sábado, 18 de noviembre de 2017

¿Qué pidió el Papa para esta I Jornada Mundial de los pobres?

Como lo comentamos hace pocos días, hoy -19 de noviembre- conmemoramos la I Jornada Mundial de los pobres a la que convocó el Papa Francisco. No sé qué tanta referencia se esté haciendo de ella en nuestras comunidades particulares. Tampoco sé si se estará haciendo lo que el Papa propuso: “Este domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos (… ) Sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre”. Si hemos hecho esto hoy, estaremos contentos de haber respondido a la propuesta del Papa. Y si no lo hemos hecho, todavía estamos a tiempo de unirnos con lo fundamental que el Papa propuso: “que esta jornada nos estimule a reaccionar ante la cultura del descarte y del derroche y hagamos nuestra la cultura del encuentro. Y que nos dispongamos con cualquier acción solidaria para realizar signos concretos de fraternidad”.

Esta propuesta es muy necesaria porque los tiempos actuales nos llevan a colocar a las cosas por encima de las personas y a  despertar en nosotros el deseo de acumular sin ningún compromiso por el compartir. Aprovechemos, por tanto, esa iniciativa papal para que los pobres estén efectivamente en nuestro corazón, como lo están en el corazón de Dios, y nuestra preocupación por cambiar su situación, sea efectiva y afectiva. Rezar el Padre Nuestro pidiendo el pan “nuestro” de cada día, nos ayudará a recordar que ser hijos del mismo Padre implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esa oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para que haya pan para todos. Y esto, en otras palabras, significa preguntarnos por qué existe tanta pobreza y empeñarnos en transformar sus causas. Dios no quiere la pobreza que padecen tantos. Transformarla es nuestro compromiso. Ojala este sea el fruto que nos quede de esta jornada.

martes, 14 de noviembre de 2017


I Jornada Mundial de los Pobres




El papa Francisco propuso celebrar la “I Jornada Mundial de los pobres” el próximo 19 de noviembre. Es una iniciativa que surge como consecuencia de la orientación que le ha dado a su Pontificado, centrado en los pobres –en los que Cristo está presente y nos pide encontrarlo- y en la urgencia de dar un testimonio de Iglesia pobre y comprometida con los pobres. Ahora bien, esa iniciativa no es un invento suyo. La primera carta de Juan (3,18) nos desafía profundamente: “Hijitos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”. Así comienza el Papa el mensaje con el que propuso esta Jornada mundial diciéndonos que Dios no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de seguir su ejemplo y este consiste en amar en primer lugar a los pobres y darlo todo por ellos, incluso hasta la propia vida. Pero esto no es un imperativo ético que debemos cumplir como obligación. Por el contrario, parte de la experiencia del amor de Dios que nos amó primero. Quien reconoce este amor, no puede menos que responder con todas sus fuerzas porque ese amor es gratuito y llega a todos independiente de sus faltas y pecados. Y, precisamente, por esa misericordia recibida es que se siente la urgencia, el deseo, la voluntad de hacer lo mismo con los demás. Y, ¿por qué ese primacía de los pobres? Porque Jesús los proclamó como bienaventurados y herederos del Reino de los Cielos no porque ellos sean mejores que los demás sino, precisamente, porque su precariedad, su falta de posibilidades, hace que la misericordia divina se vuelque sobre ellos y busca  que todos los demás entiendan esa lógica divina de comenzar por los últimos para  que nadie se quede por fuera de la mesa del reino. Preparémonos, entonces para esta celebración tan central en la propuesta cristiana.



viernes, 10 de noviembre de 2017


Tomémonos a Jesús en serio

Es tiempo de vivir en fidelidad a los misterios centrales de nuestra fe y de dar testimonio de aquello que decimos creer. Pero ¿por qué se hace tan difícil vivir con radicalidad el evangelio? ¿por qué hay miedos excesivos de ir hasta el fondo en el amor, el compromiso, la solidaridad, la entrega? ¿por qué no nos desprendemos definitivamente de los honores y riquezas de este mundo que tanto mal nos hacen?

No hay fórmulas para dar respuesta a estos y otros interrogantes parecidos. Pero algo que puede ayudarnos a responder, es entender que la experiencia de fe se vive de muy diversas formas pero, a manera de ejemplo –cayendo en el estereotipo- podemos reconocer dos estilos que conducen a resultados distintos. El primero,  -que podríamos caracterizar como más centrado en el bienestar personal, en la búsqueda de protección y ayuda divina para que todo lo que se vive marche bien y se puedan superar las dificultades que se presentan en el camino-, no se hace las preguntas que antes formulábamos. Lo que interesa a las personas que así configuran su fe, es pedir a Dios “bendiciones” y vivir con ese espíritu positivo de sentirse protegido y acompañado por la divinidad, disponiéndose con buen ánimo a realizar las tareas de cada día. Estas personas se les puede reconocer como “muy” religiosas porque parece que la presencia de Dios fluye con facilidad en sus vidas, se muestran respetuosas de lo sagrado e irradian armonía y buen clima a su alrededor.

El segundo estilo de vivir la fe -al que podríamos llamar de compromiso, de profetismo, de libertad evangélica- es el que no pide bendiciones sino que se deja afectar por la realidad y se pregunta cómo y por qué hay tanta injusticia en el mundo. Son las personas que se sienten movidas por su fe a estar atentos a la situación económica, política, social y su impacto en los más pobres. Son las personas que siguen al Jesús de los evangelios y tienen claro que la vida cristiana no es cuestión de recibir bendiciones de Dios sino de hacer posible el reino en el aquí y ahora de nuestra historia. Las personas que enfatizan este aspecto resultan incómodas y molestas para los que viven a su lado porque denuncian las injusticias, cuestionan las riquezas que sólo generan beneficios personales, evitan caer en la lógica de los honores que hacen que unos estén por encima de otros y, en definitiva, viven en todas sus opciones la indisolubilidad entre seguimiento y compromiso con los más pobres, entre evangelio y conciencia profética frente a la realidad, entre comunidad cristiana y entrega desinteresada a favor del bien común.

Estos dos estilos que hemos caracterizado no son dos estilos paralelos con igual validez. En realidad no se dan en estado puro y no deben darse. La petición de muchas bendiciones no siempre se olvida de la realidad social y los comprometidos con los pobres no pueden ser ajenos a la relación personal con Dios. Pero sin duda, el segundo estilo debería marcar con más fuerza la experiencia cristiana sí es que en verdad nos tomamos en serio el seguimiento de Jesús. El evangelio no se acomoda al orden establecido. El evangelio inquieta, desinstala, incomoda, cuestiona, interpela.  El evangelio no hace alianzas, ni busca honores. El evangelio se inclina por los últimos y son ellos  los que deberían “preocupar” y “ocupar” a los que se dicen ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Como dijo Benedicto XVI, “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica (Documento de Aparecida, 392) y por eso no se entiende por qué cada vez que se enfatiza la dimensión del compromiso con los más pobres salen algunos a invocar la mal entendida “pobreza de espíritu” o la típica frase de que “Dios también es para los ricos”, rebajando así la audacia, radicalidad y profecía que conlleva el evangelio. Tomémonos a Jesús en serio para no rebajar su mensaje y permitir que, efectivamente, interpele y desinstale a los poderosos de cada tiempo presente.

viernes, 3 de noviembre de 2017


El compromiso político de los creyentes

Los seres humanos no podemos evadir la dimensión política de nuestra existencia porque vivimos en sociedad y la política hace posible la búsqueda del bien común. Por eso, la relación fe y política la hemos de asumir con más responsabilidad porque de la manera como lo vivamos dependerá nuestro futuro. Y este tema nos interesa a los colombianos porque ya comenzaron las encuestas donde se perfilan los próximos candidatos y hemos de pensar en cómo será nuestra participación.

Sobre el tema de la política la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontifica para América Latina que tuvo lugar en el Vaticano el año pasado, hizo afirmaciones fundamentales para la vida cristiana: “la iglesia no se desinteresa de la política. Ella misma está implicada en la vida y destino de las naciones. No se deja encerrar en los templos y las sacristías y menos reducir el evangelio al solo dominio de la vida privada”. De ahí que permanecer ajenos a esta realidad es evadir un compromiso social pero también creyente.

Y la reciente visita del Papa Francisco nos mostró la necesidad de implicarnos en el ámbito político. Sus palabras nos orientaron para responder a esa tarea. Fijémonos  en el discurso que dio el primer día a las autoridades, al cuerpo diplomático y a algunos representantes de la sociedad civil. Después de saludar muy cordialmente y recordar que Colombia es una nación bendecida de muchas maneras por su naturaleza pródiga, su biodiversidad y, sobre todo, por su gente, se refirió al tema central de nuestra realidad colombiana: la urgencia de poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. Valoró muy positivamente los pasos que se han dado. Sin duda, aunque no lo dijo explícitamente, se refería a la firma de los Acuerdos de paz. Como bien sabemos, Él había dicho que vendría cuando ese acuerdo se firmara y cumplió su palabra.

Continúo su discurso llamando a las autoridades a construir la “cultura del encuentro” que ayude a superar los diferentes puntos de vista y las tensiones y discrepancias que se han vivido frente al proceso de paz. Consciente de que la paz no se construye de manera mágica, habló de la urgencia de “resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia porque la inequidad es la raíz de los males sociales”. Es decir, construir la paz pasa por la transformación de las estructuras de manera que estas garanticen la justicia social.

Pero lo más interesante de su discurso a las autoridades es que les pidió que no crearan leyes para organizar la sociedad sino para resolver los problemas de injusticia. Y que su perspectiva, su punto de vista, su horizonte para ejercer la política fuera “la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados”. Ahondó más el tema poniéndole rostro a estos excluidos: las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos, los más débiles, los que son explotados y maltratados, los que no tienen voz porque se les ha privado o no se les ha dado y la mujer con su aporte, su talento, su ser madre en las múltiples tareas. Y no se cansó de insistir: “por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida y de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz (como dice la letra de nuestro himno nacional).

No sabemos si los políticos pondrán en práctica estas palabras tan claras, tan evangélicas. Pero  ¿y nosotros? ¿Será ese nuestro criterio para buscar el bien común? ¿Pondremos en el centro a los pobres para apoyar las leyes y políticas sociales que busquen solucionar su realidad? Creo que este es el criterio que ha de guiarnos en nuestras opciones políticas.

Con la propaganda por las candidaturas que se perfilan, viene el despertar de sentimientos a favor o en contra de los candidatos/as motivados por las ideas que se han tejido frente a ellos. Nos influirá su afiliación política, religiosa o su condición sexual o su pasado o sus posturas a favor de algunos principios, etc. Sin duda esto tiene un peso y hay cosas que son innegociables. Pero una postura política madura y responsable nos invita a prestar atención a los programas sociales que propongan en sus candidaturas y quiénes van a ser los más favorecidos con ellas. Esto es lo que en realidad nos debe mover a la hora de optar políticamente. No podemos ejercer nuestro compromiso político con base en ideas o slogans que se repiten con fundamentos vagos o alimentados por la propaganda electoral o por la “posverdad” (esas afirmaciones que siendo mentira, se venden como verdad y, lamentablemente, ¡nos las creemos y las defendemos!).

Tener una postura política es una responsabilidad. Por eso, si en verdad queremos vivir la fe cristiana y acoger lo que el Papa nos dijo, nuestro compromiso ha de ser con los programas de los candidatos/as que más miren a los pobres, busquen superar la injusticia estructural y sigan apostando por la reconciliación y la paz. ¿Mucho pedir? Sí, por supuesto, pero esto es evangelio, esto es cristianismo. Que el inicio de esta contienda política, sea iluminado por criterios tan evangélicos, como la centralidad de los pobres y la construcción de la paz. De esta manera la política podrá tomar su rumbo apropiado y nuestra fe estará siendo testimonio del Dios de la vida que nunca deja de la mano a los más pobres porque ellos son sus preferidos. Y, por tanto, nuestro seguimiento no puede ir por un camino distinto.  

jueves, 26 de octubre de 2017


La presencia de las mujeres en los orígenes del cristianismo


La necesidad de incorporar plenamente a las mujeres en la vida eclesial no es una moda pasajera o una idea que se les ocurrió a algunas mujeres “desestabilizadoras” de los roles que tradicionalmente se han atribuido a cada sexo. Es una exigencia evangélica y está fundamentada en los orígenes del cristianismo. Lo que sucedió es que circunstancias culturales y sociales fueron ahogando la praxis original del movimiento de Jesús y esa experiencia se fue transmitiendo cargada de sesgos sexistas. Hoy en día, el trabajo de la teología que subraya la participación de la mujer, está contribuyendo a recuperar esos orígenes y a mostrar la urgencia de cambiar esa mentalidad.

Entre muchos ejemplos que se podrían señalar, recordemos la figura de María Magdalena  a quien se le ha recordado más como pecadora que por haber sido la “primera” testigo de la resurrección del Señor. No es que esto último se haya negado -ya que los cuatro evangelistas lo testimonian-, pero no se le ha dado el reconocimiento que merece y mucho menos se han tenido en cuenta las consecuencias que de eso se derivan.

¿Cómo pudo suceder esto? Para responder es preciso acercarnos al texto bíblico y entender cómo se fue invisibilizando la figura de las mujeres. Siguiendo uno de los escritos de Carmen Bernabé –reconocida biblista española- podemos ver, por ejemplo, como el evangelista Lucas relativiza ese papel protagónico de María Magdalena y, en contraposición, destaca la figura de Pedro. Para destacar a Pedro, Lucas incluye textos que sólo aparecen en su evangelio como la llamada personal a Pedro (5,1-11), su protagonismo en la pesca milagrosa (5,4-7) y en la preparación de la cena pascual (22,8). Además lo encarga de sostener en la fe a los otros discípulos (22,31-32) y omite datos que aparecen en los otros evangelios pero que podrían oscurecer su figura, como por ejemplo, cuando Jesús le dice: “Apártate de mí Satanás”.  

En cambio, a la hora de escribir sobre María Magdalena, Lucas disminuye su importancia. Su calidad de discípula es ambigua (8,1-3), su rasgo de testigo de la muerte de Jesús es difuminado al introducir en esa escena a todos los conocidos de Jesús (23,49), el ángel en el sepulcro les anuncia a las mujeres que Jesús ha resucitado pero no las envía a anunciar esta noticia a los discípulos y, por el contrario, introduce la figura de Pedro entrando al sepulcro para con su autoridad dar fe de lo que dicen las mujeres (24, 12) y agrega que cuando las mujeres llegan a contarle a los discípulos que Jesús ha resucitado, creen que están diciendo desatinos (24,11). En el libro de Hechos, Lucas omite su nombre en la escena de Pentecostés (1,14) y ya no la menciona más a lo largo del libro.

Muchos otros trabajos bíblicos -muy bien realizados-, aportan muchos otros elementos que recuperan la presencia de las mujeres en la comunidad de Jesús. Y son estos aportes los que van cambiando nuestra percepción del papel de las mujeres en la iglesia. Pero se necesita más empeño en conocerlos y mucha autenticidad para ser coherente con ellos. Ésta no es una responsabilidad de unos pocos. Todo el Pueblo de Dios ha de buscar una formación sólida -acorde con los avances actuales- y los medios adecuados para transformar nuestra iglesia. En este empeño, no temamos “volver a los orígenes”. Por el contrario, alegrémonos de estar “a tiempo” de parecernos más a la Iglesia de Jesús y de mostrar con el “discipulado de iguales” –expresión acuñada por otra reconocida biblista norteamericana, Elisabeth Schüssler Fiorenza- que nuestra iglesia es una verdadera comunidad donde el reconocimiento de la igualdad entre varones y mujeres es una realidad. Falta mucho para lograrlo, pero vale la pena seguir trabajando por ello.

jueves, 19 de octubre de 2017

La misión como diálogo


Nuevamente celebramos el mes de las misiones.Pero, ¿cómo hablar de “misión” en este nuevo contexto de pluralismo religioso? No podemos renunciar a afirmar la centralidad de Jesucristo como único mediador entre Dios y los seres humanos, como causa y motivo de nuestra salvación. Sin embargo, el nuevo contexto nos exige replantear la manera de ofrecer la Buena Noticia del reino y nos señala la urgencia de dar testimonio de comunión con las demás confesiones de fe, evitando rivalidades y descalificaciones mutuas que contradicen el mensaje que se anuncia.

Por este motivo, proponer el diálogo como horizonte de misión, puede ser un camino adecuado para continuar esta tarea y obtener mejores frutos. Por diálogo estamos entendiendo el ofrecer un anuncio a los demás pero estar dispuestos a recibir lo que también ellos nos ofrecen. Es creer que los otros pueden enseñarnos y que son también depositarios de la revelación divina que no cesa de esparcir sus semillas de gracia en todas las culturas y entre todos los pueblos.

Ahora bien, esa actitud de diálogo no es fácil de poner en práctica. Estamos muy acostumbrados a creernos poseedores de la verdad e incluso, a pensar que, no creernos así, es traicionar el mensaje divino porque consideramos que este es verdadero y no puede ponerse en cuestión de ninguna manera. Visto desde Dios, sin duda es así. Su plan de salvación, su voluntad divina sobre la humanidad, es una y para siempre. Pero visto desde nuestra captación y nuestra realidad histórica, siempre es un aproximarnos a ella, un comprenderla cada vez mejor, un aceptarla con más profundidad y plenitud. Por eso nuestras palabras, comprensiones y anuncios van condicionados por nuestra limitación personal y, en ese sentido, siempre estamos en camino y con necesidad de enriquecer nuestra propia visión con lo que los demás nos aportan.

Hoy el pluralismo religioso nos está ayudando a ser conscientes de que Dios supera incluso nuestras instituciones religiosas y, por eso, su presencia trasciende nuestras propias fronteras. Y ahí es cuando se impone el diálogo y el enriquecimiento mutuo. Nos damos cuenta de que podemos ampliar nuestras propias visiones y es posible confrontar nuestras prácticas para discernir cuáles pueden resultar más pertinentes. Con una actitud de diálogo se hace más fácil buscar caminos de comunión para ir tras el Dios vivo que sale a nuestro encuentro por muy distintos e inesperados caminos.
Entender la misión como diálogo no significa que abandonemos el mensaje que se anuncia sino que se ofrezca con gratuidad y libertad para que sea acogido cuando los destinatarios lo consideren pertinente. De alguna manera es vivir realmente la hermosa parábola del sembrador que siembra la semilla con generosidad pero sea “que se levante o sea que se acueste, la semilla crece por sí sola sin que él sepa cómo y así la tierra va dando fruto por sí sola: primero el tallo, luego la espiga y después el grano lleno en la espiga” (Mc 4, 26-28).

Definitivamente el reino es don de Dios y no depende del esfuerzo humano. Por eso la misión no surge de la autosuficiencia de creer que podemos llegar y transformar la realidad sino que se alimenta de la confianza puesta en el “dueño de la mies” (Lc 10,2) que nos envía al encuentro de los demás para vivir y sentirnos su pueblo. Y lo que interesa es ir realizando esa comunidad de hermanos y hermanas que acoge las diferencias y se enriquece con ellas y no pretende imponer sus visiones sino sumar y unir fuerzas para garantizar la vida digna para todos y todas. El diálogo ha de atravesar todas las dimensiones de la vida de los que se encuentran en los trabajos de misión: lo social, lo económico, lo cultural y, por supuesto, lo religioso. Todo está allí para ser compartido, enriquecido, transformado en doble vía: de los misioneros a los destinatarios y de estos a los misioneros. Y lo más importante: entender la misión como diálogo da testimonio del Dios revelado en la historia; un Dios que establece un diálogo de amor con su pueblo, una alianza, que supera la relación meramente cultual y se expresa en una verdadera relación de amor: “Tú eres mi pueblo y yo soy tu Dios” (Lv 26,12).

sábado, 14 de octubre de 2017


Santa Teresa de Jesús: mujer y maestra de oración



Hoy 15 de octubre queremos recordar una figura femenina que abrió caminos -no sin sospechas y dificultades- pero que hoy es testimonio de como la historia puede ser distinta. Nos referimos a Santa Teresa de Jesús (o Teresa de Ávila) cuya fiesta celebramos este día. Santa española del siglo XVI (1515-1582), religiosa carmelita, fundadora y reformadora de muchos conventos femeninos y masculinos, gran escritora y, especialmente, maestra de oración y de vida espiritual. Por todo esto y por la santidad de su vida reconocida en 1622, se le concedió el título de “Doctora de la Iglesia” en 1970. Este título se otorga a ciertos santos a los que se les considera maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos. Ha sido otorgado a treinta y tres de los santos de la Iglesia, tres de ellos mujeres: Teresa de Ávila, Catalina de Siena y Teresa del Niño Jesús.

Pero ¿por qué se le concede a Santa Teresa este título y qué significatividad puede tener hoy para nosotros? Como acabamos de decir, porque se reconoce en ella una “maestra” de fe para los cristianos de todos los tiempos.

Ella experimenta a un Jesús vivo, humano con quien se puede entablar una relación de “amistad”. Jesucristo vive, camina, come, trabaja, habla con ella. Por esto, la oración no es una repetición de palabras sino “un encuentro de amistad, muchas veces, a solas con quien sabemos nos ama”. Pero ella no sólo tuvo la experiencia. Supo “entenderla” y, mejor aún, comunicarla a través de sus escritos. Triple movimiento que la hace “maestra” para otros.

Utiliza metáforas, símbolos, comparaciones. Una de éstas es la comparación de la persona con un jardín y la oración con el agua. La persona es un jardín que precisa agua. El agua es la gracia de Dios. La oración es la forma de traer el agua para regar el jardín. Cuando la persona inicia el camino de oración no es otra cosa que traer el agua (la gracia) a su vida. Pero ha de hacerlo con baldes. Hay dificultar para orar. Se precisa esfuerzo. Supone constancia. Pero quien realiza este esfuerzo, avanza en la vida de oración. Es entonces cuando el agua se comienza a traer con poleas. La persona consigue serenidad y paz. Hay gozo interior y recogimiento. Se comienza a “saborear” la presencia divina y su Palabra. La vida de oración continúa creciendo. La comparación entonces es con un río que pasa por el jardín. La persona se mantiene con esa frescura interior que la mantiene en las cosas del Señor. Sale de dentro el amor y el servicio. Se quiere vivir para los demás. Finalmente, la oración es el agua de lluvia que cae cuando quiere y empapa el jardín sin ningún esfuerzo por parte de la persona. Es cuando se reconoce que todo es gracia de Dios y se vive en unión constante con Él.
Esta sencilla enseñanza sobre la oración ha alimentado y posibilitado la vida espiritual de tantos cristianos/as a lo largo del tiempo. Este legado y todas sus otras enseñanzas constituyen lo más importante para recordar en su fiesta. Pero no menos importante es recordar el hecho de que ella fue una “mujer”. Señal inequívoca de que el Espíritu actúa y confía en varones y mujeres y, que todos y todas en la Iglesia, estamos llamados/as a vivir y a comunicar las maravillas que El realiza en cada uno para el bien de todo el Pueblo de Dios.
Foto tomada de: https://i.pinimg.com/736x/18/39/0f/18390f905e42a690b750b47b69b1c1da--santa-teresa-santos.jpg