jueves, 5 de mayo de 2022

 

María, modelo de discipulado para varones y mujeres

 

Latinoamérica se ha caracterizado por ser un continente mariano. En sus diferentes advocaciones, las personas de cada país han mantenido una presencia cercana y confiada a María y algunas, aunque no participen de otros espacios eclesiales, visitan los santuarios marianos porque saben que allí pueden expresar sus necesidades y confían en una respuesta positiva hacia ellas. Por eso el mes de mayo se reconoce, en algunos ambientes, como un mes mariano que congrega y aviva la devoción a María.

Sin embargo, es importante ir resignificando su figura si queremos que más personas encuentren en ella una referencia válida para sus vidas, especialmente las mujeres más jóvenes. Esto es necesario por varias razones, entre ellas, porque las comprensiones bíblicas y teológicas actuales ofrecen un mejor acercamiento a la figura de María, pero también porque las sociedades van cambiando y los estereotipos de qué es ser mujer y qué es ser varón, se van transformando más rápido de lo que pensamos. En este sentido a María se le ha identificado con lo que en la sociedad patriarcal debe ser una mujer (no es la imagen que nos dan los textos bíblicos) pero que ha hecho daño al reafirmar para las mujeres esa imagen.

Las sociedades patriarcales son aquellas en las que se da preeminencia a lo masculino porque en los varones reside la razón y la fuerza y lo femenino es el complemento, atribuyéndole la intuición y la delicadeza. Esta simple descripción (en realidad es más compleja) nos sirve para explicar que lo femenino, en esa distribución de roles, se toma como secundario, menos valioso, subordinado y por eso las mujeres han tenido tantas puertas cerradas durante siglos y, aún hoy, hay muchos espacios impenetrables para ellas, además de la violencia de todo tipo que sufren, incluido el feminicidio.

Volvamos a la figura de María según los textos bíblicos. En el texto de la anunciación que nos relata Lucas (1, 26-38), la predicación más generalizada pone la fuerza en la aceptación de María al plan de Dios. Y esto es importantísimo y decisivo. Pero se olvida lo que también el texto dice de María. Ella pregunta: ¿cómo podrá ser eso si no conozco varón? Y de esa manera rompe la lógica de las muchachas de aquel tiempo a las que se les organizaba el matrimonio sin que ellas pudieran intervenir o tener algún cuestionamiento frente al destino que les marcaban. Pero el evangelista nos la muestra como una joven muy despierta, asertiva y dispuesta a entender bien lo que se le propone. O sea, en María podemos alabar su disponibilidad a Dios, pero también su capacidad de preguntar para responder libremente. Si remarcáramos también esta actitud de María, posiblemente tantas mujeres no serían tan sumisas, tan conformes, tan resignadas.

Muy interesante es también el conocido texto del Magnificat (Lc 1, 46-56) porque si en las predicaciones se ha aducido tanto al supuesto “silencio de María” (tal vez haciendo alusión a aquel texto de que María guardaba todo en el corazón”, Lc 2, 51), el Magnificat la muestra como una mujer capaz de tener voz, pero más aún, de alzar la voz. Lo que dice no es irrelevante sino bastante profético e interpelante: La misericordia de Dios es infinita, pero en esa misericordia “Él derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos”. Nada de resignación frente a la situación social que se vive en su tiempo. Por el contrario, profetiza que la voluntad de Dios exige un cambio y para conseguirlo, la opción es ponerse del lado de los más pobres.

Por su parte el evangelista Juan nos relata las bodas de Caná (2, 1-12). En las predicaciones muchas veces se enfatiza en el servicio de María, en no hacer quedar mal a los novios, en tener la intuición de salir al paso de las necesidades, etc. Pero en realidad, lo que interesa en este texto es la actitud de discípula que María muestra, invitando a que también los demás la tengan: “Hagan lo que Él les diga”. A partir de ahí Jesús hará signos a través de los cuales podrán creer los discípulos en Jesús mientras llega la hora en la cual se les manifestará plenamente y allí, al pie de la cruz (Jn 19, 25-27), María dará comienzo a la nueva comunidad de los discípulos.

En este sentido del discipulado, María es modelo para varones y mujeres y no solo para las mujeres. Este es otro de los aspectos que es necesario potenciar para no caer en esa división que la sociedad patriarcal ha proyectado sobre María -modelo para las mujeres- y, desde ahí, se nos dice que no aspiremos a más participación en la Iglesia porque ya tenemos en María la plenitud del ser mujer. Esto no es así. En ella tenemos la plenitud del discipulado, como ya lo dijimos, para varones y mujeres. Los rasgos femeninos o masculinos que la sociedad patriarcal determina, son más culturales que esenciales y los y las jóvenes de hoy no están aceptando esos estereotipos, reclamando una humanidad más en reciprocidad que en complementariedad, más en plenitud personal que en división de roles, más de colaboración y cooperación que en mantener una asimetría de géneros.

Sería muy bueno que en este mes descubramos a la María que emerge de los evangelios que, como dijo el Documento de Aparecida, ella aparece como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre” (n. 266); “María, Madre de la Iglesia, además de modelo y paradigma de humanidad, es artífice de comunión” (n. 268), “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros (n. 269).

En definitiva, la transformación de la sociedad patriarcal no depende solo de las movilizaciones sociales sino también de un recuperar la figura de María que quiebra con estereotipos de género y nos impulsa a la construcción de esa igualdad fundamental entre varones y mujeres, propio del ser cristiano porque “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

 

 

 

 

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