miércoles, 13 de marzo de 2019


Convertirnos: ¿a qué o a quién?


Estamos en el tiempo de cuaresma: momento de conversión, de cambio, de nuevos horizontes. Pero ¿qué significa “convertirnos”? o mejor ¿a qué nos convertimos? Normalmente hacemos buenos propósitos que, sin lugar a dudas, favorecen nuestro bienestar personal y el bien común: más fidelidad a nuestros compromisos, más excelencia en lo que hacemos, menos actitudes negativas y más calidad en nuestras relaciones. Ahora bien, todo eso se puede hacer en nombre de una autenticidad con uno mismo y, cuando se es creyente, en nombre también del Dios en quien creemos. Sin embargo, desde la experiencia cristiana, el significado de la conversión adquiere una perspectiva nueva. Si hay algo definitivo y central en la confesión de nuestra fe, es la persona de Jesucristo que, como decimos en el credo “se hizo hombre”. Un Dios humano en medio de nosotros. Una persona viva que, por la resurrección, se ha quedado definitivamente entre nosotros. Esto introduce una nueva dinámica en la experiencia de conversión. Para el cristiano la conversión pasa por buenos propósitos porque los seres humanos los necesitamos y ellos nos hacen crecer. Sin embargo, lo esencial de la conversión es el “volvernos” hacia una persona, Dios mismo y convertirnos a su mirada, a sus sentimientos, a su vida. 


En ese sentido la conversión deja de ser el esfuerzo personal por crecer y madurar y pasa a ser la respuesta espontánea y gozosa de amor ante Aquel que nos atrae y nos cautiva. Por algo los contemporáneos del tiempo de Jesús le reprochaban que sus discípulos no ayunaban. El les respondió: “no pueden ayunar los amigos del novio cuando El está con ellos” (Mc 3, 19). El crecimiento que surge del amor, de la relación cálida, se convierte en fiesta y regocijo. 


La conversión cristiana, entonces, está lejos de ser una lista de propósitos para ser mejores. Es una experiencia de afectos que nos hacen vivir de una manera nueva. La conversión no se realiza a punta de fuerza de voluntad para cumplir con lo establecido sino con la alegría y vitalidad de quien ama con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas (Dt 6, 5).


Por lo tanto, la pregunta más apropiada será ¿A quién nos convertimos? y esto nos remite a Jesucristo y su mismo talante de vida, de afectos, de opciones. Cuando la conversión es a Alguien y no simplemente a las prácticas o actitudes cristianas, la conversión es de todos los días y no hay nada establecido. Porque las personas somos realidad actuando a diferencia de las prácticas o leyes que se fijan y pueden permanecer inmóviles durante mucho tiempo. En este sentido cada cuaresma es tiempo de novedad y de apertura total.
¿Qué quieres de mi? Deberíamos decir cada día y, especialmente, en este tiempo de cuaresma. No temer que lo que hemos creído como verdadero, definitivo o inmutable, hoy lo veamos diferente. Especialmente en todo lo que tiene que ver con las personas: esos “nunca” perdonaré, aceptaré, cambiaré, solo necesitan de un amor que se haga presente en nuestra vida, para pensar distinto, para sentir de manera nueva. 

“Volvernos” efectivamente hacia Jesucristo es dejarnos envolver por su amor sin condiciones ni límites. Que su amor nos inunde para ver todo desde El. Entonces seremos testigos del Dios cristiano, que siempre favorece la vida, la defiende, la sustenta, la cuida, la cura, la promueve. No hay leyes que valgan ni tradiciones que se sostengan cuando de optar por la vida se trata. 

En estos tiempos que vivimos donde es tan difícil construir la paz se hace urgente esta conversión a Alguien: a Jesús, Dios de la vida, que deja de lado la fuerza y los deseos de exterminar a los malos de la faz de la tierra y se empeña decididamente porque la vida crezca en abundancia.

jueves, 7 de marzo de 2019


DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER


El 8 de marzo se celebra el Día internacional de la mujer. La conmemoración nació como fruto de las luchas que las mujeres emprendieron desde el inicio del S. XX por el reconocimiento de sus derechos en igualdad de condiciones que los varones. Derecho al voto, derecho al trabajo, derecho a salarios justos, derecho a ocupar puestos de responsabilidad, por nombrar algunos. Oficialmente fue refrendado por la ONU en 1975 cuando este organismo declaró el “Año internacional de la mujer”. 

Este día sigue siendo una oportunidad de renovar el compromiso con las mujeres y seguir trabajando porque la igualdad con el varón sea una realidad no solo a nivel de legislación –en la que se ha avanzado mucho- sino principalmente en la práctica, en la cotidianidad de cada día, donde el machismo sigue cobrando muchas víctimas. 

Pero ¿qué tiene que ver esta conmemoración con la fe? ¿Tiene sentido que hablemos de esta realidad en un espacio dedicado a la espiritualidad? ¡Por supuesto que sí! La fe no puede ser ajena a ninguna realidad humana y menos a esta que afecta a la mitad de la humanidad. Lamentablemente tenemos que reconocer, aún hoy, que en los ámbitos eclesiales la situación de la mujer no ha sido mejor que en la sociedad e incluso, se ha invocado el nombre de Dios para no permitir que algunas situaciones cambien. 

De todos es conocido, que la violencia doméstica fue, muchas veces, una de las realidades en que la iglesia, en aras de mantener el matrimonio, decía a las mujeres que se lo ofrecieran a Dios como parte de la cruz que debían cargar. Hoy en día hay más conciencia de que dicha violencia ni todas las demás violencias contra la mujer, es querida por Dios. Por el contrario, la mujer es imagen de Dios al igual que el varón y por eso su dignidad ha de ser plenamente reconocida y defendida. No pasemos de largo ante esta realidad, antes bien, desde la fe, comprometámonos con ella.     

martes, 5 de marzo de 2019


Cuaresma es tiempo de anunciar la Buena Nueva del Reino

Cuando a Jesús le preguntaron “por qué los fariseos y los discípulos de Juan ayunan y tus discípulos no” él respondió “porque no se puede ayunar mientras se está con el novio en las bodas” (Cf. Lc 5, 30-35). Con esas palabras Jesús mostraba que el reinado de Dios estaba llegando en Él y su presencia hacía nuevas las prácticas judías de su tiempo.

Nosotros seguimos en ese tiempo nuevo instaurado por Jesús. El está presente y nuestras prácticas han de estar impregnadas de los valores del reino y no del ritualismo en el que se ha caído tantas veces.

El ayuno cristiano no puede centrarse en dejar de comer determinados alimentos. En realidad esa práctica pierde todo su sentido, si detrás no se tiene el horizonte de la mortalidad que aún poblaciones enteras sufren porque realmente “pasan hambre”. No podemos “comer y beber” de espaldas a esa situación. El ayuno por tanto significa compromiso con la búsqueda de medios para que las necesidades básicas de todos los seres humanos estén cubiertas.

La limosna no se limita a hacer alguna obra de caridad o a una contribución en momentos puntuales. Tampoco a simplemente implementar la práctica judía del diezmo. La limosna ha de mostrar nuestra capacidad de compartir todo lo que tenemos de manera que “nadie de la comunidad pase necesidad” (Cf. Hc 4, 34). Supone desprendimiento, generosidad y entrega. Pero sobretodo descubrir el valor del compartir por encima del acaparar o asegurar. Siempre podemos dar mucho más de lo que creemos y sólo dando se descubre “la alegría del que lo vende todo para adquirir el campo” (Cf. Mt 13, 44-46).

El sacrificio no consiste en soportar las pruebas que nos manda Dios -ya que él no pone condiciones para merecer su amor- sino -como dice Jesús en este texto que venimos considerando- “días vendrán en que el esposo les será quitado, entonces, en aquellos días, ayunarán”. Es decir, el sacrificio proviene de la persecución y la incomprensión que sufren los que buscan vivir los valores del reino no de aquellas cargas pesadas que nos imponemos muchas veces a nosotros mismos por falta de aceptación de las propias limitaciones o por los egoísmos y orgullos que nos esclavizan produciendo sufrimientos innecesarios y que, por lo mismo, no pueden ser redentores.

Jesús termina este pasaje bíblico, haciéndonos caer en cuenta que “nadie pone un pedazo de un vestido nuevo en un vestido viejo, ni echa vino nuevo en odres viejos” porque el vestido y los odres viejos se rompen (Cf. Lc 5, 36-39). El tiempo de cuaresma, por tanto, nos invita a liberarnos de toda práctica vacía y a vivir la novedad del anuncio del reino para desde ahí vivir el compromiso y la fidelidad al Espíritu. En otras palabras, cuaresma es tiempo de contemplar la praxis histórica de Jesús para hacer que la solidaridad, el compartir de bienes y el compromiso con la vida de todos y todas, sean nuestras prácticas cuaresmales, prácticas que como claramente afirma el profeta Isaías, constituyen el ayuno, la limosna y el sacrificio que el Señor quiere (Cf. Is 58, 6-7).


viernes, 1 de marzo de 2019


¿El Feminismo es un machismo con faldas?

El próximo 8 de marzo celebraremos el Día internacional de la mujer, y, una vez más, surge la pregunta: ¿qué significa este día? Se pueden dar varias respuestas. Por una parte, hay avances. Se nota mayor conciencia sobre la realidad de subordinación, maltrato, invisibilización que las mujeres han vivido a lo largo de la historia y se hacen esfuerzos por superar esa situación. Las jóvenes comienzan a tener otra visión del mundo donde ellas tienen más cabida y no dudan en querer ocupar los lugares que antes estaban reservados exclusivamente a los varones. La conciencia feminista crece en muchos ambientes y se hace cada vez más difícil tolerar los abusos y discriminaciones que en razón de su sexo han sufrido. En según qué ambientes, hasta una cree que en verdad todo ha cambiado y estamos viviendo en un mundo inclusivo para las mujeres.

Pero, por otra parte, no todo es optimismo y aún se nota la necesidad de seguir trabajando por crecer en la conciencia feminista. Especialmente entre las clases más desfavorecidas, la realidad subordinada de las mujeres ha cambiado muy poco. Su acceso a la educación es muy deficiente y sus posibilidades de vida y desarrollo en iguales condiciones que los varones, no es nada promisorio. Capítulo aparte es la violencia que sigue atacando a las mujeres en tantos frentes. Cada día se tiene más conciencia de que lo que se creía que no era abuso, ¡sí lo es! Por eso los movimientos como por ejemplo, “#me too”, han visibilizado aquellos abusos que parecían hasta ‘normales’ en según qué medios (artísticos, deportivos, etc.) y han permitido que muchas mujeres digan lo que nunca creyeron iban a decir y levanten denuncias concretas de los abusos sufridos, sin importar que hayan pasado muchos años. Es que hasta ahora fueron capaces de romper ese silencio que se impone y que hace tan difícil reconocer que también ellas han sido abusadas.

Ahora bien, lo que todavía “clama al cielo” es la situación de las mujeres dentro de la Iglesia. Las palabras muy desafortunadas del Papa Francisco en la cumbre contra la pederastia, son un ejemplo muy claro de lo poco que se entiende esta realidad y de lo lejos que se está de superarla. En dicha cumbre, participó Linda Ghisoni, experta en Derecho Canónico y subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida. Una vez que terminó su intervención el Papa dijo que “invitar a hablar a una mujer no es entrar en la modalidad del feminismo eclesiástico, porque a fin de cuentas “todo feminismo termina siendo un machismo con faldas”. No podemos entrar en lo que el papa tiene en su corazón, ni en su entendimiento sobre el tema de las mujeres. Nos fijamos solo en las palabras dichas sabiendo que se podrían hacer salvedades si se consideran otros aspectos. Pero, en primer lugar, el papa habla de “invitar” a una mujer a hablar. O sea, es claro que en la iglesia y en sus grandes problemas (como es el de los abusos, que no solo afecta a los niños, sino también a las religiosas y a las mujeres en general, como ha ido saliendo cada vez con más fuerza), las mujeres solo son “invitadas”. No se tiene una palabra de autoridad qué decir, no se tiene derecho a intervenir por su propia iniciativa, sino cuando el clero crea que conviene escucharnos. Pero la cosa no termina ahí. Como si fuera un problema, un descrédito o una situación extraña (de hecho lo es porque este tipo de invitaciones a hablar al clero no es muy común) el papa deja claro que no se crea que eso es “feminismo eclesiástico”. Parece que abrir espacios a las mujeres es caer en el feminismo. ¿Habrán entendido los jerarcas qué es el feminismo? Por lo que sigue diciendo el papa sobre el machismo con falda, no se ha entendido.

Cansa explicar una y otra vez lo obvio. Pero toca seguir haciéndolo. El Feminismo no es lo contrario del machismo. En estricto orden, no es machismo Vs feminismo. Es machismo Vs hembrismo. Esta última palabra es rara, poco conocida, pero es la que corresponde al machismo ejercido por las mujeres. El feminismo, por el contrario, es un movimiento social que ha permitido que las mujeres alcancen derechos civiles, sociales, culturales, sexuales, etc. Sin el feminismo no hubiera sido posible romper con esa visión limitada de la mujer, negándole su identidad igual que el varón. Pero aunque la afirmación de esa igual dignidad no se niega, las prácticas cambian lentamente y si en la sociedad han avanzado, en la iglesia, como acabamos de constatar, lo han hecho muy pero muy poco. Sí, en el vaticano y en otras instancias eclesiales va entrando el feminismo, el auténtico, el que inquieta la conciencia de los clérigos y les pregunta: ¿cuándo tendremos voz y voto en la instancia eclesial? ¿cuándo nuestra palabra será escuchada con todo respecto por nuestra condición de mujeres con igual dignidad que los varones? Pero más aún, ¿cuándo no seremos tratadas como una imagen “decorativa” para que la “feminidad” entre a la iglesia?

Y esto último es otro punto que tampoco logra entenderse y al que también el Papa hizo referencia: “Invitar a hablar a una mujer sobre las heridas de la Iglesia es invitar a la Iglesia a hablar sobre sí misma, sobre sus heridas”, y añadió que lo que se debe hacer es adoptar el estilo de una “mujer, esposa y madre”. “Sin este estilo hablaremos del pueblo de Dios como organización, fuerza sindical, pero no como la familia nacida de la madre Iglesia”. Está bien que se reconozca que la Iglesia es madre pero sin olvidar que la iglesia somos todos, por lo tanto, varones y mujeres de iglesia hemos de tener las actitudes de la madre, no solamente la mujer. Y en estas expresiones esta la ambigüedad con la que la jerarquía trata a las mujeres. Al decirle que la iglesia es como una madre, está diciendo que no levantemos más la voz por espacios de participación porque a fin de cuentas la iglesia se identifica con la mujer. Es lo mismo que se ha hecho desde siempre cuando dicen que las mujeres somos imagen de la Virgen María y ella es la más importante en la Iglesia, por lo tanto, no hay lugar tampoco a ninguna otra petición especial, porque ya tenemos a quien imitar y eso debe ser suficiente para nosotras.

Nada de lo dicho es desconocido para las mujeres y varones que tienen conciencia feminista y están construyendo una sociedad y una iglesia distinta. Pero todo esto, tan obvio, es desconocido por muchos jerarcas en la iglesia y por eso, conmemorar el día internacional de la mujer, una vez más, no puede menos que volver a interpelar los ambientes eclesiales: ¿cuándo escucharán la voz de las mujeres? ¿cuándo cambiarán la estructura clerical, machista y patriarcal que hoy es claro, caracteriza a la iglesia? ¿cuándo podremos ser verdaderamente una iglesia inclusiva? Falta mucho en la sociedad pero falta mucho más en la iglesia. Por eso, volvamos a levantar la voz en este 8 de marzo y no dejemos de soñar y hacer todo lo posible porque algún día todo lo que falta se haga realidad.






domingo, 24 de febrero de 2019


Vida cristiana y experiencia de fe


La vida cristiana hay que alimentarla día a día, precisamente, porque es “vida” y no “doctrina”. Si fuera solo doctrina, bastaría con saber el catecismo y tener los conocimientos adecuados para hablar de Dios, la Iglesia o los sacramentos, desde un punto de vista nocional y, seguramente, mantener una claridad y coherencia con los pilares fundamentales de la fe. No es que esto no sea necesario. Si lo es, y otras veces hemos insistido en la necesidad de una sólida formación. Sin embargo, poner el énfasis en la “vida” supone recordar que el encuentro con Dios es ante todo, diálogo vivo y cercano con el Señor, amistad que se cultiva y va creciendo, experiencias que van tejiendo una historia de amistad con Él de la que se puede dar testimonio con alegría y riesgo. Descubrir así la fe, como vida vivida, le imprime dinamismo y sentido al encuentro con Dios. Cada día es nuevo. Cada momento es una captación distinta de su presencia. Cada acontecimiento va mostrando diferentes facetas de la vida cristiana que la hacen plena y atractiva, dadora de sentido y de futuro. 

De ahí que sea tan importante la oración porque es mediación privilegiada para percibir la presencia de Dios en nuestra vida y entender mejor su designio sobre nosotros. Nos referimos a una oración que es ante todo diálogo y encuentro y no repetición de fórmulas sabidas, porque es el diálogo el que propicia el conocimiento mutuo. Y sin este conocimiento no puede haber crecimiento en el amor y en la confianza. A Dios lo vamos conociendo poco a poco y en él, nos vamos conociendo a nosotros mismos. Y desde esa verdad que somos, es que se afianza y se madura en la vida cristiana. Cuando se cultiva una vida de oración, podríamos decir como decía Job: “Te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5). Es decir, la oración nos permite experimentar como actúa Dios en nuestra vida y en el mundo en que vivimos.

Pero hay algo más. Necesitamos conocer a Dios como Él es y no como nosotros creemos que es. De ahí que, a imagen de lo que nos pasa en las relaciones con los demás -que siempre hay algo nuevo que conocer del otro-, también siempre hay algo nuevo que conocer de Dios porque “mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is 55,8-9). Por eso conocer al Dios revelado por Jesús, no fue fácil y no lo es aún hoy tampoco. En tiempos de Jesús, sus contemporáneos terminan matándolo porque el Dios que Él predicaba no se ajustaba a lo que ellos esperaban de Dios y les incomodó tanto ese Dios misericordioso, amigo de pecadores y publicanos, siempre dispuesto a perdonar, que prefirieron matar a Jesús. Y hoy sigue pasando lo mismo porque cuando se predica el Dios comprometido con los pobres, inclinado siempre a su favor, impregnado de la lógica de la caridad y la misericordia y no de la eficacia y la mayor ganancia, ese Dios sigue incomodando y prefiere acusarse a esos que lo predican, de estar en contra de la doctrina oficial. 

Ahora bien, precisamente esto es señal de que el cristianismo es una “vida”. Vida que hay que vivirla en cada tiempo con los desafíos que trae. Cada uno tiene que recorrer el propio camino y enfrentarse con las dificultades que se le presentan. Pero también cada uno tiene la responsabilidad de mantener la fidelidad, ante todo, al Dios que sigue hablando y saliendo a nuestro encuentro, para abrir nuevos caminos que permitan hacer significativa y atractiva la experiencia de fe en este mundo. Oración y capacidad de discernir los signos de los tiempos, son mediaciones indispensables. Fidelidad y riesgo para vivir y recorrer senderos distintos es lo que se espera hoy de los discípulos/misioneros. Está en nuestras manos, por tanto, sumergirnos en esta corriente de renovación y cambio, tan impulsada por el Papa Francisco y tan necesaria para una iglesia más viva y audaz.

lunes, 11 de febrero de 2019


Oración cristiana y otras prácticas de espiritualidad


De nuevo estamos viviendo en lo que el calendario litúrgico llama “tiempo ordinario”. Esto significa que no estamos en Pascua, ni en Navidad -tiempos que marcan momentos fuertes de nuestra fe-, sino en la cotidianidad del día a día, donde en verdad se juega nuestra fidelidad y se afirman nuestras convicciones. ¿Cómo alimentar nuestro encuentro con Dios y compromiso de fe en el transcurrir de los días? ¿cómo mantener la vitalidad y frescura de la creencia que profesamos? Cuando no hay referencias extraordinarias, se necesita constancia, perseverancia, esfuerzo para no decaer en la fidelidad, para no rebajar en la exigencia evangélica.

Los/as maestros/as espirituales siempre han señalado la oración como una mediación privilegiada para este cultivo continuo de la vida interior. Sin duda, su experiencia y la tradición que les acompaña, nos invita a seguir sus indicaciones. Pero las diversas circunstancias que vivimos, nos piden también, renovación y creatividad para ir al unísono de las sensibilidades actuales y encontrar una resonancia adecuada en los destinatarios. 

Es aquí donde las propuestas alternativas -tan practicadas hoy en día- de relajación, concentración, búsqueda y conocimiento interior, dominio de los sentidos, armonía con la creación, descubrimiento de los sentimientos y de la corporeidad, etc., acompañadas además, de unos escenarios holísticos, simbólicos, naturales –velas, luces, aromas, sonidos, danzas, etc.-, comienzan a jugar un papel importante en la espiritualidad. Y frente a la acogida que tienen estas prácticas, surgen varias preguntas: ¿Estas propuestas se asimilan a la oración cristiana? ¿la sustituyen? ¿la complementan? ¿qué tanto hay que integrarlas a la vida de fe? ¿cómo discernirlas? 

Hay personas para quienes estos medios son puerta de entrada a una experiencia de la Trascendencia y a una integración de su vida. Además, en muchos sentidos, resultan benéficas y saludables. En medio de esta vida llena de correrías, afanes e inmediateces, habituarse a tiempos de relajación, de silencio, de concentración, no puede más que traer efectos positivos y convertirse en signos de otra manera de vivir más integral e integradora.

Pero la pregunta que queda resonando es si eso es suficiente para la vivencia cristiana y el seguimiento de Jesús. Y aquí es, donde personalmente, temo que – sin negar los aspectos positivos que antes señalamos- se corre el peligro de convertirlas en sustitutos de la oración cristiana, es decir, se limite la espiritualidad a una mera búsqueda de bienestar personal, dejando de lado el aspecto profético, propio del Dios anunciado por Jesús. 

Vale la pena anotar, sin embargo, que muchas veces las más “clásicas” formas de oración cristiana también encierran en un intimismo y búsqueda personal y no lanzan al compromiso y a la solidaridad. Por tanto, el problema no está sólo en las técnicas o medios que se utilizan para orar, sino en todo el horizonte que las enmarca y que puede favorecer más un aspecto u otro. 

Y a todo esto se le suma que, a fin de cuentas, el encuentro con Dios es una gracia, un don que no conseguimos por nuestros esfuerzos, ni por las terapias, ejercicios o esquemas que nos propongamos. Orar es un esfuerzo humano en el sentido de que nos disponemos para ello buscando los mejores medios para favorecer el encuentro con Dios pero, sobre todo, orar es gracia divina que nos llega cuando Dios quiere y como Él quiere. 

Por tanto, lo fundamental es alimentar la vida de fe con la oración continua, constante, diaria. Y en ese empeño preguntarse qué medios son más fecundos para disponernos al encuentro con Dios pero también cuáles nos encaminan más hacia el amor y la misericordia, hacia la solidaridad y la transformación de las realidades injustas, hacia la compasión y la defensa de los más débiles. El encuentro con “la humanidad de Jesús” como decía Santa Teresa –maestra de oración- no puede faltar en la oración cristiana. Y esta humanidad se refiere al compromiso con la vida concreta, al amor a los hermanos, el ver al Cristo sufriente en el rostro de los demás. La lectura de los Evangelios no puede faltar para entender esa humanidad de Jesús en su anuncio del Reino: liberación de todo lo que oprime a las personas, inclusión de todos y todas en la mesa común –banquete del reino- dispuesta por Dios para todos sus hijos e hijas, comenzando con los más pobres. 

Busquemos, por tanto, un cultivo de nuestra oración, cada cual según su sensibilidad y con los medios y prácticas que más le ayuden, pero sin perder la interpelación y el compromiso –dimensión profética- que el encuentro con el Dios de Jesús suscita en la oración auténticamente cristiana.

lunes, 4 de febrero de 2019


¿Por qué Dios no me concede lo que le pido?


He escuchado a más de una persona quejarse ante el silencio de Dios o de los santos a los que les encomiendan sus causas. También preguntarse con insistencia por qué Dios, que todo lo puede, no cambia la situación de hambre, guerra o muerte que nos rodea. Esto nos sitúa en la oración de petición, talvez la más conocida por el pueblo cristiano y que moviliza a tantos peregrinos a los diferentes santuarios donde se acude para pedir por todo tipo de necesidades. Pero ¿qué sentido tiene esta oración? ¿De qué manera debe realizarse para no confundir a Dios con un “mago” que puede concedernos lo imposible? ¿Cómo entender que tantas peticiones no se cumplan y que parezca que Dios pide demasiado sacrificio para responder a algunas de ellas? ¿Qué papel juega la fe en esta oración?


Cuando las peticiones no se cumplen

Vale la pena insistir en que lo más importante es revisar una y otra vez la imagen de Dios que vivimos. Es muy fácil tener una idea de Dios como todopoderoso en el sentido de intervenir mágicamente en los procesos naturales y poder hacer lo que quiera. Pero esta no es la base de nuestra fe. El poder de Dios es, ante todo, el de trabajar desde dentro de los corazones humanos, para hacer de este mundo un lugar como El quiere. Por tanto, no es tanto que no se cumplan las peticiones, como el que no sabemos pedir lo que conviene. A Dios no se le tiene que pedir la solución mágica de las circunstancias sino la luz y la fuerza necesaria para afrontarlas y resolverlas. En palabras bíblicas, lo que tenemos que pedir es el Espíritu Santo porque él si sabe pedir lo que conviene (Cf. Rom 8, 26). 


Poner en Dios la confianza y descansar en su cariño

Un cuento oriental nos ilumina profundamente el sentido de la oración de petición.

El petirrojo le dijo al gorrión: “Me gustaría, de veras, saber por qué estos afanosos seres humanos se apresuran y se preocupan tanto”. Y el gorrión le dijo al petirrojo: “Amigo, estoy seguro que tiene que ser porque ellos no tienen un Padre celestial que se cuide de ellos como se cuida de ti y de mi”.

La oración de petición debe ser ese reconocimiento profundo de que nuestra vida está en manos de Dios. De esta manera esta oración es fuente de verdadera humildad y confianza infinita en el Señor. Realmente somos limitados, frágiles y finitos pero podemos vivir con alegría y confianza porque nos sentimos amados y cuidados por el Padre celestial que vela por sus pajaritos y, estamos seguros, de que nosotros valemos mucho más que ellos (Cf. Mt 6, 26). Lo que tenemos que pedir es que el Señor transforme nuestro corazón y nos libere de todo egoísmo y búsqueda propia. De toda falta de aceptación de las circunstancias que no podemos cambiar. De todo apego a aquello que tiene que partir. De no esforzarnos ante las cosas que sí podemos transformar. Pedir, sí, y con insistencia, pero no cosas extraordinarias sino que nos mantengamos abiertos a la acción de Dios para que se realice el milagro de que todo hermano necesitado encuentre en su camino a alguien que le tienda la mano.