jueves, 19 de mayo de 2022

 

¿Cómo va el Sínodo de la sinodalidad?

 

El año pasado, cuando el papa Francisco inauguró el Sínodo sobre la Sinodalidad (9-10 de octubre), hubo un gran movimiento. A la semana siguiente (17 de octubre) se inauguró en las Iglesias particulares y, a partir de ahí, se hicieron conferencias, encuentros, oraciones, foros, etc. En algunos lugares, se realizó la llamada “etapa de consulta” a todos los miembros del pueblo de Dios y sus aportes se enviaron a las Conferencias Episcopales. Estas deben estar enviando la síntesis de dichos aportes a la secretaria del Sínodo para que allí se elaboré el primer documento de trabajo (Instrumentum Laboris 1). Con este documento se pasará a la etapa de reuniones de las Conferencias episcopales y, a partir de los aportes que salgan de dichas reuniones, se elaborará el segundo documento de trabajo (Instrumentum laboris 2). Después de ese recorrido se completará la experiencia sinodal con la reunión presencial de obispos en octubre del próximo año (2023) en Roma.

En otros lugares, la etapa de consulta no ha sido tan fecunda. Algunas parroquias, comunidades religiosas y otros colectivos que podrían haber realizado la fase de escucha, no lo hicieron. Bastantes personas no han participado de ningún encuentro sinodal y, prácticamente, no han oído hablar del sínodo (siendo personas que asisten a la parroquia). No se ve demasiado movimiento en algunas Conferencias Episcopales sobre este proceso, ni en las noticias eclesiales que se publican.

La Secretaría del Sínodo continúa animado el proceso y en el pasado mes de abril se reunieron en Roma las cuatro comisiones encargadas de llevar adelante el sínodo: la de Metodología, de Espiritualidad, de Comunicación y de Teología. Según algunas noticias que se publicaron sobre dicha reunión, fue una experiencia de sinodalidad entre las personas de cada comisión. El objetivo de ese encuentro fue analizar la Constitución Apostólica Episcopalis Communio, publicada por Francisco en 2018, buscando leerla a la luz del camino sinodal.

Ante este panorama que acabamos de describir, la pregunta sobre ¿Cómo va el Sínodo de la sinodalidad? Se responde de diversas maneras según del lado del que estemos. Los que se lograron involucrar, siguen comprometidos con el proceso. Pero está quedando la sensación de que muchos no fueron convocados y, una vez más, los procesos eclesiales no logran tener la trascendencia que nos gustaría.

De todas maneras, tenemos que recordar que la propuesta de Francisco va más allá de la misma realización del Sínodo. Es una oportunidad de repensar nuestra manera de ser Iglesia y buscar caminos concretos para la conversión eclesial que nos urge. Justamente, el título del sínodo -Por una Iglesia sinodal-, no pone en camino para preguntarnos qué necesitamos hacer para que la Iglesia sea verdaderamente sinodal.

Los tres términos que acompañan el título, nos dan pistas para recorrer ese camino. Estos términos son: “Comunión, Participación, Misión”.

Una Iglesia comunión significa que se viva efectivamente la fraternidad/sororidad, es decir, el amor mutuo con todo lo que ello significa. De los primeros cristianos decían: “miren cómo se aman” (Tertuliano, S. II) y eso era lo que cuestionaba a los paganos. La conversión sinodal a la que estamos llamados puede hacerse preguntas en este sentido: cuándo los que no pertenecen a la Iglesia nos observan, ¿se asombran del amor que nos tenemos? ¿se da ese conocimiento mutuo, esa preocupación por los demás, esa ayuda concreta en nuestras comunidades eclesiales? ¿Es verdad aquello de que amamos a Dios en el hermano que vemos ya que en ellos se hace presente el Señor al que no vemos?

Sobre el término “Participación” también tenemos un desafío inmenso. Nuestra Iglesia no está acostumbrada a tener espacios de participación de todo el pueblo de Dios. La forma piramidal que ha configurado a la Iglesia durante tantos siglos no se ha podido abandonar -hasta el día de hoy- aunque ya llevamos más de 50 años de la celebración de Vaticano II, en el que se definió a la Iglesia como pueblo de Dios, donde todos por el Bautismo, participamos de la misma dignidad y, por tanto, del sacerdocio, profetismo y realeza de Cristo. La participación no es posible sin erradicar el clericalismo. Pero tampoco es posible sin un laicado que se sienta responsable del caminar eclesial. Por una parte, se necesita invertir papeles: que el clero recupere su vocación al servicio y el laicado su responsabilidad frente a la misión recibida. Por otra parte, se necesita caminar juntos, como bien lo expresa la sinodalidad, donde cada una recuperando lo esencial de su vocación en la Iglesia, vive la corresponsabilidad eclesial.

La “misión” es la razón de ser de la Iglesia. Sin embargo, a veces creemos que la finalidad de la Iglesia es conseguir que se construyan templos y que se tenga poder social para garantizar su existencia, incluso económicamente. Sin negar que la estructura visible es necesaria, no se puede invisibilizar lo único esencial: el anuncio de la Buena Noticia del reino de Dios. Un reino donde el Dios Padre/Madre es misericordia infinita y su opción por los últimos es inherente a su mensaje. Una misión que no se centra en la doctrina o los ritos -aunque ellos sean parte necesaria de la organización eclesial- sino en el compromiso transformador del mundo en el que vivimos para que sea mesa para todos y todas, experiencia de amor, servicio sin límite, ni medida.

Muchas otras cosas sería importante reflexionar sobre el Sínodo de la Sinodalidad. Pero ante la pregunta ¿cómo va el sínodo? Podemos decir que independiente de lo que se diga al finalizar la reunión de obispos el próximo año, desde ahora podemos ir implementando la sinodalidad en nuestras propias comunidades eclesiales, en los sentidos que hemos dicho y en otros aspectos que se podrían nombrar. Esta es la tarea en la que nos podemos involucrar aquí y ahora para que el Sínodo de la sinodalidad no se quede en una idea o en una experiencia vivida por unos pocos, sino que dé frutos eclesiales de conversión y cambio, tan urgentes en la configuración eclesial que hoy vivimos -distante de la concepción eclesial de Vaticano II- pero sobre todo, tan ajena a esa Iglesia de los orígenes en la que “tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hc 4, 32).

 

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