viernes, 10 de abril de 2015


Pascua: tiempo de anuncio y compromiso evangelizador

El tiempo litúrgico de Pascua nos habla de la esencia de la vida cristiana: la experiencia del Resucitado que haciéndose presente en nuestra vida nos invita a entrar en comunión con él y a anunciar su presencia a todos los demás. Esto se ve con claridad en los relatos de resurrección del Nuevo Testamento. El texto de Juan 20, 11-18, por ejemplo, nos presenta la figura de María Magdalena (primera testigo de la resurrección), con quien Jesús establece una dinámica de encuentro personal y envío misionero. Ella no le reconoce por los signos externos -en los que sólo ve vacío y soledad-: “se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”, solo lo descubre cuando se entabla el diálogo personal: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?. El relato dice que al principio lo confunde con el hortelano pero cuando la llama por su nombre: “María” no hay ninguna duda y, por tanto, ella también se dirige a él de manera personal: “Rabbuni” (Maestro). Pero el encuentro no termina allí. Inmediatamente viene la misión que surge de una experiencia a comunicar: “Ve donde mis hermanos y diles que subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.  Y María Magdalena se pone en camino y comunica a sus hermanos lo que ha visto y oído.

Este relato, además de mostrar la dinámica del tiempo pascual, resalta la figura de la mujer como primera destinataria de esta experiencia y encargada de anunciarla. Por la mentalidad patriarcal que nos ha acompañado en la sociedad y en la Iglesia, el protagonismo femenino se ha invisibilizado y solo, en las últimas décadas, se ha tomado conciencia de esta realidad y ha venido cambiando, aunque no sin dificultades. Por eso el Obispo de Roma, Francisco, en su Exhortación Apostólica Evangelli Gaudium (103), no duda en reconocer este hecho y llamar al cambio: “Pero todavía es necesario ampliar los espa­cios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”.

Ahora bien, en la tarea evangelizadora, no solo falta más protagonismo de la mujer sino de todo el Pueblo de Dios. Muchos católicos son “practicantes” de los sacramentos y celebraciones litúrgicas pero poco comprometidos con el anuncio de la Buena Noticia del Evangelio. Pareciera que faltara ese “fuego que quema dentro” del que hablaba el profeta Jeremías: “Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía” (20,9). En efecto, el anuncio del Evangelio surge de la experiencia del Resucitado en nuestras vidas. De su gracia y misericordia infinita actuando en nosotros. Si esto no se vive, no hay nada que comunicar porque, como acabamos de relatar, María Magdalena va y cuenta a los discípulos lo que “ha visto y oído”. De igual manera los discípulos de Emaús, vuelven a Jerusalén y al encontrarse con los otros discípulos les cuentan “lo que había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús en la fracción del pan” (Lc 24, 13-35).

El tiempo pascual es un momento propicio para avivar la llama del amor de Dios en nuestros corazones y preguntarnos lo mismo que los discípulos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Es tiempo de vivir nuestra propia experiencia pascual para comunicarla con convicción y libertad. Experiencia de Dios que ha pasado, posiblemente, por superar las propias dificultades pero también por sentirnos conmovidos y movidos al compromiso con los demás. De esa toma de conciencia de la acción del Señor en nuestra vida, surge el anuncio sincero de la Buena Noticia del Resucitado: la vida triunfa sobre la muerte, el amor sobre el odio, la justicia sobre la injusticia.

En nuestro país la experiencia pascual no puede ser ajena a la consecución de la paz. Por el contrario, el anuncio del Evangelio va de la mano de nuestro compromiso personal y comunitario por hacerla posible. Es verdad que la paz no es un punto de llegada, ni se consigue por firmar un tratado. Pero sin esto, tampoco se logrará y los colombianos necesitamos mucha apertura de mente y corazón, mucha generosidad y mucho compromiso para optar por el bien común. Que la vida del Resucitado nos haga capaces de anunciar que la paz es posible y que, con la gracia de Dios, podremos alcanzarla.

miércoles, 25 de marzo de 2015


“Ha resucitado y eso les anunciamos”

Siempre será un desafío mantener la vitalidad de nuestra fe y aprovechar todas las oportunidades que el año litúrgico nos ofrece. Por eso ahora que se acerca la Semana Santa es muy importante prepararnos de corazón para celebrarla e intentar que este año marque una experiencia fuerte en nuestra vida. Más aún, la dimensión misionera de la fe nos invita a vivir esta “Iglesia en salida” de la que tanto habla el Papa Francisco, llevando este mensaje central de nuestra fe –el misterio pascual- a todos los que nos rodean.

Es mucho lo que tenemos que comunicar. En un tiempo muy breve –tres días- se encierra toda la grandeza del Dios hecho ser humano en Jesús y de su plan salvífico para la humanidad. En tres días se condensa la vida de quien en su fidelidad a Dios, nos hizo partícipes de la vida divina.

Si seguimos el desarrollo de las celebraciones litúrgicas de este tiempo, comenzamos con el Domingo de Ramos. Aquí se conmemora la entrada de Jesús a Jerusalén mostrando cómo su mensaje de amor y misericordia fue acogido por los pequeños, pobres, enfermos de su tiempo. No eran pocos. La multitud de personas que lo aclamaban, son la multitud de necesitados de cada tiempo que desde su sencillez y carencia se abren con facilidad al misterio de la buena noticia que se acerca y confían en las promesas del quien les anuncia mejores tiempos. Pero, los poderosos, ven en peligro sus intereses y no dudan en buscar medios para acabar con quien propone la inclusión, justicia e igualdad para todos. Ellos no quieren perder su poder y privilegios. Y, en tiempos de Jesús, como en nuestro tiempo, se confabulan para darle muerte y con el poder que ostentan, consiguen su objetivo.

Jesús presiente su muerte. No es ingenuo ante los poderes de este mundo y conoce bien que su mensaje de amor, molesta a algunos, hasta el punto de querer matarlo. Pero él no va a esconderse de ellos. Por eso el Jueves Santo recuerda el lavatorio de los pies, como gesto de los valores del reino: servicio y entrega de toda la vida. Jesús sirve a sus discípulos como el menor entre ellos e invita a que ellos sean así unos con otros. No habla de privilegios o poderes. Muestra con sus gestos el camino del discípulo. Y el culmen de ese misterio del Reino es la entrega de la propia vida. Jesús se hace pan para el mundo, se queda para siempre con los suyos, se parte y se reparte para ser alimento de la humanidad. Lavatorio de los pies e institución de la Eucaristía, nos hablan del reino de Dios vivido y llevado a su plenitud por Jesús, en su vida histórica.

En el Viernes Santo nos enfrentamos al misterio del mal y del dolor que golpea la historia humana y que tantas veces nos hace preguntarnos: ¿Dónde está Dios mientras suceden tantos sufrimientos inhumanos? El mismo Jesús lanzó una pregunta legítima y coherente con quién se toma en serio la historia y se compromete con ella: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). En este día, por tanto, conmemoramos el misterio de la cruz con todo lo que ella tiene de doloroso. A Jesús lo crucifican como cualquier malhechor y sobran improperios y burlas frente a él. Pero no falta la fidelidad de las mujeres –discípulas auténticas del reino- y de algunos otros, que allí junto a la cruz, reconocen el amor de Dios, hasta la entrega de la propia vida. Es así como el Centurión romano exclamó: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mt 27,54). Mateo relata la muerte de Jesús con todo el dramatismo que ella conlleva: “Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo y la tierra tembló y las rocas se partieron, y se abrieron los sepulcros…” (Mt 27, 50-52).

Ahora todo es silencio y soledad. Por eso, el Sábado Santo, de alguna manera recoge esa experiencia, recordando la soledad de María, su dolor ante su Hijo muerto. Pero no pasa mucho tiempo para que se venza la negatividad de la historia. Dios tiene la última palabra y ella se impone por encima de los poderes del mundo.

El domingo, muy de madrugada, nos relata el evangelio, María Magdalena fue al sepulcro y vio quitada la piedra. Se convierte así en la primera testigo de la Resurrección, quien le comunica a Pedro y al otro discípulo que Jesús no está en el sepulcro. Ellos corren a comprobar lo dicho por la mujer y efectivamente lo confirman. Pero María permanece en el sepulcro y tiene la gran alegría del encuentro con el Resucitado: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas? Y ella responde: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Entonces Jesús la llama por su nombre: “María” y ella le reconoce como el “Maestro”. Comienza así la aventura de la misión, el compromiso del anuncio: “Ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Y María fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y lo que le había dicho” (Cf. Jn 20, 1-18).

La Pascua es, por tanto, el momento cumbre de nuestra experiencia de fe, allí donde la vida de Dios resplandece en el Resucitado que nos comunica su vida ya, en este tiempo presente, abiertos siempre a la plenitud de su consumación cuando “Dios sea todo en todos” (1 Cor 15, 28).

La misión surge de la experiencia del Resucitado y tiene como objetivo anunciar al Resucitado. No sólo con palabras sino con toda la vida. El desafío es vivir como “resucitados”, es decir, haciendo lo que Jesús hacía, amando como Él lo hacía, respondiendo a las necesidades de nuestro tiempo como él lo hacía en el suyo.

Celebrar la Semana Santa, por tanto, es sumergirnos en este misterio de la muerte y la resurrección del Señor para anunciarlo y testimoniarlo con la misma fuerza y audacia de todos los que nos han precedido abriendo caminos misioneros que hoy, nos corresponde a nosotros, recorrerlos.

jueves, 19 de febrero de 2015


Convertirnos personal y comunitariamente a la sencillez del Evangelio
Algunas personas quedan inquietas con la manera espontánea y coloquial con la que el Obispo de Roma, Francisco, responde a las preguntas que le hacen. Les parece que no es “digno” de un pontífice responder con palabras tan corrientes y temen que esas expresiones cambien la doctrina. Esto sucede porque nos habíamos acostumbrado a un ambiente eclesial tan formal y rígido, que se nos ha ido olvidando la sencillez de Dios, la alegría, la fiesta, la espontaneidad, como aspectos innatos a la vida cristiana, como expresiones genuinas de la fe que profesamos.
En la liturgia también se ve esa rigidez y esa manera de concebir a Dios. Bien sea que llore un niño, que la música sea muy alegre o que alguien venga vestido de manera “inadecuada” -según algunos-, para que los asistentes, comiencen a invocar que se “irrespeta” la casa de Dios, que no se mantiene el decoro debido a tal acto sagrado. Y algunos presbíteros “detienen” la misa hasta que, por ejemplo, la mamá logra callar a su niño o se sale del templo para evitar ese llanto que parece molestar a Dios.
Lógicamente todo acto comunitario necesita un mínimo de orden para llevar una secuencia y conseguir su finalidad. Pero esto no debería ser lo más importante sino considerarlo un medio que ayuda pero sin perder la apertura a la vida, a la alegría, a la realidad de lo humano. Con seguridad, a Jesús no le molesta el llanto de un niño. Más aún, sería capaz de detener la liturgia para tomarlo en sus brazos y disfrutar con su presencia.
Es importante para la vida cristiana, recuperar la normalidad de las expresiones, la frescura de la espontaneidad, la sencillez del evangelio. Nuestras liturgias muchas veces, más que solemnes, son tristes. Y, tal vez, por eso, resulta tan atractivo para algunas personas, participar de otros cultos donde es posible la expresión de los propios sentimientos. Estamos en mora de ser cristianos alegres, creyentes “normales”, comprometidos con todo lo humano –mediación donde se vive la fe y se da testimonio de ella-.
Es posible que la frescura y novedad que ha traído el Papa Francisco se quede en actitudes suyas sin que interpelen las nuestras. Que el aire nuevo que de alguna manera se ha sentido con sus gestos y palabras pase a ser una manera propia de su personalidad y no modifique la nuestra. Por eso es tan importante insistir en la propia conversión para esta renovación eclesial que necesitamos.
¿Qué ha cambiado en nuestra vida en estos últimos tiempos? ¿Estamos haciendo vida la “alegría” del Evangelio –programa que el Papa señaló en su Encíclica-? ¿Buscamos ser una Iglesia más sencilla, más pobre, más comprometida con los últimos, más desprendida de los títulos honoríficos, más centrada en la misericordia? ¿Nos sentimos más inmersos en la realidad eclesial, atentos a su caminar, buscando más y mejores renovaciones?
Cada uno tendrá que dar su respuesta personal pero también tendrá que mirar su propia comunidad, allí donde participa en la liturgia, para responder con sinceridad, manteniendo los cambios que se hayan dado pero también reconociendo los estancamientos, la rutina, la inmovilidad que tantas comunidades padecen.
El conocido evangelio de poner “el vino nuevo en odres nuevos” (Mc 2, 22) nunca ha tenido tanta actualidad como ahora donde la urgencia de renovación eclesial se ha hecho explicita y no podemos dejar pasar esta oportunidad. Son legítimos los temores ante lo distinto y también es difícil cambiar lo que “siempre se ha hecho así”. Eso dará seguridad pero no traerá la novedad del Evangelio: “Buena Noticia” que alegra y desinstala, que llama y compromete, que saca de sí mismo y nos invita a proponer nuevos caminos.
El tiempo de cuaresma en el que ya nos encontramos, es propicio para la conversión y el cambio. Que este año pueda significar no solo una conversión personal sino también eclesial. Nuestra iglesia puede ser más atrayente y audaz. Más solidaria y pobre. Más comprometida con la justicia y la denuncia social. Más comunidad y menos estructura. Libre de los honores y poderes de este mundo para hacerse servidora y misericordiosa. Como dijo el Papa en la Evangelii Gaudium 25 “Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una ‘simple administración’. Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un ‘estado permanente de misión.

viernes, 5 de diciembre de 2014


La fe y la experiencia cristiana

Ser cristiano/a es una experiencia que se ha de renovar cada día porque la fe no es algo adquirido de una vez para siempre, como si fuera una cosa que se compra y ya nos pertenece- sino que supone una relación de encuentro personal con Dios y, como tal, ha de cuidarse, alimentarse, hacerla crecer y velar porque no pierda su lozanía y frescura cada día.

Por tanto, la fe es un don y no lo adquirimos por nuestras fuerzas. Es el don de ser llamados a la existencia por el mismo Dios y de ser sostenidos cada día por su gracia. Es ser sus hijos/as, obra de sus manos –como dice el Salmo 139-. Pero también, la fe es la respuesta que damos a ese don, respuesta que va creciendo en la medida que libremente le acogemos y nos disponemos al seguimiento de Jesús.

Ese movimiento del don recibido y la respuesta que se da, constituye el corazón de la vida cristiana. Eso sí, la supremacía siempre será de parte de Dios pero nuestra respuesta es definitiva porque Él, por encima de todo, respeta nuestra libertad y no nos obliga a nada que no nazca de lo más profundo de nuestro propio corazón.

Pero ¿cómo alimentar la fe y mantener su vitalidad? ¿cómo hacerla crecer y fructificar? No hay recetas para esto porque los caminos de Dios son inabarcables. Pero si hay actitudes que ayudan en la vida cristiana y, los santos/as y las personas de fe que nos han precedido en este camino, nos han mostrado los frutos que de ellas se desprenden.

Nos referimos a mantener esa apertura al misterio divino. Dejarnos sorprender y, de alguna manera, sumergir, en ese misterio del Dios que nos sobrepasa. Cuando pretendemos explicar todo con la razón, es como si cerráramos las puertas a la gratuidad y a la confianza y la vida se fuera volviendo árida, debilitándose la esperanza. Esto no significa, mantener la ingenuidad de quien se deja llevar por las circunstancias y se resigna a dejar que las cosas sean así porque imagina que es la voluntad de Dios sobre ella. Pero si significa que la vida supone mucho más de lo que podemos explicar y, en cierto sentido, que hay “razones del corazón que la razón no entiende” –como decía Pascal- y es allí donde el Dios en quien creemos, se hace presente en las situaciones que no logramos entender y Él tiene la última palabra, allí donde no vislumbramos salidas. 

Precisamente el cultivo de ese horizonte de trascendencia, nos introduce en la experiencia de oración, entendida como encuentro de amor con el Señor, como diálogo y relación personal con Él, como comunión de vida y dedicación a su causa. Por eso la fe se cultiva con la oración. Una oración que es escucha del acontecer de Dios en nuestra historia, especialmente, en los más pobres, aquellos con los que el Jesús histórico decidió compartir su suerte y su destino.

En ningún momento la oración cristiana puede ser intimista, ni refugio personal, ni terapia psicológica. Para eso existen muchas técnicas que contribuyen al equilibrio interior y, en la medida que se necesiten y sean buenas, habrá que utilizarlas. Pero la oración es cuestión de amor, de salida de sí para hacer posible el reino, de vivencia de la fraternidad/sororidad, cada vez de manera más plena y con mayor radicalidad.

En otras palabras la fe se alimenta de esa oración que desinstala nuestra vida y es esa desinstalación la que hace viva la fe, la mantiene fresa y renovada porque exige su puesta en práctica en todos los momentos de la vida. Una fe que es vitalidad, respuesta y compromiso, puede convocar a otros al seguimiento de Jesús. Se convierte en testimonio y profecía de una experiencia cristiana que lejos de apartarnos del mundo, nos compromete con él.

Revisemos, entonces, la vitalidad de nuestra fe y su capacidad de hacernos crecer en compromiso y responsabilidad. De mantenernos siempre abiertos a las necesidades que reclaman nuestra respuesta. De llevarnos por caminos distintos que jamás hubiéramos transitado si no fuera por el dinamismo que ella engendra. Fe y experiencia cristiana se alimentan mutuamente porque de la primera surge la vida cristiana pero de ésta se revitaliza cada día la fe.

lunes, 1 de diciembre de 2014


La parroquia: estructura eclesial urgida de renovación

La estructura parroquial con la que hoy contamos, ha permitido una presencia eclesial en cada sector particular, un lugar visible para la expresión de nuestra fe y un centro desde el cual atender diversas necesidades pastorales. Pero al mismo tiempo, se siente la urgencia de renovar esa estructura para que responda a las nuevas configuraciones urbanas que hoy vivimos. Así lo propuso la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida en la que se afirmó que las parroquias han de ser “espacios de iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades circundantes” (170).

¿Pero por dónde comenzar esa transformación? ¿qué tareas realizar para acercar este ideal a la realidad? No será este el espacio para responder tales preguntas pero sí se puede llamar la atención sobre algunas actitudes que sin duda contribuyen en este sentido. La transformación de la vida parroquial no depende exclusivamente del párroco porque todos los miembros de la comunidad estamos implicados. Pero sin duda a los párrocos, tal y como hoy funcionan las parroquias, les corresponde una gran responsabilidad.

Sin embargo, no lo podrán hacer si no asimilan que su papel de Pastor los coloca al servicio de la comunidad y que cuidar del rebaño no tiene nada que ver con la imposición de sus puntos de vista. Pero ¿quién no ha escuchado comentarios sobre algunos nuevos párrocos que al llegar a la parroquia anuncian “su plan de acción” desconociendo lo hecho anteriormente y, lo más grave, desconociendo la palabra de la comunidad que, a fin de cuentas, es la que vive allí, la que ha permanecido por generaciones y la que continuará siendo iglesia en ese contexto particular cuando sea trasladado nuevamente? Hasta ahora muchas comunidades parroquiales han aceptado y se han acomodado a las políticas que imponen los nuevos párrocos. Pero ¿cuánto tiempo más va a durar esto? ¿Acaso un discipulado misionero al que todos y todas estamos llamados no supone una búsqueda comunitaria donde desde diversos carismas y ministerios se construya la comunidad?

El futuro de la parroquia puede vislumbrarse por diversos caminos: parroquias que se acomodan a lo que hay y se adaptan al párroco de turno o parroquias que se toman en serio la urgencia de cambio y corren el riesgo de proponer alternativas nuevas. Las primeras sobrevivirán por fuerza de la inercia. Las otras serán las que algún hagan posible “la comunidad de comunidades” que debería ser la parroquia.

Y es que sin este cambio será imposible atraer a las personas alejadas. Y no es simplemente porque no tengan fe –como podrían aducir algunos- sino que los cristianos/as conscientes de su experiencia de fe no aguantan más ser tratados como miembros de segunda categoría o como personas a las que se les pueden imponer las decisiones por vía de autoridad. Tampoco resisten homilías que no responden a una sólida fundamentación bíblica y a un lenguaje acorde con las comprensiones actuales de la realidad. Y menos una vida parroquial que pretende afianzarse sólo en el énfasis sacramental-litúrgico o en la promoción de una religiosidad popular enfocada en la búsqueda de milagros. Todo lo anterior tendrá adeptos. En algunos casos se llenarán más las iglesias, pero nada de eso será garantía de una auténtica renovación eclesial.

Decía también Aparecida que “los mejores esfuerzos de las parroquias en el inicio de este tercer milenio debe estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros” porque “el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias, las artes, la política…” (174), es decir, la renovación parroquial no se hará sin una formación adecuada a los desafíos del presente pero formación que bien valdría la pena ser tomada por todos los miembros –párrocos y fieles- porque nadie puede dar lo que no posee y una “conversión pastoral”, como sugiere Aparecida (366), no surge de la nada sino de una decisión personal de abrirse al cambio, a la renovación y a la formación.

Urge renovar nuestras parroquias. Urgen párrocos bien formados y con conciencia de ser servidores de la comunidad. Urgen laicos/as formados y dispuestos a responder al discipulado misionero. Y urge, principalmente, mayor sencillez y disponibilidad por parte de todos/as para reconocer estas urgencias y disponerse a una sincera conversión pastoral. 

La urgencia de una formación cristiana que lleve al profetismo y a la audacia

Entre los propósitos para este año –que anotábamos en el escrito de la edición anterior- estaba el de la formación cristiana. Pero esto no es una idea nuestra sino una necesidad urgente que ya señalaba la V Conferencia del Episcopado latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, en el 2007. En ese documento no sólo se insiste a lo largo del mismo en la formación, sino que se dedica todo el capítulo 6 al “Itinerario formativo de los discípulos misioneros”. Allí se invita, entre muchos otros aspectos, a tener una formación integral, kerygmática, permanente y misionera que atienda a las diversas dimensiones de la persona, respetuosa de los procesos y contando con un acompañamiento adecuado.

Miremos con más detenimiento algunos de estos aspectos. Una formación integral supone partir de una concepción de ser humano que vive la fe partiendo de su realidad humana. La gracia divina transforma a las personas pero no puede obviar la necesidad de una madurez humana como base para su recepción. Muchas veces se piensa que con instruir en la doctrina, los seres humanos están capacitados para la fidelidad al seguimiento. La gracia de Dios no es mágica. Se encarna en seres humanos concretos que necesitan crecer en todas sus dimensiones de manera integrada e integral y sólo entonces podrán asumir responsablemente la opción personal que implica el seguimiento del Señor Jesús. Una formación kerygmática supone también no creer que sólo la instrucción doctrinal –como dijimos antes- llena el corazón humano. Son necesarios los conocimientos pero igual de necesario es el anuncio del Dios vivo que nos sale al encuentro, nos llama y nos invita a seguirle. No son sólo razones lo que fortalece la vida cristiana. Ésta necesita experiencia y afecto. De ahí que toda formación que no integre estas dimensiones no puede garantizar una vida cristiana viva y renovada. En el mismo sentido se inscribe el otro aspecto que se señala de la formación: que sea “permanente”. Tanto clérigos como laicos/as no pueden dejar de actualizarse. No hacerlo es quedarse anquilosados y seguir viviendo la fe en moldes viejos que rompen los odres nuevos que el presente nos trae. Y, una formación misionera, aspecto tan débil en el pueblo cristiano que no sabe anunciar lo que vive –porque no se le formó así- pero indispensable para la vivencia del discipulado misionero al que todos y todas estamos llamados.

Ahora bien, a la hora de optar por una formación cristiana es importante preguntarse cuál formación, dictada por quién, con qué orientación y esto porque nuestra experiencia de fe –como toda realidad humana- se encarna en personas, intereses, tendencias, orientaciones. No hay ninguna formación “neutra”. Toda ella lleva el sello de la persona o grupo que la promueve y tiende a enfatizar algunos aspectos más que otros. Esto no es negativo, sino profundamente humano. Pero precisamente por eso se exige -en los que quieren formarse- la práctica del discernimiento. Los cristianos hemos de preguntarnos por la orientación que tiene la formación que se nos brinda para disponernos a ella. No es una tarea fácil y pueden convivir diversas tendencias, muchas de ellas necesarias para la edificación del Pueblo de Dios. Sin embargo, podemos señalar algunas características que podríamos pedir y desear, estén incluidas en la formación que recibimos. En primer lugar, una formación que integre espiritualidad y acción. Hay demasiados rezos y prácticas espirituales que “alivian” al individuo pero que no lo comprometen con la realidad que vive. Por ahí no va la vida cristiana. En segundo lugar una seria, actualizada y fundamentada formación teología. Una cosa es repetir doctrinas y otra saber apropiárselas actualizándolas en las categorías y comprensiones de cada momento histórico. En tercer lugar, una formación cuyo criterio y norma sea la praxis de Jesús y no doctrinas abstractas y esencialistas, muchas veces tan alejadas del principio de encarnación cristiana. Finalmente, toda formación que lleve al compromiso con los más pobres, al servicio desinteresado, a modelos eclesiales igualitarios e inclusivos, a prácticas litúrgicas vivas, capaces de alimentar la fe y a una expresión de la fe razonable y seriamente fundamentada, será adecuada para una vivencia cristiana profunda y atrayente.

No hay duda que es urgente la formación pero es igual de urgente buscarla con ciertos criterios, de manera que los frutos de este esfuerzo sean de profetismo y audacia, de compromiso y creatividad con el mundo de hoy que nos sigue pidiendo una vivencia cristiana capaz de no satanizar el tiempo presente sino de salir a su encuentro a modo de “fermento en la masa” o de “sal y luz para el mundo”. De esa manera contribuiremos con sentido y esperanza cristiana en medio de tantos hombres y mujeres que también viven, trabajan, luchan y buscan un mundo mejor.

 

domingo, 10 de marzo de 2013


LAS COSAS PUEDEN CAMBIAR EN LA IGLESIA

Hace unos días despertamos con la noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI. Sin duda causó sorpresa porque aunque en la historia de la iglesia otros Papas han renunciado y el Derecho Canónico contempla esta posibilidad, lo cierto es que a lo que estábamos acostumbrados, era al ejercicio papal vitalicio y que dejarlo sería romper con una fuerte tradición eclesial. Sin embargo, sorprendentemente también, la renuncia de Benedicto fue muy bien acogida. Primero porque mostró su humanidad: “Ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino (…) os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio y pido perdón por todos mis defectos”. Segundo, porque es un signo que puede iluminar muchas situaciones: los seres humanos tenemos el derecho y el deber de tomar decisiones desde lo que rectamente nos dice la conciencia, podemos ejercer la fidelidad a la vocación cristiana desde muchos ministerios – el Papa dice que lo hará con “una vida dedicada a la plegaria”- y de alguna manera está dando muestras de una gran sensatez, responsabilidad, humildad y libertad en el ejercicio de un ministerio confiado. No se cree imprescindible, no se quiere perpetuar en el poder y se retira con la confianza  de una iglesia que está “al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo”. Todo esto es motivo de agradecimiento porque tiene sabor a “Dios”, a “Evangelio”, a “fe”.
Esto no significa que olvidemos los grandes problemas que preocupan a la institución eclesial y el urgente “aggiornamento” (término que inspiró el Vaticano II en su urgencia de actualizarse para responder a los signos de los tiempos) que hoy nuevamente la iglesia necesita, problemas que sin duda, pesaron también en la decisión de Benedicto y que Él valientemente reconoció que necesitaban “el vigor tanto del cuerpo como del espíritu”.  
Por eso también ahora hemos de sentirnos convocados a acompañar este momento con oración, sin duda, pero también con fidelidad para conseguir una iglesia más parecida al querer del mismo Jesucristo. Muchos aspectos podrían tratarse. Quiero referirme a dos. El primero, el título con el que inicié este escrito: “Las cosas pueden cambiar en la Iglesia”. Frente a tantos temores, tanto apego a modelos caducos, tanta lentitud para afrontar los signos de los tiempos, la iglesia debe convencerse que puede abrirse a nuevas realidades, recorrer nuevos caminos, proponer con obras y en verdad gestos, acciones, decisiones que permitan mostrar la libertad, la acogida, el respeto, la equidad, la justicia y tantos otros aspectos que el mundo plural de hoy nos reclama y con toda razón. El evangelio no puede ser una carga pesada que cierre la puerta a las nuevas realidades. Ha de ser esa puerta abierta que ofrece la salvación gratuita y definitiva de Dios para todos los seres humanos.
Se elegirá un nuevo Papa pero, previo a eso, es importante pensar hacia dónde queremos que vaya nuestra Iglesia. Y por aquí va el segundo aspecto que enunciaba antes: hemos de pensar en algunos deseos concretos que sería importantísimo que se realizarán. Uno de ellos, una vivencia del colegio episcopal más fraterna, donde la primacía del Papa no ahogue la libertad de las iglesia locales. Una iglesia más libre, sencilla, pobre, con menos honores y más misericordia. Una iglesia capaz de anunciar “buenas noticias” a los pobres con la libertad y profetismo del mismo Jesús de Nazaret en la Sinagoga. Una iglesia capaz de reconocer sus errores y pedir perdón por ellos. Una iglesia más inclusiva y más dialogante con la diferencia. Una iglesia que no tema meterse con “lo social” porque su misión ha de encarnarse en la historia humana, como ella es, sin caer en tantos “espiritualismos” que hoy en día parecen florecer. Una iglesia preocupada más por la vida que por los ritos, más por las personas que por las estructuras. Tal vez es mucho pedir al reflexionar sobre una circunstancia actual como es la renuncia del Papa. Pero tal vez es importante soñar que las cosas pueden cambiar porque “el Espíritu no deja de aletear en medio de su pueblo” (Cfr. Gn 1,2).