limosna y el sacrificio que el Señor quiere (Cf. Is 58, 6-7).


lunes, 12 de febrero de 2018


MIÉRCOLES DE CENIZA
Últimamente en Colombia ha aumentado la práctica de acudir a la imposición de la ceniza pero no siempre con el sentido que conlleva. A veces parece más un amuleto –por si acaso- que una verdadera actitud de contrición que nos disponga a la conversión que se espera tengamos en el tiempo de cuaresma.
Por eso conviene revisar nuestra propia postura frente a ella. Su imposición no va a funcionar como un escudo protector contra los peligros o una pócima de buena suerte para que nos vaya mejor. Es un signo visible de una actitud interior que nos dispone a confrontarnos con el misterio de nuestra fe para cambiar y convertirnos hacia la bondad de Dios.
Cuaresma es tiempo de conversión y de cambio. Posibilidad de abrirnos al amor de Dios y descubrir que no lo acogemos totalmente y por eso no lo transparentamos como debiéramos. Es vivir la actitud del publicano que sabe acudir al templo reconociendo sus pecados y pidiendo misericordia por ellos. Muy distinto de la actitud del fariseo que también acude al templo pero para gloriarse de sus obras: “Oh Dios te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias”.
Pero conocemos el resultado de estas distintas actitudes. El evangelio de Lucas lo pone en boca de Jesús: ¨les digo que el publicano bajó justificado a su casa pero el fariseo no. Porque todo el que se ensalce, será humillado y el que se humille, será ensalzado”. Comencemos, por tanto, este tiempo de cuaresma escuchando las palabras que se pronuncian cuando nos imponen la ceniza: “Conviértete y cree en el evangelio” y busquemos hacerlas realidad. Que lo que hemos logrado hasta ahora no nos impidan ver todo lo que aún nos falta y con humildad nos dispongamos a llevarlo a la práctica.

viernes, 9 de febrero de 2018


Ante la realidad de la muerte ¿Qué es realmente lo esencial?

Muchas veces no pensamos en la muerte, asemejándonos al hombre necio del evangelio que sólo quería acumular más tesoros y agrandar sus graneros sin pensar que sus días se acabarían y nada de eso duraría para siempre (Cfr. Lc 12, 16-21). Pero a veces la muerte se nos acerca –en la muerte de amigos o familiares- y nos damos cuenta que no estamos preparados y que el dolor de la separación de los seres queridos es demasiado hondo. Es entonces cuando la pregunta por el sentido de la vida se hace evidente. Sin embargo, hasta en esos momentos, algunas personas, prefieren no pensar en esa realidad y aunque el dolor sacude y afecta, se sigue viviendo sin buscar lo “esencial” de la vida, lo que realmente vale la pena.

Pero ¿qué es lo esencial? En una visión dualista de la realidad se puede pensar que lo esencial es lo “espiritual” y que lo material no tiene valor. Pero en una visión más integral se comienza a entender que lo esencial es vivir la presencia del Espíritu en toda la realidad material. No somos espíritus desencarnados, ni somos materialidad meramente finita. Somos esa vida animada por el Espíritu que se realiza en el comer, trabajar, disfrutar, construir, transformar, soñar, desear, alcanzar, sentirse parte del universo donde todo es indispensable, valioso y necesario y todo llamado a plenificarse y a trascender.

En otras palabras lo esencial es vivirlo todo con conciencia, con dedicación, con fuerza, con pasión, con  entrega, con todo lo que somos y tenemos. Es no pasar por la vida dejando que ella nos lleve de un lado a otro sino decidirnos a ser dueños de nuestros actos y empeñarnos en nuestros sueños. Pero sobretodo, lo esencial es reconocer el valor de cada persona humana y aprovechar esta vida para compartir con los otros, para aprender de todos, para caminar en compañía, para amarlos y dejarnos amar por los demás. La muerte nos muestra claramente que el amor que no se da en este tiempo presente ya no sé puede ofrecer más adelante. Que el cariño que no se expresa, el perdón que no se ofrece, la acogida que no se da, la aceptación que no se vive, se hacen estériles si no se viven en el hoy que cada uno tiene y con las personas concretas con las que se comparte el día a día.

Además la muerte también nos recuerda la dimensión social de nuestra vida porque no es suficiente que los cercanos estén bien sino que la sociedad y el bien común alcance a todos. Y no sólo para la presente generación sino para las futuras. Por eso el compromiso con la justicia y con el bien social forman parte de lo esencial que constituye la vida humana. Lógicamente quedan muchas preguntas sin resolver ante la realidad de la muerte: ¿Por qué ella gana tantas batallas y no permite que se realicen muchos proyectos? o ¿por qué no logramos vencer el mal y tantos hermanos/as sufren situaciones inhumanas? La búsqueda de respuestas sigue siendo necesaria y la fe sostiene ese camino. Pero en medio de esa incertidumbre lo que nos interesa en este espacio es caer en la cuenta, nuevamente, que la muerte no da tregua y bien vale empeñarnos en el amor y el bien común antes que nos digan como al hombre del evangelio “necios, está misma noche te reclamarán el alma –o se van los que queremos- y ¿para qué viviste o a quién amaste?” Bien vale la pena buscar las respuestas y ponerlas en práctica.

viernes, 2 de febrero de 2018


La fe y la experiencia cristiana

Ser cristiano/a es una experiencia que se ha de renovar cada día porque la fe no es algo adquirido de una vez para siempre, como si fuera una cosa que se compra y ya nos pertenece- sino que supone una relación de encuentro personal con Dios y, como tal, ha de cuidarse, alimentarse, hacerla crecer y velar porque no pierda su lozanía y frescura cada día.

Por tanto, la fe es un don y no lo adquirimos por nuestras fuerzas. Es el don de ser llamados a la existencia por el mismo Dios y de ser sostenidos cada día por su gracia. Es ser sus hijos/as, obra de sus manos –como dice el Salmo 139-. Pero también, la fe es la respuesta que damos a ese don, respuesta que va creciendo en la medida que libremente le acogemos y nos disponemos al seguimiento de Jesús.

Ese movimiento del don recibido y la respuesta que se da, constituye el corazón de la vida cristiana. Eso sí, la supremacía siempre será de parte de Dios pero nuestra respuesta es definitiva porque Él, por encima de todo, respeta nuestra libertad y no nos obliga a nada que no nazca de lo más profundo de nuestro propio corazón.

Pero ¿cómo alimentar la fe y mantener su vitalidad? ¿cómo hacerla crecer y fructificar? No hay recetas para esto porque los caminos de Dios son inabarcables. Pero si hay actitudes que ayudan en la vida cristiana y, los santos/as y las personas de fe que nos han precedido en este camino, nos han mostrado los frutos que de ellas se desprenden.

Nos referimos a mantener esa apertura al misterio divino. Dejarnos sorprender y, de alguna manera, sumergir, en ese misterio del Dios que nos sobrepasa. Cuando pretendemos explicar todo con la razón, es como si cerráramos las puertas a la gratuidad y a la confianza y la vida se fuera volviendo árida, debilitándose la esperanza. Esto no significa, mantener la ingenuidad de quien se deja llevar por las circunstancias y se resigna a dejar que las cosas sean así porque imagina que es la voluntad de Dios sobre ella. Pero si significa que la vida supone mucho más de lo que podemos explicar y, en cierto sentido, que hay “razones del corazón que la razón no entiende” –como decía Pascal- y es allí donde el Dios en quien creemos, se hace presente en las situaciones que no logramos entender y Él tiene la última palabra, allí donde no vislumbramos salidas. 

Precisamente el cultivo de ese horizonte de trascendencia, nos introduce en la experiencia de oración, entendida como encuentro de amor con el Señor, como diálogo y relación personal con Él, como comunión de vida y dedicación a su causa. Por eso la fe se cultiva con la oración. Una oración que es escucha del acontecer de Dios en nuestra historia, especialmente, en los más pobres, aquellos con los que el Jesús histórico decidió compartir su suerte y su destino.

En ningún momento la oración cristiana puede ser intimista, ni refugio personal, ni terapia psicológica. Para eso existen muchas técnicas que contribuyen al equilibrio interior y, en la medida que se necesiten y sean buenas, habrá que utilizarlas. Pero la oración es cuestión de amor, de salida de sí para hacer posible el reino, de vivencia de la fraternidad/sororidad, cada vez de manera más plena y con mayor radicalidad.

En otras palabras la fe se alimenta de esa oración que desinstala nuestra vida y es esa desinstalación la que hace viva la fe, la mantiene fresa y renovada porque exige su puesta en práctica en todos los momentos de la vida. Una fe que es vitalidad, respuesta y compromiso, puede convocar a otros al seguimiento de Jesús. Se convierte en testimonio y profecía de una experiencia cristiana que lejos de apartarnos del mundo, nos compromete con él.

Revisemos, entonces, la vitalidad de nuestra fe y su capacidad de hacernos crecer en compromiso y responsabilidad. De mantenernos siempre abiertos a las necesidades que reclaman nuestra respuesta. De llevarnos por caminos distintos que jamás hubiéramos transitado si no fuera por el dinamismo que ella engendra. Fe y experiencia cristiana se alimentan mutuamente porque de la primera surge la vida cristiana pero de ésta se revitaliza cada día la fe.

domingo, 21 de enero de 2018


Francisco en Perú: “Unidos en la esperanza”


Esperanza es lo que despierta Francisco y no ha sido menos en su viaje a Perú. El lema ya lo decía todo pero cada acto y palabra del Papa lo confirmaron. Situado en el corazón de la Amazonía, una vez más puso en primer plano un desafío actual: el cuidado de la casa común pero en el horizonte de una ecología integral, es decir, devolviendo la dignidad a los pueblos originarios que por siglos han sido invisibilizados, explotados, violentados, a quienes se les quiso robar su cultura y su sabiduría ancestral pero a los que hoy el Papa llama: “auténticos y primeros interlocutores” de cualquier decisión que se tome en las tierras que les pertenecen. Por eso, el encuentro con los pueblos originarios en Puerto Maldonado fue muy conmovedor. Ellos exigieron sus derechos y con sus trajes, bailes y lenguas propias, defendieron su dignidad y afirmaron que no están dispuestos a dejársela quitar una vez más. Y el Papa apoyó esas peticiones proclamando la defensa de la vida, de la tierra y de las culturas. Más aún, la lectura de algunos extractos de la Laudato Si en lenguas autóctonas, mostraba esas palabras proféticas que trae la encíclica y que van en perfecta consonancia con la urgencia de liberación que actualmente tiene no solo la creación sino todos los pobres, entre ellos, los pueblos indígenas. En otras palabras, el Papa apoyó incondicionalmente la pluralidad eclesial abogando por una iglesia con rostro amazónico e indígena y señaló el Sínodo de Amazonía del 2019 como momento privilegiado para que todo eso pueda ser realidad.

Dirigiéndose a la población de esa misma región Francisco fue enfático: “Ustedes no son tierra de nadie. Esta tierra tiene nombres, tiene rostros: ustedes”. Y evocó a María como madre lo cual los hace hijos, familia, comunidad. Con la Virgen no desaparecen los problemas pero ella fortalece para enfrentarlos. El Papa denuncia que “algunos quieren volver esa tierra anónima, un lugar para comercializar y explotar”, como consecuencia lógica de la cultura del descarte que quiere tratar a la creación y a las personas con la lógica del uso irracional para aprovecharse y dejarlas luego como “inservibles”. Se refirió también a la trata de personas y algo aún más grave: esclavitud para el trabajo, esclavitud sexual y esclavitud del lucro. Por todo esto el Papa les animó a seguir organizándose en movimientos y comunidades de todo tipo para superar las situaciones que los agobian. Y esto, porque la salvación no es abstracta sino concreta. Dios mira personas concretas, rostros e historias concretas. De ahí la necesidad de amar la tierra, sentirla suya, enamorarse de ella para cuidarla y preservarla para sus hijos. A los jóvenes del Hogar El principito les invitó a no renunciar a sus sueños, no contentarse con ser “vagón de cola”, sino motor que empuje una historia nueva para ellos. Preservar sus tradiciones y desde ellas seguir construyendo un mundo para todos y todas.

Uno de los temas que acompañó la visita del Papa en Perú fue el tema de la mujer. Definitivamente para todos aquellos que les cuesta que ese tema se privilegie y dicen que no hace falta más denuncias al respecto, Francisco les muestra con sus palabras la urgencia del mismo y la necesidad de no callarlo. Cabe anotar que en sus discursos saluda con el masculino y el femenino “Hermanos y hermanas” (muchos siguen resistiéndose a este lenguaje inclusivo) y no teme decirlo con todas las letras: “todavía hoy, hay muchas mujeres desvalorizadas, menospreciadas y expuestas a un sinfín de violencias. No podemos naturalizar la violencia, tomarla como algo natural. No se puede sostener la cultura machista que no asume el papel protagónico de las mujeres en sus comunidades. No se puede mirar para otro lado y dejar que se pisotee la dignidad de las mujeres”. También en la celebración mariana se refirió al feminicidio como una plaga que afecta nuestro continente y frente a la cual hay que luchar con una legislación y una cultura que repudie toda forma de violencia contra la mujer.

Para todos aquellos que siguen insistiendo en la separación entre fe y política, una vez más, el Papa mostró la dimensión política de la fe y con su lenguaje claro y directo interpeló, desde lo que Él es – un hombre de fe- a las autoridades del país: Hay que luchar no solo contra la degradación ambiental sino también a esa otra degradación que lo contamina todo. “la corrupción. Cuánto mal hace a nuestros pueblos latinoamericanos y a las democracias de este bendito continente ese ‘virus’ social, un fenómeno que lo infecta todo, siendo los pobres y la madre tierra los más perjudicados”. Exhortó a una cultura de la transparencia entre entidades públicas, sector privado y sociedad civil, sin excluir a las organizaciones eclesiásticas. “Nadie puede resultar ajeno a este proceso; la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos”. Perú tiene que ser una tierra para todos y no para unos pocos, un Perú con espacio para todas las sangres.

En Trujillo, se privilegió la valoración y vivencia de la religiosidad popular. Esa fe sencilla, herencia del pueblo latinoamericano que lo invade todo y da ese cariz profundamente católico a estas tierras, especialmente, con el amor a la Virgen, en la advocación de la Virgen de la Puerta, a la que el Papa llamó también madre de la esperanza y de la misericordia. En ese contexto, al dirigirse a los sacerdotes, religiosos/as y seminaristas les recordó que fue en esa piedad popular en el que conocieron a Dios y no deben dejar de beber de esa fuente. “Memoriar” esa vocación primera para que el árbol de la vocación tenga raíces fuertes que la mantengan viva. Liberarse de los mesianismos y autoritarismos que desdicen de la vocación al servicio al que están llamados. No han de ser profesionales de lo sagrado sino contagiar el amor a Jesús con la fuerza del testimonio.

En Trujillo también se solidarizó con todos los afectados por los fenómenos naturales y que aún hoy no han podido reconstruir sus hogares. Además se refirió a toda la violencia organizada como el sicariato, la inseguridad, la falta de oportunidades educativas y laborales, especialmente, en los más jóvenes que les impide construir un futuro con dignidad. Todas esas situaciones que destruyen la confianza mutua e impiden construir una red de contención y esperanza, no puede tener la última palabra. Por eso hay que llenar la vida de Jesús y no dejarse robar la esperanza. Ese encuentro con la población lo terminó pidiéndole a todos que cantaran la marinera virgencita de la puerta que tanto expresa el sentir del pueblo creyente.

Con las religiosas de vida contemplativa el Papa rezó la hora tercia y las animó a renovar su llamado, dejando de lado los corazones encogidos que han perdido la fecundidad y les impide vivir su vocación misionera y universal. Ellas son necesarias en la vida de la Iglesia porque su oración es imprescindible para presentar a Dios las necesidades del mundo, “sin vergüenza”, como hicieron los que bajaron por el techo al paralítico para que Jesús lo curara. Es decir, la contemplación no las exime de sentir el sufrimiento del mundo y trabajar por él desde su vocación específica. Una nota menor: les dijo que no fueran “chismosas” y comparó el chisme con el terrorismo, como una bomba que causa mucho mal. Es verdad que el chisme causa mucho mal. Pero personalmente creo que es necesario superar el estereotipo de “mujer chismosa”. ¿Habría dicho esto el Papa a los varones monjes o religiosos? Creo que no. Y el chisme existe en todos los seres humanos y hay que combatirlo. Pero las mujeres no somos las únicas depositarias del mismo.

En el discurso a los Obispos, a partir de la historia de Santo Toribio de Mogrovejo, los invitó a salir de sus comodidades para llegar a los destinatarios. Querer llegar “a la otra orilla” y llevar el evangelio con la audacia con que lo hizo Santo Toribio y su capacidad de amar a aquellos pueblos, aprendiendo su lengua y defendiéndolos por encima de todo. Una iglesia que, como lo dijo también en su discurso, ha de cuidarse de la tentación de la división y debe promover la unidad que no es ajena a los conflictos pero que pasa por el diálogo honesto y sincero. Una iglesia que no puede dejar la situación social de lado sino que esta forma parte de la evangelización porque la caridad siempre va de la mano de la justicia y por eso, es inherente a ella, denunciar todo lo que atente la vida de todos pero, sobre todo, de los más pobres y vulnerables. Se podría decir de este discurso “El que quiera entender que entienda” (Mc 4,9), como dice el pasaje de la parábola de la semilla porque más claro no puede hablar el Papa a los jerarcas de la Iglesia, ojala entiendan todo lo que les dice de tantas maneras.

Dirigiéndose a la gente reunida en la Plaza de Armas le invitó a hacerse una pregunta: ¿qué me confío el señor? porque en esa tierra “ensantada” (haciendo referencia a los santos peruanos frente a los cuales el Papa hizo una oración) Jesús les invitó a seguirlo y a pedirle las fuerzas para poder hacerlo de verdad.

Finalmente con una multitudinaria misa en la Base aérea de Las Palmas terminó su viaje por Perú hablando de lo que lleva su corazón: los pobres, los marginados, los excluidos. Refiriéndose a las grandes ciudades dijo que algunos consiguen tener los medios adecuados para vivir pero son muchísimos los “no ciudadanos”, “los ciudadanos a media” o los “sobrantes urbanos” que están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a las márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna y duele constatar que muchas veces entre estos “sobrantes humanos” se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro”. Esta situación revela una sociedad cruel e inhumana. Ante esto cabe preguntarse: “¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos? Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, te invita a caminar con Él tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!”.

Se acabó la jornada, el Papa volverá a Roma. Como en todas sus visitas son muchos los gratos y buenos sentimientos que suscitó con su presencia. Son muchas e intensas las palabras que pronunció todas ellas “cargadas de evangelio”. Pero como ya lo dije antes, la parábola del sembrador se hace actual. Las semillas se han esparcido por todas partes pero, ¿entenderemos lo que nos ha dicho? Ya que el Papa invitó con tanta fuerza a la esperanza, desde allí quiero concluir con esperanza: tanta semilla ha de florecer en esas tierras y en nuestra iglesia universal. Pero sinceramente, como tanto repite Francisco, recemos por cada uno de nosotros para que escuchemos en verdad y pongamos en práctica tanto que hemos visto y oído en estos días.

viernes, 19 de enero de 2018


El papa Francisco en Chile: Dignidad, perdón, justicia, unidad


No es fácil decir una palabra sobre este viaje porque no es lo mismo estar presente a simplemente leer sus mensajes y ver una que otra noticia por televisión. Además no se participa del “sentir” del pueblo chileno porque no se conoce la situación de primera mano. Sin embargo, no se puede ser ajeno a lo que pasa en los países hermanos y también interesa lo que hace y dice Francisco porque Él ha despertado una esperanza de cambio en la iglesia y hablar de esto puede ayudar a que pueda ser posible.

De nuevo Francisco muestra esa “otra manera” de ser Papa. Rompe protocolos, habla de la realidad y no de la “doctrina”, expresa afecto y cercanía, interpela, cuestiona, invita, anima, despierta esperanza y entusiasmo. En Chile esto no parecía ser fácil. La iglesia chilena ha sido muy afectada por los abusos de algunos clérigos y la gente reclama una acción contundente frente a esto. En este aspecto parece que los logros no fueron suficientes. Aunque el papa pidió perdón por esa realidad en su discurso a las autoridades –“Y aquí no puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza, vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia. Me quiero unir a mis hermanos en el episcopado, ya que es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas, al mismo tiempo que hemos de empeñarnos para que no se vuelva a repetir”- al final defendió al Obispo Barros profundamente cuestionado por encubrimiento de esa situación. El Papa debe tener razón pero a una porción del Pueblo de Dios le duele esta situación y tal vez otro tipo de respuesta hubiera sido más sanadora. El tiempo lo dirá.

Ahora bien, todos los mensajes del Papa (con las autoridades; en la misa en Santiago; con las reclusas; en el encuentro con los sacerdotes, religiosos/as y seminaristas; con los obispos; en la misa en Temuco; con los jóvenes; en la Universidad Católica de Chile y en la misa en Iquique) continúan alentando la esperanza y comprometiendo el caminar eclesial en la línea de la misericordia, del compromiso con los más pobres, del trabajo por la justicia, la vivencia de ser Pueblo de Dios –libres de clericalismo-, la valoración de los pueblos originarios y de la palabra audaz y propositiva de los jóvenes.

No es posible hacer referencia a toda la riqueza señalada, pero retomemos algunos puntos. A las autoridades las invito a “escuchar” (así lo hizo también en Colombia) “a los parados, que no pueden sustentar el presente y menos el futuro de sus familias; a los pueblos originarios, frecuentemente olvidados y cuyos derechos necesitan ser atendidos y su cultura cuidada para que no se pierda parte de la identidad y riqueza de esta nación. Escuchar a los migrantes (…), a los jóvenes (…), a los ancianos (…), a los niños”, y recordó la responsabilidad con la casa común.

Con lenguaje que conecta con el caminar latinoamericano en la homilía de la Misa en el Parque O´Higgins, retomando las palabras del Card. Raúl Silva (pastor de la década de los 70s) y a partir de las Bienaventuranzas afirmó: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Y si alguien nos pregunta ¿Qué es la justicia? O si acaso consiste solamente en no robar, le diremos que existe otra justicia: la que exige que cada hombre sea tratado como hombre”. En el mismo sentido retomó las palabras de San Alberto Hurtado: “está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien”.

En su discurso a las reclusas apeló a la dignidad de las personas como fundamental desde el querer de Dios: “Ser privado de la libertad no es lo mismo que estar privado de la dignidad, no, no es lo mismo. La dignidad no se toca a nadie, se cuida, se custodia, se acaricia. Nadie puede ser privado de la dignidad”.

Y, una vez más, dirigiéndose al clero, religiosos/as y seminaristas se centró en el clericalismo tan urgente de erradicar. Más aún dijo que los laicos no “no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como loros lo que les decimos”. El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de los pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios y no solo a unos pocos elegidos e iluminados. Recomendó especialmente que se vele por la formación de los seminaristas en este sentido. Además la formación ha de asumirse para un mundo secularizado y no para “mundos o estados ideales”. 

En Temuco fue importante el encuentro con los pueblos originarios, especialmente con los Mapuches, que vienen reclamando sus derechos y no encuentran una respuesta en justicia. El papa los saludo en su lengua y haciendo eco de las palabras de Violeta Parra dijo: “Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar”. Hizo memoria de las graves violaciones a los derechos humanos que tuvieron lugar en el aeródromo donde estaban celebrando la misa y llamó a la unidad que no puede ser uniformidad ni puede alcanzarse por la fuerza. Valoró la riqueza cultural y la urgencia de dejarse enriquecer por esa sabiduría ancestral a la que no le pueden violar su derecho a decidir qué hacer con la tierra que en justicia les pertenece y no puede sacrificarse por proyectos que atacan la armonía de la creación.

Los jóvenes fueron animados a seguir soñando y no renunciar a sus sueños. Los invitó a participar activamente del próximo sínodo sobre los jóvenes y a no perder la “conexión” (haciendo semejanza con la conexión a internet) con Jesús e implementar la “contraseña” que tenía San Alberto Hurtado: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”

A la Universidad Católica de Chile la invito a una formación que integre los diversos lenguajes que constituyen a las personas: el intelecto, los afectos y las manos (cabeza, corazón y acción) y a crear espacios donde la fragmentación no sea el esquema dominante sino que ha de fomentar la verdadera universitas. Además ha de dialogar desde una episteme capaz de asumir la interdisciplinariedad y la interdependencia del saber. Destaco el aporte de los pueblos originarios con sus tradiciones culturales y ellos deben ser los principales interlocutores sobre todo a la hora de avanzar en los grandes proyectos que afecten a sus espacios.

La visita del Papa terminó con la celebración de la misa en el Campus Lobito, en Iquique, zona de migrantes y por eso, haciendo eco al evangelio de las bodas de Caná, invito a no tener miedo para alzar la voz y decir que “no tienen vino”. El clamor del pueblo de Dios pobre muestra las situaciones de injusticia y las nuevas formas de explotación que exponen a tantos hermanos a perder la alegría de la fiesta. Por eso estar atentos a la precarización del trabajo que destruye vidas y hogares, a los que aprovechan de la irregularidad de muchos migrantes para  explotarlos, atentos a la falta de techo, tierra y trabajo de tantas familias. Nuestra solidaridad y nuestro compromiso con la justicia han de ser parte del baile o la canción que podemos entonarle al Señor.

En definitiva, llamó a no perder la capacidad de soñar con una opción misionera  y profética que sea capaz de transformarlo todo para que las costumbres, estilos, horarios, lenguaje y estructura eclesial se conviertan en cauce adecuado para la evangelización. Esta es la iglesia con la que sueña Francisco. Esta es la que intenta mostrar con sus palabras y obras en todos sus viajes. ¿Nos estaremos acostumbrando a sus palabras y gestos sin comprometernos a ponerlos en práctica? Un serio examen sobre esto sería muy importante. Francisco se mueve pero nuestra iglesia parece que va a paso muy lento.  
(Foto tomada de: http://images.telemetro.com/internacionales/Papa-migrantes-Chile-viajar-Peru_MEDIMA20180118_0007_5.jpg)