domingo, 6 de agosto de 2023

En la Iglesia ¿caben todos?

Olga Consuelo Vélez

El papa Francisco se dirigió a los jóvenes de la Jornada Mundial de la Juventud con sencillez, claridad y cercanía. A algunos no les gustó esa espontaneidad, incluso criticaron que “no leyera” sus homilías y hablara directamente, mirando a su auditorio, logrando esa conexión que surge de quien no pretende “dar cátedra” sino comunicar un mensaje en el que cree y lo ofrece sin otras pretensiones. Sin duda, Francisco sigue rompiendo esos esquemas rígidos, solemnes y doctrinales que han marcado la vida de la Iglesia a lo largo de la historia. Más de un clérigo tiene que hacer todo un equilibrio de justificaciones para acomodarse a ese estilo que no le parece adecuado, pero que necesita hacerlo para no parecer que no está en comunión con el Papa. Ahora bien, no solo hay clérigos con esa dificultad. También hay una porción de laicado que tampoco sintoniza con ese estilo porque en su formación cristiana se les ha insistido en la rigidez, tradicionalismo y muchas otras formas prácticamente “prevaticanas”, haciéndoles creer que corresponden a la “auténtica” doctrina.

Se podrían comentar varios aspectos del mensaje de Francisco a los jóvenes, pero quiero detenerme en este: “En la Iglesia hay espacio para todos y, cuando no haya, por favor, esforcémonos para que haya, también para el que se equivoca, para el que cae, para el que le cuesta. Porque la Iglesia es, y deber ser cada vez más, esa casa donde resuena el eco de la llamada que Dios dirige a cada uno por su nombre. El Señor no señala con el dedo, sino que abre sus brazos; nos lo muestra Jesús en la cruz. Él no cierra la puerta, sino que invita a entrar; no aleja, sino que acoge”. Estas palabras van en sintonía con el énfasis que ha puesto, a lo largo de su pontificado, en la misericordia que debe ser la carta de presentación de los cristianos y en aquello de que la Iglesia no es para los puros sino para los pecadores, no es una aduana sino una casa para todos.

Esa afirmación, tan propia de la Buena Noticia del Reino, no es fácil vivirla en el día a día. Tal vez una de las realidades más difíciles de asumir es la diversidad sexual frente a la cual el Papa ha dicho que “quién es Él para juzgar”, sin que esto suponga un mayor avance en las iglesias locales. En algunos templos se tienen grupos en los que sus integrantes son personas LGTBIQ+ y mantienen una pastoral dirigida a esa población. Pero, en muchos casos, se acepta mientras estén así, en grupos separados, no integrados a la comunidad parroquial. Además, cuando se habla de estas realidades, sea en la parroquia e incluso en los ámbitos académicos católicos, siguen siendo realidades excluidas, llenas de prejuicios y, lo que es más grave, de desinformación y de discursos ideológicos para fundamentar el rechazo del que deben ser objeto.

Otro tema en el que tampoco es fácil vivir esa inclusión de todos en la Iglesia, es la incorporación de los guerrilleros, paramilitares, delincuentes, etc., una vez se han sometido a un proceso de paz. En Colombia esto es evidente. Quienes más se oponen a estos procesos son los que se consideran más involucrados con la vida eclesial y se glorían por sus buenas obras o sus donaciones a la Iglesia. Conocemos bien cómo hubo tanto rechazo al proceso de paz con la Farc y, como hoy, sigue el rechazo -casi visceral- frente a todas las propuestas que implican el diálogo y los esfuerzos por una reconciliación y un nuevo comienzo. Hace poco, escuchando a personas que se dicen muy creyentes y que atacaban todos los esfuerzos por la construcción de la paz, exigiendo el castigo inmisericorde sobre los que han hecho mal a la sociedad, les pregunte: y si los cristianos no apoyamos esos procesos ¿quién los puede apoyar? ¿no es este el mensaje del evangelio? ¿no nos enseñó Jesús que Dios es el Padre misericordioso que hace fiesta porque el hijo que pidió su herencia -eso significaba en el contexto judío, desear la muerte del padre- y la malgastó, volvió a la casa? La respuesta que me dieron fue igualita a la del Hijo mayor de la parábola: “ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado” (Lc 15, 30); es decir, se enfadan de que se busquen otras salidas -diferentes a la confrontación armada-, para construir la paz.

Y así podríamos continuar los ejemplos en que lo de la inclusión verdadera de todos, todas (y todes -aunque a tanta gente -incluidos creyentes- le molesta eso del lenguaje inclusivo), es una bonita idea que pocos se esfuerzan por llevar a la práctica. Sigue existiendo el racismo de muchas formas, el clasismo, el etnocentrismo, el colonialismo, el machismo y, como define la filósofa española Adela Cortina, “la aporofobia” (odio a los pobres) que hace más inalcanzable la inclusión cuando a las anteriores realidades se añade el que estas personas son pobres.

El Papa hizo que los jóvenes repitieran que en la Iglesia caben “todos, todos, todos” pero ese mensaje no fue solo para ellos. Convendría que cada uno se pregunte su disponibilidad para esa acogida sin límite, ni medida. Este sería un testimonio creíble, en estos tiempos, en los que la palabra de la Iglesia ya no parece resonar en muchos ambientes. De ahí que, redoblar en “testimonio” no es solo algo necesario, sino urgente.


miércoles, 2 de agosto de 2023

 

La juventud: un desafío pendiente en la vida de la Iglesia

Olga Consuelo Vélez

Se está celebrando la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Portugal y, como todo evento, será un momento de renovar esperanzas, de entusiasmo, de alegría, de recargar fuerzas y de incorporar experiencias fuertes que van constituyendo la vida y ayudan para el camino. Sin embargo, ese encuentro de jóvenes levanta, en su contra cara, una de las crisis más grandes de la Iglesia: muchos jóvenes están cada vez más distantes de ella, no logran entender el mensaje que comunica, no se sienten atraídos por sus convocatorias, no les parece que puedan encontrar en ella alguna respuesta a sus múltiples búsquedas. Por supuesto esta apreciación no se puede generalizar porque en algunos ambientes siguen participando jóvenes, algunos de los movimientos cuentan con números aceptables de jóvenes y, aunque con mucha escasez, no dejan de llegar algunas vocaciones a la vida religiosa y presbiteral.

¿Qué razones podríamos aducir para esta escasez de jóvenes en los espacios eclesiales? Algunos invocan el secularismo de la sociedad y las múltiples ofertas que les llegan del mundo que parece les impide descubrir a Dios e interesarse por él. Otros aducen a la falta de familias creyentes lo cual no favorece la transmisión de la fe y el surgimiento de vocaciones como en décadas anteriores. No faltan quienes señalan que los jóvenes no tienen ideales, viven ensimismados en el inmediatismo, no se interesan por el bien común y están inmersos en el consumismo, las drogas, la delincuencia, etc. Aunque estas razones son válidas, esto no significa que la Iglesia no se mire a sí misma y se pregunte por qué su mensaje, su testimonio, su apostolado, cada vez llega menos a los jóvenes. Puede haber muchas causas externas que hagan difícil el trabajo con jóvenes, pero también hay muchas razones internas que deben ser identificadas si se aspira a llegar a la juventud de manera significativa.

Algunas respuestas ya se han dado, pero no se asumen en la práctica. Por ejemplo, la Conferencia de Aparecida, en 2007, ya hablaba de cómo “en la evangelización, en la catequesis y, en general, en la pastoral, persisten lenguajes poco significativos para la cultura actual y, en particular, para los jóvenes. Muchas veces los lenguajes utilizados parecieran no tener en cuenta la mutación de los códigos existencialmente relevantes en las sociedades influenciadas por la posmodernidad y marcadas por un amplio pluralismo social y cultural” (DA n. 100d). Lo mismo dijo el secretario de estado, Pietro Parolin, a propósito de esta JMJ en Portugal: “La Iglesia tiene que ser creativa, necesita encontrar el coraje y el lenguaje adecuado para presentar a Jesucristo a los jóvenes de hoy, en toda su frescura, en toda su actualidad”. Verdaderamente, la cuestión del lenguaje es sustancial a la hora de comunicarnos con los jóvenes, por eso habría que revisarlo a fondo.

Pero la iglesia, en muchas instancias, se resiste al cambio. Para no ir muy lejos, el lenguaje inclusivo que permite visibilizar a las mujeres, encuentra muchas resistencias en la sociedad, pero mucho más en la Iglesia. Además, la institución eclesial permanece muy ajena a los movimientos actuales en torno al feminismo, al género, al pensamiento decolonial, a las diversas identidades sexuales y genéricas, a las diversas configuraciones de familia, etc., lanzando solo advertencias sobre sus peligros y catalogándolas de ideologías, sin conocer a fondo sus fundamentos y los aspectos positivos que conllevan. Muchos jóvenes si conocen esos contextos, los sienten como horizontes que les muestran un mundo más inclusivo y propicio para ellos y, si no ven en la Iglesia una institución que entiende sus búsquedas actuales y los acompaña a recorrerlas, será muy difícil poder ser significativa para la juventud.

Aquellos que dicen que la juventud es pasiva y no tiene ideales habría que mostrarles que esto no es verdad en todos los casos. Precisamente ha sido la juventud la que en muchos países se levanta para pedir sus derechos y no se cansa de marchar y exigir lo que les corresponde. No es verdad que muchos jóvenes no se interesen por las cuestiones sociales. Y aquí es donde la pastoral juvenil no debería limitarse a lo sacramental e intra eclesial sino acompañar la vida real de los jóvenes y su compromiso social. Además, si la juventud en algunos casos no responde cómo nos gustaría, no es tanto por una supuesta apatía sino por la falta de oportunidades en la sociedad en que viven. Trabajar por las conquistas sociales para garantizar el futuro de los jóvenes es mostrarles que el evangelio no es algo alejado de su vida concreta sino una palabra de fortaleza en pro de sus derechos.

El papa Francisco en su primera homilía en la JMJ reconoce el cansancio que se está experimentando en estos tiempos frente a la evangelización de los jóvenes. Pero, con el optimismo que le caracteriza, señala tres decisiones que habría que tomar para superar ese cansancio. En primer lugar, “navegar mar adentro”, es decir, no dejar de echar las redes confiados en el Señor que así instó a los discípulos cuando estaban desanimados porque no habían pescado nada (Lc 5,5). En segundo lugar, caminar juntos en el trabajo pastoral. Vivir la sinodalidad donde el laicado participe plenamente de la vida eclesial. Y, finalmente, ser pescadores de personas -propuesta que le hace Jesús a Pedro en ese pasaje de la barca- pero no entendiéndola como buscar vocaciones a la vida religiosa sino llevando la misericordia de Dios a todos los lugares donde hace falta: la sociedad multicultural, las situaciones de pobreza y precariedad, la fragilidad de las familias, las relaciones heridas y, por supuesto, a la juventud, entre otras situaciones necesitadas de misericordia.

Todo esto que señala Francisco hay que encarnarlo en realidades cómo las que señalé al inicio y en otras que hay que seguir planteando y asumiendo. Con seguridad el papa seguirá insistiendo en sus intervenciones en esta JMJ que Cristo sigue vivo y su evangelio es actual, siempre y cuando, no nos apeguemos a lo que “siempre fue así” sino que acompañemos a la juventud por los caminos que van transitando porque en ellos, con toda seguridad, también el Espíritu actúa, aunque no estemos acostumbrados a reconocerlo.

 

martes, 25 de julio de 2023

 

San Pedro Poveda: valiente, audaz y visionario

Olga Consuelo Vélez

Cada 28 de julio se celebra la memoria de San Pedro Poveda, sacerdote, educador, escritor, fundador de la Institución Teresiana y, lo más relevante, mártir (asesinado por odio a la fe en los días de la guerra civil española, en 1936). Definitivamente, el martirio no se improvisa. Es consecuencia de una vida comprometida con los cambios, con la transformación, con la innovación, con la capacidad de mirar hacia adelante, actitudes que incomodan a los que no quieren cambiar porque temen perder privilegios o, simplemente, se conforman con las cosas como están, cerrando los ojos a tantas interpelaciones que a diario nos hace la realidad.

Muchas cosas podrían anotarse del compromiso transformador que vivió Pedro Poveda. Es conocido su trabajo educativo en Guadix, siendo aún seminarista, queriendo vincular educación con situación social y proponiendo una respuesta integral a los niños/as de aquella región. Pero, ese compromiso no fue bien visto por las clases dirigentes y por un sector del clero y tuvo que salir de la ciudad. También son conocidos sus años en el santuario de Covadonga que podrían haber sido de una misión limitada a la atención espiritual de los peregrinos, pero fueron años fecundos de proyectar su convicción en la capacidad del laicado de evangelizar a través de la educación y la cultura. Fue tiempo de leer, investigar, escribir, publicar sobre los problemas educativos de su época.

La fundación de las Academias fue una idea muy oportuna para promover la formación del profesorado. Participó en asociaciones y actividades del mundo educativo a través de lo cual vivía su compromiso evangelizador profundamente asociado a la transformación humana y social. Todos sus empeños se pudieron cristalizar en la fundación de la Institución Teresiana, asociación laical, a través de la cual, su propuesta evangelizadora ha podido continuar hasta nuestros días, en diferentes países y culturas.

Junto a lo anterior, quisiera destacar en este día, algunos acercamientos que dejan ver su valentía y compromiso con el mundo en el que vivió. Poveda fue un hombre de fe, de oración, de fidelidad, de proyectos, de realizaciones. Y, justamente, por fidelidad al evangelio, no temió la discrepancia, la reacción, la resistencia de sus contemporáneos. Poveda denuncia la inercia de los abúlicos, de los indiferentes, de los evadidos hacia no sé qué planeta de ficción e incapaces de reaccionar ante proyectos concretos del mundo al que pertenecían, una vez perdido el hilo de los caminos seguros de antes. A Poveda, la discrepancia no le sirvió sólo para desmarcarse del ambiente sino para abrir nuevos caminos.

Un dato llamativo fue su opción de no ir personalmente a Roma a pedir la aprobación pontificia de la Institución Teresiana, sino confiar plenamente en Josefa Segovia, que hacía unos años llevaba la dirección y en otras dos jóvenes pertenecientes también a la naciente Institución. El sentido común podría haberle sugerido ir personalmente, ya que él era sacerdote y, posiblemente, tendría mucha más acogida en los ambientes romanos donde la prevalencia del clero era innegable. Pero él fue coherente con su confianza en la misión evangelizadora llevada a cabo por el laicado y, especialmente por las mujeres, aunque la Iglesia de su tiempo fuera tan renuente a ello. Poveda creía en las mujeres, en su capacidad de formarse en la universidad y de comprometerse con las transformaciones sociales. A ellas les decía: “Hay que atreverse a pensar”, en tiempos donde pensar era un atrevimiento y más si lo hacían las mujeres.

Creyó en los jóvenes y se dirige a ellos en estos términos: “¿quiénes hacen la revolución? Los estudiantes, los jóvenes. Ellos la prepararon y la trajeron. ¿Quiénes son los que reaccionan? Los jóvenes. ¿Quiénes los que tiene ideales, los que se olvidan de sí, los que encienden el fuego? Los jóvenes (…) ¡Oh juventud, arma poderosa, brazo casi omnipotente, fuerza del mundo!

Sobre la Institución Teresiana, el empeño de Poveda fue hacer una obra dentro de la Iglesia, pero con la mínima estructura. Expresó con claridad que no deseaba, para ella, nada más en el orden canónico. Como toda obra de Iglesia, no ha faltado que, con el paso del tiempo, las estructuras se hagan más pesadas y haya que luchar, continuamente, por mantenerlas flexibles y mínimas.

Sus últimos años fueron vividos en la convulsionada España donde las instituciones eclesiales se veían con sospecha. La Obra de Poveda resultaba temeraria porque era un laicado de signo católico pero comprometido con la transformación social. Poveda así lo expresa: “Humanamente podría haberse llamado temeraria, si en Dios no se hubiera fundado y para su gloria no se hubiera acometido”. Su coherencia de vida, su fe inquebrantable, acompañaban estos momentos difíciles. Algunos de sus escritos así lo muestran: “Creer bien y enmudecer no es posible”; “Yo creí, por esto hablé”; “Un verdadero creyente habla para confesar a Cristo como debe; seriamente, sin provocaciones pero sin cobardías, con caridad pero sin adulaciones, con respeto pero sin timidez, sin ira pero con dignidad, sin terquedad pero con firmeza, con valor pero sin ser temerario”; “Los que pretenden armonizar el silencio reprobable con la fe sincera, pretenden un imposible”; “Mi creencia, mi fe, no es vacilante, es firme y por eso hablo”. Estas afirmaciones las vivió realmente, sabiendo que esa coherencia ponía en peligro su vida.

En la mañana del 27 de julio de 1936, después de celebrar la Eucaristía, llegaron a su casa unos milicianos y preguntaron por un cura. Poveda se identificó: “soy sacerdote de Jesucristo” y se lo llevaron. Al día siguiente, encontraron su cuerpo fusilado.

Poveda fue un hombre valiente, audaz y visionario. Sin embargo, como todos los profetas, es incomprendido por sus contemporáneos. Pero nada de esas vidas se pierde porque su testimonio continúa sosteniendo a los que hoy seguimos trabajando por un mundo más justo y una Iglesia testimonio de la igualdad fundamental de todos por el bautismo. Que la conmemoración de su martirio nos regale más audacia, más creatividad, más apertura, más fidelidad al evangelio.

(He tomado algunas de las ideas aquí expresadas del libro “Pedro Poveda. Mansedumbre y provocación” (2003), agradeciendo a su autora, Marisa Rodríguez Abancéns, su manera de acercarse a la figura de Poveda).

martes, 18 de julio de 2023

 

María Magdalena ¿por qué nos cuesta llamarla “santa”?

Olga Consuelo Vélez

En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”. Según explicó el secretario de la Congregación para el Culto Divino de ese momento, esa decisión respondía “al contexto actual que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”. Recordaba que ya Juan Pablo II había prestado atención a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, poniendo énfasis en la figura de María Magdalena como primera testiga de la resurrección y quién anunció a los apóstoles ese acontecimiento. Por esto se afirma, en el decreto que, “Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”.

Sin embargo, esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos:  pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado. Esta imagen de María Magdalena surgió por haberla identificado con la pecadora arrepentida que entra en casa de Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) y con María la hermana de Lázaro y María, la cual también unge a Jesús (Jn 12, 1-8). Cuando el texto de Lucas se refiere “a algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (8.2), está queriendo decir que fue curada de su enfermedad -probablemente muy grave -de ahí los siete demonios-, pero en ningún momento refiriéndose a su condición moral.  

Aunque en la actualidad hay muchos estudios sobre María Magdalena, no se han concretado, en la práctica, todas las consecuencias que la correcta interpretación bíblica sobre ella trae para las mujeres en la Iglesia. La primera, es el reconocimiento de María Magdalena al mismo nivel que los apóstoles. De hecho, ella -y otras mujeres- le siguieron desde Galilea hasta Jerusalén, condición que luego se invoca en el libro de Hechos de los Apóstoles para nombrar al apóstol en reemplazo de Judas (Hc 1,21). Por lo tanto, no debería costar tanto imaginar a las mujeres formando parte del colegio apostólico. Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos.

Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones. Todavía cuesta aceptar la enseñanza teológica impartida por mujeres en seminarios y facultades de teología. Por supuesto, algo ha cambiado y más mujeres son reconocidas en el ámbito teológico y en el servicio eclesial. Sin embargo, su participación sigue siendo pequeña, nada equitativa con respecto al número de varones que ocupan dichos espacios, ni sus logros académicos y pastorales son tomados con la misma seriedad, interés y respeto que tantas veces se toma el aporte de los teólogos y de los clérigos.  

Quiero hacer notar, además, las pocas veces que damos a María Magdalena el título de “santa”. Efectivamente, ella lo es y así la podríamos llamar para seguir borrando esa imagen tan invocada de prostituta y que ha contribuido a identificar a las mujeres con los pecados referidos a la sexualidad. No sólo no hay muchos esfuerzos por llamarla santa, como tampoco de resaltar demasiado su fiesta. Sería una ocasión propicia para posicionar la verdad sobre ella. Mucho menos hay interés en llamarla Apóstola, ni primera evangelizadora aunque tres evangelistas relatan el envío que Jesús le hace para que anuncie a los discípulos su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Jn 20, 17) e, incluso Lucas, quien progresivamente fue invisibilizando el papel de las mujeres en su evangelio, de todas maneras, no deja de constatar que son las mujeres las que anuncian esa buena noticia a los apóstoles, colocando a María Magdalena en primer lugar (Lc 24, 9).

Últimamente se ha utilizado su figura -en la literatura y en el cine- para mostrarla como compañera de Jesús o resaltando su protagonismo en la primera comunidad, con el fin de contrarrestar la figura de Pedro. Pero, ninguna de estas dos aproximaciones, están en la Biblia.

En tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, seguir visibilizando a María Magdalena en los roles que verdaderamente tuvo al lado de Jesús y en la naciente comunidad cristiana, ayudará significativamente a acelerar la participación plena de las mujeres en la Iglesia. Por eso, es de desear que esta celebración de su fiesta, el próximo 22 de julio, podamos vivirla con más profundidad, sintiendo así que no es una rareza que 50 mujeres voten en el próximo sínodo sino, por el contrario, lo extraño es que no haya muchas más mujeres en esos niveles de decisión donde se gesta el futuro de la Iglesia, esta misma Iglesia que sin el primer anuncio hecho por María Magdalena, tal vez nunca habría existido.

Cabe anotar, finalmente que, a pesar de las resistencias al lenguaje inclusivo en algunos círculos eclesiásticos (y sociales), fue Santo Tomás quien habló de ella como “apóstola” y el Decreto de su fiesta mantiene ese término en femenino. Sería bueno, dejar las resistencias y acostumbrar nuestros oídos a los términos femeninos que permiten visibilizar a las mujeres. Sin darnos cuenta pronto esas palabras nos sonarían igual de normales que todos los términos que hasta hoy se han ido creando en nuestro lenguaje.

sábado, 8 de julio de 2023

 

De designaciones al Sínodo y limitaciones que pueden presentarse

Olga Consuelo Vélez

El sínodo continúa su marcha y ya se sabe quienes participarán en la primera reunión presencial el próximo octubre. El Papa ha confirmado a los obispos que han sido elegidos por las respectivas conferencias episcopales, ha designado a otros cuantos, por su propia decisión, otros van por propio derecho por ser los responsables de los Dicasterios y también ha escogido, de la lista enviada por los encargados de las asambleas continentales, al resto de la asamblea sinodal.

No debería llamarnos la atención esta voluntad unipersonal, todo concentrado en la figura del Papa, porque así se ha obrado, prácticamente desde los primeros siglos de la Iglesia. Pero la cuestión es que el mundo ha cambiado, nuestra manera de percibir la realidad es distinta y la estructura piramidal que ha configurado las sociedades y las iglesias, prácticamente a lo largo de la historia -como ya dije-, se va derrumbando más y más. No dejan de aparecer grupos políticos y religiosos que quieren afianzar esa estructura vertical y esa vuelta al pasado. A veces parecen grupos numerosos y logran revocar algunas conquistas en materia de derechos o de organización social. Pero, a pesar de esto, es más fuerte y, creo yo, irreversible, ese caminar en busca de organizaciones más democráticas, más horizontales, más participativas, más inclusivas, más plurales, con todas las dificultades que esto implican y las limitaciones inherentes a este tipo de procesos.

De ahí que comience a incomodar cada vez, con más fuerza, la estructura tan vertical y concentrada en una sola persona, que tenemos en la Iglesia. Se repite con mucha fuerza que la Iglesia no es una democracia. Por supuesto las democracias tienen muchas limitaciones, pero en las sociedades las asumimos ya que no hemos encontrado un sistema mejor que garantice la igualdad fundamental de todos los ciudadanos. Pero eso no quita que podamos imaginar que, sin perder la constitución jerárquica de la Iglesia, es decir, la manera de asegurar la continuidad de la “Tradición” (esto es diferente a la jerarquía), vayamos encontrando formas participativas o democráticas en más y más espacios de la Iglesia. Así lo aprendí en mis estudios de eclesiología cuando todavía se tenía la fuerza para implementar Vaticano II -fuerza que se fue apagando hasta llegar a la involución eclesial que vivíamos y que nos ha hecho percibir como “primavera” el pontificado de Francisco, formulada como una Iglesia “teologalmente jerárquica y socialmente democrática”.

En fin, lo que interesa resaltar es el movimiento eclesial que nos impulsa a unas formas de iglesia más horizontales y de ahí la propuesta del sínodo sobre la sinodalidad que estamos viviendo. Pero las dificultades acechan por muchas partes. Llama la atención que los responsables principales del sínodo en sus declaraciones remarcan, una y otra vez, que es un “sínodo de obispos” pero que “ha permitido” la participación del laicado. Parece que se advierte para que el laicado no vaya a creer que las cosas van a cambiar de fondo. ¿no podríamos soñar con un sínodo del pueblo de Dios? Este debería serlo, pero se nos advierte que no exageremos.

Y sobre la designación de los participantes es demasiado el peso de miembros que están sosteniendo la estructura actual. ¿Tendrán libertad para cambiarla? Históricamente esto ha sido muy difícil. Casi siempre los cambios vienen de exigencias de la base que, con mucho dolor y sangre, han logrado los cambios. Y los que no pertenecen a esta estructura necesitan mucha libertad para empujar los cambios que la Iglesia necesita. No creo que sea fácil. Tal y como se vive la designación para estos eventos, mostrar alguna disidencia sería como no corresponder al privilegio recibido y exponerse a que se cierren esas puertas en el futuro.

Creo que el método de la “conversación espiritual” es positivo para favorecer el intercambio y desarmar de entrada la confrontación. Pero, el Espíritu Santo ¿podrá manifestarse plenamente en ambientes donde las voces son bastante uniformes? Se dirá que en el proceso de escucha se recogieron todas las voces. No es tan verdad que se hayan escuchado muchas voces distintas, pero también es verdad que las preguntas que propone el Instrumentum laboris ya invisibilizan, de entrada, algunas cuestiones que fueron dichas y están sutilmente orientadas hacia unos énfasis y no hacia otros.

Con seguridad esta experiencia sinodal abrirá caminos para seguir empujando la reforma de la Iglesia. Esperemos que se consiga mucho. Lo veremos con el paso del tiempo. Pero, por ahora, es bueno seguir pensando en cómo las formas organizativas de la Iglesia van muy atrás de lo que hoy las personas viven. Y, justamente por amor a la Iglesia, conviene seguir insistiendo en algunos temas porque quien sabe si a fuerza de repetirlo se consiga el cambio.

miércoles, 28 de junio de 2023

 

Aunque no veamos los frutos, los caminos se van abriendo

Olga Consuelo Vélez

El pasado 15 de junio se realizó el Webinar: “Teología feminista en prosa, poesía y critica: muchas voces en concierto”, organizado por el grupo “Tras las huellas de Sofía”, en el que participaron cinco reconocidas teólogas: Judith Ress, Carmiña Navia, Isabel Gómez-Acebo; Mary E. Hunt e Ivone Gebara. Compartieron de manera testimonial algo de su recorrido personal y teológico, además de los nuevos caminos que transitan (todas coincidían en su interés actual por la literatura). Al escucharlas surgía rápidamente la admiración por todos sus logros, el agradecimiento por el camino que han abierto y que siguen abriendo, el respeto por la vida comprometida que han llevado y que respalda todas sus palabras y el deseo sincero de poder aprender más de todos sus aportes y continuar todo el legado que han sabido sembrar a lo largo de sus años.

Pero junto a todo lo anterior también quedaban interrogantes que interpelan, preocupan, duelen, comprometen. Estas fueron algunas de sus expresiones en las que más de una coincidía: “estoy cansada de escribir ensayos teológicos”; “la teología es una disciplina innecesaria porque es algo de la cabeza y quiero escribir algo que toque el corazón”; “la cosmovisión cristiana no cuaja con los nuevos desarrollos de la ciencia”; “estamos llamadas a experimentar la realidad desde el mundo de las ancestras y los ancestros”; “que sea posible dejar la propia cosmología y abrazar otras sin tener crisis”; “escribir teología pero al margen de la teología sistemática racional, más desde el sentimiento y la vivencia diaria de las mujeres”; “me encuentro en los límites de la Iglesia católica oficial con sus imaginarios patriarcales sobre Dios que no les dicen nada a las personas de este siglo XXI”; “es una etapa de más asombro o de más silencio ante el misterio”; “ya no me ubico en la teología como ciencia, con aparato científico; para mi edad ya es aburrido buscar aparatos científicos”; “tengo más preguntas que respuestas hechas”; “me molestan los feminismos radicales que son más dogmáticos que el mismo dualismo patriarcal”; “los discursos cristianos son de una inutilidad enorme, lo mismo las reglas morales y éticas que sigue formulando el clero diciendo que eso es lo que Dios quiere o no quiere, como si ellos fueran Dios”; “estamos en un tiempo histórico que ha superado la teología”; “ya nadie lee teología; en cambio, si leen novelas”. En fin, todas estas frases que casi las transcribo literalmente -aunque puede haber alguna pequeñísima variación- fueron expresándose a lo largo del webinar y es sobre las que quiero compartir algunas de las reflexiones que me suscitaron.

Estoy totalmente de acuerdo con que estamos en un nuevo momento en el que ya muchas de las tradiciones, expresiones, costumbres, visiones, definiciones, propuestas, metodologías, etc., que ostenta el cristianismo, ya no están diciendo casi nada a muchas personas, especialmente, a los/as jóvenes. Por esa misma razón la mayoría de mis escritos giran en torno a buscar actualizar la manera de comprender la revelación cristiana, de vivir la liturgia, la pastoral; insisto en entender la Sagrada Escritura -que considero ‘alma de la teología’ como afirmó Vaticano II- de una manera adecuada: dejando de lado todo literalismo para abrirnos a la pregunta hermenéutica: ¿qué quisieron decir los escritores sagrados para su tiempo y que podrían decir para el nuestro?

La reflexión sistemática busco hacerla desde las preguntas del contexto, desde la vida. Mis estudiantes conocen bien que mis clases de teología sistemática siempre están relacionadas con la vida concreta y que intento mostrar cómo aquello que se teologiza no es una teoría teórica sino una teoría que explica o sistematiza la vida para mejor entenderla y así poder recrear e impulsar nuevas prácticas en la existencia concreta. Hasta aquí, no estoy diciendo nada nuevo porque esta manera de proceder es el método latinoamericano, un método inductivo y encarnado en la realidad. Pero me atrevo a repetirlo porque ante algunas frases sobre la teología racional como innecesaria me permito disentir, al menos frente a la teología que intento hacer y que muchas personas hacen, donde se mantiene la tensión entre lo intelectual, lo afectivo, lo experiencial. Por eso no me parece adecuado generalizar así sobre la teología porque se pueden crear aprehensiones que no en todos los casos son justas. Si estas grandes teólogas no hubieran plasmado en teorías teológicas sus experiencias religiosas, ese legado no podría ser conocido más allá de su entorno inmediato, ni podría enriquecer a las generaciones siguientes. Pero es legítimo que los intereses vayan cambiando y haya nuevas dedicaciones. Pero me encantaría que no sientan cansancio ante la teología que hicieron, ni crean que es innecesaria.

Sobre vivir en los límites de la Iglesia católica oficial, va siendo la postura asumida por más personas porque a la Iglesia oficial no le interesa escuchar sus aportes, no quiere desinstalarse y, sobre todo, no quiere cambiar. Pero, al mismo tiempo diría a las teólogas, que con la riqueza que vamos teniendo desde nuestro trabajo teológico, no estamos en los límites sino en el corazón de la Iglesia, haciendo vida lo que reflexionamos, creemos, testimoniamos. El reino anunciado por Jesús no fue acogido por el centro, pero fue vivido en los límites y eso sigue vigente para el hoy. O, mejor aún, podríamos no hablar de límite ni de centro sino de lo que nadie nos puede impedir vivir, fruto de la propia coherencia con aquello que vivimos, teorizamos, practicamos.

Sobre los comentarios de las teologías feministas no me hago mucho problema porque hay tantas teologías feministas como teólogas. No tenemos por qué ser un colectivo homogéneo, como no lo han sido los teólogos de la liberación -a cada uno le respetan su teología y lo nombran individualmente-, ni tampoco las teologías renovadas europeas, con sus múltiples variantes en las que se habla de teólogos más que de colectivos. Creo que los aportes de las teólogas feministas han de individualizarse más y darle nombre propio a lo que cada una va proponiendo, sabiendo que no coinciden todas las propuestas, pero no por esto desvalorizar este horizonte de reflexión que nos ha permitido visibilizar a las mujeres en la Sagrada Escritura, en la teología, en las iglesias.

Finalmente, al final del webinar (y que me disculpen las teólogas si las interpreté mal) me hubiera gustado menos cansancio y más fuerza, menos decepción y más resistencia, menos pesimismo y más esperanza. Con esto no digo que estas teólogas no tengan todo esto y, precisamente, desde su dedicación actual a la literatura, muestran que siguen caminando con la riqueza de sus propias vidas. Pero quisiera recordar que, aunque no se vean con tanta claridad los frutos y, por eso, el cansancio surja, los caminos se van abriendo y nada de lo realizado se pierde. De hecho, como dice el evangelio de Juan: “porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador” (4, 37).

 

jueves, 22 de junio de 2023

 

Algunas reflexiones sobre el Instrumentum Laboris del Sínodo de la Sinodalidad

Olga Consuelo Vélez

Como todos sabemos, el 20 de junio se dio a conocer el Instrumentum Laboris para la primera reunión del Sínodo de la Sinodalidad que se llevará a cabo en octubre. Ya se han publicado varios comentarios esperanzadores sobre este documento porque mantiene un estilo abierto, ágil, caracterizado por hacer preguntas más que por ofrecer respuestas.

Una cosa importante a valorar en este proceso eclesial es que se han ido publicando los documentos de las diferentes etapas y este, que será el texto base de la reunión de octubre, se nos ha dado a conocer con anticipación. Esto ayuda para que todo el pueblo de Dios sepa de lo que se va a hablar allí y para que, posiblemente, los participantes, lleven sus planteamientos más elaborados, en orden a agilizar la reflexión y llegar a consensos.

El documento se estructura en dos partes, la primera delineando el modelo de iglesia sinodal y la segunda proponiendo las preguntas para la reflexión. De la primera parte cabe destacar algunas afirmaciones fundamentales. Se reconoce una situación eclesial dolorosa: “en muchas regiones, las Iglesias están profundamente afectadas por la crisis de los abusos sexuales, de poder, de conciencia, económicos e institucionales”. Es bueno partir de la realidad, asumirla y buscar caminos de superación. Si no se reconocen las dificultades, estaremos lejos de cambiar. Así lo expresa el documento: “no basta pedir perdón a las víctimas (cosa que no se ha hecho en todos los países, ni en todos los casos) sino que es necesario unirse al creciente compromiso de conversión y reforma para evitar que situaciones similares se repitan en el futuro”. También se constata que existen ciertas tensiones frente a la forma de entender la sinodalidad. El documento invita a no asustarse, ni buscar resolverlas a toda costa sino seguir discerniendo sobre esas diferencias.

Se señala a la Iglesia local como punto de referencia privilegiado, como lugar teológico donde los bautizados experimentan concretamente el caminar juntos. Ahora bien y ¿qué hacemos con la multitud de Iglesia locales en las que la que este sínodo no ha tenido la menor importancia? Esta pregunta no la hace el documento, pero me atrevo a afirmar que aquí comienzan las mayores dificultades. Conozco muchas iglesias locales en los que el sínodo es un absoluto desconocido.

La afirmación fundamental que está a la base de la propuesta sinodal se funda en la dignidad bautismal de la que gozan todos los miembros de la Iglesia (Lumen Gentium). Esta es la base de la sinodalidad y de otra manera de participación en la Iglesia. Pero me llama la atención que esa igualdad fundamental no se refleje en hacerse todas las preguntas necesarias. Por ejemplo, el tema de los ministerios ordenados para las mujeres, se ha omitido en las preguntas planteadas. Esa petición salió en muchas consultas. ¿Por qué se dejó de lado? 

Entre las características de una Iglesia sinodal se señalan, “una Iglesia que escucha”. Por lo que dije antes, es una escucha algo selectiva, aunque es verdad que se acogieron temas complejos como el ministerio ordenado para varones casados y el diaconado femenino, aspectos considerados, por muchos, inmodificables en la Iglesia. Recordemos que se formaron dos comisiones para estudiar el diaconado femenino, de la primera se supo que no llegó a consenso, de la segunda ni se conoció si iniciaron los trabajos, de pronto, en un tercer intento, algún paso de avance se consigue.

Un aspecto muy importante de una iglesia sinodal es la cultura del encuentro y del diálogo con las otras religiones y con las sociedades en las cuales se inserta. Creo que hay mucho avance en el diálogo con las otras religiones. Me parece que falta demasiado el diálogo con las culturas actuales. Sigue existiendo un discurso misógino y homofóbico en las iglesias particulares. Se cree más en los discursos de algunos “seudointelectuales” que explican las llamadas “ideologías de género” en las redes, que el mensaje de misericordia, acogida e inclusión del evangelio. Ahora bien, el Instrumentum laboris plantea claramente la acogida real y efectiva de la diversidad sexual. Por supuesto, en la presentación del documento, se enfatizó que lo que se diga en el sínodo tendrá alcance pastoral, tranquilizando así a aquellos que temen a los cambios tan necesarios para caminar en sintonía con la realidad actual.

Me gustó mucho del documento que afirme que la iglesia sinodal “afronta con honestidad y valentía la comprensión más profunda de la relación entre amor y verdad, y se refiere a la cita de Efesios (4, 15-16) donde la verdad se supedita al amor. Recordemos que la propuesta de Benedicto XVI en su Carta Encíclica Caritas in Veritate, plantea el movimiento contrario: la caridad se supedita a la verdad. Por defender la verdad en “abstracto” son muchas las intolerancias que se predican. Una Iglesia sinodal es una iglesia del discernimiento para asumir las tensiones, las diferencias, lo incompleto, las búsquedas, etc. Mantener esta tensión es indispensable para seguir avanzando.

La metodología que se propone es la de la conversación espiritual. Parece que ha dado buenos frutos en los pasos previos a la reunión sinodal de octubre. Ojalá que siga dando esos frutos, siempre y cuando, se escuchen las voces a las que el Espíritu les inspira novedad, apertura, cambios estructurales, y no solo a aquellas que les inspira prudencia, temor, inmovilismo. El Espíritu se manifiesta en lo humano, no puede saltarse los condicionamientos personales, sociales y eclesiales. De ahí la necesaria atención que se ha de prestar a esa realidad para distinguir entre “la novedad del Espíritu” y los “temores legítimos” de tantos participantes.

Me causa cierto temor algunas afirmaciones como alertar de que el sínodo tiene que escapar del riesgo de convertirse en un frenesí de revindicaciones de derechos individuales que acaban fragmentando más que uniendo. ¿qué será eso de frenesí? ¿No revela cierto miedo a cosas obvias pero que sigue la resistencia al cambio? Esta y otras afirmaciones similares podrían ser maneras de ir preparando el terreno para que no salgan algunas cuestiones, especialmente, lo que tiene que ver con las mujeres y los niveles de decisión a los que puedan acceder todos los miembros del pueblo de Dios. El documento también enfatiza en el papel del ministerio ordenado, porque la sinodalidad exige replantearlo, pero se perciben temores y cierto deseo de autoafirmación para no perder el lugar que siempre ha ocupado. Otra afirmación se refiere a que “la vida sinodal no es una estrategia para organizar la Iglesia sino la experiencia de poder encontrar una unidad que abraza la diversidad sin cancelarla”. Es una frase verdadera pero también la Iglesia necesita reformar sus estructuras si quiere ser signo del reino. El misterio de la encarnación nos obliga a concretar en realidades humanas lo que queremos expresar en actitudes, sabiendo que estas siempre han de mantener su libertad por encima de cualquier estructura.

Muchas otras reflexiones podríamos hacer sobre el Instrumentum laboris. Tal vez lo podamos hacer más adelante. Por ahora nos alegramos que el proceso sinodal siga y se intente mantener la trasparencia en lo que se va a trabajar en la reunión sinodal. Destaco el interés por inclinarse por los pobres, por su protagonismo, el trabajo por la justicia, la casa común, la aceptación que se reclama para los divorciados vueltos a casar, los polígamos y las personas LGTBQ+, la preocupación por los jóvenes, el lenguaje eclesiástico tan poco adaptado para el mundo de hoy, lo mismo que el ministerio ordenado que necesita revisarse según los desafíos de nuestro tiempo. El director de este importante portal -Religión Digital-, José Manuel Vidal, sigue apostando por la “primavera” de Francisco según leímos en su escrito. Algunos de los organizadores del sínodo piden rebajar las expectativas para que no se crea que los cambios van a ser demasiados. Muchos del pueblo de Dios creemos que esta experiencia no será vana, dará frutos, pero que seguirá en deuda abordar tantas cuestiones urgentes para que el sínodo efectivamente transforme a “los sujetos, las estructuras, los procesos y los acontecimientos”. Veremos cómo sigue esta experiencia. Ojalá la apertura al Espíritu sea plena y sin temores y todo este esfuerzo se pueda plasmar en una Iglesia que sepa convertirse para responder a tantos desafíos urgentes e indispensables que nuestro tiempo exige.