sábado, 20 de agosto de 2016

ALFABETIZACIÓN TEOLÓGICA”: NECESARIA PARA UN LAICADO ADULTO
Alfabetizar a la población es un deber ineludible y un derecho humano que no puede ser negado a nadie. Por eso el interés de que los gobiernos garanticen ese derecho a toda su población. Pero la alfabetización es mucho más que leer y escribir, como afirmaba Paulo Freire: “Es la habilidad de leer el mundo, es la habilidad de continuar aprendiendo y es la llave de la puerta del conocimiento. Por eso no se deben detener los esfuerzos de los Gobiernos y la cooperación internacional en este sentido".
En un sentido análogo podríamos hablar de la “alfabetización teológica”. ¿Qué quiere decir esto? Que nuestra experiencia de fe no puede quedarse solamente en experiencia –aunque esto sea lo fundamental y decisivo para un encuentro con el Señor-. Necesita también entenderse, crecer y desarrollarse continuamente, abrir mejores caminos para vivirla mejor y fortalecerla. De ahí la necesidad de una adecuada catequesis y un cuidado de esa vida de fe en todos los sentidos: sacramental, litúrgica, de servicio, etc. Pero se puede apuntar un poco más alto: tener una formación teológica adecuada de manera que “podamos dar razón de nuestra fe a todo el que lo pida” (1 Pe 3,15). Esto sería lo ideal para todo creyente y no simplemente por sacar un título universitario –de eso no estamos hablando, aunque sería muy bueno que más cristianos tuvieran una sólida formación teológica- sino por madurar en la fe a la medida de la capacidad humana de reflexionar y entender sistemáticamente toda su realidad.
Algunos le “temen” a la teología. Creen que su fe se pone en peligro cuando les empiezan a explicar que la Sagrada Escritura hay que interpretarla, que la manera de entender a Jesucristo, la Iglesia, la Virgen María, los sacramentos, etc., ha evolucionado a lo largo de la historia, se han dado avances y retrocesos, se han propuesto diferentes comprensiones, todo esto como esfuerzos humanos por entender nuestra fe, sin que eso ponga en juego lo fundamental: nuestra creencia en Jesús como Hijo de Dios, Salvador nuestro. Pero quien tiene la suerte de recibir una buena formación teológica, esta se convierte en fuente de crecimiento y de razonabilidad de la fe que se profesa. Además la formación da sustento para modificar lo que se ve necesario cambiar, para dejar de lado lo que han sido cargas históricas válidas para un tiempo pero sin significado para el nuestro y, lo que es más importante, para encontrar maneras de hablar de Dios “a la altura de estos tiempos actuales”, es decir, en medio de un desarrollo científico y tecnológico y de una pluralidad cultural y religiosa que exige reflexiones sólidas, propuestas razonables, testimonios coherentes para este momento actual del que somos protagonistas.
Es verdad que hay diferentes corrientes teológicas y uno puede sentirse perdido por no saber cuál privilegiar. A grandes rasgos hay una teología que podríamos llamar “clásica” que sistematiza los misterios de nuestra fe y hace mucho bien a la vida cristiana. Pero también se han abierto camino, en estas últimas décadas, a lo que llamamos “teologías contextuales” que nos han abierto los ojos a una fe que tiene que explicar y dar respuesta a los problemas acuciantes de nuestra época: la situación de pobreza de muchos, las discriminaciones vividas en razón del sexo, de la etnia, de la religión, etc., la falta de cuidado del medio ambiente, las distintas culturas que hoy ganan carta de ciudadanía y no pueden negarse como ocurrió en el pasado, la pluralidad religiosa y, muchas otras realidades que surgen como desafíos a nuestra fe y no podemos evadir si queremos ser responsables con el valor de la religión para la vida. A todo eso se le llama teología de la liberación, teología feminista, teología del pluralismo religioso, ecoteología, teología intercultural, teología india, teología afro, etc.

Alfabetización teológica, por tanto, va más allá de la experiencia de fe y nos invita a vivir la teología como “reflexión crítica sobre la intelección de la fe”, reflexión que todos hemos de hacer para pasar de una fe ingenua a una fe madura. En otras palabras, la teología no está reservada, como en el pasado, para los clérigos. Es para todo el pueblo de Dios y con más razón para un laicado que quiere ser adulto y comprometerse con la acción evangelizadora de la iglesia con madurez y responsabilidad, con criterio y reflexión, buscando hacer significativos los misterios de nuestra fe en esta historia presente. 

sábado, 13 de agosto de 2016


María: mujer libre y fuerte
El 15 de agosto celebramos la Asunción de la Virgen María a los cielos. Este es un dogma proclamado por el Papa Pío XII en 1950. El pueblo creyente entendió que María era realmente la primera bienaventurada y por eso fue llevada al cielo. Es una manera de expresar la plenitud de su vida, la comunión definitiva con Dios, su papel privilegiado en la historia de salvación. Y no cabe duda del papel definitivo que ella ha jugado en la fe cristiana. A tal punto que, especialmente en latinoamericana, se ha afirmado que el pueblo es mariano por encima de todo. Así lo comprueban los santuarios a los que tantos fieles acuden con la certeza de que la madre de Dios no los abandona y responderá a todas sus peticiones y necesidades. Además, poco a poco se ha ido recuperando una imagen de María mucho más proactiva que ayuda a las mujeres a reivindicar su dignidad y no sean reducidas a un papel secundario en la sociedad y en la familia. Así lo podemos constatar en la manera como el Documento de Aparecida se refiere a ella. La define como discípula y misionera y afirma que “del evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo” (266). Esto ayuda mucho a las mujeres porque María no las invita a la resignación y al aguante pasivo –como se ha enseñado algunas veces- sino a mantenerse en camino y abrir nuevas posibilidades. De la misma manera en ese documento se reconoce a María como la que al proclamar el Magnificat se muestra como una mujer capaz de comprometerse con su realidad y tener una voz profética ante ella (451). Por esta manera de ser y de vivir, fue asunta a los cielos. Por esto, celebrar esta festividad es también un compromiso con las mujeres para que su dignidad sea reconocida plenamente en todos los lugares y circunstancias.

domingo, 7 de agosto de 2016

Blog de Eduardo de la Serna: Comentario domingo 19C

Blog de Eduardo de la Serna: Comentario domingo 19C: Felices los que estén siempre al servicio de los hermanos/as DOMINGO DECIMONOVENO - "C" Eduardo de la Serna Lectura d...

viernes, 5 de agosto de 2016


Evangelizar más con obras  que con argumentos

La evangelización es una tarea que no depende sólo de nosotros. Es Dios mismo quien nos invita a dar testimonio de lo que El realiza en nuestras vidas y en nuestra realidad y sólo su gracia puede sostenernos en este empeño. Pero también es esfuerzo nuestro y supone la responsabilidad de buscar los mejores medios para  hacer llegar a muchos el anuncio.

Si miramos el libro de los Hechos de los Apóstoles donde se nos narran los primeros esfuerzos misioneros de dos grandes figuras de los orígenes cristianos –Pedro y Pablo-, podemos aprender de ellos. Pablo, el apóstol de los gentiles, no tuvo el camino fácil. Cuando pretendió evangelizar a los atenienses a fuerza de argumentos, recibió como respuesta las burlas de unos y la salida más diplomática de otros: “sobre esto te escucharemos en otra ocasión” (17,32). Y, aunque algunos creyeron, no tuvo más remedio que marcharse. Más adelante parece que Pablo aprende de esa experiencia y su mensaje se centra más en la acción del Señor Jesús en su propia vida: “Sépanlo, no me envió Cristo para bautizar, sino para anunciar el evangelio y no envolverlo en discursos sabios: de otra manera se desvirtuaría la cruz de Cristo” (1 Cor 1,17). Pablo entiende que su anuncio ha de centrarse en el Mesías crucificado “fuerza de Dios y sabiduría de Dios” porque “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Cor 1, 23-25).

Por su parte, Pedro evangelizando se evangeliza a sí mismo –podríamos decir hoy-. Es en su encuentro con Cornelio -quien no era judío- es donde se da cuenta que el Espíritu desciende sobre judíos y no judíos y exclama: “¿quién podría negar el agua del bautismo a quienes han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros?” (Hc 10,47). Ya sus palabras no son una teoría aprendida –el señor le había revelado que no debía considerar impuro a ninguna persona (Hc 10,28)- sino una realidad que le cambia su corazón y su mente.

¿Qué aprendemos entonces de estos pasajes? No es la sabiduría de las doctrinas lo que llega a los demás sino la cruz de Cristo. Pero esta cruz no quiere decir un cristianismo de sufrimiento y tristeza sino la consecuencia de quien viviendo como Jesús se empeña en transformar el mal a fuerza de bien. La cruz es la consecuencia de no tomar el camino de las armas, ni el de la imposición de las ideas por la fuerza, sino el camino del testimonio y la fidelidad, a semejanza del siervo de Yahvéh: “no rompiendo la caña quebrada, ni apagando la mecha que está por apagarse” (Is 42, 3). Esa cruz es la que tiene valor redentor. Y, por otra parte, al estilo de Pedro, ir con los ojos bien abiertos para dejarnos sorprender por los caminos de Dios que no siempre coinciden con lo que creíamos saber de él. Es el caso de Cornelio que rompe con toda la lógica establecida en la fe que profesaba Pedro y le hace reconocer al Dios vivo presente en otras realidades nunca antes imaginadas.

La evangelización no es transmitir doctrinas sino comprometernos con la transformación de nuestra realidad. En otras palabras “pasar haciendo el bien” (Hc 10,38) como Jesús, para que sean las obras las que penetren en el corazón del mundo y los frutos de la evangelización abarquen la complejidad y novedad de esta historia que vivimos.

viernes, 29 de julio de 2016

Blog de Eduardo de la Serna: Comentario domingo 18C

Blog de Eduardo de la Serna: Comentario domingo 18C: La vida y los bienes compartidos son signo visible de que Dios está reinando DOMINGO 18º DURANTE EL AÑO - "C" Eduardo ...

Dios no necesita “defensores” sino “seguidores”

Una noticia en el 2011, hablaba de la quema del Corán -libro sagrado de los musulmanes- por el pastor Terry Jones en la Florida. Ante este hecho, los disturbios y muertes causados por musulmanes en Afganistán como represalia ante ese hecho, no se hicieron esperar. Noticias como estas y otras que tenemos en la actualidad, nos invitan a pensar en la violencia que se ejerce tantas veces en nombre de Dios. En efecto, el Pastor Jones aducía “que algunas partes del Corán si se toman literalmente llevan a la violencia y actividades terroristas, promueven el racismo y los prejuicios contra las minorías, contra cristianos y contra mujeres”.  Pero, lamentablemente, él parece no darse cuenta de la violencia que suscitó con el “juicio” que según dice, le hizo al Corán y por lo cual decidió quemarlo. Y así el espiral de violencia creció de un lado y de otro, todos creyéndose “salvadores” de Dios, cuando con certeza Él no necesita ninguna defensa y menos desea que en su nombre se produzcan tales situaciones absurdas.

Los cristianos podemos entender esa situación porque la muerte de Jesús que conmemoramos en cada Semana Santa fue fruto también de esa intolerancia religiosa. A Jesús lo matan por anunciar un Dios que no se mueve por estas pretensiones humanas de acabar con los “malos” y determinar quiénes son los “buenos”, sino por el Dios que opta por los más necesitados, que se inclina siempre a favor del más débil, que gratuitamente da su amor y gracia a todos, sin excepción. Pero los líderes religiosos de su tiempo no pudieron aguantar ese Dios que los privaba de sentirse poseedores de la verdad y les cuestionada su autoridad basada en su seguridad personal de ser garantes hasta de “Dios mismo”. Así deciden matar a Jesús. Pero ante esa violencia, Jesús no responde con más violencia. Él, como profetizó Isaías: “No clamó, no gritó, no alzó en las calles su voz. No rompió la caña quebrada,  ni aplastó la mecha que estaba por apagarse” (Cfr. 42, 2-3) y bien sabemos que “fue maltratado y El se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan” (53, 7).

Y fue su fidelidad al Dios que anunciaba, la que nos posibilitó experimentar la resurrección que celebramos en la Pascua. A ese actuar de Jesús sin violencia y sin pretender acabar con los “malos”, fue al que Dios le dio su “SI”, resucitándolo y haciéndonos partícipes de su misma resurrección. Desde entonces, la vida de “resucitados” que estamos llamados a testimoniar, ha de mostrar al Dios que no teme morir con tal de no engendrar enfrentamientos en su nombre o descalificación mutua en defensa de principios divinos que ni Él mismo defiende. Para Dios lo verdaderamente importante es salvar la dignidad de los seres humanos, respetando su libertad y sus convicciones.

La vida de resucitados hoy, a la luz de los signos de los tiempos, nos llama a mantener una verdadera apertura a la diversidad religiosa, un auténtico respeto a la pluralidad teológica, una actitud profunda de conversión frente a la verdad que nadie posee en plenitud sino que se revela a través de todo el pueblo de Dios con sus luchas, desafíos y nuevas realidades que afronta continuamente. Necesitamos pedir sabiduría para discernir sin enfrentarnos con los que piensan diferente, para aceptar la pluralidad sin renunciar a la fidelidad personal, para caminar todos tras el Dios de la historia que no teme que exista la diferencia cuando se trata de favorecer el amor, la libertad, la paz, la dignidad de las personas y de los pueblos.

Y lo que es más importante: no olvidemos que Dios no necesita “defensores” ni “cruzadas” de pureza moral o intelectual. Dios quiere seguidores que amen, construyan, animen, cooperen, apoyen, favorezcan, posibiliten todo lo que contribuya al bien común y a la felicidad de todos los seres humanos. Definitivamente, como dice San Juan en su primera carta, no es posible decir que amamos a Dios (4,20) si en su nombre atropellamos a otros seres humanos y no damos verdadero testimonio de respeto, tolerancia y apertura a lo distinto, por negativo que pueda parecernos e, inclusive, que efectivamente lo sea. Sólo desde una verdadera praxis de amor, todos iremos liberándonos de las lecturas fundamentalistas de los libros sagrados y nos entenderemos en el Dios que sigue revelándose en los desafíos de cada tiempo presente.

jueves, 21 de julio de 2016

Ojalá que prime la sensatez
Colombia atraviesa por un gran momento: poner fin a un conflicto de más de 50 años. Pero las opiniones se dividen y parece que la polarización es el camino escogido. Sin duda en todos estos procesos priman los sentimientos, los afectos, las tradiciones, los imaginarios, las creencias por encima de las razones fundamentadas y veraces. Y la fuerza de los medios de comunicación es casi irresistible. Establecen una manera de comprender la realidad que es casi imposible de rebatir. Si lo hicieran para lo bueno, ¡qué sociedad más maravillosa tendríamos! Pero casi siempre están supeditados al poder dominante y nos hacen creer lo que quieren y como quieren.
En concreto frente al plebiscito, las opiniones se dividirán entre el “sí” y el “no”, como es lógico, porque esa es la respuesta que se pedirá frente a los acuerdos firmados en La Habana. Pero aquí es donde se exige una gran dosis de apertura, de comprensión, de madurez para que prime la “sensatez”. Eso es lo mejor a lo que podemos aspirar. Y para mí, la sensatez va de la mano a darle un cambio a nuestra historia de guerra y apostar por la salida negociada. No será un tratado perfecto. Humanamente se desearía que los horrores vividos pudieran ser reparados hasta sus últimas consecuencias. Pero, según dicen expertos en resolución de conflictos internacionales, este tratado es de los mejores que se ha logrado y conlleva reparación, verdad, restitución y, por supuesto, justicia que no puede ser otra que “transicional” –especial- porque nadie se va a sentar a una mesa a dialogar para ser juzgados con la justicia ordinaria, lo que les llevaría a no tener futuro, sino una cárcel para toda la vida.
Y la sensatez tiene razones que la justifican. Ya tuvimos más de ocho años de ataque militar contra los grupos armados y no se consiguió vencerlos. Y desde el evangelio, vencer al enemigo no es ninguna ganancia. Convencerlo es lo que vale le pena porque vencer por la fuerza solo engendra revancha. Convencerlo crea futuro porque abre las puertas para un nuevo comienzo. Además, lo propio de los seres humanos es el diálogo, las razones, los acuerdos, las negociaciones, el saber caminar en la misma dirección contando con las limitaciones mutuas. Esto es lo humano y lo cristiano. La guerra es inhumana y, por supuesto, anticristiana. ¿Cómo no inclinarnos hacia lo que construye humanidad y futuro en lugar de apostar por la inhumanidad y la muerte? Esto es realmente insensato.
En el imaginario guerrerista se vende la idea de que el país se entregará al comunismo, a la guerrilla, al socialismo, al chavismo, en fin, una cantidad de ideas tan irreales como ingenuas. Pero eso no es así. El país se abrirá a la construcción de un país plural, donde han de coexistir distintas visiones políticas, sociales, culturales, religiosas que expresan diferentes preocupaciones y la urgente necesidad de solucionar muchos problemas. El tratado de paz no va a solucionar las cuestiones sociales que están a la base de toda esta guerra de más de 50 años. Nos ha de colocar en la tarea de buscar alternativas para que la situación social pueda transformarse y, por eso, a nadie se le ocurra de nuevo, que las armas son el camino para ello. Pero esta todo por hacer y lo más sensato es apostar por el sí para ponernos en camino de cambiar la situación.

No es por tanto un momento fácil sino una oportunidad de vivir la responsabilidad al máximo. Responsabilidad con la vida y el futuro. Con la paz y la dignidad humana. Con este país que no puede desangrarse más. Lo que personalmente he podido percibir es que la gente que ha sido afectada más directamente por la guerra, valoran, apoyan y apuestan por la paz. De los que están en contra, muchos no han vivido la guerra de cerca y si lo han sentido por alguna afectación concreta, están más presos de los sentimientos de odio y rencor que del perdón y la reconciliación. Sinceramente yo pido por que triunfe la sensatez y está no la puedo ver independiente del “sí” en el plebiscito. Ni quiero imaginar lo que pasará si llegará a ganar el “no”. Se habría perdido una oportunidad única de creer en el ser humano, en la posibilidad de cambio, de vida, de futuro, de paz.