martes, 17 de abril de 2018




Trabajar por una iglesia más creíble

Pasa el tiempo y el Papa Francisco sigue suscitando esperanza en muchos personas en la Iglesia. Cada día hay una noticia -sencilla- pero que alegra el corazón de la gente. Sea su vida austera o su cercanía con contextos pobres, o su día a día rodeado de la gente del lugar donde escogió vivir o sus intervenciones donde habla de los pobres, de la sencillez, de cero corrupción, de evangelizar, de la misión, de la centralidad del evangelio, entre muchos otros gestos que podríamos enumerar. Todo esto parece haber devuelto frescura, simplicidad, descomplicación, aires nuevos a la iglesia. Además ha sido un pontífice capaz de reconocer sus errores y los de la Iglesia y pedir perdón por ello -lo que se está viviendo en la Iglesia chilena es una nueva manera de actuar- y por supuesto su insistencia en la “alegría” y, en su última Exhortación “Gaudete et Exsultate” (GE), el hablarnos de la santidad en lo cotidiano y en los “santos de la puerta de al lado” (GE 6-9).

Pero surgen algunas preguntas: ¿cuándo nos perdimos tanto, para que gestos tan simples y normales despierten tanta alegría? ¿qué nos había pasado en la iglesia para sorprendernos porque el Papa salude con un “Buenos días” o simplemente sonría y hable de cosas cotidianas como el futbol? ¿dónde habíamos dejado la pobreza de Belén, la cotidianidad de Nazaret, la profecía del ministerio público de Jesús? ¿qué contenido le hemos dado a la muerte y resurrección de Jesús que no la vinculamos con su compromiso histórico con los más pobres? En otras palabras, ¿qué iglesia hemos ido viviendo que lo “normal” hoy nos resulta “sorprendente” y el evangelio nos asombra?

Tal vez exagero con lo dicho anteriormente pero no es exagero que el Papa sigue sorprendiendo en positivo. Pero ahora viene lo más difícil: Y esos gestos ¿cómo están confrontando nuestra realidad eclesial? ¿por dónde está renovándose nuestra pastoral? ¿qué conversión nos está suscitando toda esta nueva realidad? Una iglesia tan preocupada por la doctrina, por el culto, por la liturgia ¿cómo se confronta hoy con una mirada pastoral –sin duda es la que tiene el Papa Francisco- más preocupada por llegar a la gente, por responder a sus necesidades, por apoyar sus iniciativas, por buscar nuevos caminos de evangelización? ¿Vamos a ser capaces de mirarnos a nosotros mismos y poner en práctica lo que el Papa dice y hace? No es fácil este cambio. De hecho también hay muchas críticas sobre el Papa procedentes de algún sector del clero y de algunos laicos que no ve con buenos ojos ese proceder. Y es normal. Ese testimonio cuestiona una praxis eclesial centrada en la ley y una vivencia ministerial más preocupada por la ostentación del poder que por el servicio.

El Papa sigue con muchos desafíos. ¿Reformará realmente la curia romana? ¿Se abrirán las puertas para otra manera de vivir el ministerio episcopal y sacerdotal? ¿Habrá otro lugar para las mujeres? ¿cómo responderá a los cuestionamientos que vienen de tantos desafíos actuales? No todo pueden ser gestos sino que se esperan acciones que hagan creíble la Iglesia de Jesús. Hay que rezar porque pueda seguir haciendo mucho y lo haga muy bien. Pero no es tarea exclusiva del Papa. Todos estamos llamados a hacer más creíble la Iglesia de Jesús. Hemos de buscar vientos nuevos que devuelvan a la iglesia juventud, alegría, esperanza porque la estructura ha ahogado mucha creatividad, el peso de la costumbre ha impedido más flexibilidad y apertura.

Son tiempos de misión pero una misión no al estilo del modelo de cristiandad –queriendo aumentar el número de miembros y uniformizando todo bajo los preceptos cristianos- sino una misión anunciando lo que posee: un mensaje liberador como es el evangelio con buenas noticias para todos. La buena noticia del Dios que ama a todos sin condiciones porque su amor es gratuito y verdadero. Ese Dios que quiere el bien de todos sus hijos y no coloca cargas pesadas sobre ellos. Por el contrario invita al descanso, a la fiesta, a la alegría y, por supuesto, a la santidad. Esa santidad que se concreta en la vivencia de las Bienaventuranzas (GE 63-94) y en la práctica del amor al otro como lo propone el texto de Mateo 25, 31-46 en el que todo lo que hacemos a un necesitado se lo hacemos al mismo Dios (GE 95). De ese amor surge el compromiso fraterno, la responsabilidad cívica y ecológica, la solidaridad con los más necesitados.

Urge una conversión pastoral capaz de sorprender a los destinatarios, haciéndoles descubrir ese rostro amable y amoroso de nuestro Dios. Una pastoral más centrada en la vida que en los preceptos, en las personas que en las leyes, porque nuestro Dios es un Dios de vida, un Dios de amor, que quiere para todos sus hijos, vida y vida en abundancia (Jn 10,10).


lunes, 9 de abril de 2018


Dar testimonio de fe en estos tiempos distintos


Vivimos en un mundo pluricultural y religioso cada vez más evidente. Por mucho que queramos evitarlo y que busquemos estadísticas y cifras para mostrar que el cristianismo sigue creciendo, no se puede negar que otras religiones también crecen y, el número de “indiferentes” –porque hoy en día no se preocupan tanto por decir sí son ateos o no- crece aún más. Entre los jóvenes, especialmente, este fenómeno es relevante. Por ejemplo, de un grupo de 40 estudiantes de una universidad católica, solo uno se confiesa católico practicante, otro se confiesa seguidor de un maestro espiritual de los “hare Krishna”, y el resto sin negar la tradición católica en que crecieron por su familia y colegio, afirman no prestar ninguna atención a lo que pasa en la institución eclesial y no estar interesados en nada que tenga que ver con la fe. Posiblemente estas cifras pueden variar en otros grupos pero sí parece ser cierto que el indiferentismo gana cada vez más espacio y la configuración de nuestro mundo cambia a pasos acelerados.

¿Cómo vivir nuestra fe en esta nueva realidad compleja, distinta, interpelante, angustiante –en ciertos sentidos- llena de “trasgresiones” como llaman algunos a todo lo que se sale de lo “correctamente” establecido y aceptado durante siglos? ¿Cuáles son los caminos más apropiados para enfrentar todo esto nuevo y desconcertante?

Para unos el camino es el de replegarse sobre sí mismos y satanizar todo lo distinto. Sienten que el mismo demonio en persona nos visita y hay que enfrentarlo a como dé lugar, sin detenerse a discernir lo que realmente es malo de lo que simplemente es diferente. Ven necesario reforzar la identidad religiosa y vuelven a asumir símbolos, tradiciones, expresiones y prácticas religiosas que creen hacen más visible y explicita la fe que profesan. En algunos sectores de la vida consagrada esto se hace evidente: o bien por los hábitos y costumbres un tanto extravagantes que asumen o por la mentalidad con la que están formando a las nuevas vocaciones. Al dialogar con estos jóvenes en lugar de encontrar los típicos valores juveniles de creatividad, ilusión, riesgo, audacia para nuevas propuestas, se encuentran mentes cerradas, plegadas al “deber ser” y con prejuicios frente a los movimientos teológicos y pastorales, concretamente con lo latinoamericano, yendo en contravía de lo que afirmó la conferencia de Aparecida refiriéndose al método teológico ver-juzgar-actuar-: este método “ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral y en general ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente” (n. 19).

Pero no todo va por ahí y hay cristianos y comunidades religiosas que siguen por la senda de los “primeros cristianos”: insertos en el mundo, sin diferenciarse de él pero viviendo de manera distinta. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de ese estilo de vida centrado en la fraternidad, en la oración y en el compartir los bienes (2, 43-47; 4, 32-35). De esa manera daban testimonio de su fe en el Resucitado, viviendo entre los paganos, sin parecer distintos por la extravagancia de lo externo, sino aportando lo peculiar que viene del Espíritu: su caridad, su alegría, su hacer bien a todos, su estar dispuestos a dar la vida por el bien común, especialmente, la vida de los más pobres.
Ante los cambios que vivimos, hemos de creer en la fuerza del “testimonio”. Un testimonio de amor verdadero y a fondo a todo y a todos; una oración que nos abra a las necesidades de los demás antes que a la búsqueda de los propios intereses, un compromiso sincero y audaz con la construcción de una sociedad y una historia donde “todos quepan” –como decía Gustavo Gutiérrez refiriéndose a los pobres- pero ahora extendiendo el arco hacia todos esos nuevos rostros con los que hemos de convivir desde diferentes posturas, credos, horizontes.

El testimonio no pasa desapercibido. Puede ser lenta su siembra como tantas veces las parábolas del reino lo expresan, pero con la certeza que dará su fruto. El testimonio no se impone, sino que se comparte. No juzga pero interpela. No avasalla pero transforma sin darnos cuenta. Seamos, pues, testigos del Resucitado con sencillez y sin pretensiones, confiados en el Espíritu que nos anima e impulsa en esta apasionante tarea.


domingo, 1 de abril de 2018


En el tiempo de Pascua vivir el programa del Reino



¡Cristo ha resucitado! Esta es la afirmación central de nuestra fe porque como dice San Pablo, “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, y vana también nuestra fe” (1 Cor 15,14). En otras palabras, llega el momento de la verdad: ya terminaron las celebraciones de Semana Santa y ahora queda el día a día en el que se ha de mostrar que todo lo expresado en la liturgia de esos días, tuvo sentido. Y esto no se refiere solamente a las fidelidades personales: cultivar una vida de oración, servir a los demás, mantener los principios morales que se derivan de nuestra fe, etc., sino que también implica la dimensión socio-política de la fe que con tanta urgencia hemos de vivir para comprometernos con el devenir del mundo que Dios nos ha confiado, transformándolo hacia el mayor bien para todos y todas.


La vida política es más que la participación en los comicios electorales pero también pasa por ellos. Y en Colombia estamos en tiempos de elecciones para determinar quién gobernará los próximos 4 años. Ya votamos por los congresistas y en mayo lo haremos por el presidente. ¿Cuál ha sido nuestra responsabilidad en estos procesos? La indiferencia no es propia de quien se compromete con la construcción del mundo en que vive. Es difícil involucrarse porque exige tiempo y dedicación. Además se nos ha enseñado a vivir una fe, muchas veces, con rasgos intimistas –Dios y yo- y mi beneficio personal, y pensando sólo en la alabanza y adoración dejando de lado el compromiso y la transformación social. Pero lo vivido en Semana Santa nos ayuda a cambiar esa perspectiva. A Jesús no lo matan por enseñar a rezar, ni por ser fiel cumplidor de la ley. Lo matan porque su comportamiento denunciaba la injusticia social y religiosa y sus palabras exigían un cambio real de las situaciones. No podemos hablar de que era un político porque en aquella época no tenían esa distinción de aspectos pero si era un fiel religioso que vivía en su tiempo y buscaba transformarlo.

El Jesús que creció y desarrolló su ministerio público en Palestina y fue ajusticiado en Jerusalén habló de la realidad, lanzó juicios críticos sobre ella y anuncio la Buena Noticia del Reino: “la liberación que trae la vida en el Espíritu y que lo transforma todo” (Lc 4, 18ss).


A Jesús lo matan por el “Programa del Reino” que no es otro que las bienaventuranzas: “Felices los que son pobres de corazón, los que lloran, los mansos y los que tienen hambre y sed de justicia. Felices los misericordiosos, los limpios de corazón y los que trabajan por la paz. Felices lo sufren persecución por causa de la justicia” (Mt 5, 3-10). Si miramos con atención este programa del reino, no nos extraña que lo mataran: proponía una felicidad basada en el amor, la solidaridad, la coherencia, el servicio, la misericordia, la autenticidad, la justicia y el trabajo incansable por la paz. Todo esto muy distinto de la felicidad que nos ofrece la sociedad de consumo basada en el tener más y en el aparentar a costa de cualquier precio. También distinta de la felicidad que solo busca el propio beneficio y no le interesa nada que tenga que ver con los demás.


Pues bien, dar testimonio del Resucitado supone vivir el programa del Reino. Darle en verdad una vuelta a las prioridades que tenemos y poner nuestra escala de valores en consonancia con el evangelio. Y esa manera de ser y de vivir se ha de expresar en todas las dimensiones de nuestra vida: lo social, lo político, lo cultural, etc., y, en este semestre de decisiones políticas en nuestro país, hemos de apostar por la justicia, la misericordia, la paz, especialmente para los más pobres, para que se pueda hacer realidad en las estructuras humanas con lo que implican de medios, recursos, proyectos, por limitados que sean.


Ojala apoyemos a los candidatos que en verdad vayan por estos caminos. A los que más les preocupen los pobres y lo social. Los que valoren el bien humano y no la ganancia desenfrenada del sistema neoliberal que gana cada vez más terreno en nuestra América Latina. Pero sobre todo aquellos que apoyen la paz. En el proceso de paz que vivimos está casi todo por hacer. Lo acordado no se realiza al ritmo que debiera y no faltan las situaciones que desalientan como el asesinato de varios líderes sociales y los desertores que vuelven al negocio de la guerra. Pero no podemos volver atrás. Falta mucho pero faltará más si no apoyamos a aquellos que en verdad van a seguir poniendo esfuerzos para superar las dificultades y abrir caminos que la hagan realidad.


En definitiva, la vida del Resucitado se hace presente a través de la nuestra y la Pascua es tiempo de mostrarlo. Preguntémosle a Él por dónde han de ir nuestras opciones, cuáles han de ser nuestros compromisos, de qué manera contribuimos a la construcción de un país donde la vida de los más pobres tenga futuro y la paz sea nuestro gran empeño. Cuando Jesús resucitado se apareció a sus discípulos los saludo con el don de la paz: “Paz para ustedes; como el Padre me ha enviado, así también yo los envío” (Jn 20, 21). Acojamos este envío siento testigos de la paz que Él nos da pero no solo en el espacio privado de nuestra paz interior sino en el difícil pero indispensable espacio de lo socio-político donde hemos de hacerla realidad por nosotros mismos y por las generaciones futuras que merecen un país distinto al que hemos tenido en estos más de 50 años de conflicto armado. Vivamos, entonces, el programa del reino para ser testigos del Resucitado en el aquí y ahora de nuestra historia.


domingo, 25 de marzo de 2018


Vivir el misterio pascual con las implicaciones sociales que conlleva


Recordar los misterios centrales de nuestra fe –el Misterio pascual: muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo- permite avivar nuestra fe pero sobretodo seguir profundizando en su auténtico significado. Y esto es necesario porque con el paso del tiempo y la fuerza de la costumbre, la Semana Santa puede convertirse en una serie de ritos que se repiten sin mucha trascendencia pero, lo más grave, que van perdiendo el significado profético y cuestionador que encierran.

La muerte de Jesús no puede quedarse en la predicación sobre la necesidad de convertirnos de nuestros pecados personales sin hacer ninguna referencia a la realidad. Ni la celebración de la pascua nos puede dejar mirando “al cielo” como si participar en ella fuera algo sólo para el futuro y no una realidad que hemos de comenzar a vivir desde este presente.

Si nos situamos en la vida histórica de Jesús podemos entender que las causas de su muerte tienen que ver directamente con sus acciones, su mensaje, su fidelidad al Dios Padre y Madre a quien ama y anuncia. En tiempos de Jesús las autoridades religiosas habían constituido un sistema religioso que garantizaba que los que cumplían la ley formaban el pueblo de Dios y gozaban de las bendiciones de Yahvé: salud, dinero, bienestar. Pero los que tenían alguna desgracia -eran pobres o enfermos- sufrían la consecuencia de sus pecados o el de sus padres y por eso Dios les retiraba su bendición. Con ese esquema, los “buenos” podían despreciar a los pecadores y conscientemente buscaban no juntarse con ellos para no quedar impuros delante de Dios.

Pero el Dios del reino que Jesús anuncia, cuestiona este sistema y afirma que Dios se inclina por los que la sociedad considera impuros. Además dice que ellos son los destinatarios privilegiados del reino no porque sean buenos sino porque están llamados a participar del banquete mesiánico y porque de alguna manera son signo o cuestionamiento de un sistema injusto que no permite la vida digna de todos los seres humanos y/o no garantiza el cultivo de la bondad y la misericordia en todos los aspectos. Los profetas de todos los tiempos han seguido anunciando esa lógica del amor divino y sus contemporáneos continúan escandalizándose frente a sus anuncios. Y tanto Jesús como los otros mártires, han sido víctimas de los que se niegan a cambiar las estructuras, de los que no se quieren abrir al Dios de Jesús, al de los Evangelios, al que “hace un banquete para invitar a los últimos de cada tiempo, precisamente porque no pueden pagarle” (Lc 14, 12-14) y “hace brillar el sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 5, 45).

Por tanto, la muerte de Jesús nos confronta con el Dios en quien creemos y la fidelidad a Él. Nos invita a preguntarnos ¿quiénes son los despreciados de nuestro tiempo? ¿a quiénes nos le damos crédito? ¿cómo trabajamos para que ninguno sea discriminado, excluido, marginado por ninguna estructura social, cultural, económica o religiosa? En otras palabras, recordar la muerte de Jesús ha de llevarnos a convertirnos de ese pecado personal y social que sigue ahogando la voz de los profetas y no vela por la vida y dignidad de todas las personas, sean –desde nuestras valoraciones- buenas o malas, con talentos o sin ellos.

Y la resurrección de Jesús –el “sí” de Dios a toda su vida- comienza a ser efectiva en nosotros cuando nuestros actos muestran que rompemos con todas las imágenes falsas que construimos de Dios, acomodadas a nuestros intereses y hacemos presente el Dios del reino. Ese Dios que desarma nuestras mentes y corazones de toda exclusión, de toda venganza, de toda cerrazón al diálogo. Ese Dios que sabe poner a las personas por encima de cualquier orden establecido. El Dios de Jesús que reclama justicia, paz y oportunidades para todos y todas.

En nuestro país tan golpeado por la violencia y tan urgido de paz, bien puede ser está semana santa un tiempo de preguntarnos por la capacidad que tiene nuestra fe para generar condiciones que hagan efectiva la paz. No basta buscar conversiones personales –siendo necesarias, por supuesto- sino que nos tiene que doler el país con la complejidad de sus problemas, convocándonos a una conversión social y estructural que encuentre nuevas salidas y donde promover la reconciliación sea una prioridad.

lunes, 19 de marzo de 2018


REALIZAR LA MISIÓN “CUERPO A CUERPO”


La misión evangelizadora de la Iglesia lleva XXI siglos, desde aquella mañana en que María Magdalena fue enviada por Jesús a anunciarle a los discípulos que Él había resucitado y que ya no había que buscarlo entre los muertos sino, precisamente, entre los vivos para que la buena noticia llegue a todos: “hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8). Desde entonces, muchos son los modos en que la misión se ha ido realizando. Unas veces con mayor éxito, otras con imperfecciones. Unas con gran entusiasmo y generosidad, otras con poca profecía y acomodamiento a la situación. Pero siempre, el Espíritu inquietando la vida de la Iglesia y lanzándola a una renovación para que el mensaje no pierda actualidad.

¿Cómo es este tiempo que vivimos y cómo hemos de realizar la misión hoy? El Papa Francisco nos va marcando un camino que hemos de asumir con más radicalidad. Es el de la Iglesia en salida que tiene muchas más connotaciones que un simple salir a lugares apartados.
Iglesia en salida supone despojarnos del propio descentramiento y abrirnos a todas las periferias geográficas y existenciales. Hemos de reconocer que el centrarse en sí mismo es una tentación muy fuerte en la que con facilidad caemos. Continuamente nos acomodamos a lo conocido. Además, si las obras apostólicas funcionan ¿para qué preguntarse si podrían funcionar de otra manera? Por eso las organizaciones se perpetúan y nuestras rutinas se hacen inamovibles. Pero se nos olvida, como dice el profeta Isaías, la imagen del misionero que ha de estar siempre en camino: “Que hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz” (52,7).

El evangelizador no puede instalarse, en ninguna estructura por positiva que parezca. En ese sentido fueron claras las palabras del Papa, en su visita a Colombia, a las directivas del CELAM, invitándoles a no “reducir el evangelio a un programa al servicio de un gnosticimo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia; como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical”. Muy fuertes, desde mi punto de vista estas palabras, que aplican para todos los que nos decimos comprometidos en la tarea misionera de la Iglesia. La evangelización no es una administración, una estructura. Es el anuncio de la Buena Noticia del Evangelio que siempre desinstala, incomoda, inquieta, lanza al amor sin medida.

En ese mismo discurso el Papa habló de la Iglesia en misión: “Mucho se ha hablado sobre la Iglesia en estado permanente de misión. Salir con Jesús es la condición para tal realidad. El evangelio habla de Jesús que, habiendo salido del Padre, recorre con los suyos los campos y los poblados de Galilea. No se trata de un recorrido inútil del Señor. Mientras camina, encuentra; cuando encuentra, se acerca; cuando se acerca, habla; cuando habla, toca con su poder; cuando toca, cura y salva”. E invitó a apropiarse de esos verbos: “Salir para encontrar, sin pasar de largo; reclinarse sin desidia; tocar sin miedo (…) la misión se realiza en un cuerpo a cuerpo”.

¿Cuáles son las periferias geográficas y existenciales que tenemos en la realidad colombiana para poner en acto esos verbos que señala el evangelio y el Papa nos invita a realizar? Lo primero y fundamental, la construcción de la paz. Este es el único país donde a un proceso de paz después de 50 años de guerra, se le están poniendo tantos “tropiezos” para no hacerlo posible. Tropiezos que vienen incluso de gente que se dice creyente pero que parece conocer solamente la ley del talión “ojo por ojo, diente por diente” y no la ley del amor “perdonar para hacer posible un nuevo comienzo”. Y en el tratado de paz no hay un perdón ingenuo: exige “verdad y reparación”, de ahí la Comisión de la Verdad que se  instauró a fines del año pasado y que la está presidiendo el P. Francisco de Roux, S.J. Pero, por supuesto, en el tratado de paz si hay un perdón que da garantías a los que se acogen al proceso y les permite reincorporarse a la sociedad civil. Eso es humano y, por supuesto, cristiano. Pero todo esto no se apoya sin los verbos propios de la salida en misión que acabamos de decir: “encontrar, detenerse, reclinarse, tocar, curar, salvar”. Realizar ese proceso con las víctimas del conflicto no puede menos que abrir el corazón a un apoyo decidido y total por la construcción de la paz.  

Y en todas las demás periferias geográficas –pobreza y miseria, lugares más inhóspitos- y existenciales -discriminación en razón del sexo, la creencia, el color de piel, etc.-, esos verbos misioneros cambian nuestra postura y compromiso. Ya no podremos hablar desde la teoría y el “deber ser”. Hablaremos desde la misericordia y el encuentro, propios de la praxis misionera señalada por Jesús en los evangelios.

Continuemos la salida misionera pero renovada por una actitud decidida de realizarla “cuerpo a cuerpo” para ofrecer respuestas de salvación y vida para todos y todas desde cualquier situación en que se encuentren.

lunes, 12 de marzo de 2018


¿Será posible una iglesia sin clericalismo?

Cuando el Papa Francisco estuvo en Colombia en septiembre del año pasado, en su discurso a las directivas del CELAM, se refirió con contundencia al clericalismo: Primero, señalándolo como una de las tentaciones -todavía presente- de la Iglesia y mostrando que el clericalismo lleva a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se auto beneficia. Y, en el mismo discurso, dijo que es un imperativo superar el clericalismo que infantiliza al laicado y empobrece la identidad de los ministros ordenados. En su viaje a Chile, en enero de este año, volvió a recordar que el clericalismo surge de esa falta de conciencia de que todos somos Pueblo de Dios y el ministro es servidor y no dueño. Por lo tanto recordó que los laicos no son peones ni empleados del clero, ni han de repetir “como loros” lo que estos dicen. El clericalismo va apagando el fuego profético que la iglesia está llamada a testimoniar en el corazón de los pueblos. Recomendó que se vele contra la tentación del clericalismo, especialmente, en los seminarios y en todo el proceso formativo. Lo que está en juego es una evangelización significativa y no la auto preservación del clero en unos mundos ideales que no tienen nada que ver con la realidad.

Estas son dos de las muchas intervenciones que el Papa ha hecho sobre el clericalismo. Pero ¿están calando esas palabras en la conciencia de nuestro clero y en el resto del Pueblo de Dios?  Por parte del clero, se necesita una humildad grande para reconocer que algo de ese clericalismo les afecta. El texto de Mateo podría ayudarles mucho a buscar siempre mayor fidelidad a la vocación recibida. En ese texto Jesús critica a los escribas y fariseos: “Ustedes hagan y cumplan lo que ellos digan, pero no los imiten; porque dicen y no hacen (…) les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros” (Mt 23, 3-7). Precisamente por esa realidad que se vivía en su tiempo, en el evangelio de Mateo Jesús pide a los suyos todo lo contrario: “Ustedes, en cambio, no se hagan llamar maestros, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos. En la tierra a nadie llamen padre, pues uno solo es su Padre, el del cielo. Ni se llamen jefes, porque sólo tienen un jefe que es el Mesías. El mayor de ustedes que se haga servidor de los demás” (Mt 23, 8-12).

Más aún, el Obispo de Roma en 2014, en su deseo de una iglesia más humilde y cercana a la gente, decidió suprimir los títulos honoríficos, entre ellos el de Monseñor (el Papa Pablo VI en 1968 había suprimido otros títulos). El título de Monseñor queda solo para los “Capellanes del Papa” y después de cumplir 65 años. Ahora bien, esa medida no tiene carácter retroactivo por lo cual, los que ya lo tienen, pueden mantenerlo (Claro que con lo aquí dicho, sería muy positivo que los que lo tienen renunciaran a usarlo, ¿no?). Sin duda, en la historia de la Iglesia muchos obispos y sacerdotes con títulos o sin ellos han sido capaces de mantener una humildad a toda prueba y han sido esos pastores con “olor a oveja”. Pero muchos otros no y de ahí la insistencia del Papa.

Por parte del resto del Pueblo de Dios también hay un gran trabajo por hacer. Sabemos que el laicado ha sido tratado como miembro de segunda categoría. Dicho de otra manera, no ha tenido palabra, no ha sido consultado, se le ha enseñado a ser sumiso frente al clero y no se le ha brindado una formación adecuada que lo haga más empoderado de su fe. Pero vale la pena decir algo muy del espíritu: el pueblo sencillo, muchas veces sin saberlo definir bien, a través de la religiosidad popular, manifiesta su fe, la celebra y la defiende y no se limita a lo que diga el clero.

En fin, todo esto no es para enfrentar al clero con el laico, ni para negar la importancia del ministro ordenado en la comunidad eclesial, ni para dejar de distinguir las diversas vocaciones y ministerios en una Iglesia toda ella servidora. Es para seguir empujando esa iglesia “humilde, misionera y en salida” que se ha marcado más claramente con este pontificado y que nos remite directamente al evangelio.

Bien sabemos que este horizonte fue marcado por Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, al proponer una Iglesia Pueblo de Dios que hiciera posible la igualdad fundamental que da el bautismo, desarrollando desde ahí la diversidad de ministerios, todos  ellos para el servicio de la comunidad. Para muchos es desconocido que tres semanas antes de la clausura del Vaticano II, en las catacumbas de Santa Domitila, en la periferia de Roma, un grupo de padres conciliares firmaron un compromiso que se ha conocido como “El Pacto de las Catacumbas”. Allí esos padres se comprometieron, entre otras cosas, a rechazar que verbalmente o por escrito los llamaran con nombres y títulos que expresaran grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor) y a compartir su vida, en caridad pastoral, con sus hermanos en Cristo (sacerdotes y laicos) para que su ministerio constituyera un verdadero servicio.

Con Francisco, el Espíritu renovador que sopló proféticamente en Vaticano II, vuelve a sentirse. Además este año se celebran los 50 años de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano y caribeño (Medellín,  1968) donde el dinamismo liberador y comprometido con los pobres fue una opción fuerte. Es decir, por todas partes el espíritu sopla. ¿Podremos, entonces, –entre muchos otros aspectos- liberarnos del clericalismo? Es un desafío difícil, en el que habrá quienes se resistan, pero ojala se pueda dar porque ese es el camino alegre para una Iglesia más fiel al evangelio que es, en definitiva, lo que Jesús nos encomienda.

sábado, 3 de marzo de 2018


8 de Marzo: Día Internacional de la mujer

Muchos se molestan cuando se vuelve a hablar del Día internacional de la mujer. Algunas mujeres dicen que no se sienten identificadas porque “no son feministas” y algunos varones dicen que ellos “no tienen la culpa de lo que le pasa a las mujeres” y que se sienten atacados por ellas. Como en todo lo humano que vivimos, la pluralidad de posturas es inevitable, unas con más conocimiento de causa pero muchas otras, fruto de una gran ignorancia. Lo cierto es que respetando algunas apreciaciones que tal vez con razón pueden hacerse, crece en el mundo la conciencia de la opresión sufrida por las mujeres por siglos, alimentada por la mentalidad patriarcal y también por las religiones y, aunque a lo largo de la historia podemos encontrar bastantes mujeres que exigieron la igualdad de derechos y lo consiguieron, todavía hoy sigue siendo una deuda pendiente a la que le falta mucho para ser saldada.

En 2017, con el lema “ni una menos, vivas nos queremos” las feministas argentinas llevaron a cabo la primera huelga global de mujeres, que se llevó a cabo en más de 70 países. Para este 2018 se ha propuesto una huelga más amplia para seguir “cambiando este mundo” porque cada vez hay más conciencia de que “nadie puede mirar al otro lado” frente a lo que falta para que a las mujeres se les concedan todos sus derechos –por eso todavía tiene que existir la reivindicación (que molestan a tantos como si no fuera evidente todo lo que falta)- y para que se acabe esa mirada sexista sobre las mujeres que ha permitido que “por el hecho de ser mujer” se les golpee, se les viole y se les mate.

Muchos aspectos podrían tratarse pero quiero decir una pequeña palabra sobre el papel que han jugado las religiones. Estoy en Jerusalén, ciudad donde confluyen las tres grandes religiones monoteístas y desde la ignorancia de una mirada externa, no puedo menos que decir, que falta “muchísimo” para que las mujeres sean más libres y, precisamente, las religiones lo promuevan. Hay demasiadas mujeres aquí con la cabeza y el cuerpo cubiertos por razones religiosas. No importa el clima que haga: lo religioso prima y ellas han de ocultar sus atributos femeninos. Con un velo y abrigos largos las musulmanas (sin olvidar a las que llevan Burka), con una peluca o un sombrero y ropas de color oscuro, las judías. Además, los lugares también siguen siendo excluyentes. El sitio preferencial para los varones y uno secundario para las mujeres. Es verdad que existen cambios y podemos encontrar Rabinas en algunas sinagogas y también algunas mujeres entran a las mezquitas y se ponen del lado de los varones. Pero son demasiado pocas todavía. Y las procesiones que se hacen en los lugares santos reflejan la preeminencia de los varones y la ausencia de las mujeres. Todas las religiones tienen sus celebraciones con inmensas filas de varones que hacen todo en el altar y son los protagonistas de absolutamente todo. Por esto me parece que todas las religiones aquí, custodias de los lugares santos, parecen ser de varones para varones. La mujer puede estar a los lados, atrás, en sala separada, bien cubierta, pero no hace falta su presencia para absolutamente nada. Tal vez mis palabras son pura impresión de primera mano y me disculpo de antemano por la ignorancia que muestro frente a lo que estas mujeres deben vivir. Pero, definitivamente, un mundo así para las mujeres no me gusta, como dicen las promotoras de la huelga para este 8 de marzo.

En fin, no creo que haga falta volver a nombrar todas las situaciones que afectan a las mujeres. Tal vez, decirles una vez más a las que dicen “no ser feministas” que hay muchos tipos de feminismo y se puede no estar de acuerdo con todas las reivindicaciones pero que no olviden que el hecho de ser tratadas con igual dignidad y tener derechos se debe a la lucha feminista. Sin ese movimiento hoy no podríamos tener esa otra visión sobre nosotras mismas. Y, a los varones, que hablar de las mujeres no es atacarlos a ellos sino caer en cuenta que este mundo hay que cambiarlo porque tanto ellos como nosotras necesitamos liberarnos de un mundo conformado solo desde la primacía de lo masculino. Por eso nuestra lucha les implica también a ellos. Y a las religiones que den pasos más fuertes en dirección a la liberación de tantos fundamentalismos que hacen permanecer a las mujeres en segundo plano y cuidando de aspectos que, con certeza, Dios jamás lo quiso porque no sería Dios si para El no fuera verdad que “a imagen suya nos creó, varón y mujer” (Gn 1, 27).

Conmemoremos este día, crezcamos en la conciencia feminista, valoremos el camino recorrido y empeñémonos por seguir abriendo muchos más para que lleguen a todas las mujeres de todas partes y de todas las religiones.